La Lluvia Seguir historia

angetgiu Angelo Giuliano

Durante un viaje de egreso, una terrible tormenta afecta todos los vuelos y retrasa por una semana la vuelta a casa de los estudiantes. En una fogata, Owen avergüenza a un chico con el que nunca había tenido mucho trato, armando así un escándalo. Entonces él, enfadado, va a su habitación. Al rato, ella toca su puerta, suponiendo que debe una disculpa. Él la invita a pasar...


Romance Todo público.
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La Lluvia

El fuego no era precisamente el más acogedor de todos. Tampoco los troncos musgosos sobre los que estaban sentados eran demasiado cómodos. Pero era todo lo que tenían, y aquellos últimos momentos juntos los usaban para recordar lo que habían vivido juntos todos estos años. Se trataba de un grupo de jóvenes de cuarto año que se encontraba en su viaje de egreso.

Si bien su plan inicial era quedarse una semana, una fuerte tormenta fuera de los pronósticos canceló todos los vuelos, obligándolos a permanecer en su destino por lo menos 4 o 5 días más.

Consiguieron realizar una fogata con unos troncos y un fósforo a pesar de la tierra húmeda, pero no consiguieron malvaviscos para asar, y así tachar esto de la lista de cosas por hacer. En realidad, ninguno sabía si estaba permitido prender fuego en el camping.

Resulta que ese año era el único que Alan había pasado con todo aquel conjunto de adolescentes que parecían tan unidos entre sí. Esto se debe a que se cambió de escuela en el último año, tras tener que también mudarse de ciudad. A pesar de ser bastante tímido, había conseguido un buen grupo de amigos bastante fácilmente, aunque lamentaba que solo fuese por un año.

Los chicos dialogaban acompañados de los profesores, que también habían ido con ellos. Se limitaron a beber café, ya que allí el alcohol estaba fuertemente prohibido. Hacía mucho frío, y el viento se fue poniendo cada vez más tormentoso. Aún no llegaba la lluvia, y decidieron aprovechar el aire libre ya que sabían que cuando comenzara a caer el agua, ya no pararía por varios días.

Alan se encontraba cerca del fuego, aportando algo a la conversación solo cuando se lo pedían. Estaba contento de que todos sus compañeros lo recordaran bien luego de separarse. Tocaron temas como la amistad, el estudio y si te mojabas menos corriendo o caminando en el caso de que lloviera.

La cosa iba bien. Iba, hasta que Susan se ofreció para llevar el tazón con agua para el café. Hay que agradecer que aún no estuviese caliente, ya que al resbalar, vació todo el contenido del recipiente, que cayó entero sobre Alan. Empapado y habiendo provocado risas de varios de sus compañeros, se fue enfurecido del lugar, derecho a su habitación.

Ahora hablemos de Susan. Al igual que Alan, había tenido que cambiarse de escuela, aunque por suerte esto fue en el primer año de secundaria y no en el último. Luego de cuatro años de convivir con aquellos jóvenes, había sido aceptada por todos, a pesar de su timidez y quizás gracias a su belleza.

La cuestión es que, aunque a todos les caía bien, Alan era la excepción. Ella no estaba muy segura de por qué, ni de qué era lo que hacía para que él la deteste tanto, y cada vez que intentaba enmendar las cosas, acababa haciéndolas peor.

Mientras tanto, en su habitación, el recientemente empapado muchacho tomaba una ducha, ponía su ropa a lavar, y buscaba alguna otra prenda para ponerse. Iba a estar mucho más tiempo del que planificó, así que tendría que lavar ropa y volverla a usar.

Estaba en eso de hacerse un omelette cuando oyó que alguien tocaba en su puerta. . Fue extraño que sucediera, así que rápidamente llegó a la puerta para averiguar quién era.

–Supongo que te debo una disculpa.

Owen estaba justo enfrente de su puerta. Parecía arrepentida, y se mostró tímida con Alan. Pensó que la situación se estaba complicando.

