Ocean Eyes Seguir historia

joygutierrezm Johanna Gutiérrez

Dos almas deambulando por el mundo se encuentran una mañana lluviosa dentro de un colegio. Ella, con una timidez puesta como barrera en el corazón, está luchando internamente por vencer los miedos que desde su infancia se acumularon en su ser, y que en su juventud han salido a relucir para evitar que viva la vida de manera plena. Él, preso de un suceso trágico no tan lejano del presente, con una esencia pura y singular, intenta vencer la gran tristeza que tiene en el corazón mientras le muestra al mundo una falsa felicidad con sonrisas y gestos de amabilidad. Quizá no se conocieron en el mejor momento de sus vidas, pero lo único que saben con certeza desde entonces, es que se necesitan el uno al otro desesperadamente.


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Capítulo 1: Alicia.

Llovía sobre Querétaro un lunes de Agosto por la mañana.

Los niños corrían presurosos de la mano de sus padres para evitar enfermarse, y el tráfico volvía imposible el movimiento de los automóviles por la ciudad.

Una joven iba de camino a su colegio mientras observaba cómo las gotas de lluvia se deslizaban lentamente por los ventanales del transporte público. Sus audífonos sobre sus oídos, el ruido de los pasajeros casi lejano, sus pies siguiendo la melodía que reproducía su celular.

La mirada de la joven se detuvo en su teléfono al sentir la vibración proveniente de él, y se dio cuenta que faltaban menos de diez minutos para que las clases comenzaran. Alicia apenas iba a mitad del camino. Al percatarse de aquel detalle, los ojos se le abrieron de par en par y rápidamente guardó su dispositivo móvil en el bolsillo de su pantalón. Tenía que idear una manera de resolver esa situación pronto.

Quizá un par de años atrás se hubiera congelado por completo, tenido un bloqueo mental que no le permitiría actuar con diligencia, y creído que podía comunicarse de la mejor manera con gente extraña sabiendo que no era verdad. Durante gran parte de su vida, su padre había estado presente en los momentos de debilidad resolviendo cada uno de los problemas que se le presentaban, así fuera lo más mínimo; pero gracias a la charla que tuvo un día con él, se dio cuenta que ya no podía seguirle resolviendo la vida —aunque muy en el fondo Alicia lo deseara de ese modo—.

El ser independiente y comenzar a tomar decisiones propias requiere de meter la pata un par de veces. Porque, ¿qué sería la vida sin errores ni momentos vergonzosos? Probablemente lo mejor que nunca se presentó, pero desgraciadamente eso no existe en un mundo como el nuestro. Así que Alicia decidió que era momento de vencer sus miedos y arreglar la situación desde la raíz para que el resto de las cosas acontecieran en un orden perfecto. Es decir, ¿qué de malo podía tener el bajarse del autobús a media tormenta para ganar un poco más de tiempo?

Todo. Todo lo tenía de malo.

Tal vez en otras circunstancias —y con otro clima— hubiera sido una experiencia incluso divertida; pero gracias a aquella decisión desenfrenada, sus planes y suerte se volcaron por completo, haciéndole terminar caminando bajo la lluvia sin más protección que una gorra de tela incluida en su chamarra y con el tiempo incapaz de detenerse.

El frío que trajo consigo la tormentosa mañana aquel inicio de semana, provocó que los pies se le congelaran y que ya no le fuera posible acelerar el paso. La mochila y sus ropas, empapadas completamente a causa del agua, le pesaban en el cuerpo de manera que tuvo que detenerse cerca de un poste para descansar. Según recordaba, ya no le faltaba mucho camino por recorrer, pero consideró después de todo el drama si sería una buena idea continuar a pie —cosa que en realidad ya no importaba porque su única oportunidad la había mandado por el retrete cuando se bajó del bus—.

Sacó su celular después de unos segundos y su mirada buscó con rapidez la hora en la pantalla.

07:56 am.

