Stahlstadt Ciudad Capital. Seguir historia

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Rodrigo Batty


En una ciudad concebida desde sus orígenes para cambiar el futuro de más de un mundo, una joven guerrera atrapada en una realidad que le es extraña deberá develar los misterios que esconden sus calles para volver a sus tierras y salvar el reino. Los recuerdos de su pasado heroico y todo aquello que dejó atrás la ayudarán en la lucha contra un enemigo implacable al que deberá vencer o resignarse a una eternidad de angustia y desconsuelo por la promesa incumplida.


Fantasía Épico No para niños menores de 13.

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Capítulo 1

La comezón en la vieja herida era casi insoportable mas no pensaba mover un solo músculo de su cuerpo, debía quedarse totalmente quieta el tiempo que fuera necesario, como si el honor que quedaba en ella dependiera por completo de eso. Sus huesos le recordaban, ese domingo húmedo, antiguas fracturas y su armadura, espléndida ante los ojos de los demás a pesar del tiempo y los combates, se sentía mucho más pesada, como si pudiera aplastarla. Esa tarde los veinticinco quilos de metal forjado que tantas veces la habían protegido de espadas y enemigos no podían evitar que el dolor, que la angustia, traspasaran la otra coraza que el tiempo había formado, la de su alma. Sintió un dolor agudo en el pecho y hubiese preferido una brillante hoja afilada al remordimiento antiguo y oxidado que lo provocaba. Cerró los ojos para confundir al tiempo y alejar sus pensamientos más allá del cansancio. Rememoró aldeas y fortalezas, el olor a tierra mojada anunciando la lluvia, el sonido de las hojas secas de otoño bajo sus pies. Buscó en lo profundo recuerdos que la reconfortaran, el crepitar de la hoguera que calentaba el hogar, las caricias de su madre, las palabras de su padre, la mirada y la piel de su amada. Cada imagen, cada sensación alivió la espera pero los recuerdos surgen caprichosos, incontrolables al igual que los sueños y así la calma y el sosiego se cubrieron con ruidos de batallas, con llantos de partida y soledad.

Aparecieron sin ser conjurados alaridos de frenesí y dolor en el fragor de la lucha. Mujeres y hombres corriendo enloquecidos al choque de cuerpos, corazas, animales. El cielo oscurecido por la polvareda y la tierra cubierta por una alfombra de miembros entre el barro y la sangre. Los últimos vestigios de una época que parecía terminar sin aviso luchaban con fiereza contra un enemigo extraño y superior. Golpeaban, resistían, mataban. Morían.

Sintió nauseas al recordar el hedor de los vencidos cuando los pocos sobrevivientes volvieron a sepultar amigos, compañeros y familias. Casi todos ya habían partido al último viaje, otros pocos suplicaban que sus almas dejaran sus cuerpos mutilados y sólo un puñado pudieron ser curados y extender su vida algunos días hasta la inexorable partida. Inservibles fueron sus espadas, hachas y piedras cuando los estruendos como truenos comenzaron y sus cuerpos traspasados por flechas invisibles cayeron sin cesar unos tras otros.

Si ese domingo alguien hubiese observado atento su mirada detrás del yelmo habría visto como los ojos enrojecidos de la guerrera dejaban escapar una lágrima por el pasado, por su mundo, por aquellos que amaba, por su amigo y maestro que en un apagado estertor le había arrancado la promesa de encontrar a la elegida, a la portadora de la llave para volver y salvar el reino.

Quiso salir de su pasado. Se concentró en sus piernas entumecidas por el cansancio y en el dolor de sus músculos tiesos. Era preferible la molestia presente a la angustia provocada al recordar la promesa, el primer día en ese universo extraño, la búsqueda, la frustración y el mismísimo día en que se rindió y decidió quedarse quieta.

El sonido metálico de las monedas en el tarro la trajeron de vuelta. Era la señal que esperaba.

Abrió los ojos.

Levantó su escudo.

Blandió su espada y oyó el silbido del aire al ser cortado por el filo forjado en los comienzos del tiempo, sintió su sangre correr y en sus huesos la dicha de su juventud de gloria. Sólo unos cuantos movimientos antes de agradecer con una rodilla en tierra y sus manos y cabeza apoyados en la espada aquellas monedas que le permitirían comer por la noche. Sólo unos segundos de movimientos antes de ser nuevamente la escultura viviente del parque, inmóvil hasta que alguien le dejara las próximas monedas.

Un domingo como todos, salvo que ese día, entre los rostros sorprendidos de los niños, por detrás de los padres sacando fotos, recortada por el sol que se ocultaba tras los rascacielos, creyó verla.

8 de Noviembre de 2019 a las 19:19 0 Reporte Insertar 1
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