El Heredero Seguir historia

bmr Baltasar Montenegro

Lucy es una chica que perdió a sus padres en un accidente cuando era apenas una pequeña. Los que quedaban de su familia tomaron la fortuna heredada de sus manos y ahora que Lucy ya es lo suficientemente mayor, consideran apropiado alejarla de sus vidas. Pero hay algo extraño con el lugar al que fue llevada. Con sus paredes, los inquilinos, sus costumbres... Sus secretos. En particular uno que parece ser sacado de cualquier lado, menos de la realidad. Y es que a veces, lo que nosotros no logramos ver está ahí, en algún lugar. Siempre lo estuvo. (Advertencia: los eventos que ocurren a lo largo de esta novela, se encuentran relacionados con Intermedio, Intermedio Segundos Finales y futuras entregas de dicha historia. La razón de esto es que ambas novelas transcurren en un mismo mundo. No es necesario de su lectura para dar sentido, pero sí para informarte un poco más sobre lo que ocurre)


Fantasía Épico Todo público.

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I

En las distorsionadas figuras que los ladrillos tomaban al hundirse en la noche profunda, las pesadillas de Lucy se convertían en realidad. Desbordado su mente, haciéndola recordar aquellas escenas en las que la cordura escapaba, las manos dejaban de responder y el sentido de las cosas se desmoronaba.


Fueron esas imágenes las que la obligaron a llegar hasta ese lugar donde su álbum familiar no había sido visto por los que la rodeaban, donde las personas que aparecían en esas imágenes no la volverían a ver, donde las miradas se perderían en la oscuridad de la tormenta.


El chofer seguía callado, no había necesidad de entablar una conversación, el paisaje hablaba por sí solo. Ya faltaban pocos metros para ingresar a la propiedad. Los azules ojos de la chica se empañaban como las ventanas del automóvil que se hacía minúsculo ante esa aberrante cantidad de desgastados, viejos y machacados ladrillo que conformaban el Castillo del Abismo. Su nombre se debía a la proximidad del acantilado, por supuesto. Pero las leyendas que rondaban sus pasillos eran tan abundantes como las telas de araña que había en la entrada principal.


Algún que otro insecto caía en esas redes, y ahora Lucy, con su cuerpo frágil, manos de pianista que escucharon la dulce melodía de la tragedia y la felicidad que jugaba a las escondidas, era la siguiente en tocar al timbre.


La siguiente en escuchar la melodía del reloj que había dentro.


La tía Hermelinda, con sus largos vestidos que tapaban sus piernas robustas y sus brazos flácidos, la obligaba a caminar siempre a su lado, a ayudarla a cargar cosas, a limpiar. Fue una de las pocas personas con las que tenía un lazo familiar luego de la muerte de sus padres. Pero Hermelinda era reacia a dar afecto. Era, en su imaginación, una blanca momia deforme y con lentes que le daban, en conjunto con su pequeña nariz, el aspecto de un ratón. Algunos todavía rumorean que fue ella la que envenenó el chofer de sus padres causando además la muerte de ambos. Un paso, dos, tres… Los charcos de agua se unían a sus pies, deformándose, haciendo que el reflejo de la chica se distorsionara. La lluvia no importaba demasiado, le gustaba.


El tío Rubén tampoco le caía demasiado bien, era callado y cuando hablaba era solo para quejarse de la comida que servían en la mesa. Comida que Lucy preparaba. Sus únicas aspiraciones eran mirar televisión y engañar, en secreto a su esposa con la mucama. Una joven que, aprovechando sus atributos, sacaba más dinero de sus bolsillos. Del cual Lucy siempre tuvo problemas para acceder. A Rubén le gustaba el juego, pero más ver como los engatusados novios de la mucama le daban dinero a la chica que luego se encargaba de hacer llegar al anciano para hacer sus apuestas. La avaricia le hacía difícil el gastar de la cuantiosa cantidad que les quedo tras la muerte de sus yernos.


La herencia de sus padres fue la que terminó enviándola a este lugar en el que, a cambio de salir de aquel antro de males, la dejaba en las puertas de este lugar alejado de toda sociedad, sin ningún centavo y con una maleta en el que guardaba el poco equipaje que tenía.


