El Despertar Seguir historia

martajroldan Marta J. Roldán

En un mundo fracturado por una guerra entre magos y humanos parece solo haber odio y temor. Unos luchaban por la libertad que una vez tuvieron y otros por el orden de todo el reino de Tenesha. Sin embargo, en la sombra de esta guerra algo despertaba. Algo vengativo y cruel. Algo imposible de vencer. ¿Podrán estos dos mundos convivir y entenderse? ¿O seguirán ignorando la amenaza inminente que despierta para seguir luchando?


Fantasía Medieval Sólo para mayores de 18.

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Sangre

«¿Estaba muerto? No, no podía ser. Este sueño lo he tenido desde que era un niño» Me dije a mí mismo mientras veía ese destello que me dotaba de ligereza y calidez que podría calificarse de humana o al menos una calidez que oculta algún tipo de afecto. Me elevaba una fuerza a la vez que me susurraba palabras de se desvanecían en el limbo de aquel lugar. Una voz aterciopelada y a la vez estridente decía cosas que no lograba entender. Lo último que mis ojos siempre ven son los destellos de unos ojos color avellana. El manto de pestañas de la ventana de su alma estaba húmedo de una manera bella, como el rocío de la mañana y sus ojos avellana estaban rodeados de venas rojas cual otoño melancólico. Una voz masculina pronunciaba sonidos, unos sonidos rotos y de desesperación, unos sonidos que me llamaban por mi nombre.


―¡Elliot! ¡Quédate conmigo!


Todo se volvió negro y como si estuviera en el fondo del profundo mar, escucho conversaciones a lo lejano. Escucho llantos y escucho sonidos de batalla. De no ser por unos brazos que me sostenían de forma gentil y unas gotas cálidas y saladas que caían desde mi mejilla hasta mi boca seca pensaría estar cayéndome en la nada, cayéndome en la oscuridad de mis párpados cerrados y notando como todo caía, caía y caía. Mis labios secos solo podían pronunciar una frase.


―No tengas miedo…no estás solo.


Al abrir mis ojos sentí una punzada en la parte de mis ojos y notaba mi pecho dolorido. Busqué a mi hermana con la mirada, pero su cama estaba vacía. Debía de ser la hora de clase y otro día más no pude ir. Ya llevaba tres días seguidos con este sueño. Normalmente este sueño aparecía de forma esporádica y lo podía tener como mucho dos veces al mes. Estaba perdiéndome las clases de historia de la magia o mi clase favorita, curación y herbología. Así en este estado no lograría subir del rango de un simple aprendiz. Me siento impotente al no poder parar estos sueños que, aunque fueran cortos, eran molestos y me impedían ser productivo. No podía faltar a mis clases. Finalmente me levanté y notaba mi cuerpo débil, como si hubiera gastado toda mi energía de un golpe esta noche. Me tuve que apoyar en la pared de mi cuarto para poder acercarme a una tina que tenía justo a mi lado y enjuagarme el rostro. Tenía ojeras que se remarcaban aún más gracias a mi piel pálida.


―Soy un desastre. ―dije mientras me peinaba hacia atrás. Mis ropas de dormir estaban arrugadas y algo húmedas del sudor. Era algo vergonzoso, parecía que me hubiera orinado encima como si tuviera cinco años. Tampoco es que me acordara si eso me pasaba a esa edad. Todo siempre ha sido borroso, incluso ahora en esta mañana lo estaba siendo. Mi vida siempre ha sido borrosa, como si me faltara algo. La voz desesperada de aquel chico aun retumba en mis oídos. Sus ojos mirándome con un sentimiento que aún no logro reconocer me confundían, aunque mi corazón al recordarlos se encogía. Siempre buscaba esa mirada entre los rostros de todos los que convivían conmigo en este lugar del que no podíamos salir jamás. Nunca encontré esos ojos avellana ni sentí esos brazos que me abrazaban y consolaban mientras caía en la oscuridad de un despertar amargo. Tampoco encontré su voz que, aunque estridente la necesitaba, tenía curiosidad cómo sonaría mientras habla en voz baja o como se reiría esa voz. Era imposible, no podía salir de este colegio, jamás podría. Allá fuera me buscan, nos buscan. La magia daba miedo y la mejor opción fue ocultarnos a los ojos humanos. Salir no era la mejor solución según mi madre.


