EL LEGADO DE CAÍN Seguir historia

pegasus Florencia Colombani

¿Has pensado alguna vez si el mundo por el cual crees transitar, si las personas que dices conocer, si la realidad que intentas vivir... es verídica? Aquí cuento la historia de la verdad, de lo que es, y de lo que será. La valentía de un grupo, la llama del coraje que se contagia y la desesperación de unos pocos. Existe un legado... quizás maldito, quizás bendito... pero al final, es un legado. ¿Qué esconde esta herencia, por qué necesita un sucesor? Mi nombre es... a eso lo conocerán luego, ahora no es relevante, porque después de todo les voy a contar cómo fue que finalmente me denominaron como "el legado de Caín".


Ciencia ficción No para niños menores de 13.

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UNO

LAS PEQUEÑAS SEÑALES DE UN DÍA SOLEADO

Las huesudas manos de la joven se acercaron sobre la amarra de la mochila marrón oscura, con algunas costuras débiles y las manchas de los años de uso, para elevarla colocándola sobre su hombro. Sus pasos se apresuraron a salir del apartamento puesto que las agujas del reloj no estaban a su favor.


– ¡Voy de salida! –exclamó mientras giraba el picaporte y abría la puerta para salir de su hogar.


– ¡Adió…s! –intentó terminar el padre de la joven, sonriendo mientras dejaba escapar un resoplido leve, negando–. No tiene remedio.


Su corta cabellera oscura y rizada se meneaba en el aire mientras corría entre los apartamentos vecinos y descendía por la escalera apresuradamente. Sus oscuros orbes marrones se posaron en la pantalla de su móvil para observar el reloj.


– Bien, tengo quince minutos. Será mejor correr –murmuró para sí misma cuando estuvo fuera del edificio de conjunto de apartamentos donde vivía. Elevó la mirada al cielo, sonriendo de medio lado.


Nada extraño podría pasar, después de todo solía correr largas distancias como hobby. Dio un brinco como impulso y emprendió la tarea: llegar a tiempo para la salida del tren número veintidós que tiene como horario de salida las 6:30 de la mañana, a trece cuadras de su posición actual, para llegar al centro de la ciudad siguiente.

“¿Qué demonios hace corriendo a esta hora?” oyó en su camino algún comentario similar, otros incluso acompañados de una expresión divertida en el rostro. No obstante, en ningún momento se privó de pedir disculpas o permiso de paso en su largo camino. El tiempo no le permitía ver la hora siquiera, pero decidió concentrar sus energías en incrementar la velocidad de sus movimientos.


Detuvo su paso luego de diez cuadras de mera suerte entre semáforos en rojo que le permitieron avanzar, y se dedicó a respirar hondo mientras los coches cruzaban la calle. Inmediatamente su mirada se posó sobre la acera al otro lado, ella frunció el entrecejo con sorpresa. Aquello que percibió debía ser… imposible.


– ¿Qué caraj... –intentó decir, pero un camión de muebles cruzando delante le hizo desviar la atención y perder de vista su objetivo.


“Quizás sea una tontería, sí”. Pensó. No obstante, el reloj digital sobre uno de los edificios delante le recordó su prisa. “¡Mierda, tres minutos!” se permitió exclamar dentro de sí antes de emprender nuevamente el recorrido que le quedaba de tres cuadras. Para llegar con exactitud debía recorrer una cuadra en un minuto.


“Una nueva meta” volvió a mencionar su voz interior, generando que su expresión cambie por una más decidida al tiempo en que sus pies comenzaron a impulsar sus saltos mucho más enérgicamente.



Meta cumplida por escasos segundos, debía admitir. Su delgado cuerpo le permitió cruzar por la puerta del tren cerrándose, e incluso empujar a un joven que se hallaba dentro por culpa de no poder detener la velocidad que traía.


– Agh, lo siento –dijo de primeras mientras jadeaba, siendo víctima del frenesí proporcionado por el ejercicio que debió emplear. Aunque… luego se daría cuenta de la vergonzosa situación.


