El Cortijo Seguir historia

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Juanca Linares


Una familia de jornaleros llega a un cortijo buscando huir del hambre. La madre, Dolores, empieza una búsqueda de sí misma que le lleva a darse cuenta de que la vida es mucho más que sobrevivir y que el amor es una parte importante de ella.


Romance Todo público.

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Capítulo 1

José dio una patada al enclenque perro que merodeaba alrededor de las cuatro sombras que se acercaban al cortijo. Me pareció innecesario; al fin y al cabo el perro era tan pulgoso y flaco como nosotros. En realidad encajaba perfectamente con la familia.

Estábamos llegando al final de la cuesta en cuya cima se encontraba el cortijo al que nos dirigíamos. Había sido una larga caminata y el estómago nos recordaba el tiempo que llevábamos sin alimentarle bien. A mí no me preocupaba mi propia hambre, sino las de mis hijos, Isabel y Pedro, las dos bocas que alimentar que me hacían desvelarme cada noche.

Yo ya había pasado por otras situaciones así. En la Andalucía del primer tercio del siglo XX la pobreza y el hambre eran lo normal entre quienes vivíamos en el campo. Recuerdo épocas, cuando era niña, en las que preguntaba a mi madre si ese día tendríamos algo para comer. Nunca se me olvidará cómo iba con mis hermanos mayores a robar huevos y los sorbíamos con un palo para matar el hambre. Como aquel porquero que traía un hueso de jamón al cortijo en el que me crié y lo metía en el agua hirviendo unos minutos. Era una época dura, sí pero era diferente. Entonces, cuando tenía hambre, podía distraer la mente con cualquier otra cosa. Ahora, sin embargo, era imposible distraerme del hambre de los pequeños. En aquellos momentos era cuando entendía los suspiros, las quejas y los desvelos de mi madre.

Por aquella época había comenzado a sentir algo que entonces ni siquiera comprendía. Era como si una rata negra entrase en mí y me consumiese. Por mucho que intentaba deshacerme de ella, entraba y campaba a sus anchas por mi alma. Lo hacía cuando quería, fuese cual fuese la situación y el momento. Al principio pensé que sería por todo lo que estábamos viviendo. La miseria, la sequía, la incertidumbre de si íbamos a comer al día siguiente… pero yo sabía que había algo más. Algo dentro de mí me decía que lo que estaba sintiendo era mayor que yo misma, que no era capaz de controlarlo, y que ni siquiera entendía de qué se trataba. Pero no iba a tardar mucho en hacerlo.

En la vida, la primera impresión suele tener mucha importancia, ¿no crees? A mí siempre me lo pareció. Sin tener muy claro por qué, la primera vez que vi el cortijo algo se despertó en mí. Como si perteneciese a este lugar, como si siempre hubiese estado ahí esperándome. Aunque yo me había criado en uno, era minúsculo comparado con este.

Desde la explanada en la que estábamos entrando podía ver las dos filas de doce ventanas, con sus rejas y postigos azules. Las paredes relucían con el sol otoñal, recién encaladas en el verano. En el centro del cortijo, un gran portalón nos esperaba, desafiante, como una enorme muralla que se interpusiese entre nosotros y nuestro objetivo. Desde luego que era imponente, pero sentía que ese portalón iba a abrirse para nosotros.

-Tengo un buen presentimiento, José.

José me miró con escepticismo, como si acabase de decir algo que él no entendiese. Y en realidad así era, pues José no lograba entender nada que no pudiese tocar con sus propias manos. Algo bastante normal entre los hombres, por otra parte.

Llamé a mis hijos y me coloqué junto a ellos a unos pasos del gran portalón. Apreté mis manos con fuerza y ellos, con esa intuición que tienen los niños para saber cuándo tienen que frenar su ímpetu, se quedaron en silencio a mi lado, contemplando la gran mole que tenían ante sus ojos. Recuerdo que Pedro echó su cabeza en mi brazo y que Isabel me miraba con cara de extrañeza. Nunca se me olvidará lo que me dijo:

-Mamá, tienes una sonrisa.

Por aquella época, la rata negra no me dejaba sonreír casi nunca. Solo a veces, en los pocos momentos de descanso que tenía, los niños conseguían sacarme alguna sonrisa. A veces incluso alguna carcajada.

José se quitó su sombrero y lo sostuvo entre sus manos. Apretaba como si de ello dependiese nuestro futuro. Él, tan hombre con los débiles, temblaba como un álamo cuando tenía que enfrentarse a alguien fuerte.

Habíamos llegado a ese cortijo porque unos conocidos nos dijeron que allí se trabajaba bien. También nos habían dicho que casi nunca cogían gente, y más entonces que aún quedaba tiempo para la recogida de la aceituna. Le dije a mi marido que podríamos probar suerte antes de camino a Las Capachas, otro de los principales cortijos de la comarca. <<No perdemos nada >>, le dije.

El cortijo era propiedad de una viuda con mano de hierro. Aunque era su hijo mayor el que se encargaba de todo, decían que las decisiones las tomaba ella. Todo el mundo en la comarca sabía quién era esta mujer, y según José más nos valía no asomar por allí, porque era perder el tiempo. Imagino que al final accedió por tal de no escucharme.

