Ómicron: Ambición Seguir historia

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Julian Gaviria


"La paz es subjetiva cuando tienes todo el poder". Sirius. Cuando la ambición contagia un reino, es inevitable encontrar problemas. Los reinos de Ómicron vuelven a una época oscura donde las pesadillas se harán realidad y los peligros antiguos vuelven.


Fantasía Épico Todo público.

#Piedras-magicas #guerras #princesas #402 #caballeros
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Capítulo I.


Zedric trataba de seguir la marcha de Zero, cada vez se sentía mas y mas agotado. Sus fuerzas al parecer lo habían abandonado ya hace horas y su boca pedía a gritos un trago de agua.

---¿Que trago?. Necesito un enorme barril de agua. Endulzada con deliciosa miel---dijo mientras se imagino bebiendo. Se llevó la mano a la boca como si esta hubiese hecho agua, pero ya hace bastante que ni siquiera salivaba. Miro hacia arriba, a unos 10 metros se encontraba su compañero---no estaba seguro de llamarlo así---junto con un enorme caballo negro. Ahora era cuando se arrepentía de haber rechazado la oferta de subir en los lomos de Sombra, el caballo del humano.

---Ni siquiera puedo hacer magia. Estoy agotado, necesito algo de agua. Aunque sea un trago. ¡Zeroooo!---grito el Omall esperando que el jinete se volviera, no lo hizo. El enorme y fuerte caballo relincho con los gritos de Zedric, pero Zero no se volvió y prosiguió como si nada el camino---debe estar preocupado por estar en estas malditas montañas.

Hace mucho que habían partido de Las Colinas después del Grande, el hogar de Zedric que era un territorio enorme lleno de bosques frondosos, valles, ríos y comida, todo lo contrario en donde estaban ahora. En toda la trayectoria solo habían parado cerca de las Ruinas de Creon en las faldas de las Montañas de La Ceniza. Pararon a comer un poco y después a seguir la ruta de las empinadas colinas. Jadeaba, de su enorme boca salía una lengua larga de color rosa, con manchas blancas. Cada vez que podía maldecía a su acompañante, a ese humano al cual seguía desde hace ya mucho tiempo.

—¡Zeroooooo!—cabizbajo grito— ¡Zero es que no me piensas contestar!.

El pequeño Omall levanto rápido la cabeza solo para darse cuenta que su acompañante se encontraba bastante lejos de él, mucho más que antes.

—Pero cómo diablos me adelantaste tanto—y con todas las fuerzas que le quedaban, tomo el aire que mas pudo y gritó—¡Zerooooooooooooooooooooooooooo!.

Desde que Zedric se encontró con sus acompañantes había demostrado un carácter fuerte y algo ofensivo, a tal punto que pensó muchas veces en atacar al caballero sin importar su gran armadura. En ese preciso momento sería innecesario y totalmente descuidado atacar por agua: estaba cansado, no podía levitar, tenía una lanza de unos 80 cm, un poco más grande que todo su ser que podía sin duda hacer daño, pero sus brazos no tenían la fuerza suficiente como cuando partieron de su hogar. Además, Zero, como se llama aquel caballero, ya no era una molestia.

El joven caballero miraba al Omall de vez en cuando sin que este se diera cuenta. Pero el Omall no era tonto y muchas veces sabía que lo estaba mirando.

«mmmm, no podemos ser compañeros. Humanos y Omall, ¡Jamás! ¿como un compañero?, ni sueñes que un Omall Negro te va a dar tu amistad ja, ni lo pienses.».

Zedric era totalmente reacio a la amistad con los humanos como los demás Omall. Zero simplemente sonreía al escuchar la palabras soeces salir de la boca del único Omall que había visto en sus 20 años de vida.

Zedric miró después al gran caballo que acompañaba al joven y recordó las palabras del humano.

«—Si quieres, puedes subir en Sombra hasta cuando se haga demasiado peligrosa la travesía.».

Pero Zedric tomo esto muy mal.

«Ho si, el humano cree que un Omall negro no puede competir con el, me quiere comprar con eso, no toleraré que me faltes al respeto humano imbécil».

