Secretos inconfesables Seguir historia

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Los destinos del capitán william Adams e Iliana se se cruzarán inesperadamente , uniendolos en una vorágine de secretos inconfesables.


Romance Erótico Sólo para mayores de 18.

#pasion #secretos #epoca
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Capítulo 1

La noche había sido larga y el capitán Adams sólo deseaba una cosa: Dormir hasta la salida del barco al día siguiente. Sabía la importancia de comulgar con sus hombres tras tantos meses de penurias lejos del hogar. Esos eran los pequeños detalles, que hacían que su tropa se lanzará a la batalla sin dudarlo a su voz de mando. El lazo de unión que los convertía en hermanos en el campo de batalla. Las canciones familiares al calor de la chimenea, regadas con vino francés, que el no apreciaba tanto como un buen whisky. En este burdel de puerto francés, donde sus hombres habían decidido gastarse su paga extra. Sabía que debía estar con ellos a pesar de no disfrutarlo tanto como sus hombres.

Con el transcurso de las horas y los efluvios del alcohol, Adams fue sintiéndose cada vez más aturdido. Su uniforme perdió todo brío. Ya tan solo ataviado con sus pantalones de montar y su camisa blanca desabrochada hasta el ombligo, poco quedaba de la seria compostura con la que entró en el lupanar horas antes.

En un momento dado los hombres comenzaron a corear su nombre, vitoreándole. -Adams, Adams, Adams….-jaleaban

-Querido capitán- dijo uno de ellos apoyándose en el, ya que apenas se tenía en pie. -Sus hombres han decidido cotizarse y ofrecerle lo mejor de está casa de refinamiento francés – dijo haciendo una exagerada reverencia .Todos rieron al unísono-Para que tengáis un hermoso recuerdo antes de zarpar hacia la fría campiña inglesa. Un regalo de despedida- puntuó

Sin darle tiempo a contestar lo levantaron a volandas y lo llevaron al piso superior entre vítores, donde lo dejaron en un descansillo junto al dueño del local: Un francés entrado en años que parecía estar tan a trotinado y descuidado como su propio establecimiento

-Realmente sus hombres deben apreciarlo mucho, para ofrecerle tan valioso presente. Dijo. Solemnemente La muchacha que va a usted a conocer como podrá apreciar, es una perla única. Todavía no ha yacido con hombre alguno. Es pura como la espuma del mar, dulce como la miel, salvaje como una yegua joven. Concluyo. Acompañando con gestos cada uno de los adjetivos.

Adams no pudo evitar la risa mientras se aguantaba a la pared porque sus piernas habían empezado a fallarle. La poesía improvisada del tabernero le pareció de lo más burda. Y sus intentos de vender a su supuesta, dulce y virginal doncella en un burdel de puerto, de lo más patéticos

- Es muy tímida Sir -continuo-, no muy habladora, pero verá como será de lo más servicial. Le ruego trate el materia con cuidado, no lo golpee, ni lo mancille. Cualquier destrozo será a cargo suyo- le dijo guiñándole un ojo.

Golpeó la puerta y la abrió sin más dilación, empujando al capitán hacia la penumbra del cuarto y cerrando tras de el.

Con el empujón Adams casi cayó al suelo falto de sus facultades de equilibrio.

La habitación estaba completamente a oscuras si no fuera por el destello de la chimenea que estaba generosamente alimentada de troncos crepitantes. Sus ojos tardaron un rato en ajustarse a la oscuridad, y poco a poco fue viendo mejor la estancia. Era sencilla, más sobria que las del piso de abajo. En esta no había cortinas de tercio pelo, ni figuras obscenas traídas de lugares lejanos. Debía ser una de las habitaciones que servían a los viajeros de paso para pernoctar. Había un tocador con un balde a su lado, una butaca, un armario y una cama.

Y en la cama, ella.

Una figura escueta de mujer, en un amplio camisón blanco, con los pies descalzos que apenas rozaban el suelo. El pelo suelto ocultaba su cara, de la cual apenas sobresalían sus labios iluminados por el fuego, que ella miraba absorta. Los puños apretados sobre las sabanas.

Ni siquiera movió un músculo cuando la puerta se cerró tras el capitán. No lo miro ni un segundo, los ojos fijos en el fuego.

-Buenas noches señorita- mascullo él. Ninguna respuesta - Bonsoir - Intentó en su francés coloquial, aunque su estado de embriaguez no le dejaría ir más allá en el idioma. Ninguna respuesta.

