El Extraordinario Mundo de Amy Seguir historia

miktli Omar Castro

En un misterioso internado, acechada por una criatura supernatural, una chica descubre un increíble secreto del que ella es el eje central.


Fantasía Todo público.

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El extraordinario mundo de Amy

La pesadilla comenzó la noche que me encontró, lo recuerdo con claridad.

Un grupo de alumnas, incluida yo, nos habíamos escapado de los dormitorios para investigar la misteriosa leyenda de un espeluznante espectro sin rostro que acechaba el internado. Ninguna de nosotras se creía eso, pero el éxtasis de romper las reglas y hacer lo prohibido nos contagió a todas. Decían que aparecía al final del pasillo, cuando las nubes cubrían la luna. Tras un desafortunado juego de dados, fue a mí a quien le tocó ir a revisar.

Avancé en la soledad del mencionado corredor, temiendo que si me topaba con alguien, en lugar de un fantasma fuese la directora.

El cielo era una uniforme manta negra indiferente a mi presencia. Una sombra felina se escabullía entre las columnas.

—Amy.

El leve susurrar de mi nombre casi en mis oídos me hizo voltear de súbito. Él estaba ahí, a varios metros de mí en realidad, mas su voz retumbaba en mi interior como el rugido de un trueno.

En la oscuridad del pasillo, él era una sombra envuelta en una chaqueta de cuero, que fumaba un cigarrillo. ¿Era éste aquel espíritu carente de semblante? La tenue luz del tabaco iluminando algunas facciones del desconocido, me permitieron identificar en él cierto atractivo con aire de encanto, como aquel que describen los relatos del vampiro romántico.

En aquel entonces, yo había cumplido catorce (ahora me reservo la mención de números), pero él lucía unos años mayor.

—¿Quien eres y qué haces aquí? —pregunté con sequedad, fingiendo poseer algo de coraje para ignorar el hecho de que me encontraba sola ante un extraño que en apariencia sabía demasiado de mí.

Se llevó el cigarrillo a la boca con despreocupación. Luego, expulsó el humo.

—Aún no lo has visto, ¿no es así? —habló finalmente— Ya es malo que no estés preparada, pero ni siquiera tienes idea.

Lo vi meter la mano en su chaqueta y sacar un naipe. Agradecí que solo fuera eso. Con un rápido movimiento de sus dedos lo lanzó por los aires. Seguí su curso con la mirada hasta que llegó a posarse suavemente sobre mi cabeza.

Cuando volví la vista, mi interlocutor había desaparecido.

Se trataba de un as de trébol, pero la figura en el centro desprendía tres largas agujas que me recordaron las manecillas de un reloj. Por el respaldo, llevaba las indicaciones para doblar un finísimo papel, en extremo ligero, como el de aluminio, y formar una pirámide.

No sabía decir exactamente porque lo hice, pero no se lo mencioné a nadie, sino que, mientras todas dormían, esa misma noche me aventuré a intentarlo. Lo construí, me senté sobre la cama, y lo puse frente a mí. Una risilla se me escapó, me movía la curiosidad. Me concentré firmemente en el asunto, coloqué las manos alrededor del improvisado artefacto, y puse todo mi empeño en ello, mientras repetía mentalmente “muévete, muévete, muévete…”.

La quietud de la noche solo fue superada por mis suspiros de frustración.

En ese momento me sentí tan tonta. Solo era la idiota de la que ese chico se estaba riendo. Él era un extraño infiltrado en la escuela, y yo no solo estaba guardando su secreto, también me estaba dejando arrastrar a su juego. El éxtasis de lo prohibido. Pero, ¿qué quiso decir con que aún no lo había visto? ¿Y si el espectro sin rostro…?

Una pequeña, pero intensa dosis de emoción hizo que mi corazón se acelerara desmedidamente. Ante mis ojos, el psiwheel se movía.

La sobrecarga de sensaciones que se desataron en mí desde aquel instante, me impidieron dormir las siguientes noches. Parecía un desastre, y me lo decían, pero no tenía preocupación alguna por ello. Desde el rayar del alba, solo podía pensar en cuando volviera a ponerse el sol.

