Risas en la oscuridad Seguir historia

andres_dm Andrés Díaz

"Desde siempre han existido sucesos, en aquello que llamamos 'realidad', que escapan a todo intento de la comprensión humana, que desafían nuestra lógica y nuestro entendimiento, y ante cuya presencia, directa o indirecta, el desconcierto que estos eventos producen no es sino causa de miedo y horror. Yo tuve uno de esos eventos..." "Risas en la oscuridad" es una historia abrumadora y demencial: su escritura ha sido particularmente angustiante... ¿Te atreves a leerla y descubrir qué han causado esas risas siniestras? [Cuento #16 de mi antología "31 cuentos de terror"]. TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS. No reclamo derechos sobre la imagen original usada para la portada.


Horror Literatura de monstruos Sólo para mayores de 18.

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Risas en la oscuridad



Desde siempre han existido sucesos, en aquello que llamamos “realidad”, que escapan a todo intento de la comprensión humana; hechos que desafían nuestra lógica y nuestro entendimiento, y ante cuya presencia, directa o indirecta, el desconcierto que estos eventos producen no es sino causa de miedo y horror.

Yo viví uno de esos sucesos... Recuerdo bien cada detalle de lo que aconteció aquella noche... Lo que estoy por relatar se trata de algo ocurrido hace ya casi dos décadas, en un viaje que hice a la sabana africana con mis viejos amigos de aventuras: el señor William, el señor Conrad y el señor Travis.

Nosotros éramos un grupo de amigos acaudalados que compartían la afición por la caza de bestias salvajes. Crecimos juntos desde la infancia y ahora, tras el éxito de nuestras respectivas empresas, cada uno poseía en su propiedad varios especímenes de extrañas y fascinantes especies animales, mismas que habíamos logrado derrotar en diversos viajes a distintos países desde nuestra natal Inglaterra.

Ese año en particular, el último en que los cuatro pudimos coincidir en una aventura, conseguimos algo de dinero para comenzar una expedición al inhóspito territorio del continente negro. Aclaro que no era este nuestro primer viaje a dicho paraje: por ello no creímos necesario la contratación de un guía. Por otra parte, tanto el señor Travis como el señor William tenían suficientes conocimientos debido a su vasta experiencia como exploradores en algunas selvas de India y de Brasil; de igual modo, cada uno de nosotros contaba también ya con una larga trayectoria como cazadores.

Además, llevábamos listas nuestras armas y municiones suficientes para acabar con una manada numerosa de leones.

El viaje no tuvo mayor complicación y llegamos a nuestro destino. Rentamos además un jeep y nos dispusimos a montar un campamento donde nos resguardábamos cada noche tras nuestras jornadas. Después de varios días y noches de viaje y de caza, disfrutamos de la tarde del sexto día, llenos de regocijo por haber conseguido algunos ejemplares de criaturas formidables, entre ellos, un par de jóvenes leopardos, un bello antílope macho y además un enorme jabalí, cuya carne no pudimos resistirnos a consumir y cocinarla en nuestra fogata. Esa tarde, nos encontrábamos todos terminando con el festín, mientras hablábamos de lo excitante de la visita y lo que haría cada quien con sus respectivos trofeos.

Después de la comida y algunas horas de charlas sobre nuestros negocios y empresas, acordamos los cuatro, pese a la mala actitud del señor Travis, que esa sería nuestra última noche, por lo que al día siguiente haríamos los preparativos para marcharnos.

Por su parte, el señor Travis seguía sintiéndose frustrado por no haber podido conseguir todavía un ejemplar de león: añoraba tener la cabeza de una de esas bestias para disecarla y colgarla en la elegante sala de su ostentoso hogar en Inglaterra. Cuando nos pidió a los demás que le concediésemos esa última tarde para encontrar a su codiciada presa, el señor William, el señor Conrad y también un servidor, coincidimos en que aquello sería solo un desperdicio de tiempo y de energía para nuestro compañero, hecho que le señalamos de manera atenta. Empero, debido a su carácter obstinado, el señor Travis preparó arma y municiones para marchar a pie en búsqueda de aquella criatura que le fascinaba.

