green_hills_1473 Claudia N.

Berilo Hudson se paseaba por los locales de Las Vegas, observando a los transeúntes, mientras trataba de centrarse en su misión, íntimamente relacionada con unas criaturas descorazonadas. SUGERENCIA: Recomiendo leer con la "pantalla nocturna" activada. Relato para el concurso #DeLaFraseElCuento


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― Monstruos ―


Mi respiración cansada era lo único que podía alcanzar a oír dentro de aquella caja de carburo de boro. Un cuerpo inerte estaba tumbado junto al mío, ni siquiera se habían dignado a mover el cadáver. Creía que mi corta vida estaba a punto de acabar. Lo único que se me antojaba hacer en aquellos instantes era recordar... Añorar.

Me remonté a aquel instante donde comenzó todo. La primera toma de contacto fue violenta. Un fuerte impacto, como un accidente aéreo, sacudió mi mundo. O más bien su mundo. Todavía no tengo claro quién invadió a quién. Cuando llegué a aquí, traté de adaptarme al ritmo de vida que todos llevaban en aquella gran ciudad, donde los vehículos contaminantes iban de un lado a otro. Me fui integrando gracias a su ayuda, la calidez de su sonrisa, su reconfortante presencia... Eran sensaciones que jamás había experimentado.

Un toque. Eso fue lo único que hizo falta. Me vi obligado a abandonar mi hogar, con un encargo laboral bajo el brazo, y catapultado a lo desconocido; Nevada era mucho más grande de lo que había imaginado, pero, a fin de cuentas, eso me beneficiaría. Debía pasar desadvertido y Las Vegas parecía una buena ciudad para ello. Pero ese mero roce no estaba previsto.

―Disculpa ―qué voz tan suave tenía, nunca había escuchado nada tan magnético―, no eres de por aquí, ¿verdad?

Jamás había visto a un espécimen tan atractivo como aquel: con el nudo de eso a lo que llaman corbata deshecho, luciendo un traje grisáceo cualquiera, con esa encía resplandeciente... Era un espectáculo mucho más prometedor que los carteles luminiscentes de las calles.

―No ―respondí en voz baja. Ojos azules, bonitos. Estaba acostumbrado a los colores exóticos; de donde yo vengo, todo el mundo posee unos orbes hermosos como los suyos―. ¿Por qué la pregunta? ―No podía ser descubierto, no podía bajar la guardia por un simple capricho humano.

―Te llevo viendo en el casino de mi familia desde hace un tiempo. ¿Te diriges hacia allí? Conozco a casi todos los clientes habituales, no me apetecía hacer una excepción. Eres Berilo Hudson, ¿no?

Qué tierno, había estado observándome. No podía quejarme, yo estaba dispuesto a hacer lo mismo con ellos, así que estábamos en paz.

―De hecho, sí ―nos encontrábamos a unos treinta pasos de distancia de la entrada―. ¿Me harías compañía?

―Será un placer ―volvió a sonreír y Las Vegas no me pareció un lugar tan extraño. Quizá podría haberme acostumbrado a aquella vida.

Sin decirnos mucho más, me acompañó hasta el casino. Nos consiguió unas bebidas gratis y charlamos mientras jugábamos una partida de póquer. Se llamaba Colton Grayson, tenía 22 años y había abandonado los estudios. Tras un año sabático, optó por tomar un par de ciclos formativos mientras trabajaba para su propia familia. Le iba bien. Era divertido, elegante y siempre estaba sonriendo; muy coqueto, y tenía preferencia por los vinos dulces, el juego sucio y los hombres. Cuando nos cansamos, me invitó a dar una vuelta y fumar un pitillo.

Reconozco que fue una buena noche, que disfruté de su compañía. Este estado de satisfacción se prolongó a lo largo de los siguientes días hasta que, por fin, hizo eso de "llevarme al huerto". Aprendí rápido, a imitarle y a descubrir por mí mismo, tenía su toque de diversión, a pesar de la inutilidad biológica de lo que estábamos haciendo; utilizar nuestros sistemas y aparatos para disfrutar en vez de para lo que realmente sirven no es algo que se nos inculque de donde yo vengo, aunque jamás había escuchado antes eso de "tener sexo".

Todo marchaba bien, pero mis jefes no tardaron en comenzar a apretarme las tuercas.

«No se me ha olvidado mi tarea, tan solo me estoy tomando un descanso temporal», era lo que me decía mí mismo.

Sin embargo, bien sabía que era un terrible error involucrar sentimientos con respecto al enemigo. Traté de cortar los lazos con Colton de mil maneras diferentes, pero siempre recaía de nuevo, incapaz de ser fiel a lo que había prometido.

Por desgracia, quien fue mi entretenida distracción durante todo este tiempo ya no estaba a mi lado para apoyarme. Bueno, al menos, no estaba vivo para ello.

Pronto, mis diferencias comenzaron a notarse demasiado, y los vecinos empezaron a sospechar. Fue una cadena que se fue extendiendo, un rumor. Y así es como había acabado: sin energías, atrapado en una jaula de un material que inhibía mis habilidades, sintiéndome inútil e indefenso, junto al cadáver del que fue mi amante humano.

Cuando al fin abrieron la puerta de la jaula, no me deslumbró la claridad. Ya no me esforzaba por mantener ocultas mis características, así que mis pupilas estaban preparadas para soportar lúmenes de cualquier tipo. Deposité un beso en la frente ensangrentada de Colton, quemándosela sin querer con mi saliva ácida, que era incapaz de deteriorar la caja donde nos habían encerrado.

―Lamento haber perdido el control contigo, quería protegerte, no pensé que te haría esto ―le susurré al oído.

Caminaba con las manos atadas, arrastrándome a la sentencia que todos deseaban para mí. Los militares me seguían de cerca, hacia el centro de un semicírculo de hombres armados. Me coloqué como me pidieron, con mis antenas sobresaliendo de entre mi cabello, brillando bajo los rayos del Sol. Estábamos en una explanada llamada Área 51, o algo así.

La tortura comenzó. Los primeros golpes a penas me hirieron, pero disparaban sin compasión contra mi cuerpo sobrehumano, multiplicando las posibilidades de acabar con mi ser. Era el temor que les carcomía por dentro.

Cuando un último disparo se escuchó, miré al suelo, con una sonrisa en los labios verdosos, cubiertos de ácido. Mi líquido vital cristalino estaba por todo el lugar, y noté como todas mis fuerzas me fallaban. Entonces, lo único que me vino a la cabeza fue una simple pregunta, con su nombre implícito en ella: ¿Los terrícolas también arden en el mismo infierno que nosotros?

Y, sin más, me desplomé, convirtiéndome en pequeños cristales de berilo color esmeralda. Ojalá que algún otro valiente sea capaz de finalizar mi misión: conquistaros para rehumanizaros. Monstruos.






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20 de Noviembre de 2019 a las 20:26 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

Conoce al autor

Claudia N. Soñando con pisar fuerte el mundo de la escritura desde 2016, tropezando una y otra vez con la misma piedra ―la pereza y la falta de inspiración― y sonriendo porque el vaso medio lleno suena muchísimo mejor.

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