Fuegos Fatuos Seguir historia

mdgarcia Marlon García

Sabes que estás en medio del bosque con tu mejor amigo. Sabes que solo se irá uno de los dos.


Cuento No para niños menores de 13.

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Fuegos Fatuos

Estás bien.

Tienes entre tus manos la tercera cerveza de la noche y miras como la luz trémula de un fuego que apenas calienta ilumina a medias la lata. No hace frío. Pero tú querías fuego y Mark Podvin tenía yesca y pedernal.

Bromeaste al respeto. ¿Quién demonios usa herramientas tan arcaicas en pleno 2019? Solo Mark. Él y sus estúpidos lentes redondos de montura verde brillante, de ese color que no va con nada de lo que se pone y que le da a su rostro pálido de niño pequeño un aire como de otra galaxia.

Le darías el único par de monedas que te quedan al que lograra explicarte lo que estás haciendo ahí, rodeado de una oscuridad tan aplastante que casi se roba el brillo de las estrellas, y de la luna que parece estar tan cerca.


Ignoras por tercera vez las ganas de mirar sobre el hombro en busca, quizá, de los fuegos fatuos que según las leyendas engañan a los viajeros y les muestran el camino hacia una muerte que los mitos no se detienen a describir, como si fuera únicamente el camino hacia el final el que importara y no así el destino, que por lo poco que sabes puede ser la mordida de una araña ponzoñosa con la panza brillante. También podría ser un círculo demoníaco, con varias súcubos despampanantes, untándose la luz de la luna en unos pezones tan puntiagudos que podrían sacarte un ojo. O un fuego lastimero como el que tienes delante. También podía el filo del hacha de un hombre con la barba tan crecida y enmarañada como la tuya, como si hubiera un hombre con la barba tan enmarañada.

Mark Podvin no tiene barba. Y eso que es un poco mayor que tú. Tú te la dejaste pensando que a Lauren Liney le gustaría, luego te enteraste de que le gustan los hombres lampiños de cara suave y para entonces ya era demasiado tarde.


La cerveza no sabe bien. Es barata y todavía está caliente a pesar de que el sol lleva oculto varias horas. Es lo que te sacas por ponerla en el maletero, junto a la mochila en la que llevas, entre otras cosas, tu portátil marca apple, las vendas que planeabas poner al rededor de tus manos como lo hacen los boxeadores, y el estuche de tus lentes Armani, esos que te quitaste para ver si con el alcohol, la noche y la miopía, el rostro de Mark se veía femenino. Y casi que sí se ve. Casi.

Tratas de pensar en Lauren para calentarte, porque ese fuego que te alumbra apenas arde y empieza a soplar un viento frío.

A Mark lo conoces desde que eran niños y habían sido buenos amigos hasta la llegada de Lauren. Lauren la de los ojos brillantes. Verdes como dos esmeraldas. Y una piel tan blanca. Y un cabello tan rubio como extraño en esa tu geografía sudamericana en donde los nombres como el de ella, el de Podvin y el tuyo, James Holloway, suenan completamente fuera de lugar.

Los ojos de Laura sí que eran fuegos fatuos. Nunca supiste a ciencia cierta el destino que escondían, pero te traía sin cuidado, así fuera tan trágico y horrible como una muerte en medio de un bosque a las afueras de la ciudad.

Recuerdas el día en que la conociste. Sostenías entre tus manos una lata de mejor cerveza, ¿o era una copita de vodka?

Yo nunca he... empezó José Serrano. Uno de tus amigos con un nombre geográficamente correcto.

Yo sí que he... así confesó Julia que se había robado un par de cigarrillos en una tienda de abarrotes.

Luego llegó tu turno. Y casi no recuerdas lo que dijiste porque otra memoria te inunda la cabeza en este momento: El olor a menta del chicle que masticaba Lauren a tu lado, mezclado con el de su perfume, que se convirtió en tu olor favorito antes siquiera de saber que se llamaba Attrape-Rêves y que lo había manufacturado Louis Vuitton.

Ella había dicho que nunca se había acostado con un hombre y en ese preciso momento deseaste ser su primero, su último y su mejor, aunque tu tampoco te habías acostado con nadie jamás.