El señor Conrad se ofreció amistosamente a seguirle, para asegurar que ambos volviesen a salvo: se puso su camisa tras haberse desnudado el torso por el calor de la sabana y acompañó a nuestro colega.

Mientras tanto, el señor William y yo nos dispusimos a recoger nuestras pertenencias y subirlas al jeep para dejar todo listo e irnos al día siguiente. Vimos a nuestros colegas partir, perdiéndose en la distancia al subir por una colina. Ambos eran hombres maduros y fuertes, sagaces y muy diestros para el manejo de armas. Creímos, ingenuamente, que todo saldría bien y aquello terminaría en una decepcionante tarde sin trofeos para nuestro viejo amigo…

¡Oh Dios santo…! ¡Cuán errados estábamos…!

Qué terrible sorpresa nos depararía el destino apenas unas horas después de su partida. Ninguno de nosotros imaginaba lo que estaba por ocurrir…


Cerca de la media noche, y casi seis horas después de su partida, el señor William y yo esperábamos en la fogata, junto a nuestras tiendas de campaña, expectantes al regreso de nuestros compañeros; estábamos preocupados pero, en cierto modo, tranquilos por la destreza de esos hombres a los que tan bien conocíamos después de cuatro décadas de amistad. Cuando vimos aquella luz brillando intermitentemente en la oscuridad de una colina cercana, nos percatamos de que ya venían de vuelta.

Recuerdo haber sentido calma al saber que mis estimados amigos ya estaban por llegar, sin embargo, el señor William me indicó su preocupación al notar que la silueta que sostenía aquella lámpara parecía caminar de un lado a otro. Ambos supimos en ese momento que algo no estaba bien…

El señor William y yo tomamos nuestras armas y nos aproximamos; era Conrad, venía solo y nosotros no pudimos sino exclamar gritos de espanto y terror al ver el estado en el que se encontraba: ese pobre hombre ¡estaba cubierto en sangre!...

¡Dios! Siento de nuevo miedo al recordarlo…

Conrad se tambaleaba frente a nosotros con la mirada perdida, mostraba varias heridas sobre sus brazos y sobre su rostro... Corrimos hacia él justo antes de que se desplomara sobre el piso. Recogimos su lámpara y cargamos su malherido cuerpo entre ambos, pues apenas y podía sostenerse después de lo que habría sido una larguísima caminata desde Dios sabe dónde…

—¡Conrad! ¡Dios mío! ¡¿Qué demonios ha sucedido?! ¡¿Dónde está Travis?! —pregunté desesperado y nervioso, mientras nos dirigíamos de nuevo hacia el campamento. Conrad no respondía, estaba evidentemente en shock: no podía hablar.

Llegamos de vuelta a la hoguera y colocamos cuidadosamente al señor Conrad cerca del fuego: las hemorragias no parecían severas ni sus heridas tan profundas, pero estaba helado y necesitaba recuperar energías. Le di algo de agua mientras el señor William limpiaba y suturaba cada laceración de su piel…

Tanto el señor William como yo nos percatamos, durante nuestras labores curativas, de un hecho extraño: los cortes en la carne del señor Conrad lucían limpios, muy distinto a lo que esperábamos de nuestras primeras hipótesis ante lo que creímos que habría sido el ataque de algún animal salvaje durante su excursión.

Mientras lavábamos sus heridas, Conrad apenas reaccionaba o hacía gesto alguno. Parecía que no percibía el dolor de nuestras agujas atravesándole la piel ni el hilo que usamos para suturarlo: en cambio, solo mantenía esa terrible expresión en el rostro, esos ojos tan perdidos, como si algo le hubiese comido el alma…

—Travis… —dijo de repente, cuando el señor William y yo estábamos ya por terminar las curaciones.

