Un cruzado con Fontanarrosa Seguir historia

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Marcelo Villafañe


En este narración cuento una anécdota que me relaciona muy a lo lejos, con el escritor Argentino "Negro" Fontanarrosa, al cual admiro profundamente y también los pormenores que me tocó vivir cuando visite una sala de cirugías.-


Humor Sátira Todo público.

#Fontanarrosa #cirugia #rodilla #humor #escribir
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Un Cruzado con Fontanarrosa


A principios de año me sumergía en éste mundo desconocido de la escritura, entreverado entre sinónimos y definiciones de palabras complejas, de reglas ortográficas olvidadas, y leyendo escritos que nunca hubiese imaginado leer. En fin, todo lo que hace a la curiosidad de un escritor novicio y autodidacta. Convengamos que nombrarme a mí mismo escritor me genera una sensación extraña, mezcla de vergüenza con caradurez. Pero por otro lado pienso qué, si Vicky Xipolitakis ya publicó su propio libro, quizá la palabra escritor está menospreciada y me convenzo que llamarme de esa forma tampoco es un título que este reservado solo para los grandes de la literatura.


Cuando me preguntan a quienes acostumbro leer, cuáles son mis referentes, suelo nombrar a escritores de la actualidad como el gordo Casciari, José Playo, Eduardo Sacheri, y al entrañable Negro Fontanarrosa, con el cual coincidimos en una anécdota, no tanto ligado a lo literario, sino más bien por una coincidencia del lugar donde acontecieron los hechos. Cabe destacar que mi parte es mucho más divertida y afortunada que la que le toca a él en esta historia.


El día de su muerte, yo salía de la sala de cirugía en el hospital Británico de Rosario por una operación del ligamento cruzado anterior. Recuerdo escuchar bocinazos de a miles, como los aullidos de un perro cuando muere su dueño, cosas tristes que pasan cuando se marcha gente famosa. Yo, entre lo atontado de la anestesia y el dolor insoportable de mi rodilla recién vapuleada, no tomé conciencia de lo que acontecía en las afueras. Y acá quiero abrir un paréntesis con respecto al dolor de mi rodilla.


La primera vez que me diagnostican rotura del ligamento cruzado fue en el Sanatorio Castelli, justo un año antes. Tras realizar todos los trámites pertinentes, conseguir los tornillos y las muletas, hacerme los estudios prequirúrgicos, llegó el día tan ansiado. Nahh mentira, quién puede ansiar que le claven una jeringa de veinte centímetros por la espalda para dormirte medio cuerpo, solo algún masoquista pero no sería mi caso.


La anestesia empieza a hacer efecto, de a poco un hormigueo me recorre desde la cintura a los pies y en cada segundo transcurrido comienzan a adormecerse los músculos de mis piernas, incluido el músculo más importante que tiene un hombre —bueno, músculo parece una palabra exagerada, lo mío es más modesto—.


Una vez inmóvil, un conjunto de médicos con distintos colores de túnica, se reúnen a mi alrededor como si fuera la mesa de fiambres de un casamiento o estuviesen a punto de comer una Vagna Cauda. Encienden un monitor ubicado a la vista de todos y realizan una pequeña incisión por donde ingresa una cámara artroscópica que muestra el interior de mi rodilla. Lo raro de este suceso —según los médicos presentes—, es que el ligamento no estaba dañado. Tras varios tirones bruscos por querer desprenderlo, siento como me desplazan de la mesa de un lado para otro donde me encuentro recostado boca arriba. Revisan insistentemente con la cámara, vuelven a tironear y me muestran que el ligamento no está roto como indicaban los estudios, que solo el menisco es el afectado y tras darle un retoque, me suturan con un punto en cada lado de la rodilla dando por terminada la intervención. Me llevan a la habitación de maternidad —porque no había otra disponible—, me traspasan a la cama y quedo solo y desconcertado, me siento incompleto, como una madre primeriza que no le han entregado el bebé —hablando en términos maternos—.


La anestesia tiene para un par de horas más, dado que presuponían otro tipo de cirugía. Yo acostado con la mitad del cuerpo inmóvil, sin almohada y con los pies levantados para que circule mejor la sangre y se disipen los síntomas de adormecimiento con más prisa. A todo esto, estoy empapado de transpiración en la peor posición posible. Cada tanto mi cuerpo se desplaza en dirección a la cabecera por la inclinación de la cama y mi cabeza choca contra el respaldar, logrando un efecto de acordeón. No siento mi miembro reproductor y eso me preocupa un poco, nunca habíamos estado en una situación así antes, siempre fuimos como uno solo, predispuestos para cualquier batalla y ahora él me había abandonado, me ignoraba por completo. Mientras que los amigos y familiares me vienen a visitar a la habitación, pero les digo que fue una falsa alarma, que todavía no estoy en fecha y lo confirman cuando ven que aún tengo panza.


