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miriamwritesstuff Miriam Meza

VENGANZA  Ese ha sido el objetivo de Dave Blackwood por más de un siglo. Desde que fue transformado en vampiro persigue a los responsables de su suerte… a los que le arrebataron todo cuanto amaba. Su vida es solitaria y peligrosa, pero él no la eligió. Algunos dirían que era su destino, otros que solo se trató de un error. Lo único que está claro es que Blackwood no descansará hasta conseguir lo que quiere. Esta aventura nos trasladará por diferentes escenarios y épocas, mientras somos testigos de la ancestral lucha del bien contra el mal. ¿Venganza? ¿Justicia? ¿Cómo separar ambas cosas? Acompaña a Dave Blackwood mientras lo descubres.


Paranormal Sólo para mayores de 18.

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Prólogo

Liverpool, 1849


Había algo terriblemente siniestro respecto a esa noche oscuridad. Algo oscuro y peligroso. Sin embargo, el amparo de las sombras le ofrecía protección al Capitán David Blackwood. La cacofonía de sonidos nocturnos era su única compañía mientras cabalgaba de regreso a Liverpool, y había sido así durante las últimas horas.

Durante las últimas semanas Blackwood había estado en servicio en las cercanías de Hull junto a su compañía, pero apenas completó su misión y recibió la aprobación de sus superiores emprendió el viaje. Llevaba más de seis horas a lomos de su caballo, pero a él no le importaban las horas de camino, el cansancio o el hambre. Lo único que llenaba su mente era la imperiosa necesidad de estar nuevamente junto a su familia, y nada iba a detenerlo.

Dave, como lo llamaban sus amigos, tenía la ventaja de no ser excesivamente alto, y solía aprovecharse de su estatura para sacar un poco más de velocidad en la carrera. La gabardina que vestía ocultaba la camisa clara, sus pantalones y botas de montar eran tan negros como su caballo, permitiéndole por momentos mimetizarse con la oscuridad de la noche. Para él resultaba imposible no pensar cuán imprudente había sido al emprender el viaje sin escolta, o con mejor armamento. Pero esos pensamientos no lo ayudaban en lo absoluto, por lo que terminó apartando de su mente los peligros propios del camino que recorría, y siguió cabalgando, llevando su caballo peligrosamente al extremo del agotamiento.

Ya había llegado a la ciudad. Solo tenía que atravesarla hasta llegar a su casa. Conforme avanzaba, la ansiedad y la excitación dibujaban en su mente las imágenes de su familia y de la última vez que estuvieron juntos. Las risas de su hijo, la adoración de su esposa… ¿cómo no anhelar esas cosas? Esas imágenes solo aumentaban su necesidad de ir más rápido, si eso era posible, aunque ya estaba por llegar a su destino.

Al visualizar su portal bajó del caballo, notando que las luces de la sala seguían encendidas a pesar de ser bastante tarde. La emoción de volver a su familia crecía en su pecho. Solo estaba a unos pasos, y su esposa e hijo seguramente estarían esperándolo. Entonces giró el pomo de la puerta y caminó con decisión hacia el interior.

La casa estaba en total silencio, como si los sirvientes y su familia hubiesen abandonado el lugar. A medida que avanzaba, la sensación de que algo no estaba bien lo envolvía. Cruzó el salón y empezó a subir la escalera, dirigiéndose hacia las habitaciones de su esposa e hijo, y conforme ascendía un fétido olor empezó a invadir su olfato. Un hedor rancio y metálico, como el de un animal muerto cuando empezaba a descomponerse.

Una gota de sudor empezó a resbalar por su espalda y todos sus sentidos se pusieron alerta. Aceleró el paso, tratando de obviar el olor que llegaba hasta él y que se hacía más insoportable a medida que avanzaba hacia las habitaciones. Ya estaba frente al umbral del dormitorio que compartía con su esposa, entonces llamó su nombre sin obtener respuesta.

De una patada tiró la puerta y corrió hacia la cama donde yacía su esposa abrazada a su hijo pequeño, con una mano protectora sobre su abultado vientre. Su sangre manchaba las sábanas mezclándose con la del pequeño. Alguien los había asesinado. No había esperanza ni tiempo para ellos.

Una profundo dolor tomó el control de sus sentidos, aislándolo completamente y dejándolo expuesto al peligro. Un peligro que iba más allá de la posibilidad de ser asesinado con la misma violencia que había recibido su familia, solo que Dave aún no lo sabía.

Un grito profundo y desgarrador abandonó su garganta mientras aferraba la mano de su esposa Marie. Ella había protegido a los niños hasta el final, a Dominic y al que aún no nacía, y él no había estado junto a ellos para protegerlos.