—Señor Conrad, estamos aquí con usted. Está fuera de peligro… —dijo el señor William, mucho más calmado y sereno de lo que yo podría haber estado, tratando de mantenerse concentrado y traer de vuelta al momento a nuestro colega, mientras este asentía lacónicamente—. Por favor, cuéntenos lo que ha ocurrido.

Conrad permaneció en silencio durante algunos segundos más. Estuve a punto de ceder ante mi impaciencia para volver a insistir, pero el señor William me detuvo. Le tomó dos minutos a nuestro amigo volver a hablar.

—Caminamos cerca de tres horas… —dijo lentamente, con la mirada clavada en las negras brasas que ardían y crujían al calor del fuego: en un inicio, su voz era cansada y su ritmo pausado—. Estábamos a algunos kilómetros de aquí. Habíamos llegado a una amplia planicie. No encontramos ningún león, ni vimos a ningún animal durante horas… El ocaso estaba por comenzar e insistí en que ya iba a oscurecer… Le dije al señor Travis que… que era hora de volver… —Al escucharlo, tuve una sensación ominosa… como si estuviese oyendo el relato de una pesadilla, y temí que mi colega tuviese lagunas en su memoria. Después, Conrad añadió—:

»Comenzamos a emprender la marcha de regreso. Pasaron solo unos minutos cuando empezamos a escuchar esos sonidos… Apenas eran inteligibles… Primero parecían distantes y no les dimos importancia. Pero… después de que avanzamos el primer kilómetro de camino para acá… esos ruidos comenzaron a parecernos más cercanos.

»Poco después, el sol comenzó a caer en el horizonte y advertí al señor Travis que debíamos usar nuestras linternas porque sino podríamos perdernos, pero él insistió en que no eran necesarias, y me indicó además que, si las usábamos, algún animal salvaje podría acercarse a husmear… Lo noté tan seguro como siempre y no repuse nada… Seguimos andando sobre la hierba seca de planicie. —Mi amigo hizo una pausa y vi cómo miró hacia el cielo: sus ojos comenzaron a ponerse rojos, estaba a punto de llorar. El señor William y yo lo mirábamos atentamente. El señor Conrad bajó de nuevo su mirada al fuego y prosiguió—: No oímos ningún ave, ningún insecto, ningún animal conocido durante todo el trayecto… hasta antes de oír esos ruidos…

»Tras varios minutos más, mientras caminábamos, escuchamos nuevamente esos sonidos: ahora estaban muy cerca, quizá a solo algunos cientos de metros de nosotros… Le indiqué al señor Travis que debíamos apresurarnos. Así lo hicimos… Comenzamos a caminar más rápido y mantuvimos el paso constante durante un cuarto de hora, mientras el sol terminaba de desaparecer y pintaba el cielo con sus oscuros colores para dar paso a la noche… Pero, entonces, nos detuvimos… el señor Travis me detuvo tocándome el hombro.

Conrad hizo una pausa en ese momento y entonces el señor William intervino tranquilamente:

—Tómese su tiempo, señor Conrad, no hay prisa…

Nuestro herido colega respiró profundamente y dejó salir el aire muy despacio. Apretó los ojos con fuerza y pequeñas lágrimas rodaron sobre sus laceradas mejillas. Al abrirlos, prosiguió su relato:

—Nos detuvimos porque escuchamos nuevamente ese ruido… Eran chillidos agudos… pero esta vez venía de otra dirección… estaban frente a nosotros, a quizá cien metros de distancia… —explicó—. Travis me puso la mano en un hombro y me indicó susurrando débilmente que debíamos agacharnos para ocultarnos…

»Él tiene… tenía… más experiencia que yo en la caza y entonces yo solo obedecí. Comencé a sentirme nervioso porque noté que él se había puesto mucho más serio. Apenas pude ver su rostro en la oscuridad de la planicie, pero vi sus ojos muy abiertos y miraba atentamente en derredor. Ambos nos recostamos pecho tierra sobre la hierba y guardamos absoluto silencio.

