El Cortejo de Kalinaj Seguir historia

mdgarcia Marlon García

La cotidianidad de Nueva Orión se ve interrumpida por una ola de sangrientos conflictos entre facciones enfrentadas por el poder. Ehogan Ironclaw, un hombre cínico y experimentado deberá enfrentarse una vez más a sus mayores terrores, en una trama donde elija lo que elija sus manos salen manchadas de sangre. El miedo, la amenaza y la desconfianza recorren unas calles en las que las tensiones raciales y las intrigas políticas amenazan con estallar una guerra civil que amenaza con arrasar la ciudad naciente. Adéntrate en el misterio de Nueva Orión, una ciudad que esconde un terrible secreto. Sigue por sus calles al cortejo de Kalinaj, la diosa de la sonrisa tenue, mientras la piedad se agota y la sangre empieza a correr a ríos.


Fantasía Medieval Sólo para mayores de 18. © Todos los Derechos Reservados

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Prólogo: Nueva Orión

Era verdaderamente Nueva Orión la estrella brillante que se movía en el horizonte más allá de los picos de las montañas meridionales, allá en las tierras libres de la región de Zurdám. El progreso, la libertad, la hermandad y el compañerismo se respiraban en las calles embalsamadas en el perfume de las flores en los jardines y en los cabellos de las mujeres felices que pululaban por las plazas, las tiendas y los mercados, con la cesta, un hombre o un hijo de la mano. En un verano como ese verano, el mismo sol parecía quedarse acostado sobre la Avenida Diagonal, una calle ancha que seguía al Bruina, el caudaloso río que serpenteaba manso, casi al trote, por el Gran Canal desde el Noroeste hasta el Sureste de la ciudad.

En cualquier tarde como aquella tarde se podía a los niños jugueteando a las orillas del río, mientras sus madres y las criadas se encontraban para compartir una tarde de alegre faena, mezclando el olor al agua corriente con el aroma fresco del jabón con el que fregaban la ropa, en los remansos que se formaban entre algunas rocas grandes que adornaban la orilla de forma parecida a la que las montañas adornaba el paisaje a lo lejos. En toda tarde como aquella se ponían a discutir sobre las últimas habladurías que recorrían las bocas: ¿Quién ganaría la denominada Guerra de las Rosas?, las últimas canciones de los bardos, los preparativos para una próxima boda o el servicio en la ceremonia fúnebre de algún alegre anciano, al que sus rollizos nietos habían sepultado hacía un par de días.

—No, vecina, no así, le dije. Si sigue fregando contra la piedra con tanto denuedo, más pronto que tarde deberá ponerse a surcir esas rodillas.

—Ah, el hilo sobra, buena señora. Sobra como la mugre.

—Buena oferta dio el hilandero hace semana y media, ¿no? ¿usted también la aprovechó?

—Ciertamente, buena señora. El señor Avenaguel me dio los dineros para las compras de la despensa, e hice alcanzar para comprar todo. Más ocho madejas de esas bonitas, de esas grandes, de esas con los colores bien vivos.

—¡Que mujer tan inteligente! ¡Contigo, Avenaguel salió bendecido! —La mujer miró con descarado reproche a su propia sierva, que restregaba con esmero una diminuta camisola mientras vigilaba que la dueña de la prenda no se alejara mucho con sus andares patosos-. No me extraña entonces que te confíe a ti el dinero. Ah, ya desearía yo tener a alguna en quien confiar así.

—Es que le sirvo durante muchos años, buena señora, muchísimo antes de mudarnos a la Orión.

—Nueva Orión —corrigió la buena señora con una mirada maternal.

—No, buena señora, nosotros también vivíamos en la que se quemó.

Y rió la señora una carcajada larga como la que reía todas las tardes como esa tarde, y rió también la criada, aunque con pena, porque en el incendio de la Orión había perdido un hijo. Y a las dos les dejó la risa con las blancas mejillas enrojecidas, la una por el sonrojo de la alegría y la otra por el esfuerzo de una labor bien realizada mezclada con el rubor, un arrebol leve, de la vergüenza que le daba el haber sido la burla de alguien ahogada en el fondo del pecho.