Los Omall Negro son seres mágicos, unos son totalmente negros, otros grises, y este es de color uva oscuro. Siempre llevan una lanza o una daga, o como Zedric las dos. Cuando Zero lo vio por primera vez lo confundió con los demonios de los personajes que le contaban cuando estaba en el castillo, con cuernos y pelillos alrededor de ellos, pero sin duda eso sería lo único en que se parecía a uno de aquellos demonios, porque la estatura dejaba mucho que desear, junto con su capacidad de hacer daño.


Zero le llevaba un gran trecho a Zedric. Hacía ya mucho que se había bajado de Sombra. Los caminos no eran seguros y la armadura que llevaba hacía que en una empinada el caballo se exigiera más y así crear mucho peligro, tanto para el caballo que se podría lastimar y simplemente podrían rodar por donde vinieron, como para el, que podría rodar con armadura abajo hasta que su propio peso lo dejara donde quisiese, así que decidió ir a pie. Los movimientos del cuerpo Zero con el compás de sus pasos largos, generan un tintineo por la armadura, eso le preocupaba, en donde se encontraba era preferible ser callado y precavido, siempre estaba alerta mirando hacia la cumbre de la enorme montaña como a todos sus alrededores, seria muy bueno quitarse la gran armadura, pero el quitársela supondría ser un blanco fácil de los mercenarios, ladrones y forajidos con ballestas de las montañas. Lo único que llevaba al descubierto era su rostro, se había quitado su casco de dragón, este lo llevaba en sus lomos Sombra.


A la luz de la luna, la Armadura emanaba tenues visos, era totalmente negra y se confundía con la penumbra de la noche. Le hubiera gustado subir en el día a las colinas, pero no tuvo más opción. Acampar en Creon o en las faldas de las colinas, tampoco le apetecía. No le apetecía nada de estos lugares.


Cada diez minutos o quizás un poco menos se volvía para mirar donde venía Zedric, sentía gran simpatía por el Omall, aunque él no pareciera que le agradara a el, pero en si no le importaba. Era la primera compañía que tenía desde hace mucho tiempo y siempre era bueno en las noches, a luz de la luna, con el calor de una fogata y el olor de carne de conejo, cabra o algún novillo, intercambiar palabras con alguien que no solo le devolviera relinchos, con el gran respeto que se merece Sombra. Zedric era malgeniado, pero le gustaba la manera directa y franca en que decía las cosas, él confiaba en el Omall, al menos desde que se encontraron en las Colinas después del Grande habían dormido en lugares cercanos y no había intentado matarlo. Recordaba a cada momento las veces en que le había dicho al Omall que era libre de hacer lo que quisiera, pero este simplemente le dijo que quería seguirlo, aunque a veces pareciera que no quería, sino que debía.

«—Como quieras, pero lo único que te voy a pedir es que consigas tu propia comida.» Eso le había dicho, hasta que se dio cuenta que el Omall tenía una lanza que no sabía utilizar. La primera noche escucho el rugido fuerte del estómago del Omall, y el no era una mala persona, así que compartió un pequeño conejo que había cazado. Recordó el color lila intenso de los ojos de Zedric cuando estaba satisfecho de comer. Desde ese día le decía estúpido humano y hablaban todas las noches hasta que se dormían.

El Omall era muy joven y como él mismo lo había dicho, «Tengo mucho que aprender». Ese día Zero soltó una carcajada, era la primera vez que sonreía el Omall. Dejaba dos colmillos afuera, uno en la parte superior derecha y otro en la parte inferior izquierda. Eran amigos y eso era para Zero mucho pedir, al menos para Zero ya eran amigos.

Miro hacia atrás y vio al Omall caminando mientras se apoyaba en la lanza.

—¡Zedric!, si ves el peñasco que está allá.—dijo el muchacho señalando con la mano.—acamparemos en el lugar, creo que estoy cerca de mi objetivo.

Pasaron unos minutos para que el Omall los alcanzara. Zedric levito con el último suspiro de fuerza que tenía hasta las ancas del caballo desparramandose, cada vez que respiraba su cuerpo se inflaba grotescamente.

—¡Zero!, ¿es que me piensas matar o que?, dos malditos días hemos estada caminando desde el nacimiento de estas colinas de mierda, ¿crees que me entrenaron para esto?.

El Omall se volvió a desparramar en el caballo, Zero lo miraba sonriendo.