—¡No puede ser! —exclamó para sí misma en un susurro, resistiendo las ganas de lanzar su teléfono muy lejos. Los ataques de ansiedad a causa del estrés que se imponía así misma nunca habían jugado a su favor.

Miró hacia el cielo como esperando a que ocurriera un milagro, que algo descendiera desde lo alto para ayudarle a terminar con su frustración interna; pero supo que no había manera de que eso sucediera.

Las nubes gigantescas cubrían gran parte del firmamento, y el color grisáceo que adoptó a causa del clima lucía muy bello delante de sus ojos.

Mientras contemplaba la escena, las gotas de lluvia comenzaron a empaparle el rostro, pero no pareció importarle. Sentía incluso que los ligeros golpes que el agua daba sobre su frente eran sumamente relajantes, y por esa razón decidió quedarse en esa misma posición durante unos minutos olvidándose por completo de su realidad. Pero algo en su interior, de repente, la obligó a proseguir con el viaje.

Ya no valía la pena estarse lamentando, ni deseando que un hada mágica saliera del sitio más cercano para espetar algún conjuro y retroceder el tiempo. A causa de volver a pensar en lo que vendría después, el estómago le comenzó a arder y sintió que tanto los brazos como las piernas se le acalambraban. No extraño que se tuviera ese tipo de sensaciones, pues la ansiedad que le provocaba el saber que tendría que interactuar con personas por primera vez después de mucho tiempo, era más fuerte que ella. No podía evitar tener miedo.

De todas maneras, le tranquilizaba el hecho de saber que solamente iba a ser por un momento, y que cuando alguien se atreviera a hablarle todo sería más sencillo.

Aquella mañana, Alicia no se había levantado de su lecho con los mejores ánimos del mundo. Estaba exhausta por el largo fin de semana que había tenido en Veracruz con su padre, yendo a visitar a la abuela para celebrar su cumpleaños número setenta y cinco. El calor en el sur del país a causa de la canícula era criminal, pero como a ella no le disgustaban los climas cálidos en realidad ese había sido el menor de los problemas. La angustia que guardaba su interior, era el hecho de saber que debía volver a su vida normal de estudiante frustrada, e intentar por quinta vez en lo que iba del año acreditar un examen de matemáticas. Claro que le costaría menos trabajo con ayuda de un profesor, pero siendo que le avergonzaba en gran manera preguntar sus dudas, podía dar el tiempo en esa institución como perdido. Y lo había hablado con su padre un par de veces, pero o no quería entender o simplemente se había dispuesto a cerrar sus oídos ante las suplicas.

Ambos estaban en el entendido de que ya eran demasiados los años perdidos por la negligencia de una chica de casi diecinueve años, con problemas para madurar en aspectos tan importantes como la responsabilidad.

—Escuché que el tráfico en 5 de Febrero iba a estar pesadísimo —Alicia oyó que una chica le decía a alguien a través de una llamada telefónica—. Y ya lo estoy comprobando... te lo juro, deberías ver las noticias. Seguramente hubo un accidente.

El ruido del claxon de los autos aumentaba cada vez más, haciendo imposible que otro sonido saliera a relucir. Si hubiera querido conversar con alguien ese momento, no habría habido manera.

Cruzó la carretera en Avenida Universidad y caminó recto por diez minutos hasta llegar a una calle en cuya esquina había una cafetería que todavía se encontraba cerrada. Parecía que estuvieron remodelando durante el fin de semana, porque ella recordaba los colores e incluso el logo diferentes, pero le gustaba de todas maneras. Y aunque no les había visitado en su corta existencia, supuso en ese momento que no sería tan mala idea teniendo en cuenta el clima. Esperaba que a la hora de la salida todo siguiera igual.

Siguió derecho su recorrido con la mirada puesta en el suelo. Las luces de los faroles de la calle se apagaron de repente, y no supo si en realidad se debía a la hora o a que las lluvias tan intensas habían terminado por desaparecer hasta la electricidad. Por su casa no era muy usual que sucedieran apagones y ese tipo de cosas, pero si el centro, que era el centro, sufría tales circunstancias, no dudó que en cualquier momento fuera a suceder lo mismo en su colonia.