–No importa, ya lo he lavado todo.

Hubo una pequeña pausa, y como ella se molestó en llegar al lugar sólo para disculparse, Alan añadió:

– ¿Quieres... entrar?

Así, ella entró en la habitación, y él cerró la puerta detrás de ella. Mientras miraba el lugar, Alan tomó su abrigo y lo colgó en el perchero.

– ¿Hace frío afuera? –preguntó, después de verla tan bien vestida.

–Sí. Un par de gotas cayeron cuando estaba afuera, así que supongo que no durará mucho sin llover.

Y ella tenía razón. Un momento después, un ruidoso rayo los sorprendió y el agua empezó a golpear el techo.

–Qué lugar tan encantador tienes aquí –dijo Owen, interrumpiendo la lluvia.

–Sí.... y lo tengo todo para mí.

– ¿Qué quieres decir?

–Bueno, mi compañero apenas vive aquí. Está casi todo el tiempo en la habitación de su amigo al otro lado del edificio. La única razón por la que viene es para llevar lo que envían a esta dirección, como cosas que compramos afuera, o cartas.

–Suena bien, ¿no?

–Sí.... no es algo que yo pediría...

Alan miró a la cocina.

– ¿Quieres un poco de jugo? –dijo.

–De acuerdo, seguro -fue la respuesta.

Mientras preparaba una taza de jugo, Owen echó un segundo vistazo a la habitación. Observó cómo el agua se deslizaba por la ventana y escuchó cómo caían las gotas.

–Aquí –dijo Alan, con el vaso en la mano.

Lo tomó y bebió un poco de trago.

– ¿Qué pasó con la fogata y la lluvia? -preguntó.

–Oh, supongo que tuvieron que entrar.

–Estoy seguro de que están todos mojados, ya sabes, sentados frente a la chimenea.

–Sí... no hace buen tiempo para estar afuera, pero puede ser agradable estar adentro, mirando y escuchando la lluvia.

-¿No es así? Realmente lo disfruto. Aún más con un café....

–O un buen libro...

–De eso es de lo que estaba hablando.

Miró el refrigerador.

–No sé qué voy a hacer con la comida esta noche; con la tormenta no creo que las entregas funcionen.

– ¿Y…?

–Bueno, los chefs del camping dejaron el lugar ayer.

– ¿Y qué? Cocínalo tú mismo.

–Bueno, no sé cocinar.

– ¿Qué quieres decir?

–Sólo no sé cómo. Tal vez con un microondas, pero nunca aprendí a usar una sartén.

Owen pensó por un segundo.

–Este es el trato. Dame algo más fuerte que el jugo y te enseñaré a cocinar.

– ¿Qué? No, no es necesario....

–Vamos. No tengo nada más que hacer. ¿Qué dices?

–Trato –Aceptó –. Pero no conozco tus gustos.

–Cualquier cerveza será suficiente –respondió ella.

Mientras Owen encendía una hornalla, Alan tomó un par de latas de cerveza. Las abrió, las sirvió en unos vasos y le dio a su compañera uno de ellos. Brindaron por la lluvia y soltaron una pequeña carcajada.

–Apenas nos hemos hablado este año.

–Sí, desconozco por qué. Eres buena onda.

–Bueno, gracias.

–Entonces.... ¿qué vamos a cocinar?

– ¿"Nosotros"? No, señor. El trato era que te iba a enseñar, no que iba a hacer la cena.

– ¡Vamos! También debo elegir la cena, ¿verdad?

–En realidad no –dijo Owen, mirando en la nevera–. Sólo tienes carne y algunas zanahorias. Oh, también tienes una lata de vicias. Y algunos huevos. En realidad tienes muchas cosas.

–Es de mi compañero, antes de que se mudara. ¿Es eso suficiente?

–Sí, es suficiente. Empieza a poner la sartén en el fuego. Mientras tanto, voy a pelar las zanahorias.

