Invierno Seguir historia

beccablume Becca Blume

No existe nada más triste que saber tu destino.


Paranormal Todo público.
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Pequeñas plumas comenzaron a caer del cielo moteando el suelo de puntos blancos. Lenka miraba absorta a través de la ventana de la sala de estar, el paisaje iluminado por miles de lucecitas de colores puestas en las demás casas que iban acorde a la época del año. Su semblante melancólico contrastaba fuertemente con el ambiente de música y alegría que rodeaba a las demás familias vecinas y el propio festejo que se estaba llevando a cabo en su hogar, en un salón contiguo a donde ella estaba.


—Señorita, debería estar con sus invitados.


Lenka suspiró ruidosamente, mostrando su inconformidad con aquel festejo.


—No estoy de humor—respondió cortante.


La mujer joven se acercó a la adolescente y de manera cariñosa acarició el cabello azabache y brillante de su pequeña patrona.


—Tus padres llegarán pronto—dijo la mujer—. Se supone que debes estar feliz por verlos.


Lenka dejó escapar una risa floja y cargada de sarcasmo.


—No puedo suponer algo que no siento. Hace mucho dejó de importarme esta fecha—dijo con cierto resentimiento en su voz, tal como hablaría una persona vieja y cansada, a la cual, la vida le acarreó demasiados momentos de mala fortuna—. ¿Anya?—Pronunció el nombre de la mujer con voz bajita, dejando el vidrio empañado por el vaho que escapó de su boca.


—Dime.


—¿Eres feliz?


La mujer detuvo las caricias en el cabello de la menor, y fijó su vista en el reflejo. La expresión de Lenka se ensombreció, sus ojos azules se volvieron apagados y faltos de viveza, como si le hubieran arrancado el alma y no quedara nada dentro de ella; era sólo un terrible despojo, víctima de la soledad.


—Sólo tienes doce años—dijo en respuesta—, no creo que…


—¡Responde!—soltó bruscamente la menor, girando su cabeza y clavando sus ojos en los de Anya.


Anya aspiró profundamente, sintiendo su corazón encogerse; el rostro de Lenka mostraba firmeza y una frialdad por demás escalofriante en una niña de su edad. A su mente vino cada momento que pasó con Lenka, el tiempo había pasado extrañamente lento alrededor de ellas, como si el ánimo de la menor estuviera enlazado con el paso de los minutos que se volvían horas dentro de aquella mansión.


—Lo soy. Pero no del todo cuando tú estás así—dijo ella—, apartándote de tu familia.


Lenka volvió a su posición anterior y miró sobre el reflejo, a Anya. El cabello dorado de la mujer, caía suavemente por los laterales de su rostro de facciones delicadas, y sus ojos, le miraban con comprensión y lástima. Lenka no pudo sino sentir cierta pena por ella, porque no merecía estar allí, al lado de alguien que sólo se auto-destruía.


—Mi familia—soltó en medio de un bufido—, ni siquiera merecen ese título.


Anya estuvo a punto de replicar que aquello no era verdad, cuando un gran estruendo retumbó con fuerza, haciendo temblar las paredes y su cuerpo entero, de pies a cabeza. Su corazón se aceleró bruscamente.


—¡No te muevas de aquí!—Ordenó la mujer con voz agitada, tomando por los hombros a Lenka y fijando su mirada en la contraria, a modo de advertencia. Corrió hacia las puertas dobles que daban al salón contiguo, saliendo y cerrándolas inmediatamente tras ella.


—No pienso ir a ningún lado—Musitó Lenka con voz cansina, para sí misma.


Lenka no se inmutó en ningún momento, ni cuando observó a la gente en la calle comenzar a alborotarse y comenzar a exclamar cosas en voz cada vez más alta, creando una reacción en cadena que se extendió por toda aquella residencia de ricos. Frunció el ceño al notar como algunos corrían de un lado a otro de manera frenética, llevando a rastras a sus hijos o esposas. Se mantuvo completamente distraída viendo el alboroto, sonriendo ladina al compararlos con un montón de hormigas a las que alguien, a modo de simple diversión, destruyó su hogar.