Y así, más allá, a lo largo del canal, las señoras y las criadas se arrebolaban, trabajaban y vigilaban, y todo estaba envuelto en la firme certeza de la rutina, la firme certeza de que el siguiente día sería igual de tranquilo.


Marcaba más tarde la hora de marcharse la aparición de la primera negra, siempre la misma. Puntual como la luna. Con el cesto de ropa bajo el brazo y una sonrisa tranquila. Con una cría con la piel igual de oscura jugando al escondite entre sus faldas. Con las piedritas de colores que le adornaban las mil trenzas diciéndole adiós al sol que se marchaba entre las nubes, dejando una tibieza placentera como abrazo de amante.

La negra sonreía cuando le saludaban las otras, contestaba a las preguntas con un lenguaje trabajado para quitarle todo rastro de acento y de pasado, y recomendaba una que otra cosa siempre con la misma deferencia. Un día una receta de cocina, otro día la llegada de un músico nuevo a la ciudad, otro día una rebaja en la tienda del hilandero, del verdulero, del talabartero, o del hombre que armaba juguetitos de fierro con movimiento automático allá en el taller del norte, al lado de la pesada puerta por la que se había ido el último rey. Luego las observaba marcharse. Despidiéndose con cortesía. Todas juntas. Señoras blancas y criadas blancas y su pequeña blanca prole. Todas hacia el puente de piedra que se alzaba sobre el agua. La negra quería creer que el puente las unía, a las dos ciudades que formaban Nueva Orión. Y lo hacía. Como la puesta de sol une el día y la noche.

Unos minutos más tarde, se recreaba a orillas del río una escena similar a la que el sol había bañado. Sin embargo, habían muchos menos niños y eran mayores, y la mayoría se dedicaba a escuchar las conversas de las adultas mientras asistían en la tarea, todos serios y expectantes.

Sus madres a veces cantaban, cuando estaban felices. Otras veces solo contaban historias de las viejas tierras, sobre unos dioses y unos héroes que les sonaban extranjeros y exóticos en aquel lugar de murallas tan altas. Les costaba imaginar a los Retornados, hombres que partían en busca de la sangre divina allá en las entrañas inertes del desierto, volviendo a casa con los ojos ciegos, quemados por el reflejo del sol sobre la arena blanca. Les costaba creer que los animales hablaran, que tuvieran entre ellos más intrigas que las vecinas gemelas que se disputaban a un mismo marido, o que el marido que no sabía que eran dos. Les costaba ver al río como otra cosa que no fuera agua, no podían creer cuando las más viejas aseguraban que en ese mismo río, más al sur, habían hablado con el espíritu de sus maridos que habían muerto en una guerra cuyo nombre nunca existió. Les parecía peligroso el fuego, esa extraña luminiscencia que alumbraba los ojos de sus madres y abuelas, y que pronto era apagada por el paño de unas lágrimas que nunca llegaban a correr. Pero que bailaban en las pestañas, traviesas.

Esas lágrimas sí las conocían, ellos también las habían llorado de pequeños. Pero todo había quedado tras las murallas. En Nueva Orión no había por qué llorar. Por eso, aunque conocían las lágrimas no las entendían, como no entendían cómo los mayores parecían creer en todo aquello que contaban. En esos dioses extranjeros. Aún así las escuchaban, con los oídos bien abiertos, por respeto y por asombro. Porque si bien los dioses les parecían extraños en Nueva Orión, no les era extraño el asombro ni la maravilla.

