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Las pícaras vivencias que plagan de nostalgia un corazón ya crecido. Recuerdos de amistad y primer amor. Un amor de carnaval...


Historias de vida No para niños menores de 13.

#239 #magia #belleza #ternura #amistad #adolescencia #romance #amor
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Capítulo I - La nostalgia de las mariposas muertas

«Y me dejabas el sabor de un cigarrillo de la tarde que moría lentamente con el sol...»
Adolescente tierno, Tormenta

Decidí hacer el intento de volver a mis raíces, esas que tantos, solo por tocarme el culo me reclaman: que escriba en nuestra idioma. En nuestro uruguayo, mi nennne.

Preferí siempre el neutral para que llegue a todos, pero analizando la situación, vos ameritás todo esto, desde el acento a todo lo que en este, nuestro pequeño país austral, en nuestra capital fea y descuidada a la que nosotros volvíamos linda le hemos logrado exprimir.

Te evoco hoy, mi nennnne, así, sí, arrastrando las palabras, como nos solíamos llamar uno al otro. Tirada en el pasto húmedo como aquel que nos daba cobijo en cualquier plaza de barrio, acunándonos junto a la cerveza y los besos que solo tu boca podía dar.

Los besos con sabor a cigarrillo de tus tontos vicios esporádicos, mezclados con menta y cebada.

Recuerdo que parabas la moto en casa, y con esa pinta sola tuya, las manos en los bolsillos de tu jean, una pierna apoyada sobre la vereda, y mirándome con aquellos ojos, preciosa herencia de los checos de tu sangre. Esos ojos que no eran celestes, porque tal color no existe, sino azul cielo, y cuando les daba el sol de la playa se volvían como el agua de la Polinesia Francesa.

—¿Y gurisa? ¿Estás pronta? — y yo recogiendo mi abrigo y dándole un empujón a la reja con la bota de cuero que ayudaba a resaltar mis ligas de encajes delicados, mi vestido de tachas, o mis polleras escocesas… y el rubor te hacía quitarte el casco, y apretando los labios, conteniendo tus palabras, porque habíamos acordado que éramos los mejores amigos, vos sí que no me desvestías, te deleitabas sin necesidad de moverme nada.

Y entonces bajaba el escalón del portón de casa, y te daba un besote en la mejilla, como si luego no fuéramos a morir en algún rincón sin piedad, porque tu boca era mi boca y la mía solo tuya.

Me llevabas mi cara hacia la tuya y me colocabas el casco, cuidándome, siempre como un hermano mayor, que por fortuna, no lo era. Y luego, mi rostro enterrado en tu hombro por la rapidez con la que nos llevaba el vehículo, le ganábamos la carrera al viento, y tu mano izquierda tomaba a las mías enroscadas en tu cintura y me las abrigabas en tus bolsillos.

Vos… vos fuiste quien me hizo entonar todas aquellas veces que he grabado y cantado para el vecino, para los árboles, para los pájaros de mi solitario patio interior «Amor de Carnaval» de los grandes Ocho de MOMO.

Todos se daban vuelta a mirarte, a mirarnos, aquel día que nos conocimos, y los dos cumplimos con lo pactado. Era el último día de carnaval, pero aquello recién comenzaba.

Al llegar en la moto aquel día lo confirmamos, con seis años más cada uno, el tablado el mismo de siempre, y nosotros, igual. Vos con tu misma risa de niño, tu lucha, tus cargas, tu belleza, tu humildad. Yo, siempre alegre a tu lado, no existía mi pasado, no existían quejas, solo VOS y yo, y cuanta mujer del tablado que solo quería lapidarme por ser tan afortunada.

Y hoy, mi amigo, recuerdo nuestra canción, la escucho, aquella estrofa que decía puntualmente y traducida: «Detrás de la puerta, ¿Debería abrirla si eres real?» ¡Cómo nos gustaba Metallica! Y me pregunto cada tanto…¿Por qué no la abrí?