Un sonido leve de una puerta abrirse se cuela en mis orejas de forma gentil y miro hacia ese lado. Su distintivo pelo rubio con los reflejos de la edad en algunos mechones asomaban por la pequeña raja de la ventana mientras sus ojos azules me miraban con ternura y cuidado.


―Por fin estás despierto, pequeño ¿Has tenido el mismo sueño? ―dijo con voz suave y pausada mientras entraba con cuidado. Ella siempre era así de tranquila, pero estaba así porque sabía que cuando me levantaba de esos sueños me zumbaban los oídos y los tenía más sensibles. Asentí con una sonrisa cansada. Estaba cansado de este sueño sin explicación ni contexto. Es como si durante el sueño tuviera una venda todo el tiempo. Solo escuchaba caos y esa voz tan diferente entre los gritos de las personas.


―¿Puedes pasarme la medicina, mamá? ―dije aún con las piernas débiles. A excepción de estos días con estas pesadillas, yo era un chico que no tenía ningún tipo de problema físico. Mi madre asintió y me apoyé en la tina suspirando y controlando mi respiración para que la jaqueca también cesara. Ella desde atrás me dio la vuelta y con sus manos gentiles sujetándome la cabeza abrió un frasco del característico color violeta. Su sabor amargo bajaba por mi garganta como pinchos quedándose estancados. Nunca me podía acostumbrar a ese sabor tan raro, mi consuelo era que al menos sabía que a los pocos minutos se me iría este dolor de cabeza. Mi madre desde pequeño me daba esta medicina cada vez que estos sueños aparecían, siempre me aseguró que era una enfermedad que desarrollé en mi infancia, pero yo sentía que había algo más. Era un sueño premonitorio y siempre he pensado que lo que soñaba sería mi muerte. Que esos ojos marrones serían lo último que viera. Prefiero no pensar en ello.


―Tómatelo con calma, Elliot. No me iré hasta que estés algo mejor. Ya hablé con el maestro Caelan y le dije que no podías asistir hoy. Se pasará por aquí para darte sus apuntes escritos a mano. ―fruncí el ceño visiblemente. Mi madre a veces me trataba como si fuera un muñeco de porcelana que no se pudiera mover. Me limitaba cuando tenía estas jaquecas que se me pasaban a la media hora.


―No hacía falta, mamá. Ya sabes que me viene bien que me dé un poco el aire. ―Para nosotros tomar el aire era salir entre los pasillos de esta escuela. Nunca he visto la luz del sol ni he sentido lo que es el aire sobre mi rostro. Nunca he sabido que era el césped o el mar, solo los he visto en bocetos y dibujos de historia o geografía. No sabía ni de qué color era el mundo allá fuera. Aquí todo era tan…gris. ―Tampoco hacía falta que te quedaras…no quiero ser una molestia.


―No lo eres, cielo. No quiero que empeores y hoy no tengo muchas cosas pendientes. ―Su trabajo era muy duro. Ella se puede decir que era la directora de todo este lugar, la que controlaba que todo saliera bien y no nos descubrieran. El sistema de barreras que nos ocultaba a los ojos humanos fue fruto de su investigación y trabajo duro. ―¿Ha habido alguna anomalía en la pesadilla?


―No, igual que siempre.


―Eso es bueno, mientras no haya anomalías o cambios todo va bien.


―¿Y Margarita? ¿Se ha ido a clases? ―Margarita era mi pequeña flor, mi amiga, mi confidente, pero sobre todo mi hermana, aunque no compartiéramos sangre. Al final la sangre no era nada para mí. La traviesa de mi hermana era la que siempre transmitía vida y alegría allá donde fuera. Yo era el calmado y ella la que iba correteando, nadie diría que yo fuera el hermano menor.