El caso es que yo quería ir allí. Desde el principio algo me llamaba a ir allí. No es que yo creyese mucho en esas cosas, pero no teníamos ninguna certeza a la que agarrarnos, así que pensé que eso ya era más que nada.

José avanzaba hacia el portalón cuando alguien llegó desde nuestras espaldas:

-¿Quién va?

-Jornaleros -dijo José dándose la vuelta-. Veníamos a pedir <<de>> trabajar.

Los niños y yo nos dimos la vuelta y vimos a alguien que no esperábamos. Vestía traje y chaleco y llevaba una maleta en su mano derecha. No era un hombre del campo, pero entró allí con la familiaridad de quien está en su casa.

Recuerdo que lo primero que me llamó la atención fue su boca. Era como si estuviese llamándome en silencio, y yo no podía evitar sentir que mi cuerpo entero se sentía atraído hacia ella. Su pelo era negro, perfectamente peinado, con una elegancia que yo entonces ni siquiera sabía reconocer. Tenía los ojos verdes y su mirada era intensa y firme. Nos miró fijamente uno a uno, como si estuviera estudiándonos, como si pudiera ver dentro de nosotros y adivinar todo aquello que estábamos pensando.

-Hola, me llamo Salvador -dijo ofreciéndole la mano a mi marido-.

-Mucho gusto, yo soy José -respondió él estrechándosela-. Mi familia y yo estamos buscando trabajo y nos habían dicho que lo mismo aquí hacíamos falta.

Salvador dejó su maleta en el suelo y nos miró a mis hijos y a mí. Yo tenía claro lo que estaba pasando: él señorito tenía remordimientos por lo que iba a hacer. Tenía mala conciencia por rechazarnos.

-Es mi hermano quien lleva estas cosas, pero creo que aquí no hace falta nadie más. Quizá dentro de unos meses, cuando empecemos la aceituna…

Podía notar como José hundía sus hombros, asumiendo la derrota. Al fin y al cabo, él paró aquí sin esperanzas, convencido de que en este lugar no habría nada para nosotros y que sería una pérdida de tiempo. Ya le veía despidiéndose y volviendo a emprender la marcha, asumiendo como siempre los golpes de la vida con resignación, como si no hubiese otra manera. Pero yo no podía permitirlo.

-Pero aún los tenéis llenos de varetas. Me he fijado cuando subíamos hacia aquí, sobre todo en los que están más cerca de la linde, donde el agua baja con más frecuencia por el arroyo. Ya no queda tanto para la aceituna y las varetas están chupando agua del olivo, así que si no las habéis quitado a lo mejor es que sí os hace falta gente.

Salvador se quedó quieto, sin saber muy bien qué decir. Seguramente no esperaba que una campesina recién llegada le hablase así, pero yo tenía mucha hambre y demasiadas ganas de no seguir vagando con mis hijos de cortijo en cortijo.

Pude ver de reojo que José me miraba con la boca abierta, como si estuviese viendo al demonio. Ya me lo veía enfurruñado por mi actitud, reprochándome que le hablase así a un señorito y cabreado por lo que había pasado. Pero no sería una gran diferencia respecto a como estaba normalmente.

-Te han dicho que no. Las varetas están ahí porque yo quiero, aún no hay que quitarlas - bramó alguien abriendo el portalón-.

Miré al hombre que había salido del cortijo y tuve claro que se trataba del hermano de Salvador. Ya nos habían hablado de cómo era: seboso, grande como una montaña y soberbio como nadie. Su expresión era seca, de enfado, como si el mundo entero estuviese en su contra. Sostenía mi mirada con incredulidad, esperando a que yo agachase la cabeza al mirarle. Pero yo no era de esas.

-No queríamos molestar, ya nos vamos – se disculpó José mientras echaba a andar hacia nosotros-.

-Quizá podrían ustedes probar en Las Capachas – apuntó Salvador -. Allí suelen necesitar gente, es un cortijo enorme, y sus dueños son buenas personas. Seguro que no les vendría mal su ayuda.

-Eso haremos, muchas gracias -dijo José encantado de encontrar una manera de salir de allí.

Yo miré a Salvador, buscando alguna manera de que cambiasen de opinión. No sabía por qué, pero algo me decía que debía quedarme allí, que aquel era nuestro lugar. Él me miraba con sus ojos verdes y a mí me parecía como si pidiese disculpas con la mirada, como si hubiese deseado llegar en cualquier otro momento y no tener que encontrarse este inconveniente. Yo solo era capaz de mirar su boca, que allí seguía, llamándome sin que importase todo lo demás, tentándome de una manera que yo no había conocido. Y la rata negra se iba haciendo pequeña, muy pequeña, y perdiéndose en lo más dentro de mí.

-Que suban – se escuchó una voz desde alguna ventana de la segunda planta-.

José dejó de andar justo cuando estaba a nuestra altura. Me miró con la boca abierta, sabiendo perfectamente quién era la persona que había dicho eso y sabiendo lo que significaba. La señora quería vernos, y a mí me parecía que eso solo podía significar algo bueno.

Isabel me apretó la mano y me dijo:

-Otra vez estás sonriendo.

Y sí, lo estaba. Y Salvador también.

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15 de Septiembre de 2019 a las 20:35 0 Reporte Insertar 0
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