»Después de unos segundos, volvimos a escuchar esos chillidos y, entonces, nos dimos cuenta de que… sonaban como risas, risas muy agudas. Eran al menos tres risas distintas… —Al decir esto, los ojos del señor Conrad comenzaron a dejar salir más pequeñas lágrimas: miré rápidamente al rostro del señor William, iluminado también por el fuego de la hoguera… parecía consternado. Sabía que tanto él como yo habíamos pensando exactamente lo mismo, y nuestra hipótesis acerca de la criatura que habría estado siguiendo a nuestros amigos parecía ya esclarecida, pues solo podría haber una respuesta ante semejante descripción—. Esas risas… eran como… No lo sé… siniestras… Sentí miedo al oírlas. Puedo decirles que… nunca había oído algo así en mi vida… y si digo que se trataba de risas es porque solo a ese sonido puedo equipararlas.

»Mientras nos manteníamos agazapados, apenas podía ver la silueta de Travis a un costado mío, en la oscuridad, mientras en el cielo aparecían múltiples y numerosas estrellas que no había visto nunca en el cielo de Inglaterra ni en ninguna otra de mis expediciones… Algunas me parecieron demasiado… grandes, en realidad…

»Creí oír algunos quejidos y entonces sentí una ola de nervios que me recorrió todo el cuerpo por debajo de la ropa. Traté de buscar mi linterna, pero el señor Travis se dio cuenta de esto por los ligeros sonidos de la fricción de mi mano en mi bolsillo y me detuvo tocando nuevamente mi hombro. Creí ver la sombra de su cara moviéndose de un lado a otro para decirme que “no”.

»Seguimos ocultándonos entre la hierba y escuchamos de vez en vez nuevamente aquellas risas… eran muy agudas y, de verdad, les juro que había momentos en que sonaban muy cerca…

—¿Qué ocurrió después, señor Conrad? —pregunté, esperando que ese hombre, mi amigo de infancia que ahora me parecía tan extraño, me voltease a ver a los ojos, pero ni siquiera se movió.

—Escuchamos cómo la hierba se mecía con el frío viento nocturno… como si la planicie susurrara una extraña y silenciosa canción a nuestros oídos —respondió—. Conforme pasaron los segundo, comencé a respirar más rápido y noté que el señor Travis también lo hacía. Escuchamos esas risa nuevamente… parecía ahora más distantes.

»Sentí un ligero y breve alivio pero… —el señor Conrad se detuvo y noté que sus labios comenzaron a temblar ligeramente— entonces escuchamos otra risa más… provenía desde otra dirección…

»Y después oímos otra… y luego otra… —Admito que sentí escalofríos al ver al señor Conrad comenzar llorar mientras narraba esta parte de su relato—. Eran varias de esas cosas… Varias risas proviniendo de todas partes… ¡estaban cada vez más cerca! —exclamó, levantando un poco su voz—. Se estaban aproximando a nosotros desde múltiples direcciones. ¡Estábamos rodeados! Oímos varias risas, todas ellas siniestras… y escuchamos esas pisadas avanzando sobre la hierba… Pero, amigos míos, ¡les juro que todavía parecían distantes! —apenas dijo esta frase, comenzó a llorar desconsoladamente y le tomó algunos segundos más recuperarse para continuar—:

»El señor Travis alargó su mano para tomar mi mano… Creí que estaba a punto de indicarme que era hora de preparar las armas, pero entonces… algo se lo llevó… —dijo, entre sollozos y rompiendo nuevamente a llorar como un niño pequeño y asustado, mientras el señor William y yo nos miramos mutuamente ante la sorpresa de lo que nos acababa de decir nuestro colega, quien, haciendo un esfuerzo por contener su llanto, después añadió—:

»¡Esas cosas llegaron de repente! —gritó—. ¡Llegaron hasta nosotros y tomaron a Travis por la espalda! Se lo llevaron arrastrando, lejos de mí…

—Santo Dios… —dije, sintiendo un hueco en el estómago, pensando en lo que habría pasado con nuestro ahora desaparecido amigo.

