NOCHE CON LA BESTIA Seguir historia

thiagodiaz1 Thiago Díaz

Lucien d'Agoult ha cometido atrocidades en menos de veinticuatro horas, en la ciudad de París. Sus intenciones le han llevado hasta cumplir con su objetivo: Secuestrar a un depredador sexual. Lo que hará con él será obra de la ira y el sadismo...


Crimen Sólo para mayores de 18.

#bestia #347 #ficción #301 #259 #terror #crimen #horror #239 #drama
Cuento corto
1
727 VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

NOCHE CON LA BESTIA

THIAGO DÍAZ

Con unas pinzas de jardinería, Lucien d’Agoult le cortaba un dedo meñique a Pierre Rousseau. El proceso estaba dándose a un ritmo lento y martirizante para el último, quien poco a poco era torturado por la marea del dolor y desesperación. Las pinzas cromadas reflejaban el miedo y espanto de la víctima, acompañada de la sangre que poco a poco bajaba de la silla y goteaba de las puntas del arma.

Pierre, apenas entrando en un primer viaje de dolor, gritaba en las afueras de París, dentro de un pequeño almacén junto a Lucien, consciente de los actos de a quien estaría por castigar.

Todo ello se daba a eso de las tres de la madrugada, momento en el que los noticieros informaban el incendio de un club nocturno de los barrios bajos de París. Lucien, horas antes, había accedido a éste con una escopeta Maverick 88 calibre 12, junto a un revólver 38 para asesinar a homosexuales, destruyendo a su vez un imperio de pederastia, inundado homicidas y drogadictos, con tal de llevarse a quien tenía en el almacén. El caos fue dándose de la entrada hasta la mazmorra, creando explosiones de sangre, regando vísceras y huesos en el piso junto a cristales, manchas de alcohol y semen.

Lucien iba preparado con la ira de una sociedad agotada, preparado para algo tan inhumano y bestial, con tal de acabar con el monstruo que desapareció a quince infantes en menos de cinco meses. Además, estaría por acabar con uno de los mayores depravados sexuales de toda Francia y Europa, asesinando a más de treinta mujeres en el continente. Uno era incapaz de hacerse el débil ante una bestia repulsiva como la que tenía sentado, desnudo y ahora con genitales dispuestos a ser azotados hasta reventarse.

Pierre Rousseau estaba con una mordaza y esposado de ambas manos, por detrás del respaldo, al igual que los tobillos junto a las patas del asiento. Al frente de él yacía una pequeña televisión con una videocasetera, además de una caja de herramientas.

Todo iba con un buen ritmo.

―¿Por fin te das cuenta de mis intenciones? ―preguntó Lucien―. Estoy consciente de que me deseas muerto, pero lamento confesar que ni siquiera podrán ubicarnos para atrapar al asesino de un asesino. Es más... Si tumbaran las puertas del almacén, no me detendría contigo. Por muy difícil que parezca, intentaría arrancarte los dientes y abrirte la barriga como el cerdo que eres.

Poniéndose nuevamente a la mano izquierda de Pierre, abrió las pinzas.

―Todo es como el aleteo de una… mariposa.

Le cortó el dedo anular. Balbuceos y gritos era lo único que había junto a los chorros de sangre, brotando con rapidez y delicadeza.

Lucien pensó que no había sido suficiente avanzar con uno más, por lo que apresuró a cortar el dedo medio. Con otro amputado, Pierre volvió a gritar, ahora más fuerte y tosiendo por la cantidad de saliva resguardada.

Al lado de la televisión había un pequeño banco. Lucien lo llevó hacia Pierre, y después de ello se dirigió por detrás de éste.

―Vale, tranquilo. Solo voy a quitarte la mordaza.

Al momento de retirarla, Pierre soltó varios gargajos mientras bajaba la intensidad de su respiración.

―T-t-tú… ¡Sácame de aquí! ¡No me cortes más dedos! ―dijo a Lucien, sollozando.

El otro se sentó en el banco, quedando frente a frente para la conversación.

―Bien, ya no usaré la pinza ―respondió―. De mientras, tengo una pregunta: ¿Sabes por qué no te maté dentro del club?