―Sí, aunque ahora mismo está en el aula de castigos. Otra vez. ―Ya me acordaba porque a veces era un dolor de cabeza. Ella siempre ha sido una persona que no es buena con las normas y siempre se mete en líos, aunque haga las cosas con buena intención y a veces pueda estar de acuerdo con ella. A veces era cansado intentar calmarla y controlarla, en el interior me gustaba eso de ella.


―No seas muy duro con ella…ya sabes todo lo que ha pasado. Ahora iré a hablar con ella cuando me vista apropiadamente sin parecer un muerto. ―Me río con la voz mejorada y mi madre me coge un rizo de mi pelo acariciándolo entre sus dedos de forma cariñosa. A veces cuando se ponía así parecía aislarse del mundo. Yo simplemente sonreí y le cogí la otra mano libre.


―Cada día te pareces más a tu madre. ―La miré con cierta tristeza, aunque no me acordara de ella mucho. Solo recordaba su voz y su cabello como el fuego invernal, yo había heredado ese color. Thelia era la que siempre me había criado, se me hacía hasta raro llamarla por su nombre. Para mí era mi madre, gracias a ella soy lo que soy.


―¿Cómo era ella? ―su rostro se volvió melancólico pero algo feliz. Thelia conoció a mi madre, pero nunca me contó mucho de ella. Tampoco me contó mucho de mi padre, del que parecía nunca querer hablar.


―Siempre tenía una sonrisa en su cara, era amable, curiosa y siempre calmada. Te pareces en todos los aspectos a ella, estaría muy orgullosa de ti.


―Siempre me dices lo mismo, madre. ¿De verdad sólo puedes decir eso de ella? ―digo algo frustrado pero tranquilo. El dolor de cabeza ya se había ido y me levanto para empezar a ponerme mi camisa blanca y holgada. Thelia se queda en su sitio intentando buscarme con la mirada. ―Debes saber más que todo eso.


―Créeme cuando te digo que es mejor que no sepas más. La ignorancia es lo mejor a veces. Sentía impotencia de ver cómo me ocultaba información, siempre fue así.


―Lo siento, no debería de haber preguntado. Voy a buscar a Margarita a ver como está. ―dije algo más serio. Me peiné un poco mis rizos desordenados y suspiré. Mi madre se quedó en la esquina de la cama mirando al suelo. Juraría haber visto lágrimas en sus ojos así que me acerqué sintiéndome mal y le di un beso en su frente. ―Luego hablamos, mamá. Cuídate, te quiero. ―Sonreí y salí de mi cuarto dejando que se quedara en él.


Al salir ya se veían los pasillos de este lugar, eran todo lo que he visto en este mundo. Grises con decoraciones de color caoba. No había ventanales ni barrotes que señalaran sometimiento o esclavitud. Simplemente paredes que nunca cambiaban. En el pasillo me encontré a mis compañeros y se me quedaron mirando como hacían siempre. Entre todos ellos eran amigos y algunos casi hermanos, pero yo al ser el hijo de la directora que faltaba día sí y día no a clase nunca tuve mucha relación con nadie. Solo mi madre, mi hermana y mis libros me acompañaban. Con los libros ya conocía a más gente que todos los que hay en esta escuela. Conocía mundo y podía leer cómo era vivir en el exterior, con la esperanza de alguna vez poder verlo con mis propios ojos. Yo quería subir de rango para poder salir, para poder demostrar que podría salir de aquí y enfrentarme a cualquier peligro. Sin embargo, tenía una inconveniencia. Mi madre era la que asignaba este título y nunca me lo va a dar debido a mi enfermedad. Iba a estar encerrado en este lugar y probablemente heredaría el puesto de mi madre. Es verdad que aquí gozaba de seguridad, pero ¿Dónde estaba mi felicidad? Me sentía como un ave queriendo alzar el vuelo, pero que no puede porque tiene sus alas cortadas.


