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anacors Ana Cors

Personajes intrigantes, batallas entre el bien y el mal, perdón y pasión marcan ese libro, ¿qué más un lector desearía? “REVELACIONES” es una serie de cuentos que narran las aventuras y desventuras de Ana en los mundos espiritual y material, mientras misterios son revelados. Ella pasa por un dilema, que envuelve la luz y la oscuridad, y, por el deseo de desvendar lo oculto. La lucha interna de Ana vale la pena por la saga que la acompaña y por la descubierta de un mundo antes inimaginable. “REVELACIONES” es un libro cautivante, que ya en el primer cuento no se desea parar de leer por querer saber de la envolvente vida de Ana.


Cuento Todo público.

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CAPÍTULO I - Cuento 1: La historia de Ana

- ¡Ana! ¡Despiértate, llegamos! ¡Vamos!

Alguien me ha llamado… abro los ojos, me levanto y miro por la ventana del auto: “Dónde estoy? ¡Qué lugar horrible! ¿A quién vinimos a visitar?” – pensé espantada.

Las calles eran de tierra, una tierra roja, las casas de madera y ¡había mato por todos los lados! Un agua sucia pasaba por debajo de los puentes de madera, que unían la calle a las casas. Ratas enormes corrían por la calle. El cielo estaba gris, anochecía.

Salimos del auto, no conocía aquellas personas. Aún somnolienta y sin entender, cruzamos uno de los puentes: era flojo… ¡Qué miedo! El olor fétido del arroyo me daba nauseas. Mi madre me agarraba la mano con fuerza, parecía asustada. Con el otro brazo, cargaba a Livia, mi hermanita.

Un hombre llamó y abrió un portón de madera. Entramos, el quintal era de tierra, había un rosal delante de la casita: andamos por un pasillo estrecho, y, ¿quién abrió la puerta?

- ¡Papá! – grité feliz. – ¡Papá!

Corrí y lo abracé bien fuerte. Lloraba de felicidad. ¡Hacía años que no lo veía! Después de muchos besos, abrazos y conversa, llamé a mi madre en un rincón:

- ¿Nosotros vamos a vivir acá? – pregunté alarmada.

- ¡Sí, con tu papá! Ahora gana mejor y nos trajo. – explicó.

- ¡No, no quiero! ¡Acá es muy feo! – lloraba, mostrando mis zapatitos blancos sucios de tierra, y seguí quejándome. – Las paredes son húmedas y manchadas, el piso de cemento y ¡huele mal!

- ¡Tu padre dijo que es por poco tiempo! ¡Por lo menos estamos juntos!

Seguí inconformada, quería volver a la casa de mi abuela.

Pasó el tiempo, y las dificultades de nuestra vida, convirtieron aquel padre bueno en otro hombre:

- ¡Mamá, vámonos! Papá se enoja por todo y ¡me pega siempre! – me quejé, enseñando los moretones.

- ¡Va a pasar! ¡Voy a conversar con él! – trataba de calmarme.

Mis piernitas estaban llenas de marcas moradas de las palizas. Cuando las apretaba con el dedo, dolían. Empecé a sentir por él una mezcla de rencor y miedo.

Una vez llegó del trabajo, claramente cansado y molesto:

- ¡Ana! ¿Te parece que es el viento que llega a casa? – siguió quejándose. – ¡Ayer te olvidaste de saludarme! ¡Te vas a quedar de penitencia!

- ¡No, me olvidé papá! ¡Perdón! – contesté ya llorando porque sabía que me iba a pegar.

En vez de eso, me cogió por el brazo, con fuerza, y me tiró atrás de la puerta:

- ¿Te vas a quedar de penitencia, ¡ahí en la oscuridad! – gritaba.

- ¡Ana no lo hizo por mal! ¡Pará con eso! – mi mamá me defendía, ya nerviosa.

- ¡Cállate! ¡Va a quedarse por cinco horas parada, atrás de la puerta! ¡No le des agua ni tampoco comida!

- ¿Para qué una penitencia tan grande? ¡Ella es chica! – lloraba.

- ¡Ya te dije para callarte! – gritaba, ya descontrolado.

Se pasaron algunas horas, mis piernas dolían mucho, entonces me agaché; cuando me vio me hizo levantar con puntapiés y me golpeó la cara. Salía sangre hasta de mi alma…

- ¡Pará con eso, ¡basta! ¡Sácala de la penitencia!