Mientras trabajaban en sus tareas, continuaban charlando y riendo. Pusieron la carne en la sartén con un poco de aceite. Luego, seguían hablando de sí mismos. Conociéndonos el uno al otro. Así es como hicieron un juego.

–Entonces, ¿cómo lo llamamos? –preguntó Alan.

–No sé. ¿Importa?

–Muy bien, empecemos. Tú primero.

Y tomaron una zanahoria que calentaron hace unos momentos. El juego consistía en decir algo sobre ti y luego darle la zanahoria caliente al otro. Bastante simple, pero fácil de hacer; sólo necesitabas una zanahoria. Además, una pobre imaginación era suficiente.

Cuando tuvo en sus manos la zanahoria caliente, rápidamente dijo lo primero que se le ocurrió para que soltarla.

–Mi color favorito es el verde. Tuya –dijo ella, y le arrojó la zanahoria a Alan.

–Tengo muchos discos de los Beatles en mi casa, aunque no tengo un tocadiscos. Tu turno, supongo –dijo, y le devolvió la zanahoria a Owen.

–Nunca he tenido un perro

– ¿Nunca? Bueno, nunca he estado en otro país antes de este viaje.

Mientras hablaban, la lluvia seguía sonando, así como los truenos.

–No sé.... me gustan los rizos.

–No me gustan los rizos.

–Me gusta el café negro.

–Bueno, estamos de acuerdo en eso. Prefiero el invierno que el verano.

– ¡Yo también! Quiero decir, en verano el calor es insoportable, y en invierno me encanta jugar con la nieve –y mientras decía eso, miraba hacia arriba y sonreía discretamente, como recordando algo–. Bien, yo era la siguiente. Yo... prefiero el chocolate negro. Amargo.

– ¿En serio? Siempre me gustó el chocolate blanco.

–Vamos, es tu turno –dijo ella, y le pasó la zanahoria.

–Diré.... Dios, ¡está caliente! –Gritó, y tiró la zanahoria.

Los dos empezaron a reírse.

Siguieron haciendo la cena. Los dos primeros vasos de cerveza se convirtieron en cuatro y luego en seis.... En las últimas dos horas, Alan tuvo suficiente experiencia cocinando como para hacer cocinar sin la ayuda de Owen. La cena estaba a medio hacer.

–Oye, ¿puedo preguntarte algo? –preguntó ella.

–Sí, claro.

-¿No te sientes solo? Es decir, aquí, en tu casa, sin nadie más.

Pensó antes de responder.

–A veces...

Hubo silencio. Y entonces, Owen continuó.

–Porque si te cansas de estar aquí en estos días de tormenta, puedes llamarme, ya sabes.

Alan sonrió.

–Gracias. Lo consideraré. Mientras tanto, puedes empezar a poner vasos y esas cosas en la mesa.

– ¿Por qué? Pasará mucho tiempo antes de que comamos.

– ¿En serio? Estaba pensando que ya estaba hecho.

–Míralo. Sigue siendo rojo.

–Bueno, eso se traduce en otra cerveza, ¿no?

–Claro que sí –dijo ella, riendo –. Pero debes saber que no siempre soy una bebedora.

–Oh, estoy seguro de que no. Es suave de todos modos, y además, estamos celebrando hoy.

– ¿Sí? ¿Qué estamos celebrando?

–Eh.... ¿nuestra graduación?

– ¡Ja! La fiesta fue hace una semana.

–Sí, pero me lo perdí. Y tu también, oí.

– ¿Cómo tienes esa información?

–Soy un espía del gobierno. ¿Por qué lo preguntas?

–Bueno, si eres tan espía como dices, significa que sabes todo sobre mí, ¿no? –dijo ella, en un identificable tono de voz para Alan.

–Supongo que me perdí algo de información. No sé, por ejemplo, qué vas a hacer después de la escuela. Eso es algo que me pregunto.

–Bueno, va a sonar a una locura, pero si quieres la respuesta... estoy pensando en viajar a Europa; a Italia, en realidad, para establecerme allí y ser profesora de español. Bien pensado, ¿verdad?