Saltó en su sitio al escuchar un golpe seco en la madera de las puertas por dónde Anya había salido. No supo cuánto tiempo había transcurrido desde que la mujer se fue, pero de pronto, se dio cuenta que detrás, en el gran salón, el ruido había cesado. Se volvió para ver hacia afuera y de igual manera, ya no había ningún sonido; el silencio era ensordecedor. Sin embargo, lo que encontró esta vez, era algo imposible que ni en sus más retorcidos y repugnantes sueños, habría sido capaz de imaginar. Se puso de pie, con su vista fija en los cuerpos salpicados de un oscuro y espeso líquido, que resaltaba sobre la blanca nieve.


De nuevo llegó a sus oídos el sonido de algo golpeando las puertas. Se giró en su sitio, logrando ver a medias lo que conformaba a la pequeña sala: una pared repleta de libros, un par de sillones que ahora solo eran unos oscuros bultos sobresalientes por la poca luz; en una esquina, la chimenea iluminaba tenuemente el área. Sus ojos se movieron de un extremo a otro, deteniéndose en aquellos puntos dónde la oscuridad parecía más profunda.


El golpe se repitió.


Sus pies reaccionaron, avanzando lentamente; sus pasos amortiguados por la alfombra de color vino que abarcaba casi todo el espacio. Su mano derecha se levantó, tomando entre sus dedos la perilla. Su muñeca giró despacio, y pronto se escuchó el ligero clic del pestillo. Respiró profundo y sin más abrió la puerta.


Lenka comenzó a reírse fuertemente. Su risa rebotó en las paredes haciendo un extraño eco por todo el sitio. Su cuerpo comenzó a convulsionarse debido a su ataque de risa.


En un extremo del gran salón, había un enorme boquete que dejaba ver claramente el patio de enfrente y parte de la calle. El auto de sus padres estaba a la mitad del lugar, volcado y con los vidrios hechos pedazos y con sangre goteando desde los cristales, que aún permanecían aferrados al metal, como afilados colmillos de una bestia salvaje. Y parados frente a lenka, estaban todos sus invitados y familiares con ropas rasgadas y manchadas en sangre, balanceándose como borrachos y mirando directamente hacia ella con los ojos vacíos y lechosos de un muerto.


La risa de Lenka rosó en la histeria ante la escena. Sus ojos viajaron de rostro en rostro, encontrándose con la misma expresión grotesca y nauseabunda; los músculos de las caras contraídos del terror, por haber encontrado la muerte de la forma más terrorífica e inesperada.


El sonido de pasos arrastrados y lentos, atrajo su atención. Se giró a su izquierda y allí estaba ella; Anya, con sus ojos perdiéndose en un profundo abismo mientras la vida le era arrebatada sin ninguna contemplación.


—Feliz Navidad, Malditos—Murmuró Lenka a sus padres, que soltaban el cuerpo laxo de Anya, dejándolo caer inerte a sus pies.


Durante años había visto como sus padres contrataban servidumbre nueva para que cuidaran de ella, y siempre había una mujer que se volvía cercana a ella; y en navidad, que era la única fecha en la que ellos podían volver al mundo mortal, arrasaban con todas las personas que estuvieron con ella durante ese año. Lenka no entendía porqué debían ser ellos, esas personas que con inocencia y buena voluntad accedían a trabajar para una, aparente, familia de ricachones.


Al siguiente, ocurría exactamente lo mismo. Lenka ya se había vuelto insensible a tanta violencia. Sin embargo, estaba a punto de enloquecer. Sabía lo que continuaba. Sabía lo que pasaría a continuación y definitivamente no estaba lista. No estaba lista para el siguiente año. No estaba lista para sumirse en la oscuridad y emerger convertida en una bestia insensible con la única necesidad de tragar sangre.

Ella no tenía la culpa de que sus padres estuvieran malditos.


Lenka estaba cerca de morir, y no había nada que ella pudiera hacer. Su destino estaba marcado.


10 de Octubre de 2019 a las 04:38 0 Reporte Insertar 1
Fin

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Becca Blume Nunca pensé que un día terminaría escribiendo. Es una buena idea cuando se tiene una mente inquieta.

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