La mirada de Pierre se transformó por unos segundos en una mezcla de ira y dolor.

―Eres un hijo de puta… ¡Eres un hijo de puta! ¡Has matado a mis amigos! ¡¡A mi única familia!! ¡¡Lo has destruido todo!!

Arrastrando la caja de herramientas, Lucien sacó de esta una cajetilla de cigarros. Extrajo uno y lo prendió con un zippo, una vez estando entre sus labios.

―¿Tú ‘familia’?... Yo sí tengo una verdadera familia. Una mujer, un chiquillo de cinco años y un recién nacido. No puedo llamarle ‘familia’ a un grupo de enfermos como tú que están dispuestos a fragmentar y a escupirles a las verdaderas familias de la clase media a la que pertenezco.

―Por favor, ¡Por favor! ¡Déjame! ¡¡Déjame ir!!

Después de una larga calada, Lucien escupe el humo del cigarro en la cara de Pierre.

―¿Primero me insultas y luego me pides un enorme favor?

―¡Lo lamento! ¡Lo lamento tanto! ¡¡Puedes entregarme a las autoridades!!

Lucien ríe, primero con un par de carcajadas… por último en una incontrolable risa. Aquella exagerada expresión era símbolo de un placer psicótico y sanguinario, retumbando con violencia en las paredes del almacén.

―¡Las autoridades no hacen nada contigo! ―respondió éste, tranquilizándose―. Tú lo que has hecho es regar sangre, ¿Y quieres saber algo importante?... La sangre es un derecho.

Tomando con más firmeza las pinzas, con la mano izquierda, se levantó del banco.

―Y quien la derrama está destinado a pagarla…

Abriendo la pinza, sosteniendo el cigarro entre los labios, le cortó el pezón derecho, abriendo un enorme hueco y soltando una nueva explosión de dolor, ahora haciendo más audibles los gritos de Pierre.

―Te quité la mordaza para que te des cuenta de que nadie va a escucharte ―le dijo, aún entre berridos― Puedo hacer esto hasta el amanecer y nadie sabrá lo que está pasando, porque no saldrás de aquí hasta que yo lo diga ¿Entendiste?

Fue al pezón izquierdo, cortándolo de igual forma.

Dejando la pinza en el suelo recogió nuevamente la mordaza, poniéndosela mientras aún aullaba de dolor. No tardó para que éste volviera a ahogarse con su propia saliva.

Lucien limpió las pinzas, y al final tiró estas en la caja de herramientas junto al trapo ensangrentado. Quedó por un momento admirando los chorros de sangre junto a las relucientes heridas, todavía con poco grado de dolor. Después volvió a dirigir la mirada a la caja de herramientas, pensando qué más hacer. Estaba consciente de que cada movimiento e impacto iban a contar demasiado, pues de lo contrario, en un mal cálculo, podía sobrepasar el límite y provocar un desmayo antes de lo esperado. De todas formas estaría preparado para eso en lo que pensaba si proceder a cortar los demás dedos o en tomar la siguiente herramienta.

Lucien optó por esta última.

―Lo llaman Flagrum… ―dijo éste, sacando el arma de la caja― Sé muy bien que lo conoces. A muchas personas les gusta, aunque no estoy del todo seguro que te excitará.

Era un látigo de varias tiras. Usualmente estas consisten en un mango corto y mechones de cuero sintético. Sin embargo, Lucien había modificado uno al mero estilo romano, con largas tiras colgando bolas de plomo y huesos de carnero.

Aquel último detalle asustó a Pierre.

―Un castigo especial ¿No lo crees? Leí en una novela que con cien golpes de esto eres capaz de expulsar hasta dos litros de sangre.

Pierre comenzó a retorcerse, intentando romper las cadenas de las esposas.

―Bien… justamente por ello estás desnudo.

Y dio el primer azote. El plomo y el filo de los huesos de carnero dieron contra el pectoral izquierdo con un solo movimiento de muñeca, arrancando las primeras tiras de piel.