El peso tanto de la ira como de la culpa derrotaron a Dave, y él se dejó caer junto a los cuerpos inertes de los que solían ser sus únicos seres queridos en el mundo. El frío de sus pieles lo tocaba hasta los huesos, lo sacudía y lo estremecía, dejándolo desorientado, vacío y destruido. Necesitaba encontrar al animal que les había hecho eso, se dijo. ¿Pero dónde comenzar a buscar?

Ellos eran una familia feliz, pero desde su llegada a Liverpool apenas y estaba con ellos. Estaba llegando al final de sus responsabilidades con el ejército, pero el abandono había sido suficiente para perderlos. Se sentía culpable por haberles fallado. ¿Cuántas veces luchó contra la muerte repitiéndose que lo hacía para proteger a su familia? ¿De qué había servido eso?

No los había cuidado como debía, se dijo. No había cumplido la promesa que hizo en su boda, la de honrar y proteger a Marie con su vida. Ella apenas tenía veintiún años, pensó. Se casaron siendo prácticamente unos adolescentes, enamorados y pensando que tenían una eternidad por delante.

«Qué iluso fui».

El pequeño Dominic, de tres años, también yacía inerte junto al cuerpo de su madre. Tantos sueños por cumplir, tantas cosas por enseñarle. Lágrimas calientes corrían por el rostro de Dave mientras preguntaba al cielo y a Dios por qué su familia corrió semejante suerte. Era como si estuviera condenado a vagar solo por la vida, perdiendo a su madre cuando apenas era un niño, y ahora a su mujer e hijo cuando estaban empezando a construir un futuro junto a ellos.

Maldiciendo a su destino, Blackwood cerró los ojos y trató de recordar la última vez que estuvo junto a ellos. Cada detalle, cada sonido. Y con esa imagen abandonó la habitación en busca de respuestas.

Revisó rápidamente el resto de la casa, encontrándola totalmente vacía. No había rastro de los sirvientes, o evidencia de que los asesinos hayan forzado su entrada al interior. Con cada paso que daba su ira crecía. La necesidad de encontrar a los culpables y hacerlos pagar lo dominaba. La sed de venganza lo poseía.

Una vez en la calle, el frío de la noche le golpeó de lleno en la cara. El dolor que sentía era un constante recordatorio de su propósito, sin embargo su mente seguía siendo un mar de confusión. Dónde ir o en quién confiar, eran preguntas que se repetían en su mente. Pero la determinación latía en ese lugar del pecho donde solía estar su corazón. Un corazón que ahora estaba muerto, desangrado sobre una cama en la que solía ser su casa. Ese lugar al que nunca podría volver a llamar hogar.

Dave no había notado los pasos de unos hombres que lo seguían. Cuatro sombras se reflejaban contra las paredes gracias a las farolas de la calle. Los hombres tomaron posiciones estratégicas para cerrarle el paso en caso de que decidiera huir.

Habían llegado a un callejón y ése era su momento. No había oportunidad para errores. Tenían que ir por Blackwood.

—¡Blackwood! ¡Deténgase! —dijo el más alto de los cuatro.

Dave detuvo su marcha y se giró lentamente. Recordó que solo traía un par de puñales a los lados en su cinto, y era una suerte ya que por lo general no viajaba armado. Entonces se dedicó rápidamente a evaluar a los hombres que lo abordaban.

Ellos parecían conocerlo aunque él no tuviese idea de quienes eran. Lo superaban en número y poseían más o menos su misma contextura a excepción del hombre ubicado en el centro de la formación, quién además parecía ser el líder, que era un poco más alto y robusto.

Uno de ellos, el que se encontraba detrás, no era muy alto y su imagen no era precisamente la de un hombre saludable. Concluyó que el no sería un obstáculo, sin embargo no podía confiarse. Su actitud era tan amenazante como la del resto.

Los dos que se encontraban en los flancos eran mucho más altos y fuertes, y una emoción casi infantil se reflejaba en sus rostros. Uno de cabello oscuro y el otro de cabello rubio, ambos con ojos azules y expresiones ansiosas. Ellos vivían para la violencia, aunque se quedaran en segundo plano aguardando la aprobación de su jefe. Deseaban la oportunidad de luchar. Esos dos eran de cuidado, sin duda.

El hombre del centro irradiaba autoridad y poder. Superaba los dos metros de altura, su espalda era amplia y sus brazos fuertes. Lucía más joven que el resto, y usaba ropas elegantes pero prácticas, igual que sus botas. Llevaba el cabello largo y suelto, era dorado similar al de Marie, y de algún modo suavizaba sus facciones. Si él supiera que el estilismo no hacía nada por incrementar el aura de peligro seguramente lo cortaría. En ese rostro duro e implacable lentamente aparecía una sonrisa de suficiencia. Una que no hizo el menor esfuerzo de ocultar.