Para Owen, fue genial compartir sus planes futuros. Incluso pensó que tal vez Alan también los compartiría... pero para él, fue chocante escuchar que la chica que recién conocía iba a estar muy lejos de él. Porque –pensó que era hora de admitirlo– estaba empezando a sentir cosas. Sabía exactamente qué eran esas cosas. Se estaba enamorando de Owen.

–Guau, eso es genial....

La noche seguía su curso. Al menos para Owen, que no lo sabía, aunque Alan trataba de parecer bien, en su mente estaba tratando de encontrar una solución, tratando de averiguar qué hacer.

No quería estar lejos de su ciudad. Le gustaba su casa. Y nunca vio su futuro lejos de él; tal vez en otra ciudad, o tal vez, en otro estado. Pero nunca pensó en viajar a otro continente, a un país cuyo idioma no hablaba.

Además, volar lo asustaba.

Así que, en algún momento se atrevió, tocó el tema.

–Así que dime... ¿por qué quieres viajar a Italia? Quiero decir, ¿por qué allí?

– ¿Por qué no?

–Es tan lejano...

– ¡Vamos! Esa es una de mis razones. Además, todo el país está lleno de hermosos edificios, las universidades están en los puestos más altos, y dicen que la vida nocturna es genial. La comida que hacen es deliciosa, y hay mucha historia enterrada justo debajo de sus pies.

Parecía tan entusiasmada y convencida que él no lo cuestionaría de nuevo. Sin embargo, siguió tratando de encontrar una solución.

No tenía ni idea. La única conclusión a la que llegó fue que era una locura mudarse a otro país sólo por una chica que acababa de conocer. ¿En qué estaba pensando?

Como con el tiempo no obtuvo resultados, y se estaba perdiendo su noche con Owen, decidió dejar de hacerlo, para disfrutarlo como antes.

–Así que le pregunté amablemente si había visto mi campera, y me contestó que no. Pero la tenía, justo detrás de él, colgada de un palo. Dije que no más juegos, que lo estaba viendo y luego señalé con el dedo dónde estaba colgado.

– ¿Cómo lo recuperaste? –preguntó Alan.

–Acabo de amenazar con llamar a la policía. El hombre no quería tener problemas con la policía y me devolvió el abrigo.

– ¿En serio? Bueno, esto me recuerda a algo que me pasó el año pasado. Había un chico que siempre se metía en problemas. Era como 3 años más joven que yo. Y un día, él...

La comida tardó un poco más en estar lista. Luego, se sentaron en la mesa y disfrutaron de la comida.

–Alabanzas para el chef –exclamó Owen.

–Gracias, pero no podría haber hecho esto sin ti –respondió.

–No hay necesidad de tratar de ser dulce. Arruiné tu camisa favorita, ¿recuerdas? Y te encantaba esa camisa.

–Sí, pero yo te quiero a ti más.

En realidad no dijo eso. Pensó en ello, pero recordó que no podían estar juntos. Así que él respondió así:

–No importa. De todos modos, tendría que despedirme algún día. Todavía estoy creciendo, sabes.

Terminaron la carne y fueron a casa de Owen a buscar pastel. Entonces, decidieron volver a lo de Alan y preparar un café.

Aunque actuaba con normalidad, no podía dejar de pensar en sus sentimientos hacia su nueva amiga. Nunca tuvo una conexión tan asombrosa con nadie más. "Esa chica me vuelve loco", pensó. Ella compartía la mayoría de sus pensamientos y sueños, pero aun así eran lo suficientemente diferentes como para discutir la mayoría de las cosas. Hablaban y hablaban, y aun así parecía un lugar oscuro pero mágico para descubrir. Y además, no podía mirarla sin admirar la belleza que contenía en su cabello rubio y rizado, y en sus ojos verdes.

Pero, no importaba cuánto la amara, sabía que no había manera de que pudieran estar juntos. Nunca.