Elevó su vista para observar el resto del camino que le faltaba por recorrer, y justo cuando vio el mini super Extra un suspiro de alivio salió de sus labios. Solamente restaba una cuadra y llegaría a su destino.

La motivación por conocer ese detalle creció en su interior, provocando que sus labios dibujaran una sonrisa de manera inconsciente, y que de pronto sintiera que recobraba las fuerzas en el área de sus piernas. No se sentía nada parecido al inicio de su camino, pero peor era nada. Su único inconveniente entonces fue, cuando estuvo a punto de cruzar la calle, que no se percató del auto que venía a toda velocidad en su dirección. Hasta que sonó el claxon, y sintió los brazos de alguien rodearle la cintura, supo que había estado a punto de perder la vida. Y no se terminó de explicar en qué momento sucedió todo, pues la velocidad del auto y la manera en que era atraída de nueva cuenta hacia la banqueta fue tan rápido que ni siquiera pudo estar consciente de su entorno.

La vista se le nubló por un instante a causa del movimiento, pero pudo escuchar que su salvador le decía algo a lo lejos. Conforme fue recobrando el sentido del oído, se dio cuenta que aquella era una voz grave y que, claramente, se trataba de un muchacho.

—¿Estás bien? —El joven inquirió todavía sujetándole de la cintura. Ella no fue capaz de responder de manera audible, así que solo asintió con su cabeza de manera lenta—. Eso fue... muy intenso, ¿verdad? Casi se me sale el corazón del pecho.

Ella siguió sin responder nada, lo único que pudo hacer en ese momento fue elevar su cabeza unos centímetros en dirección hacia la izquierda y, entonces, pudo conocer finalmente al chico que le había salvado la vida: su cabello era de color negro, tan oscuro como la noche e igual de empapado que el de ella; las cejas pobladas, los labios ligeramente pigmentados, tez blanca, barba de unos pocos días y unos barritos que brotaron en la zona de su barbilla. Pero lo que más le llamó la atención, y aquello que despertó en ella una curiosidad inmensa, pues hasta ese punto no había conocido a nadie salvo en películas que los tuvieran, fueron sus ojos color celeste. Se sintió deslumbrada por completo.

—Me llamo Noel —El joven de ojos azules se presentó, dejando de sostener su cintura y posicionándose frente a ella. Pero Alicia no pudo hacer más que dedicarle una sonrisa que emanaba timidez. Al notar que la chica no emitía ningún sonido siquiera, simplemente se rascó la nuca y dispuso a hablar de nuevo—. Bueno, supongo que... ¿debes tener más cuidado la próxima vez? Sí, exacto. Yo creo que eso es lo que alguien sensato diría en estos casos.

Alicia solo parpadeó dos antes de mirar hacia otro lado, un dejo de nerviosismo se vislumbraba en su rostro.

El silencio incómodo que los embargó por unos minutos, fue roto hasta que Noel decidió continuar con la conversación.

—Debo irme ahora, ¿pero tú te sientes bien? ¿Necesitas que llame a alguien?

La chica negó con su cabeza, todavía con al vista perdida en algún objeto que hubiera detrás del muchacho.

—Está bien, ah... no te tapes tanto el rostro porque evita que puedas ver con claridad, y tomate una clorfenamina compuesta. Usualmente mi mamá me lo da para no pescar un resfriado.

Alicia asintió con su cabeza un par de veces, provocando que una sonrisa se dibujara en los labios de Noel.

—Genial. Que tengas un lindo día —dicho esto, el se echó a correr bajo la lluvia y debido a la lejanía llegó un punto en que Alicia lo perdió de vista por competo.

30 de Octubre de 2019 a las 19:00 0 Reporte Insertar 1
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