El líder del grupo estaba parado asumiendo una posición de combate, mostrando su superioridad sin apartarle la mirada. Midiéndolo del mismo modo en que Dave había hecho. Ese era un hombre sabía a lo que jugaba, y eso preocupó a Blackwood.

Si los enfrentaba uno a uno, podría tener una oportunidad de vencerles. No se trataba de una certeza, solo de una posibilidad, pero en ese momento no apostaría por una pelea justa así que decidió investigar un poco sobre sus intenciones.

—¿Quiénes son? —preguntó—. ¿Qué quieren?

—No importa quienes somos nosotros Blackwood. Aquí solo importa quién es usted —contestó el más joven, el rubio de ojos azules que cubría el flanco en la formación—. Mejor dicho, qué es usted —agregó con una sonrisa burlona asomando en sus labios.

—¿De qué demonios hablan? ¿Quieren dinero? —se quejó Dave, quien ya empezaba a impacientarse—. Puedo darles todo el dinero que quieran.

—No queremos tu dinero Blackwood, queremos tu sangre —respondió esta vez el líder del grupo—. Vinimos por tu sangre, y vamos a tomarla.

—¿Mi sangre? ¿Acaso están locos? —rebatió con el ceño fruncido, pero cuando las palabras abandonaron su boca la comprensión de lo que sucedía lo golpeó—. ¡Han sido ustedes! ¡Ustedes han asesinado a mi familia!

La única respuesta que recibió ante esa acusación fue una sonrisa maliciosa en el rostro de cada uno de los hombres que tenía frente a él. Evaluó rápidamente sus opciones. No saldría indemne del enfrentamiento. Pero desde que encontró a su familia muerta su propia vida no tenía ningún valor, en cambio la posibilidad de vengarse se erigía tentadora. Se armó rápidamente tomando los puñales y se entregó a su destino, embistiendo al que tenía justo en frente.

Los movimientos ágiles y gráciles de su atacante lo sorprendieron. Considerando su altura y peso no pensó que pudieran ser tan rápidos. El hombre ni siquiera hizo ademán de defenderse, esquivaba sus ataques con maestría. Le resultaba demasiado difícil mantener su ataque, y Dave ya estaba empezando a sentirse cansado. El peso de la angustia y el dolor lo volvían a golpear, sumado a las horas de cabalgata de vuelta a casa, y ahora, la pelea.

El hombre a quien atacaba empezaba a mostrarse aburrido, y con un movimiento apenas perceptible dominó el cuerpo cansado de Dave haciéndolo soltar los cuchillos. Entonces lo derribó con apenas esfuerzo.

—No tengo tiempo para juegos, Blackwood —le indicó el hombre, su fastidio era evidente—. He venido a reclamar tu sangre, y es justo lo que haré.

—¿Quieren matarme? ¡Adelante! —fueron la desesperación y el dolor quienes hablaron por Dave—. ¡Mátenme de una vez!

—¿Matarte? —respondió el hombre con un gesto divertido—. No Blackwood, no morirás esta noche. Ni esta, ni ninguna otra.

Dave no daba crédito a lo que escuchaba. Los hombres clamaban por su sangre, pero decían no querer matarlo. No podía entenderlo. Antes de poder decir algo más, el hombre que lo sometía siguió con su monólogo.

—Hace casi doscientos años que tu padre arruinó mi vida —la rabia ensombrecía la mirada del hombre—. Bien, no era una vida perfecta, pero al menos era un hombre normal. Tu padre me quitó eso, nos quitó eso —remarcó el plural haciendo un ademán con la mano para incluir a sus compañeros—. Ahora le devolveremos el favor contigo.

—¿Mi padre? ¿De qué habla? Yo no sé quién es mi padre.

—No necesitas saberlo Blackwood, estás mejor sin él —respondió el hombre sin aflojar su agarre y con un matiz de pesar en la voz—. Créeme cuando te digo eso.

—Pe…pero, ¿doscientos años? —tartamudeó Dave—. ¡Ustedes están locos!

—¿Locos? —se carcajeó—. Puede que después de tantos tiempo sí, estemos un poco locos —sonrió el hombre, pero no era una sonrisa amable sino siniestra—. Pero tú conocerás muy bien esa locura. Esa es mi promesa.

Una daga se deslizó desde la muñeca de su atacante hasta reposar en su mano, la sujetó con fuerza y la clavó en el estómago de Dave. Una vez dentro la retorció para causarle más daño.

Una lágrima escapó de él mientras cerraba los ojos y se llevaba las manos al lugar donde ahora lo perforaba el arma. El dolor físico empezó a adormecer sus sentidos. Se resignó sin presentar mayor resistencia y esperó que el frío de la muerte lo arropara, que lo reuniera con su familia.