Y es que había mucho para maravillarse en Nueva Orión, sobre todo cuando se era niño. Sus calles eran limpias, relucientes. Estaba el alto templo a la grandiosa Kalinaj, la piadosa, coronado por su altísima aguja desde la que podía verse más allá de las murallas. Estaba el río y sus peces de colores. Los carros tirados por caballos en los que a veces algún cochero les dejaba montarse, para pasearles por la Vía Argenta, al final de la que estaba la Casa Municipal. Cerca de donde llegaba el hielo, aquel material extraño y etéreo. Traído de las montañas meridionales por hombres con brazos y espaldas anchas, como las de los gigantes. Armados siempre con los pesados picos, con las extrañas suelas prendidas de clavos pendiendo de los costados de unos caballos a los que el pelo les crecía demás en la cabeza y los tobillos, como si estuvieran abrigados para la tarea para las que les usaban sus amos.

Los niños no lo sabían, pero creían en todo aquello, en lo mismo que las mujeres que se habían ido. En la invariabilidad. En la sombra de las murallas que cobijaban Nueva Orión, el canal, el templo y el hielo. Que amparaban su asombro infantil ante tanta maravilla que la estrella hecha ciudad tenía para ofrecer.


La primera en señalar fue la niña más pequeña. Había visto en el agua, acercándose desde lo lejos, un pescado que se le hizo extraño, pero que ella, que apenas empezaba a conocer todos los tipos de pescado, juzgó como un habitante más de las profundidades del Bruina. Su hermana que era más grande se estremeció. No porque hubiera distinguido lo que se les acercaba, sino porque le parecía extraño que algo tan quieto atravesara el río con tanta confianza. Porque ella, que pasaba la dura elección entre el desplazamiento y la flotación siempre que tocaba el agua, envidiaba la parsimonia de aquella cosa extraña. Uno más grande, casi demasiado grande como para ir al río con su madre, gritó. Y gritaron también los más pequeños, más por sorpresa y asombro que porque hubieran hallado la forma de lo que se movía en el agua.

Entonces lo vieron las madres, y retrocedieron, llevándose con ellas a los niños. Solo la primera negra se quedó. Era una harto resiliente. Había aguantado en su vida visiones más inquietantes que esa, por lo que fue la primera que se acercó.

Usó como herramienta un palo largo que traían para espantar a los perros, y detuvo el tranquilo avance del objeto en el agua, para luego tirar de él hacia la orilla.

La mirada vacía del cadáver la hizo echarse para atrás. Solo un paso, pero un paso más del que había retrocedido hacía mucho tiempo. La mujer tragó saliva y llamó con un ademán a las demás madres, cuyo pasmo impidió que pusieran mucho esfuerzo en evitar que se acercaran también los niños.

Y todos se recrearon en la expresión de horror y dolor congelada en aquel rostro pálido, blanco como el papel. Y se asombraron, y se asustaron. Porque esas cosas no sucedían en Nueva Orión, un lugar en el que además de la libertad, la hermandad y el progreso, pronto empezaría a respirarse una tensión extraña, una que no recordarían por dónde había venido, porque siempre había estado allí.

Siempre escondida del sol entre las sombras de los niños, de las criadas y de las señoras. Oculta en los callejones no tan limpios junto a los ciudadanos no tan gratos. Perdida en los remolinos que se formaban en el río y que a veces se tragaban los cadáveres, su tránsito tranquilo hacia las afueras, donde esas cosas sucedían, más allá de las murallas que amparaban esa invariabilidad, esa tranquilidad rutinaria, tan frágil, que acababa de romperse por un hecho tan nimio, mientras la ciudad seguía moviéndose.

Mientras seguía siendo la estrella más allá de los picos de las montañas meridionales, allá en las tierras libres de la región de Zurdám.

21 de Octubre de 2019 a las 23:14 3 Reporte Insertar 5
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Rodolfo Barboza Rodolfo Barboza
Me encantó!!!! Genial, buen comienzo, te felicito, relatas excelente.

  • Marlon García Marlon García
    Muchas gracias por leer y comentar. Me alegro de que te haya gustado y espero que la sigas. 😊 3 weeks ago
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