Supuso que debía formar parte de la simulación de doncella desvalida que debía representar. O simplemente la desgana de yacer con un cliente a esas horas de la madrugada. Más cuando era un soldado de un país enemigo. El tampoco quería estar ahí, no era amigo de este tipo de placeres de Pago. Había cedido por no despreciar a sus compañeros de batalla, y honorar su presente.

Tampoco es que fuera un santo , ni mucho menos. Había estado con mujeres. No había llegado a una edad en la cual te consideran viejo por no haber contraído matrimonio, sin catar los placeres de la carne. Alguna que otra dama: sobre todo casadas de poca moral le habían abierto sus alcobas. La muchacha de algún sirviente le había dejado entrever las mieles del placer. Y en cuanto a mujeres de burdeles, algunas habían acompañado sus noches de exilio. Pero casi siempre eran solo caricias y juegos que lo satisfacían hasta que caía rendido. Y al día siguiente , amanecía con dolor de cabeza y las sábanas con olor a vergüenza ajena.

Esta iba a ser una de esas pensó. Una más.

Sobre todo le tentaba la cama. Estaba decidido a dormir un par de horas para recuperarse antes del viaje.

Sobre el tocador había una botella y dos vasos. Se sirvió uno de ese infame vino, pensando que cuando volviera a casa no bebería más de ese brebaje en muchísimo tiempo. Miro a la chica y tomó la botella por el cuello. Se acercó a ella tendiéndole la copa llena. La chica cogió el vaso y sin mediar palabra lo vació de un trago. Una auténtica damisela, pensó sonriendo irónico.

-Salud- dijo levantando la botella y dando un trago largo que resbalo de sus labios bajando a lo largo de su cuello.

Se sentó pesadamente sobre la cama al lado de la chica que dio un respingo y apretó aún más las sábanas en sus puños.

-Como yo lo veo tenemos dos opciones- dijo el capitán. -Una, puedes tratar de complacerme desvelando tus talentos. Pero te advierto que no estoy en óptimas condiciones. O podemos tumbarnos e intentar dormir lo que queda de noche uno junto al otro. Te prometo que no diré nada a tu benefactor,-dijo al tiempo que le apartaba el cabello que cubría su cara, dejando al descubierto su rostro a la luz de la lumbre.

Tenía los rasgos finos. Sus ojos marrones se movían inquietos y vidriosos con los destellos de las llamas. Sus labios carnosos estaban apretados y temblorosos. Era hermosa, mucho más de lo que había esperado. Su rostro tenía una fuerza y orgullo inusitado para un lugar como este. Era joven y digna.

Realmente borda el papel de doncella pensó mientras su dedo siguió bajando por su cuello, lo que provocó que ella se tensara más aún. Finalmente, apartó la mano y se puso en pie.

- Bueno creo que la opción descanso parece ser la que más nos conviene a ambos, aunque vas a tener que ayudarme a desvestirme, ¿crees que podrás hacer eso? Dijo

Sin mediar palabra ella se incorporó y empezó a desatar los lazos de sus mangas. Sus manos eran fuertes, de las que podrían rodearle el cuello y partírselo sin esfuerzo, pensó. Desabrocho sus tirantes de cuero y los cordones de su cinturón, dejando al descubierto el vello que le recorría el abdomen hasta perderse en sus pantalones. Le quitó la camisa tirando hacia atrás para liberar sus hombros. Estaba tan cerca que podía notar su aliento a vino y tabaco en la cara y sentir el calor de su cuerpo. El se dejo caer en la cama. Le cogió las botas y tiro de ellas con fuerza. Una tras otra golpearon el suelo ruidosamente. Después le quitó los pantalones, dejándolo sólo con sus calzones, mientras el emitía un gruñido de placer al acomodarse en el colchón.

Era grande y musculoso. De cabello rojizo. Una gran cicatriz le recorría el hombro. Tenía moratones a la altura de las costillas, y estaba decididamente sucio de polvo del campamento.

Cogió toda la ropa dejándola cuidadosamente sobre el sillón. Enjuago un trapo que había en el barreño y empezó a limpiar el vino que le había resbalando sobre el pecho.

- Muy amable- alcanzó a decir, mientras notaba que el cansancio y el alcohol lo arrastraban hacia la inconsciencia. Ella intentó apartarse lentamente pero el la cogió firmemente por la muñeca...

–El trato era dormir juntos- dijo entre susurros y la tumbó a su lado abrazándola. Era tan menuda y delicada, y su pelo olía tan bien. Casi parecía real pensó mientras sucumbía a la embriaguez.