El muchacho de quizás diecisiete años, más o menos, dejó escapar una leve risa al tiempo en que negaba ligeramente para restarle importancia. Sus ojos eran de un color extraño, como una mezcla de miel, menta y café. No juntos, o eso pensaba ella, sino más bien… como pinceladas. Y su cabello rojizo era demasiado…


– No importa en realidad, parecías apresurada así que tendría que haberme preparado. Sin embargo, ¿estás bien? –su pensar fue interrumpido por la voz del muchacho, una en un perfecto equilibro de lo grave y rocoso. Ella se incorporó ladeando la mirada sobre los demás pasajeros que también le observaban con curiosidad.


– Estoy bien, gracias. Aun así lo siento, fue un… –acomodó su falda de tabla de color oro opaco– placer, supongo.


– Lo es, soy Nick.


Ella abrió los ojos con desconfianza. ¿Intentaba entablar una conversación con la persona que acababa de –casi– hacerle comer la puerta del otro lado del vagón? ¡Aún más extraño era el hecho de que ella había quedado sobre sus brazos tras tropezar y él debió sostenerle a un lado de sí mismo! Vergüenza, espanto… cliché.


– Aburrido y predecible –pensó en voz alta sin notarlo.


– ¿Dices? –preguntó él, a lo que ella respondió con tranquilidad como si nada hubiese dicho.


– Yo soy Agnes –dedicó una sonrisa ligera antes de volver a desviar sus orbes sobre los asientos en la búsqueda de uno libre.


El cuerpo comenzó a cobrarle factura por aquel incremento de actividad tan repentino a las seis de la mañana, sin haber desayunado antes –o al menos no en condiciones–. Sus rodillas temblaron, y los músculos parecían palpitar en sí mismos por el enfriamiento de las fibras. Agnes maldijo no haber despertado con anterioridad, pues allí no podría realizar su estiramiento como era debido.


Al final del vagón halló un sitio vacío, y con una liviana sonrisa en los labios se dirigió donde su mirada dejando a un lado a Nick. Tenía dieciséis años de tontería, seguro que sí. Aunque así no lo pensaba ella, pero sí las chicas de su edad. Porque… ¿quién en su sano juicio dejaría a un joven pelirrojo atlético y por ende atractivo a media conversación? Pues por supuesto que Agnes.


La morena se sentó en el sitio libre que antes había divisado, y luego estiró una de sus piernas para seguidamente tocar la planta del pie respectivo con sus dedos.

Sin embargo, le inquietaba el hecho de aquel avistamiento en la acera contraria. Después de todo, creyó haberse visto a sí misma.



Detuvo su paso luego de diez cuadras de mera suerte entre semáforos detenidos que le permitieron avanzar, y se dedicó a respirar hondo mientras los coches cruzaban la calle. Inmediatamente sus oscuros orbes se posaron sobre la acera al otro lado, frunció el entrecejo con sorpresa. Aquello que percibió debía ser… no podía ser real, era una ilusión, claro estaba.

Cabello oscuro por sobre el hombro, rizado, ojos tan oscuros como el marrón del café caliente y la camiseta que solía usar como pijama. Era… ella, se observaba de lado y luego le vio huyendo como si intentara esconderse.


¿Qué caraj...intentó decir, pero un camión de muebles cruzando delante le hizo desviar la atención y perder de vista su objetivo.



Parpadeó algunas veces, sintiendo su mente desconectarse de un trance. Aun creía que aquello no podía ser real, quizás sólo fue alguien muy similar y el frenesí de sus sentidos le confundió.

Agnes se recostó sobre el asiento del tren, respirando hondo para olvidar todo aquel desvarío de su mente. Buscó el móvil para conectar sus audífonos, reprimiendo cualquier intento de volver a pensar en lo sucedido. Después de todo solo era el principio del día… qué más podría pasar.



¡El viaje en tren fue de espanto! Agnes lo expresaba claramente en su rostro, de terror. Un niño no dejaba de hacer berrinche, sus ojos buscaban sin quererlo a Nick entre la multitud (aunque no logró hallarle, eso fue misterioso) y luego un joven se desmayó a su lado.

Demasiadas situaciones para apenas unas horas del día. El reloj del tren marcó las siete y cincuenta de la mañana, por lo que aún tenía tiempo de llegar a la Academia en su primer día.

Las calles de la ciudad comenzaban su movimiento matutino, y Agnes apreciaba el observar los murmullos de las personas al despertar. Hipotéticamente, claro, porque parecían medio vivos y medio muertos en verdad.

