El Libro de los Olvidados (III-El Ocaso de las Sombras) Seguir historia

sebasilvestri Sebastian Silvestri

El libro de los olvidados nos transporta a un mundo distópico, gobernado por una dinastía totalitaria, que busca borrar de la memoria todo pasado libre de la nación. Ebook completo: https://books2read.com/u/3JVWqX


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FÁBULA DEL REY INCONCLUSO

En un reino olvidado, un rey soñaba con ser adorado. Quería ser el ser más amado que haya pisado el suelo de su reino, sin preocuparle el cómo ni el porqué.

Quienes lo precedieron no lo habían logrado, pero él estaba decidido. Sería una nueva luz, el que cargaría con toda la admiración de sus súbditos; el rey más adorado que se haya sentado en ese trono.

Pero eso no pasaba. Su pueblo, preocupado por sus propias necesidades, no lo amaba. Y él no lo podía comprender.

El sufrimiento del pueblo le era ajeno, ya que él nunca había sufrido. No conocía de sufrimientos y menos de necesidades. Él era incapaz de comprenderlos y, mucho menos, de amarlos. .

Solo deseaba del pueblo una cosa: ser adorado; que sean de lo que canten sus canciones; y por lo que estén dispuestos a dar su vida. Pero él no amaba al pueblo. Y el pueblo no lo amaba a él.

Cansado de los fracasos, recurrió a sus consejeros. “Mientras no ame a su gente y no comprenda sus pesares, no logrará ser la fuente de su admiración. Mientras no salga de su palacio y los escuche, nunca obtendrá su admiración. Y de a poco, solo irá ganando rechazo”.

Tras escuchar sus consejos, decidió salir del palacio; conocer a su gente y sus necesidades.

Pronto, se vio rodeado de ellos. Sin guardias ni armas, caminó por las calles del reino, conversando y escuchando a sus súbditos. Oyó sus problemas y necesidades, sus historias y sus vidas. Y así, por un tiempo fue un verdadero rey. Un rey al servicio del pueblo.

Fue entonces cuando los primeros destellos de adoración comenzaron a llegar. Él escuchó sus necesidades y prometió repararlas. Y sólo con eso su pueblo comenzó a sentirse acompañado. Empezaron a ver en él, a un rey digno de admiración.

Bastó un día de caminar por las calles para ver cómo su sueño de ser admirado comenzaba a ser una realidad. A los granjeros les prometió agua; a los mercaderes, cansados de los robos, más guardias; y a los enfermos, más medicinas.

Rápidamente puso en marcha las obras que solucionarían los problemas de su gente. Y en cada una de estas obras sus emblemas lucían ostentosos porque el pueblo debía recordar al rey glorioso que los estaba ayudando, al que les estaba dando lo que necesitaba para una vida mejor.

Pero pronto notó algo. Un error en sus planes. Si las obras terminaban, su emblema ya no luciría en las mismas; y con el tiempo la gente olvidaría que fue él quien las hizo. Algo permanecía intacto: solo quería ser adorado, aún no sentía ningún amor por su pueblo. Su interés en ellos era falso y carente de un verdadero significado. Él quería ser adorado y lo estaba consiguiendo. Pero cuando el pueblo no tuviera más necesidades, probablemente, sería olvidado.

Pensó, entonces, que si las obras no concluían nunca, el pueblo nunca dejaría de tener necesidades; y él de ser adorado.

Así fue como cada obra que comenzó quedó inconclusa. A cada necesidad que oía, respondía con una promesa. La promesa de una obra que pronto comenzaba para nunca acabar.

Lejos de importarle que la gente aún pasara las mismas necesidades, el rey se mofaba de ellos. “He encontrado la forma de que me adoren para siempre; y es muy sencilla. Solo promesas vacías y obras que jamás terminaré. Y ellos como ovejas me siguen: aun cuando los granjeros siguen sin agua, los mercaderes sin seguridad y los enfermos sin medicina”; repetía orgulloso a sus consejeros.

Pero el pueblo no durmió por siempre y, pronto, se cansó. “El rey inconcluso”, comenzaron a llamarlo. Un rey que siempre miente; que promete lo que no cumple y solo busca engañar a su gente. Y fue el poder de ese nombre el que finalmente determino su destino. Pronto su burla se volvió maldición. La maldición de lo inconcluso.

De cada alimento que consumía, el último bocado no sabía a nada; el último sorbo de cada bebida se evaporaba antes de que pueda beberlo; a cada libro que leía le faltaba la última hoja; y con cada amante que tenía era incapaz de alcanzar la cima.

La ironía, así, se impuso frente a su burla. En su vida nada llegaba a su final. No hubo siquiera una canción de la que pueda oír la última melodía. .

Y finalmente llegó la muerte. Una muerte que terminó deseando con ansias porque durante mucho tiempo solo deseó terminar con todo, justo él que nunca nada terminaba.

Pero para este rey, ni aún la misma muerte tuvo un final. Cuando esta llegó, también fue inconclusa: él, simplemente, siguió comenzando a morir pero sin terminar de hacerlo jamás.

Y así vagó por el mundo sin ningún rumbo claro; ni todo vivo ni todo muerto. Ya nadie lo adoraba; ya nadie lo recordaba. El espectro, ni vivo ni muerto, era temido y odiado por todo el que se le cruzara.

9 de Noviembre de 2019 a las 20:25 0 Reporte Insertar 6
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