Llega el recuerdo de aquel día en mi dormitorio luego de volver de la playa, siempre intentado no herir a un idiota al que le regalaba mi libertad, frenando al momento que tu boca rozaba la mía y no solo tu boca, todo nuestro cuerpo buscaba a su par correspondiente. Que me besaras y me dieras un beso en la frente, abrazándome fuerte sin enojos, sin ego, sin cambios y me dijeras a raíz de que yo no quería ser infiel a un imbécil; «Tranquila, solo estás queriendo hacer las cosas bien.».

Amigo, me sentía feliz al hablar de vos al fin, confesarte que guardo una foto tuya debajo del módem de la Internet, la única. Porque como no estaba de moda, no tenemos ni una foto juntos. Guardo esa foto ahí a ver si la comunicación me ayuda en algo. ¡Ay, debo echarme a reír, porque no sé si reír o llorar!

El más pesado recuerdo, y aún me pregunto con veinte años cómo tenía esas agallas y decisiones tan claras, será que de viejos nos vamos poniendo más idiotas. Te dije cuando me confesaste que era yo la única chica con la que valía la pena ir en serio, y yo respondí que nos conocíamos, nos contábamos lo malo que hacíamos, y que si nos amábamos, nos íbamos a perder.

Que de los catorce años que teníamos al conocernos, y allí con casi veintiuno, nunca habíamos sido distintos, y es que no lo sabía, mi nene, que eso sí era amor de verdad, porque eras tan preciado para mí que no quería que lo jodiéramos.

Que nuestras cervezas fueran siempre alegres, a salud de otros que nos amargaban, pero nunca por una penuria nuestra.

Aun así no pudimos detenernos. Hasta que ya más grandes la vida me condujo por otro sendero, uno seguro, una apacible, amigable como vos, distinto por completo, y tuvimos la fortuna de trabajar juntos y ya estabas también con otra chica. Al fin juntos, pero más lejos que nunca. Recuerdo que yo me llamaba Javier en tu celular, porque eras un poco boludo como yo para no saber hacer solo lo que sentíamos.

Yo con alguien porque algo me llamaba, pero sin duda más me llamaba la vida, contigo jamás me confronté en nada. Yo era tu chica, esa era la verdad, así como era, despareja, imperfecta, un poco sin rumbo, y a la vez tan segura, y vos mi chico, hermoso, risueño, humilde como nadie, con una habilidad casi que de otro mundo para hacerme sentir paz.

No nos importaron ni la tuya ni el mío que aún no estaba definido, y aquella estación de tren de Sayago, nuestro barrio querido, nos encontró sentados como en toda noche de verano, porque nosotros éramos amores de verano, de carnaval, de «¿Una Cervita fría?» como me invitabas siempre, y contábamos las monedas de nuestro patético salario de aquel sitio en el que trabajábamos, que era un horno, pero vendían aires acondicionados.

Por primera vez en tu vida me miraste el vestido de gótica que llevaba y me dijiste que estaba impresionante. Mi cuello fue tuyo, mis brazos, mis dedos entrelazando tu cabello largo, tan claro que resplandecía con la luna. Mis senos se volvieron tu alimento, y en mi vida deseé con tanto fervor esa pseudopenetración que a excusas de falta de condones, o de que había gente a lo lejos, frené. Y luego no paraba de repetirte en el trabajo frente a todos y te sonrojabas, que teníamos algo pendiente.

No. Ya no había nada pendiente, mi nene… Porque no quise herir, como siempre, porque solo vos conocías que soy libre como el caballo que me representa. Que con el amor que me tenías me habrías hecho tuya y si un día no lo era, habrías sonreído, porque así eras VOS. Libre. Un niño, mi primer amor, mi primer amigo, mi único amigo.

Y ahora que voy llegando al final, con diecinueve años más de aquel día en que te conocí sigo escuchando Amor de Carnaval, Metallica, el Rap, y todo lo que nos hacía.

La última vez que oí tu voz, fue porque un familiar te dijo que había sido mamá. Me llamaste como si vos fueras el padre. Con una alegría que aunque no te veía la cara era de oreja a oreja tu sonrisa. Porque nunca hubo un atisbo de maldad en vos.