- ¡Ya dije cinco horas! ¡Niña estúpida! ¡Si no fuera por ella, ya estaríamos lejos!

- ¡No pedí para nacer! – contesté llorando de rabia.

- ¡No pediste, pero, viniste! Te voy a dar otra.... – dijo, viniendo hacia mí.

- ¡Basta, basta! ¡Quiero paz! – gritaba mi mamá, sujetándolo por el brazo.

- ¡Cállate! – contestó yendo a la habitación.

Mi madre siempre lo obedecía, después se ponía las manos en la cara e iba a llorar en un rincón sola. Él no iba a conversar con ella, ni la consolaba. Yo, de mi parte tenía lástima de ella, por ser tan maltratada.

Casi siempre, tenía fiebres por las insistentes infecciones de orina, pero, asimismo se esforzaba para mantener la casa en orden. Cuando no teníamos pan para comer, hacía tortas fritas, con harina, aceite y agua; las freía y polveaba con azúcar. ¡Eran riquísimas y las comíamos felices!

Después de algunos meses... Vi que se miraba triste en el espejo, los dientes estaban todos cariados, su sonrisa era casi marrón. Por el dolor, fue al dentista. Aquella noche, después de la cena, le presentó el presupuesto a mi padre:

- ¡Muy caro! ¡No tenemos toda esa plata! - Dijo, mientras miraba el papel.

- ¿Y ahora?

- ¡Sácate los dientes! – contestó, tirando el papel en la mesa. – y siguió diciendo. – Mandate hacer una dentadura, ¡es más barato!

Ella empezó a llorar.

- ¡De nada sirve llorar! ¡No hay otra solución! ¡Tu sonrisa está horrible!

Todas las semanas ella iba y se arrancaba dos o tres dientes. Se quedaba despierta por la noche, sufriendo y escupiendo sangre en un orinal. Yo la oía llorando bajito, desde mi cama. Y él ¡no hacía nada!

Por eso, la rabia empezó a nacer en mi pecho... Rabia de él, que nos hería todo el tiempo, ¡rabia de la vida! Después que las encías se le cicatrizó, se puso una dentadura y volvió a sonreír, a pesar de la situación, ¡feliz!

Un domingo, mamá hizo una salsa, con el único tomate que tenía. Miré los trocitos encima de los fideos:

- Mamá, ¡está horrible! – me quejé, pues el sabor estaba muy malo.

- Solo tenemos esto para comer, entonces come, si no ¡te vas a quedar con hambre! – dijo.

Empecé a lloriquear, no quería comer eso, me daba asco. Y mi padre comenzó a regañarme:

- Eso es lo que tenemos. ¡Come!

- ¡No quiero! – contesté, estaba casi vomitando.

Y siguió:

- Vas a quedarte a pan y agua un día, para aprender a ¡valorar la comida que tenemos! Quiero que le des el pan más duro, el más viejo de la casa, para que lo muerda y ¡le sangre las encías! Entonces, va a aprender a comer ¡lo que hay! – y siguió – ¡Levántate y vete a la cama! ¡Sal de aquí!

Fui llorando bajito, pues si me oyera, podría pegarme. Solía pegarme hasta parar de llorar.

Después de algunos días le pregunté:

- Papá, ¿quieres que salga a la calle para vender dulce?

Faltaba tanta cosa en casa...

- No hace falta, ¡no estamos pasando hambre! – contestó indignado.

- ¿Qué puedo hacer para ayudar?

- ¡Estudia! No tuve la oportunidad de estudiar... – dijo con la mirada distante, y siguió. – Si quieres salir de esta vida, ¡estudia!

- ¿Qué estudio?

- ¡Cualquier cosa! Anda a la biblioteca de la escuela y ¡estudia lo que puedas!

Todos los días, mi mamá me llevaba y me traía del colegio, bajo sol o lluvia; caminábamos kilómetros y ella siempre tenía una mirada firme, una palabra de consuelo. En la salida del colegio, mientras la esperaba, iba a la biblioteca leer libros.

“¿Por qué no nos vamos? En la casa de la abuela no nos faltaba nada, ni cariño, ni ropas y ni tampoco comida. La casa no tenía goteras, ni inundaba cuando llovía, no había ratas y ni tampoco insectos. ¿Por qué no volvemos para allá?” – pensaba, sin entender.