Había comprado un helado mientras andaba, la fatiga por la prisa de la madrugada y las energías desgastadas le llevaban a la pereza. Sus pasos eran tranquilos, pues desde la parada del tren debía caminar tan solo cinco cuadras hasta la Academia.


El viento hacía flamear las ondas de su oscuro cabello, giró en la esquina y detuvo su paso para apreciar el primer destello del sol de la mañana sobre el edificio.

Jóvenes de todas las edades, desde los once años hasta los dieciséis, con un estilizado uniforme de color dorado opaco y camiseta blanca, se acercaban en pequeños montones sonriendo con la efusividad del primer día. A penas primero de septiembre.

Agnes suspiró. “Aquí vamos de nuevo” pensó. Le hacía ilusión ver la ceremonia de inicio del ciclo pero le quitaban la verdadera esencia con esa… molesta euforia.

Dio un paso hacia el frente justo al momento en que sintió como le pesaba el lado derecho del cuerpo y sobre sus hombros caía un brazo masculino.


– Qué hay, Warren –habló llevando el último trozo de helado a su boca, dirigiendo el saludo a su mejor amigo con una ladina sonrisa.


Para poner en contexto… Warren es un joven más alto que Agnes, ella mide un metro sesenta y él… sobrepasa el metro noventa. ¡Es vergonzoso, como si fuera su hermano mayor! Y lo peor de todo, es que es menor que ella por cuatro meses. Deprimente. Él lleva el cabello liso, de un particular color a juego con las faldas del uniforme de las chicas, ojos verde claro ocultos detrás de unas gafas de marco grueso y cristales ovalados. En verdad, son bastante geniales. Su cuerpo no es lo más extravagante pero se mantiene en una excelente regla de complexión física, normal, y agradable a la vista. En cuanto a personalidad… es un nerd, todos en la academia lo saben. Desde que ingresó tiene las mejores notas de todo el alumnado sin siquiera esforzarse, su coeficiente intelectual sobrepasa lo conocido y es en efecto muy observador y analítico. Un excelente jugador de ajedrez, indestructible e invencible.


– Eso debería decir yo, ha pasado el receso y no supe mucho de ti, ¿qué hiciste durante los tres meses? –se descolgó de la pequeña Agnes para así poder comenzar a andar quitando el envoltorio a una paleta.


– Nada nuevo, en verdad. Con mis padres lo pasamos en casa de mis abuelos y lo único que hice fue… entrenar.


– Al menos tendrás más resistencia este año, no le veo lo negativo.


– Es porque apestas a optimismo. ¿Y tú?


Warren abrió los labios para emitir palabra pero fue obstruido por las risas de los recién llegados. Los efusivos de último año. Con edades de diecisiete y algunos dieciocho, se les conoce por ser los más cercanos a futuros guerreros de la Hermandad de Fuego.

Se les permite casi todo, usar una chaqueta a diseño propio que mantenga el orden del uniforme, pero con las que logran diferenciarse de los demás estudiantes como si fuesen una perla pulida. Agnes detuvo su andar para observarles (nunca diría que con cierta motivación de ser como ellos). Las chicas llevaban una falta de color oro algo más oscuro, medias altas blancas con líneas en oro, camiseta blanca y una chaqueta de color plata con unos perfectos detalles en dorado que parecían arte de dioses. Eran demasiado elegantes, amables, sonrientes, bonitos… y sus cuerpos perfectamente estilizados por el arduo entrenamiento. Sin duda, el estereotipo supremo.


– No se ven nada mal, aún nos queda un año para llegar donde ellos –murmuró Warren.


– Con llegar a obtener su fuerza y poder me conformo, no quisiera acabar siendo tan arrogante –soltó con desprecio la de cabello rizado, y en parte verdaderamente así lo sentía.


Comenzó a andar nuevamente hacia el elegante edificio de blancas paredes, enormes ventanas tan limpias que parecían rechinar entre tanto brillo si les mirabas demasiado y en la puerta de entrada un cartel con las letras del mismo color de los uniformes; “ACADEMIA DE LA FRATERNIDAD”.