Llegué hasta la sala de castigo, era un aula normal y corriente, pero en vez de dar clases simplemente te ponías a leer el libro más gordo que te diera el profesor encargado en vigilarte. Dependiendo del profesor era más o menos benevolente. Echando un vistazo vi a la señora Lux. Ella era un cielo, aunque muy estricta. Ha sido y sigue siendo mi profesora de Herbología y curación, la conocía desde que era un niño. Al verme asomar sonrió y salió a la puerta a saludarme. Sus largos rizos morenos mezclado con algunos mechones grises rebotaban mientras corría hacia mí.


—¿Cómo estás, Eli? Tu hermana me dijo que estabas un poco peor esta mañana.


—Estoy mucho mejor, Lux. Me tomé la medicina y se me pasó más rápido de lo que suele tardar ¿Has mejorado la fórmula? —Ella asintió con una sonrisa orgullosa. Lux era una maravillosa maestra e investigadora, gracias a ella estas jaquecas se pasaban y no iban a peor.


—Sí, tu madre me dijo que últimamente las jaquecas habían empeorado e hice un cambio aquí y otro allá…—dijo Lux dándome toques en la cara como si tuviera complejo de tía mimosa y yo fuera su sobrino. Sonreí sonrojándome, ya que me recordaba a cuando era un niño. —y ¡Puf! Adiós jaqueca. —Me tocó la nariz para luego cogerme de los mofletes. ¿Acaso se creían que era su peluche?


—G-gracias, Lux. He salido a dar una vuelta y quería pasarme por aquí a saludar y a ver a mi hermana…¿Que ha hecho esta vez?


—Ha insultado a un compañero a gritos y se ha salido de su clase sin avisar al profesor…—dice suspirando. No era nuevo, ella era una persona muy temperamental y no se controlaba ni en sus palabras ni en su tono de voz. Miré a Margarita de reojo mientras Lux me analizaba la situación, estaba en su mesa echada y casi dormida. Con un pequeño chasquido de manos oculto hice un pequeño hechizo que hacía que una pequeña chispa rebotara en su brazo. Se levantó de un golpe y buscó el origen de esa pequeña chispa, al verme me miró enfadada. La miré de vuelta con una mirada seria y a la vez preocupada. Ella sabía que quería decir y volvió con su libro. No quería que le castigaran más si la vieran dormida. Volví a mirar a la profesora y asentí con la mirada risueña.


—¿Hay manera de que yo entre a hablar un momento con ella? Por favor…—Lux me miró algo pensativa.


—Sabes que está prohibido, Elliot...No puedo…


—Sabes que no voy a jugar al pilla pilla con ella, solo quiero hablar y reñirle un poco. —Le miré con ojos de cordero degollado mientras le miraba directamente a los ojos. —Por favor...


—Ni se te ocurra ponerme esos ojitos…—la miré haciendo pucheros y ella gruñó frustrada. —Maldita sea, pero solo un rato. —Sonreí ya quitando mis ojos tristes. Siempre funcionaba con ella. Entré y me dirigí a la mesa con la cara tranquila. Margarita se levantó de golpe y me abrazó rodeando sus brazos alrededor de mi cuello. Le devolví el abrazo y le di un beso en su mejilla.


—¡Mi zanahoria! ¿Cómo estás? —le miro serio. Nunca me había gustado ese mote. Me lo decía desde que éramos niños.


—No me llames eso...—digo algo avergonzado. —Estoy mucho mejor, Marga. Al fin y al cabo lo mismo de siempre cuando estoy con esas pesadillas.—Margarita asiente y se sienta en su pupitre. Le imitó y cogiendo la silla que estaba en el pupitre de enfrente suya me siento mirándola. La miro algo más serio y suspiro para que vea que sabe para qué he venido.


—Oh, ya estamos…Ya sabes lo feo que te pones cuando te pones serio. Te salen arrugas antes.—dice tocándome la frente. No cambié mi gesto, no podía hacerlo. Margarita debe tomarse sus estudios en serio, no esto. A este paso se quedará toda su vida estudiando.


—Cuéntame qué ha pasado, Marga. —le cogí de la mano de forma algo más comprensiva.