En una de estas prácticas nocturnas de telequinesis, un intruso se coló en mi habitación: por apenas una abertura en la ventana para que fluyera un poco más de aire, un gato entró a mis aposentos. Mi dormida, casi inconsciente compañera, no lo habría notado jamás. Entró campante, se montó en la cómoda, se sentó descaradamente y me miró con presunción. Siempre he encontrado en el resplandor de esos ojos un vestigio de una región espiritual, como si los gatos no pertenecieran del todo a este mundo, sino que hubieran decidido asentarse aquí.

Tomé un poco de la comida que se enfriaba sobre mi cama y se la acerqué. La miró con indiferencia. Luego, de un salto, se abalanzó directamente al plato.

—¡Grandísimo hijo de...!

Tras un ligero movimiento de las orejas, levantó intempestivamente la cabeza y miró hacia el cielo a través de la ventana. Su pelaje se erizó. Era como si sintiera, que a lo lejos, en algún lugar, de algún modo éramos observados.

Ahora tenía dos razones para no dormir.

A la mañana siguiente, me enteré que la directora me llamaba a su oficina. Había hecho lo mismo con todas las de mi salón una por una desde hace unos días. Era algo rutinario, dijeron las chicas. No me alarmé.

Cuando entré al lugar, una incomodidad repentina me invadió. La mancha húmeda sobre el cemento de unos ojos gastados y unos labios inamovibles como parte de un rostro arrugado, se marcaba sobre una de las paredes. La directora me hizo seña de que me sentara.

—Amy —pronunció con voz ronca—, ¿cómo te sientes aquí?

Con esa pregunta iniciamos una conversación sobre la cual nunca comprenderé su significado. Incluyó muchas indagaciones sobre lo que podía recordar de mis padres, si alguna vez tuve un apodo, o si se me hacía familiar un nombre del que ahora no me acuerdo. Parecía interesada en la más lejana memoria que pudiese traer de vuelta. Sus amarillentos ojos de buitre, incrementados a través del grueso cristal de las gafas, no se apartaron de mí.

Por más que traté de mantenerme enfocada, un detalle desvió mi atención: a su derecha, había una esfera semejante a una bola de nieve, excepto que no parecía de cristal, mas bien, las nubes en su interior se concentraban todas girando alrededor de un punto dándole una forma cincuférica. Sobre esta, un bajo relieve de garabatos que no pude entender pero que lucían muy antiguos. En un momento, la vi poner su mano sobre esa cosa, y aferrar a esta sus largos dedos como garras de un ave de presa.

Me alegré de que el evento no fuese muy extenso, por lo pálida que debí ponerme no sé qué habría pasado.

Cuando llegó la hora de acostarse, mientras me lavaba los dientes, encontré un as de trébol pegado al espejo. Llevaba escrito un mensaje en la parte de atrás.

Un silbido sordo rompió de imprevisto el silencio fúnebre del internado, y por debajo de la puerta, vi pasar una sombra indescriptible que impregnaba el lugar de un palpable pavor.

Procurando hacer el menor ruido, tomé el espejo de mano, y lo incliné en el suelo junto al espacio bajo la puerta, con intenciones de ver el reflejo de lo que ocurría en el pasillo. Y pude observar a alguien que caminaba con aspecto de hombre, vestido enteramente de un traje negro que se fundía con la noche, y que parecía desprenderse de él, como si vistiera el humo. Llevaba vendas en las partes descubiertas: cara, manos y cuello. Estaba de espaldas a mí, pero alcancé a ver el perfil de una máscara blanca como el yeso, que le cubría totalmente el rostro.

En aquel momento creí que lo había imaginado, pero lo oí tararear una vieja canción infantil.

Rema, rema, rema tu bote, suave por la corriente. Alegre, alegre, alegre, alegre, la vida es como un sueño.

Me quedé clavada en el piso, atornillada de pánico.

Temblando, tras que quien fuera se alejó, llevé el naipe hasta mis ojos y leí las palabras: «Oye, Pan: no abras la caja».

Extendí las manos al cielo, el techo se desprendió lentamente, el cemento, las vigas y las tejas se apartaron a mis deseos, despejando el cenit. Era algo nuevo, me preguntaba que tan lejos podía llegar. Allá arriba, el negro no era absoluto: había motas plateadas en la oscuridad.