Pero tenía que conocer a Podvin. Tenían que hacerse "amigos" y arrastrarte a ti al odio, a ese frío y potente estado de casi locura en el que un hombre mata a otro y dice que lo ha hecho por amor.

El maldito Mark Podvin y su cara de niño. No entendías cómo podía gustarle a ella, sobre todo al lado de un muchacho como tú, de espaldas anchas y brazos macizos, construidos a base de esfuerzo.

A tu lado, Mark se levanta, farfullando que debe ir a desocuparse entre los árboles. Se tambalea. Se tropieza, pero logra estabilizarse en el último instante, suelta una risita desenfadada que te irrita. Parece estarse divirtiendo aún después de lo que te ha hecho hacer.

Recuerdas su cara cuando lo enfrentaste, cuando le dijiste a las claras la mierda de hombre y de amigo que era al liarse con la que tú querías como tu chica. Aprietas la lata de cerveza e imaginas su cuello. Cerrándose tus dedos como hubieran querido hacer en aquel momento, mientras su mandíbula lampiña se abría y dejaba escapar al pájaro carpintero que era su risa.


-No entiendes nada, James Holloway -Podvin te había dicho entre carcajadas-. Lauren es para mí como el mismo demonio, una maldita sentencia de muerte, un fuego fatuo que se aleja entre los árboles llevándome hasta el punto en el que mis huesos se han de quedar. Pero tú eso no lo entiendes.


Ahora sí que entiendes. Pero ya es demasiado tarde. Ya están en el bosque, a donde han venido a resolver las cosas como las resuelven los hombres.


Mark Podvin regresa tambaleante, casi sientes que debes ayudarle, pero recuerdas que lo odias, mucho más ahora que entiendes.

Tragas saliva, estás bien.

Podvin se deja caer a tu lado y finges no notarlo. Todo por ganar unos segundos más sin responder a su mirada, que se prende de inquisitiva, esperando a que te levantes y vayas a por la pala que te ha confesado que tiene en la parte de atrás de su Honda Civic. Intenta ocultar que le tiemblan las manos, pero tú lo notas, porque lo miras a todo lado menos al rostro, donde están sus ojos, esos que a tu Lauren parecían gustarle por algún motivo.


-¿Qué harás, Holloway? -Mark te había dicho luego de terminarse de un trago el contenido de la botellita marrón.


Sabes muy bien que poco podrás hacer. Sabes que recurres al pasado en busca de las señales que los fuegos fatuos van dejando antes de mostrar a lo lejos su luz. Sabes que no vas a hallarlas porque andabas a tientas. Sabes que solamente puedes esperar.

Ahora recuerdas, porque te permites, lo que dijiste antes de que a Lauren le tocara el turno y te pusiera a desnudarla con la mirada. Ahora que a Mark los ojos le bailan de un lado al otro en las cuencas, enloquecidos, como arrepintiéndose de haber seguido el camino del fuego fatuo hacia el bosque.


-Sálvame... James, ¡por favor! ¡no quiero morir!


Hacía media hora que Mark Podvin parecía haber hecho las paces con su destino, perdiendo a la vez toda esperanza en ti y en la vida. Ahora de pronto parece pensar que te apena lo suficiente, que le has hecho esperar todo este tiempo para sostenerlo al final entre tus brazos como un caballero de esos que salvan a las princesas en los cuentos.

Tú sí que eres un caballero, claro. Y sabías el resultado de todo esto desde el momento en el que Podvin se tomó el veneno, diciendo que solamente bebería el antídoto de tus labios.

Ahora te permites recordar lo que dijiste aquella tarde jugando, bebiendo mejor, sentado entre cuerpos cálidos y no entre árboles fríos que lo miran todo indolentes, casi como lo haces tú.


-Yo nunca besaría a un hombre -declaraste entre las risas.


Y sabes que un hombre solo vale lo que su palabra, que solo vale por el peso neto de sus convicciones.


11 de Noviembre de 2019 a las 02:06 0 Reporte Insertar 2
Fin

Conoce al autor

Marlon García Al que me diga por qué estudio Relaciones Internacionales le premiaré con mi devoción eterna. Una vez leí de un brujo que se bajó de su neutralidad para meterse de lleno a la guerra por amor. Se llamaba Geralt de Rivia. Vé y lee sobre él.

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