No sabía por cuánto tiempo lo haría. Solo tenía en mente el jamás tocar el cuello con el Flagrum, así hasta verle bañado en rojo y perder fuerza. Lucien tenía muy claro el propósito que le había llevado hasta dicha tortura, disfrutando cada instante lleno de ira y satisfacción al darse cuenta de no tener a un simple sujeto esposado en una silla. Aquella misma ira que caía poco a poco sobre el pecho, resto de abdomen, piernas y brazos, siendo el resultado de una larga trayectoria marcada por la sangre y la injusticia.

El látigo iba cayendo, arrancando más piel. El látigo sonaba con más fuerza, y de vez en cuando los huesos de carnero quedaban atrapados en las costillas. En esos momentos Lucien tenía que jalar con fuerza para desenterrarlos de la carne, generando más relámpagos de dolor.

Aún a mitad de la flagelación, Lucien dejó caer el látigo para quitarle las esposas de los tobillos a Pierre. Una vez realizado esto, el hombre comenzó a dar patadas para defenderse. No servía de mucho que lo hiciera, pues el agotamiento causado por los golpes iba haciendo efecto en éste.

Sin embargo, Lucien las detuvo al recoger el Flagrum y comenzar a azotar en las pantorrillas y los muslos, razón por la cual retiró las esposas. El cuerpo de Pierre poco a poco estaba siendo cubierto por completo de heridas.

―Perdí la cuenta ¿Me perdonas?

Y dio un último golpe, específicamente en los testículos. Varios huesos quedaron enterrados en el pene y algunos en el escroto.

Lucien, al momento de tirar con fuerza del látigo, la piel voló hasta dejar colgando y al descubierto un testículo, soltando sangre a borbotones. Aquello había sido lo último como para hacer desmayar a Pierre.

Al ver caer su cabeza contra el pecho, Lucien dejó el látigo y salió del almacén para recoger unas cosas de la camioneta. Todavía reinaba la oscuridad en las afueras del campo, siendo las cuatro de la madrugada cuando llegó a la van y recogió un litro de agua, un poco de sal y azúcar.

Regresando a la escena decidió hacer la mezcla de estos tres ingredientes, en lo que despertaba.

Fueron pocos minutos. Posiblemente había perdido un litro de sangre desde el comienzo de la tortura. Aún así, apenas viendo ligeros cabeceos de Pierre, volvió a retirarle la mordaza y colocó entre sus labios un vaso con la preparada bebida isotónica. Tuvo que beberlo todo con tal de resistir un poco más y no deshidratarse.

―¿P-p-por qué no me matas de una vez?... ―preguntó éste, ahora incapaz de alzar la voz como era momentos atrás―. Eso haría c-c-cualquier persona... ¿Qué ganarás con esto?

Lucien volvió a tomar el Flagrum.

―Y yo me pregunto… ―respondió Lucien― ¿Qué ganará el mundo con darte cadena perpetua? O ¿Qué ganará Dios con verte un solo tiro en la cabeza?

Comenzó a ondear el látigo… una última vez.

―Oh, Pierre… Dios no te quiere con una muerte tan sencilla.

Y luego de aquella respuesta, dio el golpe final del arma, estrellando el plomo y el hueso en la cara. La calva de Pierre presentó largas heridas, parecidas al rasguño de un tigre, y su ojo izquierdo se volvió completamente rojo por la sangre, obra de uno de los huesos al perforar y adentrarse en la cavidad orbitaria. Al instante, Lucien empujó la cabeza de Pierre con tal de poner a la luz el cuello… el cual seguía intacto.

Pierre ya no podía gritar. Su garganta estaba destrozada y los únicos gestos de dolor que hizo a partir de ese entonces fue el rechinar de sus dientes, acompañados de ligeros gemidos.

Lucien le soltó y dejó en su asiento el látigo, olvidándose por completo de él.

Y ahora, por muy increíble que pueda parecer, tocaba una de las peores partes. Era el número final, y uno en el cual no habría mucho que hacer por parte del secuestrador. No era una tarea agitada como la de los azotes, y mucho menos habría que preocuparse en otro desmayo de aquel pobre hombre en la silla.

Consistía en aquello que no había sido tocado en todo ese tiempo: La televisión.