—Si lo se Zedric, pero tienes que entender que si fuera por mi, nunca hubiese entrado en estas colinas, son peligrosas y traicioneras, en la noche mucho peor.

Eso era lo que sabía Zero de las Montañas de La ceniza, y recordó las palabras que se lo advirtieron.

«Cerca de las ruinas de Creon están las montañas de la Ceniza. Se llaman así debido a que los dragones moraban allí, de sus fauces soltaban un fuego más rojo que la sangre y más peligroso que miles de máquinas de asedio. Mucho cuidado cuando debas ingresar a ellas Zero. Los dragones están extintos, pero los bandidos y quizás otras criaturas, siempre están al acecho».

No le quiso transmitir las palabras de su maestro a Zedric.

«Seguro que prefiere seguir caminando y no descansar un solo minuto hasta el amanecer—pensó».

—Zedric tengo que seguir subiendo, pero es demasiado oscuro y no quiero que a sombra le pase algo. Seguiré desde aquí solo, no creo que sea muy lejos donde debo ir, así que quédate aquí y cuida a Sombra—por un rato se quedó mirando al Omall y a su caballo— «Aunque quizás sea al revés y Sombra se encargue de todo».

El risco donde se encontraba era de tierra blanda y traicionera, de seguro el día anterior había llovido.

El Omall estaba a punto de decir algo, pero Zero se adelantó.

—En la bolsa de cuero café hay algo de pan, carne y en el fondo agua, puedes tomar lo que quieras, pero por favor reacciona, no veo conejos ni cervatillos, ni mucho menos un río o lago para conseguir comida, ¿Te parece?.

El Omall lo miró atentamente y dejó ver su sonrisa, junto con sus resplandecientes ojos lila.

—Claro que si, solo te iba a decir que mucha suerte, si algo te iré a buscar, no vaya a ser que te pierdas.

Zero simplemente sonrió y se volvió hacia su nuevo adversario, la montaña.

Las Montañas de la Ceniza.

El viento era implacable y cada vez que subía, más y más frío hacía.

Pronto se encontró con el final del sendero, comenzaba el ascenso en escalada. Se quitó los guantes para tener un mejor agarre. Comenzó a escalar, pasando un rato fue inevitable comenzar a sudar, su mano derecha resbaló, pero con su otra mano evitó una caída de muerte.

«—Quizás hasta le caiga encima a Zedric—» sonrió tratando de olvidarse de aquel episodio y de imaginarse la cara de Zedric al verlo caer.

Necesitaba seguir adelante, subir para llegar a su destino. Ya había llegado muy lejos y una montaña no lo detendría. Dos años habían pasado desde que el rey le encomendara su dura tarea, su misión. Dos años que nunca creyó que pasaran, ya que la guía hacia las piedras era cada vez más luminosa, pero lo engañaba. La piedra maestra que su rey le había dado, la piedra con la cual se guiaría hacia las demás, era caprichosa, y parecía sobretodo, tener mente propia. Muchas veces lo había guiado hacia lugares desiertos, donde no se encontraba nada, solo la muerte, solo mas y mas obstáculos. Pero después de dos años, por fin la piedra comenzaba a ceder y esta vez resplandecía más que nunca. «Tiene que ser aquí».


Zero llegó a una saliente, se echó de espaldas sobre las rocas para descansar. Tenía la mano agarrotada, era algo bueno tenerla así, ya que las heridas por las piedras filosas no las sentía. La saliente era pequeña. Desde allí hacia arriba había mucha más montaña. Parecía como si Las Montañas de la Ceniza no tuvieran cumbre, lo asombraba, pero no era el momento para pensar en ello. Se levantó con extremo cansancio, sus brazos estaban rígidos y sus piernas mucho peor. Sudaba. La armadura había pasado factura y sin duda hubiera preferido dejarla toda abajo. Allí abajo, se asomo, no vio nada. Hace momentos había visto todavía la crin de su caballo junto con la pequeña fogata que Zedric había hecho, pero ahora era solo oscuridad. Todo estaba cubierto por una espesa niebla. Solo la luna daba luz, una tenue esperanza de visualizar los peligros de la noche y de las montañas. Hay miles de historias sobre las Montañas de la Ceniza, mas de dragones que de otras cosas. Pero era mejor estar prevenido. Solo tenía dos dagas a su favor, su espadón que se lo regaló su maestro de armas lo dejó junto a Sombra.