–Alan, te pregunté si estabas bien.

–Oh, sí, sí, no te oí.

– ¿Algo va mal?

–No, estoy bien. Sólo estoy cansado.

Estaban afuera, en el balcón. Respiraron el aire fresco que la tormenta dejó atrás. Descansando en el pasamanos, miraron a su alrededor. Altos árboles llenaban el terreno ondulado de color marrón. Había dejado de llover y era una noche tranquila.

–No sabía lo que me iba a costar cuando me ofrecí a organizar el viaje.

– ¡Cierto, lo olvidé! Tú organizaste el viaje, junto con Sebastián.

–Me gusta el nombre. Creo que es latín.

–Sí, a mí también me gustan los nombres poco comunes. Entonces, ¿cómo fue?

– ¿Organizarlo? Bueno, no es gran cosa. No tienes una oficina y recibes llamadas todo el día como me lo imaginaba. Pero tuvimos que viajar a diferentes ciudades para hablar con diferentes agencias de viajes para organizar las cosas y... bueno, eso fue agotador.

–Me lo puedo imaginar. Y has hecho un trabajo excelente. Quiero decir, excepto por lo de la tormenta.

–No sabía que venía, ¡porque nadie lo sabía! El pronóstico no sabía lo que se avecinaba.

–Está bien, está bien, lo entiendo. No te culpo. Además, el lugar que elegiste es hermoso.

–Gracias.

Hubo una pausa.

–Hoy ha sido un día genial. Me alegra haber llamado a tu puerta. Si no lo hiciera, nunca te descubriría.

– ¿Descubrirme? –preguntó Alan, volviéndose hacia ella.

–Sí. Lo que quiero decir es que yo mantendría la misma imagen de ti y nunca sabría qué hay detrás de esa imagen.

– ¿Qué había allí?

–No sé....

–Creo que sí....

–Tal vez...

Se habían acercado cada vez más unos a otros hasta que podían tocarse las narices.

Cuando Alan se dio cuenta de lo que estaba pasando, dio un paso atrás. Pero entonces, agregó Owen:

–No vuelvas sin lo que estabas buscando.

Eso fue todo. Se dirigió hacia ella y le puso la mano en la nuca. Él puso sus labios en los de ella y consiguieron un beso. Cuando decidieron dejarlo, Alan compartió sus preocupaciones.

–Owen, te quiero. Conecté contigo como con nadie, y quiero conocerte mejor. Pero te vas a ir muy lejos, y no tendremos oportunidad.

– ¿De qué estás hablando? Tengo que estudiar primero. Tendremos al menos 4 años para averiguar qué está pasando entre nosotros.

Todas las preocupaciones que Alan había acumulado toda la noche desaparecieron cuando se enteró de eso. Aliviado y sintiéndose libre, se acercó a Owen y continuó besándola. ¿Qué pasó entonces? ¿Sonaron trompetas y violines, el día se hizo soleado y vivieron felices para siempre? No exactamente. Volvió a llover. Sí, primero un par de gotas de agua y luego tuvieron que entrar para evitar mojarse.

Porque tal vez la lluvia quería que ocurriera. Tal vez los observaba y les daba un momento de tranquilidad para ser honestos entre ellos. Y luego, cuando todo salió bien, reanudó su tarea. Su tarea era llover.

O tal vez no, quién sabe. Tal vez la lluvia es un proceso aleatorio y natural. Tal vez fue sólo una coincidencia. Igual que Alan y Owen se conocieron esa noche.

9 de Diciembre de 2019 a las 05:01 0 Reporte Insertar 0
Fin

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Angelo Giuliano Me llamo a mí mismo escritor. Por abajo de 18, aún comenzando... Cualquier persona que no haya probado un churro o un libro de Jorge Luis Borges debería hacerlo. Pasate por mi blog https://agiulianolibros.wordpress.com para más contenido, historias y posts sobre el arte de escribir. Nos vemos allá

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