Y lo que empecé a escribir con una sonrisa imaginando como reirías si nos viéramos, ahora se convierte en lágrimas. En la nostalgia de cuando nos escabullimos a la casa abandonada y luego nos reventamos tirándonos de un muro. Que huimos de la poli detrás de un árbol, vos tapando mi boca porque no soportaba la risa. Es como lo dicen los Ocho de Momo «Una locura así, no te avisa al llegar, momentos que no se logran olvidar».

Y me voy más atrás, cuando ese primer verano de carnaval a nuestros catorce años el verano nos separó y no nos dejaban hablar por teléfono fijo en aquella época, y tomé un mapa y guiada por lo que me contaste y mi buen ojo para no perderme, tomé mi bicicleta y conduje unos veinte kilómetros entre todo el tránsito, entre todo el peligro, sin nadie que supiera en dónde me hallaba, pregunté y resulta que estaba en el sitio adecuado. Allí saliste con tu melena por la cintura, sin camiseta y en jeans. Y desde ese día nunca más te fuiste de mi vida, hasta que «elegimos».

Y no logro dar contigo, ni vos conmigo. Y a veces me pregunto… ¿En verdad querés eso? A veces una puerta se abre y tiene detrás un exquisito huracán, pero que viene con pancartas que nos dicen cuál es nuestro lugar ahora.

Sin duda nuestro lugar ya no es en aquella motocicleta, o en tu bici cuando teníamos menos, yo sin nalgas sentada en el bendito fierro, y aun así, qué felicidad.

Ese Sayago está repleto de nosotros dos. Toda plaza, todo lugar en el que vendieran cerveza, el trencito diminuto que oía como nos matábamos de la risa de que era un trasto que parecía un carro de una mina antigua de película de terror.

¿Sabés? Pese a todo el vendaval que puedas traer, ahora te diría: Tenés razón, vos también sos el chico con el que vale tener algo serio, porque nos decimos la verdad, sabemos las cosas que hacemos mal, y quizá con esta honestidad no seríamos hipócritas como todos esos que rellenan fotografías familiares de sonrisas fingidas y deciden no ser libres diciendo de cuanta cagada se mandan, de los amantes en el baúl, del hastío eterno.

Te diría que en la noche cuando cierro los ojos aún me tiro con vos en el pasto, nunca me gustó la cerveza, pero me sacaba la sed, no me gustaba porque hincha, solo por eso, pero con vos ahora me bajaría diez cajones. No me duermo y mis ojos brillan en la noche empañados y digo: ¿Cómo estará? ¿Se habrá hecho lío teniendo muchos hijos? ¿Tendrá alguno esos ojos? ¿Qué haría si me viera en este momento?

Y ahora tan poco decidida, tan amarga, tan curtida por el daño de otros, igual si viera tu sonrisa la mía estallaría, como cada vez que te vi.

Pienso cuando mis manos se congelan que te abrazo desde atrás, en la moto, y vos me les das abrigo, que conducimos sin rumbo, a aquella mi habitación que se recreará nuevamente o en la estación oliendo a verano y luna llena, y te daría la vida misma para que la hagas tuya, y no dejaría nada de ti, como un arrasador tornado que te va a devastar, para verte dormir en mis brazos.

¿Sabes qué, mi nene querido? Tomaría la bicicleta que ya no tengo y ya cansada, más vieja, no tan guapa, pero sí con el mismo corazón, sin necesidad de mapas, volvería a buscarte una y otra vez.


Dedico esta especie de confesión, relato de la vida, a mi querido y único amigo a quién en mi celular lo agendaba con una ternura que no respondía a cuestionamientos ajenos. No te despistes, observa el tránsito, cuando hay olor a cerveza o si vas al tablado que nos unió. Mirá siempre a todas partes, porque cualquier día de estos junto mis monedas, y vuelvo a tener catorce años.
Saranghae
2 de Octubre de 2019 a las 21:19 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Shee Lag Como lo proponía Hemingway: Escribo duro y claro sobre lo que duele, pero sin perder la ternura. Mi lema es drenarse las emociones a través de las letras. Me gusta escribir, incluso podría decir que es una necesidad, ya que no encuentro otro modo de dejar en el mundo todo lo que siento, observo, creo y soy, excepto mediante este lenguaje extraordinario que fluye a través de los dedos.

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