«Debo buscar la piedra y volver rápido».

Se adentro hacia la cúspide, estaba oscuro, pero alcanzaba a ver algo. De su bolsillo extrajo una pequeña piedra que cabía en la totalidad de su mano. Era la piedra especial que el rey le había dado para que encontrara las piedras mágicas, la piedra maestra que era totalmente transparente. La agito fuerte, poco a poco la esfera estaba volviendo mas y mas blanca, hasta que quede tan blanca como un copo de nieve. Zero se alegró de esto y comenzó a dar reconocimiento a sus alrededores.

«Entre mas blanca, mas cerca estoy». Recordó. Cada vez que estaba más cerca de una de las piedras mágicas, la piedra de su mano se volvía mas y mas blanca, esta vez resplandecía. Miro para todos lados y no encontró más que un pequeño arbusto, tierra y piedras.

«—Zero, las piedras no están tiradas. Las piedras están escondidas.—»Dijo el rey cuando le dio la tarea.

Era ya la tercera vez que se iba de espaldas contra el suelo. Trataba de desprender el arbusto pero no podía, estaba aferrado a la tierra de una manera algo “rara”. Tomó una de sus dagas y comenzó a hundirla en la tierra, hasta hacer un círculo en torno al arbusto. Comenzó a calibrar el jalón que haría al arbusto. Con todo el peso de su cuerpo halo tanto como podía y el arbusto voló hacia atrás arrancado. Se levantó presuroso y vio como un pequeño orificio había quedado allí donde estaba el arbusto. Corrió hacia él y palpo, de inmediato el agujero comenzó a ganar en su diámetro a un ritmo alarmante. Zero se echó para atrás a toda prisa. Mientras trataba de escapar, su manos tocaban una superficie mucho más blanda de lo que recordaba y sobre todo se hundía cada vez más. Pronto el agujero lo alcanzo, media ya cuatro metros de diámetro y el cuerpo del muchacho ya estaba dentro, solo su dorso y sus brazos luchaban porque el orificio no lo tragase. Al final, cedió empuñando en cada mano una daga. Estaba dispuesto a descubrir su siguiente paso, sea como sea.


No supo cuanto cayó, solo sabía que el golpe increíblemente no había sido malo. Se encontraba a salvo, pero atrapado. Miro hacia el agujero por donde entró y este media por lo menos 5 metros de diámetro, sin duda era una trampa mortal para los escaladores. Pero ¿quien ponía este tipo de trampas?. Sin dejar de empuñar una daga, ya la otra estaba en su lugar el cinturón de la armadura, comenzó a caminar. Cuando lo hacía sentía como sus pies se hundían. La superficie en donde se encontraba era blanda, demasiado para su gusto. En la parte de la caverna donde se encontraba, la más alta, sentía como poco a poco bajaba y bajaba más. Se decidió a inspeccionar y más que eso, a buscar una salida. «La piedra». Recordó el porque estaba en aquel lugar. Se apresuró a buscar nuevamente en aquel bolsillo secreto, pero su armadura le dio una mala pasada. Su pie se hundió más de lo que debía y al sacarlo, resbalo. Trato de hundir la daga para aminorar la caída pero fue en vano. Al momento dejó de caer. Resbaló cerca de diez metros por la pendiente y la superficie era peor cada vez. Se estaba hundiendo, la armadura era muy pesada. No veía mayor cosa, pero si olía bastante: a mugre y a barro, el hedor era intenso. Comenzó a ir de aquí a allá, y pronto se dio cuenta que si se quedaba en un solo lado, se hundiría. No podía ir hacia arriba, era demasiado resbaloso, así que comenzó a caminar más a prisa de aquí a allá, por donde podía, para no hundirse. Comenzó a palpar los extremos por donde pasaba, era una pared algo más dura que el suelo, pero seguía siendo demasiado resbalosa. Siguió caminando presuroso, cuando tropezó con algo duro, cayo. Se empapo de lodo la cara y el cabello. «¿Que mierda me hizo caer?», pensó. Comenzó a buscar a gatas por donde había caminado. Pronto encontró un montículo, era firme. Al menos era algo. Se paro y hablo con toda su fuerza como si fuera el arbusto, aunque el agarre al objeto era mucho peor. Cayó nuevamente de bruces, pero al menos había sacado algo, había sentido algo. El objeto que saco ya no se encontraba en sus manos, pero al menos no estaba en el mismo sitio, en este solo había un leve tintineo rojo que mezclaba el negro de una manera hermosa. —Te he encontrado—susurro.