Regresando a la caja de herramientas, extrajo un casete. Luego de esto, una bolsa de basura con algo en su interior.

―Lejos de todos los asesinatos, violaciones, hurtos y demás atrocidades con infantes, ¿Sabes qué es lo que me sorprende?

Lucien prendió la televisión, primero mostrando estática.

―Me sorprende que un monstruo como tú esté casado. Dime algo… ¿Tu mujer lo sabía?

―No… Ella pensaba que trabajaba hasta tarde y salía a beber con amigos.

―Mmm, interesante. ¿No llegó a sospechar de alguna otra mujer?

―Lo hizo… pero nunca encontró las pruebas que ella esperaba.

Poniendo la cinta en la videocasetera, comenzó la última parte.

―Joan ¿Verdad?

Se reproducía en la televisión una película Snuff

―Este tipo de cosas te excitan… Quiero que lo disfrutes con tu esposa ¿Has entendido?

Y hurgando en el interior de la bolsa, ahora frío, le mostró el pezón izquierdo mutilado de su mujer. Pierre, horrorizado por algo que incluso él mismo era capaz de hacer, comenzó a gritar y a patalear.

En la película se le veía a Joan, una chica rubia, completamente desnuda en una tina y amordazada. Lucien llevaba en la cinta la misma ropa de aquel momento, por lo que todo indicaba que los actos cometidos se habían dado en menos de quince horas. Joan sollozaba mientras intentaba zafarse de las esposas.

―No… No, no, no, no, no… ¡¡NOOOOO!!

―Sí…

Lucien, así como en ese mismo momento, realizaba todo con lentitud para mantener suspenso y llevar a puntos horridos de tensión a todo aquel bajo sus manos y artefactos. Joan pasaba por lo mismo, viéndose aterrada por el sonido del cuchillo en el lavabo, junto al pesor generado por las botas de su asesino.

―No mentiré, también me dolió por saber que tengo una mujer igual de preciosa. La única persona capaz de matarme es ella, si me escucha confesar que… Joan tenía unos lindos pechos; El roza combina perfectamente con la cabellera rubia.

Regresando el látigo a la caja de herramientas, colocó el pezón mutilado en el asiento, y lo acercó hacia Pierre.

Lucien, en la película, comenzaba a hacer un tajo profundo de manera horizontal en el abdomen de Joan. Volteándola y dejando caer sus vísceras, tal como un cerdo en matadero, prosiguió también a degollarla, proponiéndose a drenar su cuerpo en el interior de la tina.

―Una de tantas ‘feministas’ modernas me dijo “Piensa en tu mujer, y pregúntate si te gustaría que le pasara lo mismo”… Ahora que lo veo, no estoy del todo arrepentido de haberlo hecho.

Pierre maldecía, gritaba y pataleaba dentro de un mar de lágrimas.

―Quiero que pienses que aquel sujeto no soy yo… sino tú. Piensa que no existo, que nunca existí y que nunca pisé tu casa. Hazlo, mientras te imaginas matando a tu propia mujer como si fuera un maldito cerdo en la tina de tu hogar, donde pensaste que nadie sabría tus intenciones; ni siquiera tu esposa, por quien lloras en este momento.

A Joan le extraía los ojos, haciéndolos colgar de las cuencas.

―Disfrútalo, Pierre… Sé que te está excitando.

Volviendo a salir del almacén, encaminándose a la camioneta, Lucien estaba por acabar con ello. Corriendo la puerta de la van e introduciéndose en esta, retiró la sábana que cubría dos tanques con gasolina.

Pierre seguía viendo la cinta para el momento en el que Lucien se encaminaba a la escena por última vez, cargando un contenedor en cada mano y dispuesto a regar las paredes.

Mientras la película mostraba la parte de la mutilación, además una sonrisa de Glasgow formada por el cuchillo de Lucien ―los cuales consistía en dos largos cortes en forma de sonrisa, parte del modus operandi de Pierre en sus víctimas, todas mujeres―, sonaba el chorro de gasolina aproximándose. Rociaba un primer y largo camino que iba desde las puertas hasta los muros. El almacén era de apenas diez metros de largo, con una altura de casi tres metros, por lo que ofrecía una rapidez para regar buena parte del área y generar un incendio en poco tiempo.