—¿Qué pasó después, señor Conrad? —preguntó el señor William, todavía conservando la calma, pero con una mirada distinta: de sospecha.

—Escuché a Travis gritar de miedo y de dolor —explicó el malherido hombre—, mientras era llevado lejos de mi lado, entre la oscuridad, y yo grité su nombre por el pánico…

»Traté de tomar mi arma y mi linterna para ir detrás de él, pero entonces ¡algo me tomó de los brazos y me levantó del piso para arrojarme a unos metros de distancia! —Cuando el señor Conrad dijo esas palabras, el señor William y yo volteamos a vernos mutuamente, ahora más bien extrañados acerca del relato de nuestro alterado amigo. Devolvimos la mirada a nuestro compañero, quien enseguida notó el cambio en nuestros semblantes—.

»¿P-por qué m-me miran así? —nos dijo—. ¡¿Por qué me miran de esa manera?! —gritó enseguida—. ¿Acaso no me creen?, ¡¿Creen que estoy mintiendo?! ¡Malditos imbéciles! —espetó, lleno de rabia y frustración—. ¡Ustedes no estuvieron ahí!

—Señor Conrad, por favor, conserve la calma —dijo el señor William, todavía manteniéndose sereno—. Lo que está diciendo no tiene mucho sentido… Es obvio que usted ha quedado trastornado por lo que acaba de ocurrir, pero esas risas de las que habla no pueden ser otra cosa sino hienas… Ese tipo de animales no pudieron hacerle lo que nos acaba de describir.

En ese momento el señor Conrad se puso de pie:

—¡No eran hienas! —gritó histéricamente—. ¡No eran malditas hienas!

Su respuesta me causó un escalofrío profundo y esta impresión se quedó marcada desde entonces en mi memoria.

—¿De qué diablos habla, Conrad? —preguntó entonces el señor William, quien comenzaba a perder la calma que había guardado estoicamente hasta ese momento.

Mientras tanto, yo observaba en silencio a mis compañeros intercambiar palabras, pero de verdad no podía entender lo que el señor Conrad trataba de explicarnos.

—¡No fueron hienas! —repitió—. ¡Las cosas que Travis y yo escuchamos y que nos atacaron no eran malditas hienas! ¡¿Entienden?!

»¡Llegaron de repente y se lo llevaron con ellos! —gritó histéricamente—. ¡Pero no dejaban de reír! ¡Esas malditas cosas no dejaban de reír!

»¡A mí me sujetaron con fuerza y me quitaron el arma! ¡Y después esas cosas esculcaron en mis bolsillos y encontraron la lámpara! ¡Esas malditas cosas tomaron mi maldita lámpara!

—¡Conrad, baje la voz y siéntese! —solicitó el señor William en un tono severo.

—¡Váyase al diablo, señor William! —contestó nuestro colérico compañero, mientras su relato se volvía efectivamente la narración de una pesadilla, una pesadilla vívida y atroz. Al escribir estas palabras, siento escalofríos nuevamente pues, recuerdo a la perfección lo que mi viejo amigo dijo en ese momento—. ¡Yo vi lo que le hicieron! ¡Ellos me obligaron a verlo! ¡Me llevaron hasta el maldito lugar donde lo tenían y entonces encendieron la lámpara para iluminar su cuerpo…!

»Ahí estaba él… —dijo, con el rostro enrojecido por la ira y la desesperación, por el miedo de recordar la traumática escena—. ¡Dios! ¡Ahí estaba él! ¡No tienen una maldita idea de todo lo que le hicieron al pobre señor Travis!