El tiempo transcurre y una enfermera me pregunta reiteradas veces si ya orine, a lo que respondo con un no. —Mira que si no haces pis te tenemos que meter una sonda! Toma, te dejo el papagayo —, y acá se clava una preocupación en mi espina dorsal de solo pensar que una manguera de goma ingrese por la punta del pene. En consecuencia, empecé a hacer fuerza para acelerar el proceso. Bueno, esa era la idea pero como no sentía nada, era una fuerza abdominal que no sabía bien a qué circuito distribuía la presión, era una situación compleja, como si fuese un gallo queriendo poner un huevo. Tal es así que luego de una hora me dieron ganas, pero del dos (entiéndase que el uno es pis y el dos es caca), yo todavía con el cuerpo semidormido, siento que me ofrecen la chata para hacer mis necesidades y eso era mucho peor que usar un papagayo, de alguna manera tenía que lograr salvar mi dignidad.


—No por favor, tengo que llegar al baño como sea— les digo con cara de sufrimiento.

Así que ayudándome con las muletas y alguien sosteniéndome por la espalda, pude sentarme en el inodoro y lograr mi objetivo, cagar como se debe. Lo raro fue cuando termine y tuve que limpiarme, porque el esfínter estaba aún bajo los síntomas de la anestesia y sentía que le estaba limpiando el culo a alguien más, como que ese culo no era mío, una sensación difícil de explicar y hasta un poco incómoda, solo restaba que un voz en el baño me diga —oiga, más respeto que eso no es suyo—. Finalmente después de un par de horas, cuando por fin recobre la sensibilidad de todos mis miembros inferiores, pude salir caminando del mismo modo que entré.-


Después de un par de meses de rehabilitación y volver a las canchas, en un cambio de dirección siento que esta vez realmente se corta el ligamento —con ruido incluido—,y acá cierro paréntesis para volver a Rosario.

La razón de mi dolor de rodilla se debía a que, como en la cirugía anterior había pasado una odisea, con la transpiración, no sentir mi miembro, limpiar un culo ajeno y demás. Le pedí al anestesista que me duerma, pero que no me anestesie de la cintura para abajo.

—¿Pero vos estas seguro pibe?—

—¿Mira que cuando te despiertes te va a doler?— me aseguró preocupado

—Quiero sentir mis piernas cuando me despierte, no me importa— le dije seguro de mí mismo.

—Vos sos loco!!, todos quieren salir de acá sin sentir dolor, pero vos sos el único que quiere que le duela— retruco sin comprender mi elección.

Para que se hagan una idea, en esta intervención me efectuarían dos agujeros en los huesos para colocar tornillos que sujetan el remplazo del ligamento roto. En el momento preciso que abro los ojos, un frío glaciar y un temblequeo involuntario me dan la bienvenida, seguido de un dolor intenso que me hace dudar si mi decisión fue la más acertada. De solo pensar que ese dolor constante va a extenderse por tiempo indeterminado, me deja en un cuadro de locura temporal.


En la habitación mis viejos y mi tío sentados a charla tendida, risas de por medio y yo intentando relajarme para no pensar en el dolor que me trae pensamientos de asesino serial. Les pido que hagan silencio para concentrarme y lograr la calma, pero siguen hablando, ahora en vos baja. Un murmullo y el sonido irritante de las "eses", suenan como las garras de Fredy Krueguer raspando contra un pizarrón. Entonces les reitero mi pedido con un tono más desvariado y deciden irse de la habitación, me saludan compadeciendo mi locura y no dan señales de vida hasta la mañana siguiente. Me quedo con mi novia, los dos solos, sin hablarnos, con la tele apagada hasta que ella le pide a la enfermera que me inyecte algo porque estaba un poco nervioso. Tras unos minutos, me vierten el contenido de una jeringa en el conducto del suero. Y cuando creo que nada me hace efecto, en un abrir y cerrar de ojos pierdo noción del tiempo y quedo sedado como un caballo por varias horas.


Hubiese querido contarles que ese día, estando inmerso en ese sueño profundo, el Negro se me apareció como una revelación y me dijo algunas palabras que cambiarían el curso de mi vida y con esto darle un buen cierre al cuento. Pero lo cierto es, que ese día ni soñé, me desconectaron como a una tostadora. Aunque pensándolo bien, en esa época de mi vida no era capaz de leer ni el horóscopo, para que se iba a aparecer pobre negro, era gastar saliva al pedo, además solo conocía sus historietas pero no su aspecto físico, por ende, si se me aparecía él o el repartidor de pizzas era exactamente lo mismo.


De todo lo expresado quiero extraer una cosa, el humor siempre es una buena compañía en cualquier ámbito, y Fontanarrosa lo confirmaba en sus obras, no se a qué puerto me llevarán todos mis párrafos y mis borradores. Si algún día, lo que nació porque sí, acabará de la misma forma, o quizá lo que publique trascienda fuera de este entorno abriendo un nuevo sendero por explorar, llegando a otro tipo de lectores, cosa que por el momento me tiene sin cuidado. Por lo general, suelo aburrirme rápido de las cosas, el tiempo lo dirá. Pues, como dijo Don Inodoro Pereyra, no es que sea vago, quizá, algo tímido para el esjuerzo.

29 de Octubre de 2019 a las 14:15 0 Reporte Insertar 2
Fin

Conoce al autor

Marcelo Villafañe Comparto historias narradas, anécdotas y cuentos inventados que por razones que desconozco, han brotado de mí para todo aquel que los desea leer. Esperando conseguir una devolución de los lectores para mejorar en este mundo nuevo para mí.-

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