Si iba a extrañar a alguien era sin dudas a Luisa, aquella desventurada joven que había estado a su lado, acompañándola en las paradas, los coros del instituto y las tardes de verano. Su figura pálida y delgada no la convertían en la más popular.


Letales. Así llegan a ser los desamores, los fuertes revuelcos que el corazón da cuando lo parten en dos. De esa separación quedo un solo fragmento en el interior de Lucy. La mitad de una mentira, de una melodía inconclusa, de una luna que no llegó a ser llena. El mundo que da la espalda estaba alejándola de todo eso. Agradecida, así pensaba que debía de sentirse. Pero el lugar la hacía dudar de eso.


No tenía muy claro qué es ese edificio. Por un momento temió que fuera un manicomio, clásico destino que reciben las personas afectadas. La tratarían como una insana y quedaría allí por mucho, mucho tiempo. Descarta esa teoría. No hay carteles en la entrada, direcciones ni nada que se le parezca. Tomaron la calle principal, luego giraron e ingresaron a un barrio de lo más inseguro donde las pestes y la podredumbre que la gente deshecha se acumulan. Algunas viviendas no tenían techo, en otras las ventanas eran reemplazadas por una especie de materias plástico de color oscuro, en otras con cartón. Incluso algunas ni siquiera llegaban a ser lo que suponían, eran tan pequeñas que seguramente eran habitaciones con baños y camas en una misma habitación.


La tormenta seguía castigando el vehículo del chofer. Ese que seguía en silencio, no se quejaba, no suspiraba, no volteaba la cabeza ni un poco. Solo conducía. Lucy apenas había cumplido los 18, pero era alta y su apariencia era más bien la de una chica de más de veinte, finos cabellos recorrían su rostro, dulces melodías resonaban en sus oídos, aquellos de tiempos mejores. Aroma a flores bajo la lluvia se desprendía de su vestimenta. Sueños que al igual que ocurre con una pared antigua, se desquebrajan y caen al suelo separados en grandes fragmentos. Aunque ella lo sentía más como un espejo.


Ni siquiera sabía la hora, el dorado reloj de su madre ya difunta fue subastado y entregado al mejor postor. La piel de su muñeca nunca conoció lo que era tener alhajas. El único brillo que conoció fue el que transmitían las uñas pintadas de Luisa que, con el fin de acompañarla, apoyaba su mano sobre la suya. Tan delgada, por supuesto, como el resto de su cuerpo. Tan delgada como las cuerdas que el piano tenía en su interior. Un instrumento pesado que estaba constituido por piezas tan finas como los hilos de la realidad, un instrumento que aparentaba ser el más grande y difícil de tratar, un cuerpo duro con un interior delicado. La hacía recordar los reyes, aquellas personas llenas de la necesidad de gobernar con sus imponentes barbas y coronas, acompañados de un ejército de mil espadas, pero ninguno, o por lo menos muy pocos, encontraban felicidad en gobernar. Todo estaba a sus pies, pero necesitaban un pueblo para gobernar, súbditos. Pues bien, el piano era el rey, y ella la que le servía con sus manos, haciéndolo sonreír, como ningún hombre podría.


El ambiente se llenaba de duras notas que se estrellaban contra las paredes y llegaban a atravesarlas. Era en ese momento en el que la boca deforme, con dientes picados y aliento infernal de la tía Hermelinda la detenían. Tenía prohibido tocar tan alto fuera de las horas de práctica. Tenía prohibido ir más allá de la propiedad en épocas de vacaciones. Una verdadera lástima, porque no pudo aprovechar más tiempo junto a esas flores tan cálidas que crecían en los montes cercanos a esa “mansión”. A ella le parecía más una cárcel donde la cadena perpetua no era otra cosa que su vida misma. A veces iba a la terraza para dejar de escuchar las quejas de todos e intentar observar aquellos blancos jazmines y orquídeas que sonreían en primavera.


Se preguntaba si algún día podría sonreír como ellas.

6 de Septiembre de 2019 a las 22:55 0 Reporte Insertar 3
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