Visita a media noche Seguir historia

isabelas Isabela S.

Angela recibe la visita de la Muerte, para decirle que todavía no es su tiempo.


Cuento Todo público.

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Eran las 3:12 de la mañana y aún no podía conciliar el sueño. La pequeña Ángela había brincado en la cama tras soñar que caía a un abismo de apariencia lúgubre, donde las nubes pintaban el cielo de color grisáceo, pero no existían indicios de que fuera a llover.


“Si te despertás a eso de las tres o cuatro de la mañana, es porque un espíritu te estaba observando”, le dijeron sus amigas hace dos días. Y, desde entonces, pasea en la cama desesperada por dormirse temprano y evadir, a toda costa, las horas de la madrugada.


Pensó en correr a la habitación de su madre y contarle que alguien, seguramente, la observaba. Que se lo habían advertido Mariana y Camila, quienes le habían dicho -con una tranquilidad aterradora- lo cotidiano que era para ellas los sucesos paranormales.


Recordó aquella vez en la que sintió uno de los miedos más profundos de su vida. El evento traumático había pasado hace más de un año en la convivencia del colegio. Hicieron el tradicional círculo de campamento alrededor del fuego pero, por esa vez, rodeando una fogata maltrecha, ávida de cualquier rastro de luz. No pasó mucho tiempo para que, con linterna en mano, empezaran a contar anécdotas de miedo y Ángela se removiera con incomodidad en el tronco que había destinado como asiento.


Aquella noche, se habló de brujas, duendes, mitos de pueblos e incluso, de la muerte.


La mención de la muerte le hacía cosquillas en el cuello. Le erizaba los vellos de las piernas de sólo imaginar aquellas manos gélidas cerrándole los ojos y llevándola consigo.


-¡Ángela tan miedosa, mirá cómo se tapa para no escuchar!- Dijo su amiga entre risas.


Pero no la escuchó. No podía. Las risas se distorsionaron en el vacío y las sombras de los árboles tomaron forma propia en la espesura de aquel bosque. Un bosque al que no desearía volver nunca.


¡Cuán cansada estaba de vivir con miedo! Se convertía en algo tortuoso y rutinario que amenazaba con martirizar su cabeza justo antes de irse a dormir; un temor que se revelaba en la madrugada e iba de la mano con el insomnio y la angustia de sentirse vigilada.


El rechinar de una puerta bastó para distraer a Ángela de su ensimismamiento. Al parecer, el estridente ruido provenía del piso de abajo, pues sólo había una puerta en toda la casa que necesitaba más de medio litro de aceite. La cocina, pensó, e inmediatamente se envolvió cual capullo en la sábana que cada noche le abrigaba los miedos y la disipaba un poco de la fría madrugada.


Creyó por un momento que todo hacía parte de una horrible pesadilla de la que estaba a punto de levantarse, pero por más que se clavara las uñas en el brazo bruscamente, el reloj le recordaba que seguía ahí; tangible y presa de miedo a lo desconocido.


Abrazó con fuerza la almohada de corazoncitos que le había regalado su madre, al tiempo que cerraba los ojos por inercia. Fue entonces cuando el sonido de unos pasos por el corredor llamó su atención, rompiendo con el silencio absurdo que estaba por desesperarla. Caminaba con parsimonia sobre la madera, haciéndola crujir a su paso. La pequeña Ángela maldijo entre dientes el piso de su casa; tan campestre y aterrador a la vez. Tan adecuado para ahogar un grito bajo las cobijas.


Los árboles bailaron al son de una brisa repentina que se apoderó del exterior y entró por la diminuta abertura de la ventana. En cuestión de segundos, el cuarto ya se encontraba helado; la brisa había invadido la pequeña habitación y a ella sólo le quedaba acurrucarse y de vez en cuando, sacar la cabeza para ver a qué se enfrentaba.


Visualizó el crucifijo que tenía en frente y se le ocurrió que lo mejor que podía hacer era rezar. Sí, seguramente eso la salvaría. Además, según su abuela era una buena niña… Todos los domingos por la mañana iba a misa -a pesar de que le aburría el sermón del padre y esperaba ansiosa un helado al final- pero se portaba bien y eso era lo realmente importante.