Ya tenía una de las piedras, lo que había sacado del piso resbaloso era la protección para la piedra. Por lo que le había dicho el rey, cada piedra tenía un nombre y un color especial, esta era rojo sangre y negro, y de su nombre no tenía idea. El tener la piedra no era suficiente, ahora necesitaba salir de aquel lugar como fuera, y la superficie no dejaba que esto pasara. Cada vez que intentaba subir por una de las paredes, resbala torpemente hasta volver donde había estado el artefacto protegiendo la piedra. Del artefacto, no tenía ni idea que fuera, ni donde se había ido a parar.

—Se lo debió tragar la maldita tierra—Se dijo —¿Que pudo haber sido?.

Lo que fuera no lo había podido encontrar, cuando se cansaba de escalar sin resultado, simplemente se ponía a buscar a gatas el artefacto por todo el lugar, y a veces simplemente miraba el agujero por donde vino. —Qué lejos estoy.

De su frente salió sudor, estaba empapado. No había dejado de caminar ni un segundo desde que había encontrado la piedra, si se quedaba allí parado, sentado o acostado, la tierra se lo comería. Saco de su bolsillo la esfera y la miraba queriendo que emanara algo de allí que lo ayudara. La piedra era su maldición y parecía ser su muerte. Sacó la piedra maestra y esta estaba blanca, opaca, no resplandecía en lo más mínimo. Eso era lo que le faltaba, un resplandor.

Vio algo, o quizás era la impaciencia de saber que estaba solo y en peor situación que cualquiera. Se encontró de pie mirando la nada, donde según él, hace unos minutos algo había resplandecido, y un leve sonido había escuchado. Respiro hondo y contuvo. Agudizo el oído y trato de no moverse, de solo escuchar su palpitar y quizás algo más. Pero pasaba el tiempo y nada. Seguía cerrando los ojos y dejando de respirar por unos momentos para escuchar o percibir algo. Nada. Volvió a respirar hondo, se contuvo esta vez más tiempo y de pronto, estaba allí, un sonido raro, bajo, demasiado bajo para su gusto.

—¿Qué es ese maldito sonido?. Se dijo, mientras caminaba hacia donde lo había escuchado. Comenzó nuevamente a contener la respiración para volver a escuchar el sonido. Pero nada. Se agacho y comenzó a tocar el lugar. Después con daga en mano apuñalaba el suelo con todas sus fuerzas. Ya había pasado tiempo desde que había caído, y más desde que había subido a aquella pendiente, tenía hambre, pero sobretodo sed. Siguió apuñalando el suelo esperando encontrar algo. Volvía a sudar, volvía a desesperar.

—¡Maldita sea que me enviaste a este infierno!—gritó el muchacho a su vez que acuchillaba con todas sus fuerzas el suelo. Cuando la hoja se introdujo casi en su totalidad, la trayectoria se desplazó, la daga toco algo igual de duro, o quizás más, para desviarse. Sonó un tintineo, un impacto de metal con metal. La mano de Zero resbaló y dejó la daga enterrada, y a el adolorido. Su cara era de sorpresa, escucho perfectamente el impacto, se frotó la mano y comenzó a buscar donde estaba su daga. La encontró, tomo la otra daga que tenía y comenzó a desgarrar el suelo y a sacar la tierra. Dio con algo duro, rápidamente lo sacó, y se encontró que era una espada envuelta en cuero.

Desamarro el cuero y sacó la espada. Tenía un filo tan fino, que se hizo una pequeña cortada, dos gotas de sangre cayeron al suelo húmedo y desconocido, la última gota cayó y también un sonido se generó en una de las esquinas.

Se encontraba alerta. No le había gustado el sonido extraño que escuchó hace unos momentos.

«Algo se está arrastrando», pensó.