Ella estaba tensa, pero en cuanto noto que la respiración de el se acompasaba con su sueño, su cuerpo se relajó y comenzó a sollozar desconsolada.



El fuego apenas resistía y la noche dejaba de ser oscura. Ella había estado llorando durante horas. Al final había caído inconsciente en los brazos de este desconocido, que en el fondo la había tratado mejor que nadie en las últimas semanas.


La nariz de el se hundió más en su pelo respirando profundamente y su cuerpo se acomodó encajándose con el suyo. Lentamente, medio en sueños, sus dedos fueron recorriendo su cadera subiendo hacia sus hombros, que dejó al descubierto suavemente. Hundió la cara en su cuello y lo beso. Pudo notar como eso la despertó y su cuerpo volvió a tensarse. Pero no le apartó. Poco a poco bajo por su cuello arrastrando con su barbilla el camisón, dejando al descubierto su pecho firme y lo beso también. Su mano bajo de nuevo y volvió a subir con el camisón. Ella no mediaba palabra pero su respiración se volvió apresurada como un pequeño animal acorralado. Aún así no dijo nada y el siguió.

No sabía si era su olor. Su piel tersa y suave, pero algo le había despertado como si no quisiera estar en ningún otro lugar del mundo, y conquistar esos valles desconocidos fuera su única meta. Una nueva batalla que le llamaba.

Perdió la noción del mundo y se subió a ese cuerpo aún en alas de la embriaguez, y lo tomó, a pesar de la resistencia que ella parecía querer ejercer. Se abrió paso apretándola contra él, y besando sus labios con fuerza. Ya no era la embriaguez del vino que lo arrastraba, sino la de esa mujer que sucumbía al peso de su cuerpo.

A pesar de la pasividad y cierta resistencia, ella acabó cediendo también a la vorágine del deseo del capitán. Como quien se rinde a su fatalidad.

Cuando él la penetró sin reparo, ella le abrazo con tanta fuerza y angustia, que quedó claro, que nadie antes había conquistado aquel territorio. Ahogo un lamento profundo y todo su cuerpo se arqueo presa del dolor y la sorpresa .El lo noto, y asustado apartó la cara de su cuello.

Tumbado sobre su cuerpo, ella lo miro directamente a los ojos con los suyo llenos de lagrimas. El empezó a besarle toda la cara hasta llegar a su boca y besarle el alma. Perdió la noción de todo, y una corriente eléctrica le recorrió la espalda. La abrazo con fuerza y entonces vacío todo su deseo en ella sin poder contenerse.

El que había jurando en el lecho de muerte de su madre, que jamás regaría el mundo de bastardos como hizo su padre. Que no engendraría hijos sin matrimonio. El que había sido fiel a su palabra, y cuidadoso de su simiente. Había perdido totalmente el control en brazos de esta muchacha desconocida. Como si hubiera querido fundirse en ella. Poseerla por fuera y por dentro. Suya, enteramente suya.

Ella, a pesar de su inexperiencia, al notar el calor expandirse por su cuerpo, sabía lo que eso significaba.

Su inocencia acababa ahí.

Ambos cayeron en un sopor, abrazados, sudorosos y agotados. Absortos en sus propios remordimientos, como si cada uno hubiera luchado contra sus propios fantasmas. Hasta que el alba se abrió pasó entre los postigos.


La encontró desnuda en pie. De espaldas a él. Limpiándose la piel tan fuerte que parecía querer borrarse .El pelo cayéndole sobre las caderas.

No dijo nada.

La resaca estaba allí como predijo, pero el olor a vergüenza ajena no. Era un olor dulce, el que impregnaba la cama. El calor del cuerpo de aquella delicada criatura aún estaba en las sábanas, junto con la prueba irrefutable de que el había sido el primero.

Aguardo en silencio mirando cómo se vestía, en lo que parecía un intento de recuperar su dignidad. Se preguntó quién era realmente está criatura que el había tomado por una prostituta sin moral.

Sus ropas tampoco parecían las que llevaría una chica en ese lugar. Encajes finos le cubrían ahora el cuello, y su vestido era de colores discretos y puntadas delicadas. Se recogió el cabello, cuidadosamente en un gesto memorizado, y se lo cubrió con un sombrero refinado.

Ella no se dio cuenta que estaba despierto. Tras recoger sus pertenencias en una maleta salió de la habitación en silencio sin mirar atrás.


La pudo oír echarse a llorar y bajar la escalera de madera de un paso tembloroso hasta perderse en el barullo de voces de la taberna.

10 de Diciembre de 2019 a las 18:38 0 Reporte Insertar 0
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