Pero ese frío no llegaba. En su lugar, un creciente dolor aparecía, y con el dolor venía la oscuridad.

—Deja de lloriquear Blackwood, pronto pasará —le dijo su atacante entre risas mientras descubría un par de afilados colmillos y se los clavaba en el cuello. Sujetó fuertemente su cuerpo mientras succionaba su sangre. Cuando tuvo suficiente se apartó, y sacando una daga del cinto de Dave, se abrió la muñeca y la llevó a los labios de éste.

Blackwood en ese momento se encontraba casi inconsciente, así que no tuvieron mucha resistencia de su parte al obligarlo a tomar la sangre que le ofrecían. Pero les faltaba paciencia, y como Dave seguía sin reaccionar se levantaron para irse, aunque siguieron hablándole.

—Te aseguro que no querrás estar ahí tirado para cuando salga el sol —dijo uno de los otros hombres, uno de los que no había hablado porque su voz no le resultaba familiar—. Nosotros nos largamos.

—Tampoco querrás estar en la ciudad para mañana —añadió un tercero, y retumbó el coro de carcajadas.

—Bienvenido al infierno, Blackwood —le dijo finalmente el líder del grupo antes de marcharse definitivamente.

Pero las palabras se iban perdiendo para Dave que caía cada vez más dentro de aquel pozo oscuro. Sus atacantes se fueron retirando del lugar sin importarles la suerte que correría el hombre que había quedado agonizante en plena vía.

Bienvenido al infierno, le dijeron antes de que todo desapareciera a su alrededor.


* * *


Un grupo de jóvenes caminaba con paso vacilante por el camino debido al excesivo consumo de alcohol. Venían riendo y empujándose, ajenos a lo que pasaba el callejón que estaba a unos pasos de ellos. Uno de los chicos, Robert, captó un intento olor a sangre pero también sintió una especie de energía a la que solo había en contacto cuando estaba rodeado de sus iguales.

«Creí que no había más vampiros en Liverpool».

Esa fue una de las razones por las que él y su madre habían elegido ese lugar. Porque eran los únicos de su clase. Porque podrían descansar después de años vagando por toda Europa.

Los afilados colmillos de Robert amenazaban con abandonar su escondite, y él no podía permitírselo. Le costó mucho tiempo y dinero emborrachar a los tipos que lo acompañaban solo para tener una cena decente. En total control de sus poderes, solo necesitaba tomar pequeñas cantidades de sangre de cada uno para no causarles daño. Sin embargo un sentido de urgencia lo instaba a buscar la fuente de esa energía que había percibido. Y después de ver la hora en su reloj de bolsillo, notó además que debía actuar rápido.

Decidió posponer su cena por un rato, usando sus habilidades para dar órdenes a los hombres que lo acompañaban y guiándolos a un callejón húmedo y oscuro que les serviría como refugio hasta que terminara de investigar. Con suerte podría retomar su cena luego. Solo esperaba resolver el problema antes de que fuera demasiado tarde para regresar por ella.

Robert salió del callejón en el que dejó su botín y caminó con cuidado. Unos metros más adelante había otra callejuela, incluso más angosta y oscura de la que había dejado atrás. Se acercó sigilosamente, encontrando allí a un hombre malherido. Un cuchillo permanecía clavado en su estómago, y las manos del hombre sostenían la empuñadura. No se trataba de un suicidio, estaba claro. Aunque Robert lucía como un hombre joven había visto muchas muertes a lo largo de su vida. Una vida muy larga, además. Suficientemente larga como para diferenciar una muerte violenta de una accidental. Algunas de esas muertes, incluso, las había causado él mismo antes de aprender a controlar su sed de sangre.

Allí estaba nuevamente la sensación de estar frente a otro vampiro.

Debía tratarse de un neófito, se dijo. Alguien enfrentando su transformación. Alguien había causado su muerte y lo había abandonado a su suerte. Robert consideró rápidamente lo que debía hacer, llegando a la conclusión de que lo mejor sería llevarlo a casa de su madre antes de que despertara y se pusiera en peligro, o pusiera en peligro a otros como él. Entonces investigaría quién ocasionado aquello.

«Si es que mi madre no decide entonces que es momento de volver a huir».


* * *


«Bienvenido al infierno, Blackwood».

Las voces se perdían, pero esa última frase había llegado fuerte y clara. No sabía lo que significaba, pero Dave caminaría por su propio infierno. Uno en forma de eternidad. Una eternidad sin su familia. Eso para él no sería sino una maldición, y ni siquiera pensaba que la merecía. No entendía por qué se la habían concedido. Pero ahora tenía mucho tiempo para buscar las respuestas. Y a los responsables de su suerte.

1 de Octubre de 2019 a las 15:06 0 Reporte Insertar 1
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