Una visita Indeseada Seguir historia

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Marcelo Villafañe


Juan tiene una vida colmada de excesos que le producen la muerte. Ese mismo día, se aparece en su casa un personaje particular, con el que establecen un fuerte vínculo y le ayudará a despejar muchas dudas.-


Cuento Todo público.
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Después del Final

Borrachos como Juan había pocos en el barrio, desde que los vecinos tenían memoria siempre deambulaba de acá para allá como un barrilete sin hilo. Por el estilo de vida que llevaba aparentaba unos cincuenta años, pero tenía cerca de cuarenta. La mayoría desconocía información de su pasado, quizá porque era algo huraño y bastante sumiso. Se rumoreaba que era de clase media-alta y unas malas inversiones lo dejaron en la lona. Aunque aquello no fue lo que más lo afectó, sino, unos problemas de pollera que le trazaron secuelas irreparables desde el día en que ella —el amor de su vida—, decidió abandonarlo. Desde entonces, descarriló por completo, sumergido en el alcohol y vicio que andaba dando vueltas, vicio que se le pegaba. Rodeado de amigos incorrectos que no le favorecía en lo absoluto, era cuestión de tiempo para que todo culminara de la peor manera.

Un miércoles de madrugada —tras una noche agitada—, Juan despierta con una fuerte resaca. Maloliente y desalineado, intenta no tropezar con alguna de las innumerables botellas que pululaban por su habitación. Una vez en la cocina, corre unos cacharros sucios —tal vez, de hace un par de semanas—, enciende la hornalla y coloca la pava con intensión de prepararse un buen café cargado. Corta un par de rodajas de pan, le quita lo amocozado por la humedad de ese ambiente viciado, donde pocas veces lograba penetrar la luz del sol. Apenas una llama tenue provenía de una vela ubicada en el centro de la mesa. Sucede que la empresa de energía había cesado su servicio por falta de pago. Finalizado su desayuno, enciende un cigarrillo negro, coloca los codos sobre la mesa e intenta hilvanar escenas de lo que pudo haber ocurrido la noche anterior, ya que, como era habitual, las imágenes se le escabullían de su mente. Exhala la última bocanada espesa de humo y una silueta robusta se trasluce en el extremo opuesto de la mesa, vestido con túnica negra y una capucha deja entrever su rostro calavérico.

—¡¡¿Hay la put... quién sos?!! —Clamó Juan, casi cayéndose de la silla por el susto—. ¡¿Cómo carajo entraste a mi casa, no te enseñaron a golpear la puerta?!

—Hola Juan, ¿No te has dado cuenta quién soy?, ¿No te dice nada mi atuendo? —le explicó una voz gruesa de locutor de radio—. Soy la Muerte.

—Para serte sincero, no estoy muy seguro de lo que veo. No cuento con muchos días de lucidez últimamente, pero presiento que sos quién dices ser o mis sueños cada son vez más realistas —dijo dudando de sí mismo.

—Te han observado hace tiempo, y ayer el mensajero ha revelado tu nombre. En la escritura figuraba, Juan Isidoro Martínez, muerte por paro cardíaco. Es por eso que he venido, para llevarte al más allá.

—¿Más allá de dónde...?,¿Pero... por qué a mí?, ¡Si me siento de maravilla! ¡Es más!, mañana justo iba a empezar a correr unas cuantas cuadras —exclamó Juan con los brazos abiertos y algo sobresaltado—. ¡¡Debe ser un error!!

—¿Error?, ¿Y tú qué esperabas? En las oportunidades que la vida te ha ofrecido siempre has elegido el camino fácil. Optandopor los excesos, bebiendo,fumando y drogándote. Los empleos no te han durado más de dos semanas, no te relacionas con nadie salvo con esos vagos del bar, y hasta los cerdos suelen alimentarse mejor que tú. No pensaras que ese corazón te soporte semejante maltrato —le dijo la muerte manteniendo una sonrisa siniestra entre sus labios pálidos.

El silencio se adueñó de Juan. Iba tomando dimensión de lo que estaba por sucederle. Era su último día entre los vivos, su último cigarro, su último despertar. Inevitablemente la nostalgia lo asaltó apoderándose de sus recuerdos más íntimos, quizás los únicos, que en este tiempo le impedían quitarse la vida. Esos donde ella estaba con esa sonrisa que lo iluminaba todo, donde esa silueta delicada y su pelo rubio y ondulado se movían con la brisa que soplaba algún Dios Mitológico, esos recuerdos que atesoraban cada segundo con la mujer que lo hacía codear con la insensatez y el desvarío. Por eso, temía que su ilusión de verla entrar una vez más por esa puerta, la misma por donde se escurrieron sus sueños, se veía truncada por esta mala jugada del destino.

Se postró rendido sobre la mesa y entrelazó sus dedos por detrás de la cabeza en señal de lamento. Sabía que algún día habría de morirse, pero no tan pronto, ni tan joven. No sin haber disfrutado la vida un poco más, sin haber formado una familia, sin amigos reales que extrañen su partida, ni siquiera un perro que lo labre. Era claro que su muerte pasaría desapercibida. Al igual que una hoja seca que cae en otoño, nadie notaría su ausencia.

—No te pongas melancólico, después de todo, uno cosecha lo que siembra —soltó la muerte sin medir el efecto de sus palabras.

De pronto, un dolor insoportable y una fuerte presión sobre su pecho le sucumbieron y cayó desplomado sobre el piso, mientras observaba a duras penas, como la muerte se ponía de pie y se acercaba con paso lento hasta donde él se hallaba. Ésta le estrechó su mano huesuda —la cuál Juan tomó con cierta desconfianza—, y le ayudó a reincorporarse. Una vez de pie,una percepción de felicidad le cambió el ánimo, era un sentimiento raro, hacía mucho que no se notaba tan dichoso, con tanta energía, la resaca se había disipado y presentía que estaba listo para una maratón. Pero esa dicha se vio opacada, cuando miró por sobre su espalda y observó como su cuerpo yacía inerte,tendido en el piso.

—Mierda, ¿ese soy yo?, me morí nomas!! —Se lamentó—, ¿Cómo es posible?, esto tiene que ser una pesadilla, cuando me despertaré.

—Tranquilo Juan, verás que, en más o menos doscientos años cuando tengas la oportunidad de renacer en otro cuerpo, podrás remediar esta vida que has desperdiciado y con suerte en la siguiente, vivas unos cuantos años más.

—¿Así que podré volver? —pregunto sorprendido con sus cejas levantadas.

—Sí, por supuesto. Solo aquellos que logran trascender permanecen en el paraíso, el resto debe rendir cuentas hasta que entienda el verdadero significado del porqué, son enviados a la tierra.

—¿Y mientras tanto que hago?, ¿Me rasco el higo?

—Ese no es mi asunto, yo solo traslado las almas al purgatorio, ahí deberás rendir cuentas con administración y ellos te dirán los destinos posibles: la sala de espera, el cielo o el mismísimo infierno —. Le explicó la muerte.

22 de Noviembre de 2019 a las 13:53 0 Reporte Insertar 0
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