»¡Ustedes no lo oyeron gritando de dolor! ¡No lo vieron tratando de zafarse desesperadamente de sus largas garras mientras esas malditas cosas comenzaban a rasgar sus ropas y después su carne! —el señor William y yo tratamos de indicar a nuestro colega que se detuviera, pero este ni siquiera nos escuchó—. ¡Ustedes no lo vieron mientras esas criaturas lo devoraban vivo! ¡No vieron su cuerpo ser despedazado! —gruñó, colérico, para luego dar paso a sollozos—. Malditos imbéciles… ¡Les estoy diciendo la verdad…!

—¡Basta ya, Conrad! —gritó el señor William—. ¡Lo que usted dice son solo estupideces! Y no es necesario describir semejantes atrocidades. Sabemos muy bien lo que esos animales pueden…

—¡No eran animales! —interrumpió el traumatizado hombre una vez más con ira… pero yo sabía muy bien que aquello no era sino un reclamo por el horror vivido—. ¡Y lo que digo no son estupideces, amigo mío! —Hubo entonces una pausa tensa y bastante incómoda en la que todos nos quedamos callados, mientras el señor William y yo observábamos a nuestro viejo colega llorar y tratar de recuperar el aliento. Entonces, tratando de recuperar de nuevo la compostura, el señor Conrad dijo—:

»Señor William… por favor… sé que es difícil de entenderlo, pero esas cosas no eran animales… ¡Yo vi al señor Travis siendo víctima de cosas inimaginables…!

—¡Señor Conrad! —dije, interviniendo por primera vez después de mi prolongado silencio, consiguiendo la atención de mis dos compañeros—. Por favor… sé que ha sido algo horrible lo que usted ha experimentado… El señor William y yo le hemos visto llegar malherido… Hemos curado sus heridas y limpiado cada corte de su piel… ¿Qué eran esas cosas?, ¿cómo eran?

Conrad se mantuvo callado y me miró con una expresión pasmada… Se le veía claramente trastornado. Noté temblores en sus manos y en sus labios. Las llamas del fuego brillaban tintineantes sobre su rostro desencajado. El señor William y yo esperamos pacientemente a su respuesta y, varios segundos, comentó:

—Yo… quisiera… quisiera poder encontrar las palabras para explicarles lo que vi… —nosotros nos mantuvimos callados—. Las cosas que vi, lo que nos atacó, no pertenecían a ninguna clase de animal que hubiese visto o de la que haya sabido antes…

—Amigo… señor Conrad —dije—, por favor, haga un intento…

—¡Está mintiendo! —espetó súbitamente el señor William—. Todo lo que ha dicho es solo una mentira porque el trauma de lo que ha pasado es demasiado para su mente… ¡Mire! Ahora no encuentra siquiera palabras para describir a las supuestas criaturas que mataron a nuestro amigo, el señor Travis. No tiene prueba alguna sobre lo sucedido… ha sido víctima de un terrible ataque animal, pero la historia que nos cuenta es tan solo un invento.

Recuerdo haberme sentido confundido en ese instante y, francamente, no sabía a quién de mis amigos debía creer. No entendía si aquella historia era, tal y como lo explicaba el señor William, solo un producto de la trastornada mente de mi viejo amigo. Pero entonces, el malherido sujeto frente a nosotros tomó un largo respiro y dijo:

—Señor William… —su voz parecía ahora la de alguien realmente agotado—. Quisiera, tanto como usted, poder reconocer que lo que ha pasado en verdad fue solo un trágico encuentro; quisiera poder decir que el señor Travis y yo fuimos sorprendidos por una jauría de hienas y que, efectivamente, su muerte tiene una causa más lógica, aunque igualmente grotesca; y quisiera que toda esta… absurda historia que les he contado, y por la que usted ahora me reprocha, ha sido tan solo una fachada… un maldito invento de mi imaginación debido a la terrible impresión del trauma que acabo de vivir hace algunas horas…

»Pero… hay algo que, para mi desgracia, puede confirmarnos a todos que no estoy mintiendo y que, la maldita y terrible pesadilla que acabo de narrarles no ha sido solo una mentira… —y dicho esto, nuestro colega comenzó a desabrocharse la camisa y a deshacerse de esta. Se dio media vuelta y nos mostró su espalda.