Después el sonido se fue, pero la sensación de no estar solo estaba allí, algo lo observaba, algo lo quería. Tenía tres armas, las dos dagas que había llevado consigo y la espada que había encontrado. Shshshshshshshs. El sonido lo alertó, aleteo con la espada hacia el lado donde se encontraba, después al otro y para su enorme sorpresa, la espada comenzó a resplandecer poco a poco. Sentía como algo lo miraba, como algo lo acechaba, sin duda era por las gotas de sangre que había derramado. Despertaron a algo que jamás debió despertar.

«Tranquilo, sereno, eres un caballero, un Pleomaxer». La espada estaba resplandeciendo, poco a poco sus ojos volvían a la normalidad, volvían a sentirse cómodos con poca luz, claro que al mirar la espada se enceguecía, y era lo que menos quería ahora. Pasaron unos minutos que no se movía, sus pies estaban a punto de cubrirse por la totalidad de la superficie, y eso no lo quería, no le simpatizaba para nada todo eso. Descubrió que entre más movía la espada, más resplandecía hasta cierto punto.

«Igual que la piedra maestra.»

La piedra hizo exactamente igual, se volvió más y más blanca hasta resplandecer. Era momento ya de moverse, comenzó a despegar del suelo sus pies, el sonido viscoso de sus pies alzándose era desagradable, pero mucho más el de algo arrastrándose, y ahora era más rápido. Zero blandió la espada en la oscuridad, por todo su frente, poco a poco se fue dando cuenta, que estaba en el centro.

«Mi espalda». El muchacho corrió hasta donde lo llevaba la espada, mientras su retaguardia estaba a la vista. Tocó la superficie de una pared y se puso de espaldas.

«Es mejor prevenir cualquier tipo de ataque». Shshshshshs. Nuevamente el sonido esta vez más cerca, desde la derecha miro para allí, pero no vio nada.«No hay nada, nunca hay nada en ningún lado. ¡Mierda!.» Cuando se volvió hacia arriba con la espada en su mano, algo arremetió contra el. Se cruzó con la espada, pero no blandió nada más que dientes, la criatura estaba mordiendo sin ningún temor el espadón reluciente de luz blancuzca, mientras que los ojos de la criatura se mostraban como una línea negra fina, con sus alrededores con venas rojizas llenos de ira. La criatura sacudió la cabeza y Zero sintió como la fuerza del ser lo levantaba poco a poco. Empuño la espada como pudo para no separarse de ella. Un sacudón fuerte de la criatura hizo que volara hacia su derecha. Cayó de espaldas, pero su físico y entrenamiento en el reino hicieron de las suyas y se reincorporo rápidamente. La criatura arremetía nuevamente mostrando sus fauces llenas de dientecillos afilados que desgarraban la piel y carne, hasta hacer crujir los huesos. Zero hacía muestra de su agilidad al máximo, no era tonto, sabía que la criatura quería la espada, para quedar en la oscuridad perpetua, no podía permitírselo.

—¡Crees que estás peleando con una de tus cenas. Ni creas bestia de los mil infiernos.! Zero tomo con su mano izquierda una daga, mientras con la derecha agita la espada para que le diera luz. La criatura al escuchar las palabras del muchacho, se quedó plantada, el efecto era aterrador, lo estaba escuchando y parecía que le encantaba que el joven la desafiara. Parecía que aquel ser estuviese feliz. Estaba erguido su cuerpo gusaneo, mirando su presa e imaginándome lo sabrosa que sabría. Por fin se decidió y arremetió, nuevamente la cara de la criatura mostraba ira, abrió las fauces y su cara se ancho, unas aletas en torno a las mejillas salieron con pequeñas puntas de dientes en ella, era una criatura repulsiva. Zero no se quedó atrás y arremetió. La criatura bajaba y subía la cabeza a la orden de su cuerpo que se movía rápidamente, Zero sin más que unos metros entres ellos arrojó la daga hacia la criatura, esta se encabritó cualquier caballo fuera y la daga se hundió en su dorso bulboso. Se escuchó un chillido de dolor. El muchacho siguió ignorando el lamento del ser y sacó rápidamente la otra daga. La criatura se irguió más, mientras que su cuerpo se enroscaba, como si tratara de cubrir el lugar donde la daga se incrusto. Un coletazo fue hacia el muchacho, que esquivo con simpleza. Se apoyó en la cola de la criatura y acto seguido caminaba presuroso por el cuerpo de esta. Su mano derecha no dejaba de moverse, la espada brillaba más que nunca. Nuevamente la criatura lanzó sus fauces hacia el muchacho. Con todas sus fuerzas Zero intercepto el mordisco con la espada resplandeciente y con la daga de derecha a izquierda corto en los ojos de la bestia. La criatura chilló de dolor y dirigió su cabeza hacia la superficie, junto con su cuerpo, al tiempo que este hacía resbalar a Zero que caía de bruces. Mientras lo hacía tomó la daga por la punta y la arrojó hacia la bestia, la daga se enterró en el paladar de la enorme boca abierta, el gesto de dolor ahora incrementado más que nunca. Se paro nuevamente, estaba sudando, la superficie era blanda y hacia que su cuerpo pesara mucho más, estaba haciendo las cosas bien pero su cuerpo le pasaba factura.