Momentos felices eran cuando mi abuela venía a visitarnos. Lloraba cuando nos veía, nos besaba y nos abrazaba mucho. Después, el momento más esperado: ¡La apertura de las valijas! ¡Sabía que había regalos! Traía ropas usadas de mis primos, pero para mí, ¡eran nuevas! Juguetes, dulces, bombones, era una fiesta, ¡una alegría tan grande! Una vez me regaló ¡un par de zapatos nuevos! ¡Me puse tan feliz! Los míos ya tenían agujeros y les ponía periódicos en el fondo. Pero, ella traía algo más importante que todo eso: amor y atención.

Jugaba a las barajas, damas, ludo, siempre con mucha paciencia y, por la noche, jugábamos al Veo, Veo. Antes de dormir siempre rezábamos, fue ella, la persona que me enseñó el Padre Nuestro y la Ave María; rezaba en latín todas las noches por el alma de su fallecida hija y muchas veces lloraba pues la extrañaba: “¡Qué ganas de verte, mijita…! En dónde estés… ¡qué tengas paz!”.

- Abuela, ¿cómo hago para salir de acá?

- Estudia mucho y ten paciencia. Vas a crecer, trabajar y ¡saldrás de acá!

- No sé cómo hacerlo... ¿quién me va a ayudar?

- Dios te va a ayudar, confía en Él, y con Él... – contestó.

- ¿Quién es Dios? No lo veo...

- Dios está en todos los lugares... Él es grande. No lo vemos, pero Él ve todo. Reza todas las noches, y pídele para que te ayude, y Él va a cuidarte. ¿Me entendiste?

- Sí, voy a rezar.... y pedirle para que se quede conmigo.

Cuando la abuela se iba, yo lloraba mucho y le pedía para que volviera pronto. Ella siempre me dejaba un regalito, dinero y lo ahorraba para comprarme una cajita de 24 lápices de color. ¡Era mi ensueño!

Me enfermaba todos los meses, y le rogaba a Dios: “Dios no me lleves, mi mamá se va a poner triste... por favor cúrame, por mi madre... ¡Cuídame!”

Pasaron los años, y nada cambiaba. Muchas veces, yo lo afrentaba, tenía rabia de él y las palizas ya ¡ni me dolían más!

- Papá, ¿me amas? – le pregunté una vez.

- Sí. – me contestó en seco.

- Entonces ¿por qué me castigas tanto?

- ¡Eres muy rebelde! Tu vida será muy dura, entonces, ¡necesitas estar fuerte!

Y su mirada se perdía en el vacío. Y seguía:

- Voy a morirme pronto... ¡vas a necesitar ayudar a tu madre!

- ¿Estás enfermo? – le indagué recelosa.

- No. Para ustedes es mejor ¡qué me muera! Recibirán una pensión y será uno a menos para comer.

Después de algunos meses, se compró una tumba. Los fines de semana íbamos al cementerio. Él tomaba mate con mi mamá y miraba para aquello que sería su tumba, mientras Livia y yo jugábamos entre las criptas, en uno de los pocos momentos divertidos en la niñez.

- ¡Ana, ven! – me llamaba, mientras señalaba para el piso. – y seguía. – ¿Qué vas a hacer después que me muera?

- ¡No lo sé!

- Entonces piénsalo... eres la mayor y tendrás que ayudar a tu madre y a tu hermana.

No sabía qué decir, entonces, le contesté:

- Vale.

Ya era adolescente cuando mi padre se accidentó en el trabajo: una caldera se explotó y le quemó las piernas con aceite hirviendo. Ya se estaba recuperando cuando tuvo una infección que empeoró su situación. Los antibióticos no hacían más efecto. Su último deseo: un cigarrillo. Murió fumando y solo, en una habitación vacía en el hospital.

Recibimos la noticia en casa. Como estaba tan resentida y aún le tenía rabia, no pude llorar. Fui a mi habitación, abrí la ventana y finalmente respiré aliviada: estaba libre, para siempre, de aquel que me torturaba y que se decía mi padre.

La vida siguió su rumbo... y ha sido dura, pero estaba preparada.

15 de Septiembre de 2019 a las 10:41 0 Reporte Insertar 0
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