Al pasar por detrás de la televisión, Pierre vio aquel proceso, generando más pánico y volviendo a cobrar fuerzas para gritar… por una última vez.

―¡¿Qué estás haciendo?! ¡Detente! ¡¡Detente, por favor!!

―¿Qué dices? ¿Quieres que siga?... ¡Será un placer!

Para el momento en el que Lucien rociaba la pared del fondo, la cinta había terminado, quedando únicamente el sonido de la gasolina junto al incontrolable lloriqueo de Pierre.

―Estoy seguro que hubiera ganado un dineral con tu esposa… Pero créeme que me hace más feliz verte llorar.

El final estaba cerca. El final estaba a tan pocos segundos. Lucien d’Agoult sería el asesino de Pierre Rousseau, saliendo de toda evidencia como para ser culpado de asesinato de su mujer, pues el modus operandi de Lucien sería lo suficientemente claro para definir que era crimen del marido. Además, ya nadie le vería. Todos en Francia estarían pendientes del hombre irreconocible que entró a una mazmorra sadomasoquista para derrumbar un fuerte negocio de pedofilia, además de tener la autoría de secuestros y feminicidios en buena parte de Europa.

¿Era una buena manera de culminar con aquella obra de teatro? ¿Era un grito contra la injusticia social y política? No había que dudarlo demasiado si se trataba de un mismo psicópata que deseaba acabar con un monstruo, porque no hay nada más peligroso que alguien igual que tú, alguien que se puede mover como tú, alguien que conoce el peligro y el hedor de la sangre y de la muerte… alguien como Lucien, quien incendiaría todo a escasos momentos del amanecer.

Al final, solo se trataba de un grito en contra de la maldad humana.

Derribando el primer contenedor vacío contra una de las paredes, prosiguió a vaciar el segundo en la televisión. Después de eso, a Pierre.

―Cuando uno escucha historias del diablo, uno nunca se lo imagina con esta imagen… torturada, putrefacta y dando lástima.

Bañándolo de combustible, no tardó en rociar la caja de herramientas.

―Pero, adivina… Si tuvieras a toda Francia a tu alrededor, así como estás, nadie te salvaría.

Extrajo el zippo del pantalón.

―No… ¡No! ¡¡Por favor, no!!

―¡¿Qué es lo que quiere el público?! ―Exclamó, dirigiéndose a una audiencia imaginaria― ¡¿Quieren verlo arder?! ¡¿Eso es lo que quieren?!

―¡¡No quiero morir así!! ¡¡Detente!!

Reveló la flama, y comenzó a caminar hacia la salida.

―¡¡Quieren fuego!! ¡¿Escuchaste eso, Pierre!? ¡¡FUEGOOOOO!!

―¡¡NO QUIERO MORIR!!

Llegando a las puertas del almacén, soltó el encendedor…

El fuego surgió con rapidez, yendo principalmente hacia los muros y al techo, comenzando a debilitar la estructura. Después llegó a Pierre, siendo consumido de pies a cabeza en cuestión de segundos, ahogado junto a sus gritos en el calor y muriendo con la lentitud que merecía.

Nada de cuchillos, nada de armas, nada de golpes...

Poco a poco ello iba a derrumbarse con un objetivo cumplido. Todo acabó, y con dificultad sería olvidado por la gente, a pesar de no escuchar los gritos, ni ver el cadáver calcinado en las afueras de París. Después de todo uno solo podría preguntarse al final de escuchar tan violento y satisfactorio relato: ¿Cuántos asesinatos tienen que pasar para recurrir a la violencia? O ¿Cuánta ira debe contener el ser humano para protegerse de una devastada sociedad? No es necesario ser un asesino para confirmar que la sangre es un derecho.

―¡¡La sangre es un derecho que se debe pagar!! ―gritó Lucien, retirándose…

9 de Diciembre de 2019 a las 22:41 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Thiago Díaz Escritor mexicano de ficción.

Comenta algo

Publica!
No hay comentarios aún. ¡Conviértete en el primero en decir algo!
~

Historias relacionadas