Se lanzó nuevamente hacia la criatura ciega. Esta vez se dirigía al dorso, el animal estaba aterrado y con la cola tiraba para allí y para allá, uno golpe asestó al muchacho en el hombro, lo hizo desviar y por poco cayó, pero la voluntad de Zero era increíble, un coletazo por poco lo vuelve a tocar, esta vez lo esquivo de un salto y cayó hacia el cuerpo de la criatura, con una mano rodeo como pudo el dorso para sujetarse, mientras que con la otra hacía cortes con la espada resplandeciente, ya no solo era un luz blanca, tenía ahora partes con líquido viscoso negro. Después se empujó con sus manos y tomó la daga incrustada, el animal arremetió, por poco y le hubiera mordido el hombro, pero estaba ciega, y solo lo había rasguñado, llevó el mango de la espada resplandeciente a su boca, y cuando la tuvo firme, con sus dos manos sostuvo la daga, la saco y la metió muchas veces, la bestia solo chillaba, no era capaz de dirigir sus ataques, se enroscó y poco a poco fue dejando que Zero se pudiera apoyar de mejor manera. Tomó la espada con sus dos manos, el animal se disponía a hacer su último ataque.

La cabeza voló y el cuerpo tembló, Zero resbaló y cayó de espaldas al suelo, estaba agotado, sofocado y adolorido, el rasguño parecía arderle. Con lo último de sus fuerzas había cortado la cabeza de la criatura. Se recompuso poco a poco, no dejaba de agitar la espada de aquí a allá para que resplandeciera, dirigiéndose hasta donde estaban los restos de la criatura.

—No debiste atacarme nunca, no fue mi intención meterme en este agujero.

Del cuerpo de la criatura salía sangre a borbotones roja oscura y olía pésimo. Buscó sus dagas y las desenterró.


Habían pasado unos minutos ya desde que todo había pasado. La criatura le había servido para que él pudiera recostarse y descansar, mientras que ella se hundía. Comenzó a arrastrar el cuerpo de la criatura como pudo, algunas partes ya el suelo se la había tragado por completo, pero lo que faltaba era más que suficiente para lo que quería. Tomó el cuerpo y lo puso por la pendiente, se subió en él y salto, llegando al lugar inicial donde había caído. Desde allí más alto y más cerca de su salida cortó un trozo del animal lo suficientemente grande para ponerse encima de él. Se subió y supo que con un gran salto llegaría al borde. Respiro profundo, se subió y guardó la espada en su costado. Salto con todas sus fuerzas, sus piernas se flexionaron lo suficiente, sus brazos se alargaron y cuando toco el borde y se sujetó a él, un terrible golpe en el estómago lo mandó de nuevo a lo más profundo del agujero. Rebotó en la pared viscosa y se encontró con la cabeza ciega que había cortado hace unos momentos. Desenvainó la espada y se levantó poco a poco, El golpe lo había dejado sin aire y lo bastante adolorido para que sus piernas le flaquearon. Miro hacia adelante mientras que agitaba la espada,«Mierda» se dijo, mientras sonreía a las cuatro enormes cabezas similares a las que había cortado hace unos momentos.

—Definitivamente esta misión es una mierda—dijo mientras veía cómo las criaturas salían de enormes huecos en el suelo. Cada una con dos pequeños orificios que olían la sangre de su hombro.

25 de Noviembre de 2019 a las 13:50 0 Reporte Insertar 0
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