El amor se encuentra en londres Seguir historia

marco-martinez1570659807 Marco Martinez

El amor nos cambia por completo y nunca tenemos que negarnos a el


Romance Suspenso romántico No para niños menores de 13. © Marco Angel Martinez Zarate
Cuento corto
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El amor se encuentra en Londres

Siempre he sido un hombre de pocas palabras pero de muchas ilusiones. Aún recuerdo cuando en mi agitada infancia corrían torbellinos de voces calificando como introvertido, huraño, hosco e incapaz; esto último cuando se referían a mis posibles relaciones casaderas.

Aún así, la referencia de haber tenido una niñez poco apacible tiene que ver con los diversos estilos de vida y costumbres a los que fui obligado a adaptarme, ya que residí en tantas y tantas ciudades del mundo, por las que, gracias a la labor política de mi padre, me zarandearon durante los doce primeros años de mi vida.

Mucho tiempo después, ya culminada mi juventud y gracias a mi preparación, me situé en la etapa más exitosa de mi vida. Lo tenía todo, era un experimentado abogado con un reconocido bufete en New York; al parecer ya escaseaban mis ilusiones, pues ya no diseñaba peldaños para seguir ascendiendo. Creo que por fin respiraba, me daba cuenta de que estaba conociendo la tranquilidad, me sentía como flotando sobre todos los demás, como despertando a mis cinco sentidos. Hasta ese trágico día, que como premio a mi gran memoria, lo recuerdo muy bien.

Por ser una pareja de edad avanzada, teníamos citas rutinarias con el médico; en una de ellas recibí una terrible e inapelable noticia que me derrumbó; mi querida esposa había sido elegida por una enfermedad terminal.

No supe que decir, me quedé frió y con lágrimas que no me permitían ver el rostro del doctor, pregunté:

- ¿Cuánto tiempo? -

Me respondió más pronto de lo que yo hubiera querido:

- Cuatro meses, hagan todo lo que tengan pendiente.-

No me quedé cruzado de brazos, sabía que mi esposa se merecía lo mejor en sus últimos días e hicimos una lista de acciones que comenzamos a realizar de inmediato para que nada evitara verla feliz.

Dejé al vicepresidente encargado del bufete para dedicarme completamente a ella.

Fueron cuatro meses muy felices, a pesar de tener como inquilina a la peor de los huéspedes, la muerte. Hasta que una noche, al dormir, mi esposa me tomo de la mano y ya no despertó, se había ido para siempre con esa detestable “invitada”.

Después del sepelio, permanecí en mi cuarto rodeado de mis recuerdos y un poco de vino para aliviar ese trago amargo de la desesperación. Esas semanas, que según yo tardaría en recuperarme, se convirtieron en meses, creí infinita mi tristeza.

Una mañana, al mirarme en el espejo y desconocerme a mí mismo, tuve nuevamente las ilusiones de vivir que sentí de niño y me prometí no continuar olvidado como fotografía vieja en un álbum de recuerdos, y es así como viaje a Londres buscando reencontrarme.

En esa ciudad, ya conocida por mí, fue donde tuve la coincidencia más feliz de mi vida. Mientras caminaba en un tranquilo parque, vi a una mujer que me pareció hermosa; era de piel blanca, aspecto amigable, cabello rubio y con los ojos más hermosos que jamás había visto en el mundo, pero con una mirada triste y profunda. Me acerqué y pregunté: -¿Por qué una mujer bella guarda tristeza en esta noche tan maravillosa?-

Ella, sin haberse sorprendido por mi impertinencia, respondió: - Desconoce usted mi pena señor.-

- He perdido tanto en mi vida, muchas de mis vivencias han resultado catastróficas y siento que he olvidado sonreír. Hoy intento recuperar alguna ilusión en este parque, mañana quizás otra poca en algún Café.-

Esas palabras me llegaron al corazón. Nuestra plática se extendió hasta que el frio intenso impidió que siguiéramos riendo y conversando. Nos despedimos, pero no sin antes habernos citado para una noche después en el teatro; justamente se presentaba la obra: “El amor se encuentra en Londres”.

Durante dos meses compartimos todo, gustos, risas, grandes pláticas y demás; ya estaba convencido de que había más peldaños por diseñar, quería seguir subiendo.

Así que por fin, tal vez disfrazada de travesura juvenil, llevé a cabo una idea. En un restaurante le pedí a la mesera que colocara un anillo arriba del corcho de la botella de vino que, ella al verlo, lo comprendió todo. Tomó el anillo y sin esperar nada, dijo: - ¡Por supuesto!

Después de seis meses nos casamos en la Catedral de San Pablo.

Ya tenía una vida hecha en esa ciudad. Ya nada me invitaba a regresar, así que vendí el bufete y formulamos un plan para vivir como realmente nos gustaba. En la tranquilidad.

No olvidamos nuestros paseos y nuestro gusto por las grandes obras. Por cierto, Hoy llevo puesto el abrigo con el que fui la primera vez con ella al teatro, y lo sé porque acabo de introducir la mano al bolsillo encontrándome con dos boletos de entrada:

Preferente, asiento 8 y 9 Función 20:00 hrs: “El amor se encuentra en Londres”.

9 de Octubre de 2019 a las 22:41 0 Reporte Insertar 0
Fin

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