—¿Qué quieres que te cuente? ¿Qué odio a todos estos prepotentes que tengo de compañeros? ¿Que ojalá alguien les diera un merecido? —Margarita preguntaba de forma algo aireada. Estaba acostumbrado a esta reacción de ella, así que la escuche con calma mirándola a los ojos. Ella no era una mala chica, ella solo necesitaba alguien que la calmara. La miré en silencio sin desesperarme con sus maneras de evadir el tema, no eran nada extraño ni nuevo para mí.


—Sabes que puedes confiar en mí para lo que seas. —Estreché su mano con cariño mientras le sonreía. Sus ojos me miraron con pena y asintió. —Entonces confía en mí. Sea lo que sea que haya pasado sabes que te apoyaré. —Esto último lo dije en voz baja para que no se enterara la maestra. Margarita suspira y me mira.


—Unos compañeros se estaban metiendo contigo…¡Simplemente no podía escucharlos decir esas cosas de ti! —dice a punto de explotar y alzando algo más la voz. Con mis manos le digo que baje la voz y puedo jurar que puedo verle la cara roja de rabia al acordarse. —Es injusto, simplemente te defendí, aunque fuera a chillidos. —Me quedé escuchándola atentamente. No era nada raro que algunos compañeros se metieran conmigo o dijeran cosas o comentarios sobre mi condición o mi comportamiento. Había escuchado estos comentarios desde que llegué a esta escuela, entre mis recuerdos borrosos sus miradas y susurros me perseguían. «Ese es el chico raro que adoptó la directora», «Se cuenta por ahí que es el único que sobrevivió de su familia. Puede que él tenga una maldición» y más susurros eran lo que solía escuchar en los pasillos desde pequeño. Mientras el tiempo pasó esos susurros se volvieron simplemente silencios incómodos y miradas de reojo. Nunca he intentado mantener ningún tipo de amistad con nadie por esta inseguridad que me han provocado. Sin embargo, estaba feliz, no necesitaba a nadie más que a mi madre y a mi hermana.


—Margarita...Entiendo como te has sentido al escuchar, pero deberías de controlarte. Al final la que ha salido perdiendo aun no haciendo nada has sido tú.


—¿Qué quieres que haga? ¿Los dejo en paz para que sigan diciendo mierdas sobre ti?


—Por ejemplo, no estaría mal…—dije mirando al suelo. —Margarita, van a seguir hablando aun así. Es mejor que los dejes en paz y que sigan hablando.


—Ni se te ocurra…¡No puedes dejarles seguir haciendo eso! —Margarita estaba realmente enfadada, no sé si conmigo o con esos compañeros. Siempre he preferido callarme ante los comentarios ajenos y centrarme en mis estudios y en mi familia. No era porque me faltaran ganas de contestarles, simplemente no me gustaba pelearme con nadie. Miré a Margarita y me levanté. Estaba tardando mucho y aunque a la profesora le cayera bien estaba sobrepasando su amabilidad y no quería meterla en problemas. Margarita me cogió del brazo y la miré algo más serio. —Yo solo quiero que te dejen en paz. No quiero que te enfades conmigo... —La miré con pena y le di un beso en la mano. No había dos como ella, no podía enfadarme con ella ni aunque lo intentara.


— Nunca podría enfadarme contigo. A no ser que utilices ese vestido horrible color berenjena que utilizaste el otro día. Entonces te veto de mi habitación. —Margarita se ríe y me coge de la mano algo más relajada y me mira con esos ojos azules como el mar.


—Recuerda que es nuestra habitación, querubín. También recuerda que llegué yo antes que tú. —Me río con ella y le suelto la mano.


—No vemos luego, berenjenita. Te quiero.


—Yo también. —dice con una sonrisa de oreja a oreja. Me alejo y con un gesto me despido de la maestra que ahora estaba leyendo un libro. —Gracias Lux, nos vemos. —Ella asintió y me devolvió el gesto con una sonrisa mientras salía de clase. Miré al suelo y me quedé parado sin saber donde poder ir ahora. Cuando no sabía que hacer solía a la biblioteca a ver si había algún libro nuevo rescatado del exterior. Así, me dirigí por los varios pasillos solitarios y anchos hasta encontrarme la característica biblioteca de este lugar. La entrada era una gran puerta de color blanco que hacía resaltar el entorno lúgubre y oscuro de los pasillos. Al entrar subí las mismas escaleras de caracol de siempre hasta llegar a una gran sala con estanterías kilométricas llenas de todos los libros que cualquiera se pudiera imaginar. Desde libros de magia y de su teoría hasta libros mundanos sobre dragones y otras criaturas fantásticas. Sin embargo, mi sección favorita no era en esta planta.