Lo que pasó a continuación es algo que me ha dejado sumamente perturbado desde entonces… Y la sorpresa con que nos tomó a ambos en ese momento ha sido una imagen de la cual no he podido desprenderme durante todos estos largos y cansinos años.

Sobre su piel, el señor Conrad tenía varias marcas que se extendía por cada centímetro de su torso y parecían formar extraños y complejos símbolos que, ni el señor William ni yo pudimos reconocer, aun pese a nuestros amplios conocimientos antropológicos y a los muchos viajes a diversas ruinas de las más antiguas civilizaciones. Ambos lo vimos sorprendidos y aterrados: voltee para observar el rostro del hasta entonces escéptico señor William… sus facciones habían cambiado… él también tenía miedo ahora… Ambos sabíamos perfectamente que el señor Conrad no poseía dichas marcas antes de partir a esa última y funesta expedición: ¡le habíamos visto el torso desnudo antes de partir! Él no habría podido realizarse tales cortes por su propia cuenta de ninguna manera y mucho menos con semejante destreza y detalle de los trazos marcados sobre su carne…

Ni qué decir del señor Travis, quien nunca se prestaría para semejante atrocidad…

—¿Cómo demonios es que… —comencé a decir, pero fui interrumpido.

—Estas marcas están cicatrizadas… —explicó lacónicamente el señor Conrad, dándose vuelta para mirarnos nuevamente—. Pueden tocarlas si ustedes quieren… Ya no duelen, pero no he dejado de percibir el incómodo roce de estos grotescos relieves de mi piel bajo mis ropas… —el señor William y yo nos mantuvimos en silencio—.

»Solo déjenme decirles una cosa, amigos míos: esas criaturas nunca me desvistieron ni rasgaron mis prendas… Tan solo sentí la presión de una garra gigantesca que recorría mi espalda con un trazo único, un trazo que describió curvas complejas y sinuosos movimientos sobre mi piel, produciéndome un ardor infernal que me caló hasta los huesos…

»Y mientras tanto, oía los gritos del señor Travis antes de morir en las garras y fauces de esas criaturas… Y escuché a esas cosas riendo, con esas risas agudas y chillidos salvajes… burlándose de nosotros… Sí. Sé que se burlaban de nosotros, con vileza. Esas malditas risas…

»Hice todo lo que pude, se los juro: traté desesperadamente de librarme de esas criaturas para correr a auxiliarlo, pero entonces me desmayé por el terrible dolor.

»Cuando desperté, ya no había rastro de nuestro amigo… ni de esas malditas bestias… —dijo el señor Conrad, concluyendo su relato, mirándonos con una mirada exhausta, triste y agobiada—. Necesito ir a descansar… he perdido mucha sangre…

Acto seguido, el malherido hombre tomó de nuevo su camisa y se fue directo a la tienda de acampar: cayó fulminado sobre algunas viejas mantas. Estaba fulminado.

Por nuestra parte, tanto el señor William como yo, decidimos montar guardia para vigilar toda la noche. Platicamos muy poco acerca de todo lo que acababa de suceder y compartimos el hecho de sentirnos aterrados.

Recuerdo haber contemplado constantemente el oscuro cielo de la sabana africana durante esa noche, percibiendo una ominosa sensación de nerviosismo y paranoia. El fulgor de la fogata y las danzantes llamas apenas lograban distraerme de mi observación rigurosa de numerosas estrellas que, así como había indicado el maltrecho señor Conrad, también me parecían absolutamente desconocidas… Como si en ese lugar… ese maldito lugar apartado de Dios, hubiesen macabras constelaciones estelares que vigilasen al salvaje continente desde el abismo.