Desperté de improviso. No sentía la superficie de la cama, ni superficie alguna. Un mechón rojizo cayó sobre mi nariz, cuando una lechuza pasó volando junto a mi cabeza. No tenía idea de cómo llegué a allí, pero estaba flotando sobre el techo del internado.

Respiré suave, y sin saber cómo, bajé gradualmente. Se acercaba el amanecer.

Ya era demasiado. Tenía que contarle a alguien. Así no me creyera, debía decirle a la directora. Pero esa mañana recibí una noticia que no pude pasar por alto: El cuerpo en descomposición de esta fue hallado escondido en el muro de su propia oficina. Decían que llevaba días ahí. Entonces, ¿con quién había hablado el día anterior? Pensar en eso me dejó en shock. El chico de los naipes, el fantasma de la directora, el espectro sin rostro, yo volando… ¿y si todo está conectado? ¿y si el instituto estaba embrujado? ¿y si yo era la bruja?

Corrí a mi dormitorio y me encerré en él, aislada del mundo.

Traté de calmarme y no pensar en eso. Ahora estaba sola, y no sabía en quien podía confiar. Excepto, tal vez ese chico.

—Amy.

Su voz a mi espalda fue una sorpresa y un alivio. Volteé a ver su gallarda presencia, y por alguna razón que tampoco comprendo, no pude evitar soltarle una sonrisa. Me la devolvió.

Quedé perpleja cuando puso en mis manos aquella bola de nieve que vi en la oficina de la directora.

—¿Qué es? —pregunté.

—Es un cofre de sueños. Los sueños son burbujas. ¿Alguna vez has pensado en lo que pasaría si fueras parte del sueño de alguien más?

Negué con la cabeza, la idea me pareció risible.

—¿Si es un sueño, para qué lo quieres? —pregunté— ¿De qué sirve?

—Ábrela —respondió.

¿No era justo sobre eso de lo que había intentado prevenirme con la nota en el naipe?

La mancha húmeda sobre el cemento del pálido rostro de un chico misterioso se marcaba sobre una de las paredes de mi habitación. Aquellos ojos oscuros se movieron en mi dirección.

Quedé espantada ante el hecho.

De un puñetazo, mi interlocutor rompió el muro, y sacó del interior a alguien más: era el chico de los naipes, ¡enterrado vivo allí! ¿Pero cómo? ¿Qué no estaba justo frente a mí?

Y entonces, vi su rostro transmutarse.

—Habría sido todo un dilema encontrarte —me dijo quien me descubrió en mi habitación mientras sus facciones se transformaban en otras—, bueno, de no ser por él.

El traje de humo, las vendas en sus extremidades, esa horrible máscara mortuoria. Era él. Oh Dios, era él. ¡Era el espectro sin rostro!

Caí al suelo de la impresión. A mis pies cayó aquella extraña esfera.

—He dicho: ábrela —repitió el fantasma.

Y noté en los ojos del chico de los naipes, del verdadero chico de los naipes, preso entre el muro y las garras del espectro, una desesperación profunda, con ellos me suplicaba que no lo hiciera. A diferencia de la mujer del mito griego, yo no me atrevería a abrir esa cosa nunca.

Sin pensarlo dos veces, retrocedí.

—Niégate a abrirlo, y convertiré a tu amigo en una espesa explosión de salsa roja.

Miré al chico. La palabra “huye” escapaba de su mirada.

—Contaré hasta tres: uno…

¿Por qué hace esto? ¿Qué es lo que quiere?

—…dos…

Este tipo está demente.

—¡Tres!

—¡No!

El rojo se esparció por los alrededores de la habitación, bañándolo todo en una cálida lluvia carmesí.

Salí disparada del lugar, como si el diablo me persiguiera. Aunque este en realidad se mantuvo inmutable en su sitio.

—¿Crees que puedes correr y esconderte? —gritó— Debes saber, debes comprender, que no hay forma posible en la que puedas ocultarte. Si viajas al origen de los tiempos, ahí estoy yo; si llegas al fin del todo, yo soy el fin del todo. He recorrido la burbuja una y otra vez hasta encontrarte, finalmente te tengo frente a mí. ¡Ya se acabaron las sutilezas!