¿O no? ¿Acaso era esto un castigo de Dios por mentirle a su mamá sobre aquel examen o dormirse en la iglesia? ¿Lo era?


La puerta se abrió de golpe, azotándose contra la pared.


-Padre nuestro que estás en el cielo santificado sea tu nombre…-repitió, mientras le temblaba desde el dedo pequeño del pie hasta el último cabello. -Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo...


La cobija que cubría su cuerpo acurrucado se removió de repente, dejándola expuesta a aquello de lo que quería esconderse. Aguardó un par de minutos en silencio sin atreverse a abrir los ojos para que pasara lo que, se suponía, tenía que pasar.


Y, en medio de la incertidumbre y la tediosa espera, se arriesgó a ver lo que causaba sus noches de insomnio.


No, no era un espíritu que movía objetos. Tampoco era una bruja, o la llorona. ¡Y mucho menos un duende!



Al frente de Ángela, se encontraba una mujer alta y esbelta. De piel trigueña y con una cabellera crespa que le caía ligeramente por los hombros. Sus ojos de color negro azabache eran casi tan penetrantes como el filo de una daga; y aun así, su mirada no era ni un poco inquisitiva. Al contrario, tenía una expresión de auténtica ternura, como quien mira a un cachorro por primera vez.


Vestía una larga túnica blanca que dejaba entrever sus pies descalzos y a su cabello le adornaban pequeñas gardenias y narcisos, repartidas de forma estilizada por la curvatura de sus rizos.


Se agachó a la misma altura de Ángela, quien la miraba boquiabierta. Y, sin esperar alguna reacción, le dijo:


-Me has llamado entre sueños…


La pequeña palpó el brazo de la mujer para corroborar lo que contemplaban sus ojos y evidentemente confirmó que se trataba de alguien de carne y hueso. Eso sí, con la piel tan suave como la de un bebé.


Un silencio.


-Soy Mortem. -Anunció, presentándose. -Y suelo venir por las personas y animales que ya han cumplido su paso por este mundo.


- ¿Cómo? -preguntó con un hilo de voz. - ¿Se-se las lleva? ¿Así sin permiso?


Mortem rió.- Sí, me las llevo. Pero es porque ya hicieron lo que tenían que hacer aquí.


- ¿A dónde se las lleva? - preguntó, ahora con un poco menos de miedo.


- Viajan conmigo hacia un lugar inimaginable, que está muy muy lejos del dolor y el sufrimiento.


- ¡O sea que usted está con mi abuelita!, ¡Estoy segura de que ella me recuerda todavía!


-Y me habla todos los días de ti.


Un breve silencio se adueñó de la habitación por unos minutos y Ángela no pudo evitar preguntar:


- ¿Me… llevará con usted?


- No, a ti te falta mucho todavía. -Dijo la mujer sonriéndole. -Vengo porque me has temido por mucho tiempo y debo decirte que no tienes por qué.


>>La muerte es como el último peldaño de una escalera, pequeña… Al subir, tarde o temprano vas a tener que llegar a él. A veces, hay personas que suben más rápido. Mientras que otras, se demoran mucho más. Y está bien, van a su paso por alguna u otra razón.


Tú vas al tuyo; pero no me temas, nunca me temas. Que hay más vida en ti que cualquier otra cosa.


Mortem quitó una de las flores de su cabello y la acomodó en la oreja de Ángela. A eso de las 3:40 se despidió entrecerrando los ojos dulcemente para luego marcharse dejando a una niña perpleja y emocionada; con miles de preguntas, pero al mismo tiempo, con muchas respuestas.


La pequeña Ángela la observó partir. Esta vez, sin hacer la madera crujir y caminando con un poco de prisa. La vio pasar la calle a través de la ventana y dirigirse a la casa de Don Joaquín, el vecino que conocían hace ya tres años y que cumplía dos semanas con neumonía severa.


La muerte la había visitado.


No podía esperar para contarle a sus amigas.

20 de Septiembre de 2019 a las 20:50 0 Reporte Insertar 0
Fin

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