No pude dejar de pensar en el relato de mi colega, y traté de mil maneras distintas de hacerme una idea sobre el aspecto de aquellos seres que él mencionó… Mientras me tocó hacer guardia y escuchar al señor William durmiendo a solo unos metros de mí, hubo momentos en que temí escuchar aquellas malditas risas…

Al día siguiente, buscamos con el jeep el sitio donde el señor Conrad nos explicó que había estado con el señor Travis. No encontramos ninguna de sus pertenencias ni resto alguno de su cuerpo. Tan solo vimos algunas manchas oscuras de lo que debía ser sangre seca sobre la hierba y sobre la tierra de la planicie.

Ante la falta de dinero y recursos para seguir buscando, tuvimos que dar por terminado nuestro viaje y volvimos a casa, a Inglaterra. Estábamos desolados.

Apenas y mantuvimos contacto después del funeral que se realizó con la familia del señor Travis. En su tumba solo había un ataúd vacío que fue enterrado en una oscuridad tan ominosa como la de aquella noche en que ese intrépido hombre falleció ante terribles y sangrientas circunstancias.


Algunos meses después de nuestro regreso de África, recibí una visita del señor William en mi domicilio. Fue muy breve en realidad. Mi casi siempre recatado amigo se encontraba ahora bastante ebrio, como nunca antes lo hubiera conocido. Había perdido toda compostura y, además, estaba sumamente consternado y molesto conmigo, consigo mismo y con todo el mundo.

Me explicó, llorando, que el señor Conrad había fallecido la tarde anterior. Fue un golpe devastador escuchar la explicación de su terrible muerte: se había pegado un tiro en la boca dentro de su hogar. El ebrio señor William me explicó que se enteró por un familiar en común que solía mantener contacto frecuente con aquel agobiado hombre. Este familiar le narró que, en sus pláticas con el señor Conrad antes de su suicidio, este le narrada que padecía de horripilantes pesadillas durante todas esas noches; le indicó además que cada madrugada despertaba gritando haber soñado con criaturas extrañas e indescriptibles que se reían de él, burlándose, desde la oscuridad y que veía una y otra vez lo que aquellas bestias siniestras hacían el señor Travis.

El señor William me dijo que nuestro amigo había quedado severamente deprimido y trastornado de sus nervios por la muerte del señor Travis. Probablemente había enloquecido en cierta medida y había estado repitiendo oníricamente la traumática escena, hasta que ya no pudo con el miedo, ese miedo crónico que destrozó su mente y después su cabeza. Cuando se retiró, el último de mis viejos colegas me dijo que hacer ese viaje a África fue el peor error que cometimos, y que estaba arrepentido por no haberle creído al señor Conrad.

Le vi partir, temiendo que no hiciera alguna estupidez en su borrachera, pero afortunadamente no fue así. También perdimos contacto entre nosotros.

Por mi parte, todos estos años he pensado tanto en ellos, y en ese maldito viaje… Me he preguntado tantas ocasiones y tratado de hallar respuestas de lo sucedido en aquel entonces pero, insisto: la comprensión humana es limitada… La realidad es tan vasta y misteriosa que mi mente se ve impedida para hallar sosiego ante la incertidumbre de esa macabra noche en la intemperie africana.

El señor Conrad murió hace ya varios años y, junto con él, el último testigo de lo que ocurrió con el señor Travis en ese lejano lugar… Nadie más que él sabía qué eran esos terribles demonios que reían en la oscuridad.


[Escrita el 27 de octubre de 2019 –revisada y corregida el 18 de noviembre del mismo año–].


18 de Noviembre de 2019 a las 18:46 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Andrés Díaz 23 años. Psicólogo clínico en formación. He estado escribiendo durante una década: este año he decidido compartir mis creaciones. Mis mayores referencias literarias son: Poe, Lovecraft, King, Verne, Sade, Conan Doyle, Pacheco, Rulfo, entre otros. Busco mi propio estilo, algo que me defina, aunque generalmente exploro diferentes narrativas. Quiero causar asombro, pesadillas y escalofríos. Wattpad: @ Andres22DM Sweek: @AndresDM Instagram: @ andresdiaz623 Twitter: @ Andres22DM Litnet: Andrés Díaz

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