Con una imponente onda psíquica derribó las columnas de la escuela, los edificios empezaban a desplomarse cual castillo de naipes. El impacto me tumbó al suelo. Los gritos de pánico de las alumnas invadieron la atmósfera.

—Déjame en paz —le grité.

Lo vi acercarse a mí, se me ocurrió repetir su hazaña. Extendí mis manos hacia él, y, de un choque psíquico lo lancé por los aires estrellándolo contra los muros. Arremetí contra él en una ráfaga de puños psiónicos hasta hacer un cráter en el lugar. La nube de polvo que levanté con este inverosímil pero absolutamente real acontecimiento lo cubrió todo.

Pensé que lo había aturdido, pero él se paró en el aire a varios metros de mí, flotaba apacible. Tronó los dedos.

El impacto de ese golpe, me destrozó por completo. Me hizo dar vueltas alrededor suyo a distancia de una cancha de baloncesto, estrellándome contra lo poco que quedaba en pie de los edificios una y otra vez. No podía sentir mi propio cuerpo.

—No puedes ganarme en esto, soy más viejo de lo que puedas imaginar —me dijo.

Parte de la máscara de yeso se había desprendido, bajo ella, la putrefacta piel del espectro se caía a pedazos. Su esquelética mandíbula siguió moviéndose para decir:

—Los has oído, ¿no es así? Están ahí, observando.

Me lanzó al suelo, y arrojó el cofre justo a mi lado.

Confundida, pregunté:

—¿Por qué me haces esto? ¿por qué a mí?

—Porque siempre fuiste su favorita. Desde el principio, desde el primer momento en que el mono se sentó frente a la laptop fingiendo ser un autor, ahí estabas tú. Eras un sueño, su sueño.

—¡No sé de qué hablas!

—Recuerda. Recuerda los primeros intentos de crear tu conciencia; recuerda las primeras y torpes líneas que pretendían dar forma a tu mundo, nuestro mundo; recuerda el embeleso de ser la escogida entre una docena más uno. Sí, recuerda. Recuerda y óyelos.

Por primera vez pude notar una pequeña, ínfima abertura sobre la superficie de la esfera. Casi invisible a la vista, pero estaba ahí. Y de ahí, se escapaban sus voces: «Espera, ¿entonces la bola de nieve es…?» «O.o No, no, no. Esto es demasiado. ¡Es infumable!» «El autor se chifló xD» «Yo ya lo veía venir u.u» «No entiendo :v» «Tal vez iba bien, pero a partir de este punto, lo que venga va a ser completamente irracional».

—Ahora lo entiendes, ¿no? —prosiguió el espectro— Los quiero. Yo soy la pesadilla que atormenta sus sueños, la forma de sus peores temores, y los quiero. Quiero mi imagen fijada en su cabeza. Quiero mi voz retumbando en sus oídos. Quiero verlos correr asustados cada vez que lean estas líneas. Sí, de ti estoy hablando, lo sabes.

Estaba bailando en el filo de la hoz, y la barca vestía una máscara de yeso.

De repente, una luz cegadora lo cubrió todo. Por un breve momento el mundo se detuvo. Y solo por ese instante, perdí la conciencia.

Desperté a salvo en la ciudad, como sostenida en brazos envueltos en cuero, a la sombra de un rostro irreconocible en mi estado de semiconciencia, un misterio encarnado que revivía mi nostalgia. Pero creo recordar, un remolino de naipes que volaban por los aires cual bandada de pájaros.

Mas si algo sabía, es que no sabía muchas cosas, pero sí que el espectro se había equivocado. Que no necesitaba abrir la caja para lograr lo que quería. Es decir, mientras lees esto, ¿no está ya mi voz dentro de tu cabeza? ¿no está mi imagen fija en tu mente? ¿No te preguntas qué pasará cuando termine el sueño, cuando tu soñador despierte?

14 de Septiembre de 2019 a las 20:08 0 Reporte Insertar 3
Fin

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Omar Castro Lo que vas a encontrar por acá es un tanto fantástico, no te extrañes, el mundo también es mágico.

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