Cuando los primeros grupos se aproximaron a la puerta, las rejas automáticamente se abrieron dejando el ingreso al alumnado. Agnes caminó detrás de los de último año sosteniendo las amarras de su mochila, permitiéndose observar la totalidad de la Academia.


La Academia de la Fraternidad es una institución de estudios privados para quienes deseen ser futuros guerreros de la Hermandad de Fuego, siendo la Academia más reconocida a nivel mundial por haber educado al mayor número de los mejores alquimistas, médicos de artes sagradas y espadachines de la historia. Se trata de un edificio con forma de media luna alrededor de la puerta de ingreso, consta de cinco pisos, enormes ventanales entre los pasillos que dejan ver la ciudad, salones con función específica para cada año y jardines tanto al frente como a los lados y detrás de la infraestructura. Su sistema académico es estricto, exigente, pero aun así lo suficientemente flexible en otras situaciones. Conecta cada piso (al igual que al ingreso) con escaleras, y la ceremonia de inicio de ciclo es excepcional.


– ¿Sucede algo? –susurró Warren a la joven, quien parpadeó algunas veces antes de negar.


– No, no… solo estaba pensando algunas cosas.


Después de todo, era cierto. Detuvo su andar cuando los demás alumnos así lo hicieron, y comprendió que era posible que la Ceremonia de Inicio comience.

Un adulto vestido con un elegante traje color gris opaco y corbata naranja se posicionó frente al alumnado sobre un escenario desmontable, sonriendo mientras saludaba con la mano.


– Bienvenidos sean todos a un año más en nuestra Academia, quiero agradecerles por la alegría que demuestran en la energía de este primer día. ¡¿Cómo se sienten para la Ceremonia?! –exclamó recibiendo como respuesta el grito de la multitud, Agnes alzó un poco el mentón para ver mejor–. Me alegra que así sea. He de presentarme, mi nombre es Morgan Hawk… –y llevó la diestra sobre su cabello rizado, sonriendo a las jóvenes de la primera fila. Agnes emitió un gesto asqueado en su rostro.


– Es el cuarto año en que no vemos a la directora –murmuró Warren.


– Soy el subdirector de la Academia, a quienes ya me conocen es un gusto volver a verles y a los nuevos… ¡éxitos! –entonces, Morgan elevó ambos brazos, fuegos artificiales explotaron detrás del escenario dejando a entender a la ciudad que Fraternidad daba inicio a otro año.



El primer día siempre ha sido el mejor, y aunque deban permanecer allí hasta la noche es diversión asegurada. Las buenas energías suelen hacer reír a Agnes mientras conocía a nuevas personas. Warren le acompañó a buscar comida pues en el café el inicio de clases era todo un festín, caminaron mientras observaban el show de cada año de los Alquimistas Galácticos (con bailes, efectos de luces, música y demostración de sus poderes) que es lo que a Agnes le fascina, y vagaron por los jardines de alrededor también.


La hora del almuerzo había llegado, cada grupo de estudiantes comenzaba a acercarse al salón de café para pedir su comida y pasar un momento agradable hablando sobre lo sucedido en la mañana, ya que por la tarde se daría un descanso y luego los entrenamientos con los artistas de la Hermandad de Fuego que llevaban diversión a cada competencia.

Agnes ingresó por la puerta del café con una amplia sonrisa, pero entonces su cuerpo se detuvo en seco manteniendo la mirada fija sobre la primera persona que se encontró allí. Su expresión mutó tan rápidamente que no se podría explicar en verdad con tanta delicadeza. Después de haberle perdido de vista, aún después de que creía un mejoramiento del día.


– ¿Qué hace él aquí? –murmuró ladeando la mirada hacia Warren mientras dejaba escapar un corto suspiro. El joven parecía no haberle visto aún… pero eso perduró poco tiempo, pues al siguiente instante elevó la diestra en dirección a Agnes con una amplia sonrisa.


– ¡Hey, Agnes! –exclamó Nick, acercándose al par. La rizada pudo sentir un delicado pellizco de Warren en su brazo.


Qué demonios hacía Nick en la Academia, pensó que le había perdido en el camino. Pero como si fuera poco él se acercaba y los demás le observaban con atención. ¡Por qué tanta curiosidad! Nick solo era un nuevo… ¿no?

25 de Noviembre de 2019 a las 18:04 0 Reporte Insertar 1
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