En la esquina de la sala enorme había una pequeña puerta vieja de madera que olía a historia. Era una sala muy pequeña y que solo estaba iluminada por pequeñas lámparas. Aquí era donde podía conocer sobre aquel mundo en el que nunca vivir, sentirme cerca de ese mundo al que nunca alcanzaría. Acariciando cuidadosamente las portadas de aquellos libros con mis dedos se me venían de recuerdos de cuando era pequeño. Todas las noches me quedaba dormido leyéndolos, eran como si fueran mis amigos. Ellos me arropaban y no me hacían sentir tan solo. Vi que no había ninguna novedad y suspiré decepcionado hasta que noté un peso caerme en la cabeza. Era un libro muy pesado y grité con una mezcla de sorpresa y algo de dolor. Ese golpe me dejaría seguramente un chichón. Me agaché a coger el libro pesado y me sorprendí a leer su título: Es hora de despertar.


—Este libro no me suena. —dije en voz alta con un tono ilusionado. Lo cogí y poniéndome en la única mesa con una vela para poder leer procedí a abrir aquel libro. De repente sentí un pinchazo en mi cabeza y gruñí de la intensidad del dolor. Joder, no otra vez. Cerré mis ojos y me froté los ojos para calmar el dolor. El dolor que sentía siempre se asemejaba a un pinchazo, pero en ese momento se sentía como si en mi cabeza hubiera un corazón que latiera y retumbara mi cabeza. Esto nunca me había pasado. Esa sensación fue desapareciendo poco a poco mientras me apoyaba en la mesa sin yo haberme dado cuenta. Debería de comentárselo a mi madre cuando la viera. Miré al libro otra vez y abrí su primera página.


—¿Vacía? —pregunté confuso. Pasé a la siguiente y también estaba en blanco. De nuevo fui pasando página por página en blanco hasta que por fin vi una frase que me heló la espalda.


«Sangre es lo que se necesita para despertarme. Tu sangre, Elliot.»


Tiré el libro asustado al leer eso y como si ese libro tuviera vida propia empezaron a pasarse las páginas solas. Me eché hacia atrás sobresaltado y con las piernas temblando. Tenía ganas de gritar, pero de mis labios solo salió un grito ahogado. Salí corriendo hacia la puerta pero esta no se abría ¿Por qué no se abría? Al mirar atrás desde la lejanía vi como el libro paraba de pasar sus páginas y ahora había otra frase diferente.


«No hay escapatoria. Debes cumplir tu destino, naciste para esto.»


Sangre empezó a brotar de sus páginas y esta vez mis pulmones sí pudieron gritar. Intenté empujar la puerta, pero esta vez no había puerta, solo una pared negra. Lágrimas de desesperación brotaban de mis ojos mientras el charco de sangre se aproximaba a mí. Solo cerré mis ojos con fuerza deseando que fuera una pesadilla como siempre. «Esto no es real» repetía como un rezo. A lo mejor así despertaba de mi sueño. Sin embargo, era muy lejos de la realidad. Sentí como el charco no era totalmente líquido sino como una masa roja y que olía a muerte y venganza. Me rodeó las piernas con sus garras sin piedad y a pesar de mis esfuerzos seguía subiendo hacia mí de forma agónica y lenta. Notaba como sus garras taparon mi boca a la vez que mi cuerpo se paralizó


—Mamá…—dije sollozando antes de que todo se volviera borroso y oscuro. Era como en el sueño. Oscuro y sin esperanza pero esta vez estaba completamente consciente

17 de Noviembre de 2019 a las 20:05 0 Reporte Insertar 0
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