Las Brujas de San Cipriano Seguir historia

rodolfobarboza7000 Rodolfo Barboza

Las Brujas de San Cipriano relata la historia de Marcela Zamora y su hermana gemela Minerva, herederas de una maldición tricentenaria. Un espíritu al que llaman 'El Diablo' asecha cada rincón de sus vidas, tomándose atribuciones y aniquilando a quienes osen interponerse en su camino hasta lograr lo que alguna vez le prometieron; ser amado, y en consecuencia, procrear con una de las brujas para subsistir en el tiempo como un ser completamente tangible.


Horror Historias de fantasmas Sólo para mayores de 18.

#brujas #maldicion #sacrificio #diablo
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Capitulo I: Una Generación Peculiar

—Aléjate... aléjate de mí—. Gritaba desesperada, mientras sus ojos inyectados en sangre buscaban aquella voz en la oscuridad— ¿Qué quieres?


—Te quiero a ti—. Susurró la voz grave, melancólica.


— ¿Qué quieres? —Replicó al vacío, una mezcla entre llanto y desesperación salió de su garganta.


—Solo quiero estar a tu lado. —Respondió la voz serena mientras se perdía en el viento.


—No quiero que estés cerca de mí ¡Aléjate! —Bramó agudamente.


—Sé muy bien lo que has venido a buscar —Dijo la voz— Puedo entregarte todo lo que buscas... solo alza tu voz.


—No he venido a por nada. Estoy... perdida. —Titubeo insegura, se llevó las manos a los oídos, tratando de no escuchar.


—Tú me has nutrido, en este momento lo estas haciendo, dependo de ti amada mía, eres la más fuerte. Somos uno solo, tú me has llamado—Aseguró la voz.

—No sé de qué hablas, siempre te he odiado, maldito espíritu del infierno—. Marcela se devoraba las uñas de los dedos y su cuerpo vibraba en posición fetal en el suelo, sentía como el éxtasis le penetraba las entrañas, sentía como un par de manos frías la tomaban por los muslos.


—He acudido a tu llamado —Replicó la voz, esta vez distorsionada, parecía salir de una radio descompuesta, un sonido incoloro, un sonido agudo y sin estructura. —Hemos esperado mucho tiempo, necesito salir de aquí... libérame—.

— ¡Aléjate! —Gritó tan fuerte que sintió que su garganta iba a desgarrarse y de un impulso repentino se levantó y sus pies echaron a correr sobre las espinas, sentía como volaba sobre los matorrales, el viento helado le secaba las lágrimas cada vez que de sus ojos brotaba alguna.


La noche era tan oscura como el carbón. No había luna, ni siquiera un punto de luz, nada. No recordaba ninguna noche tan vacía como esa. Las ráfagas de viento azotaban la piel de Marcela mientras corría sin rumbo, hacia ningún lugar, escapando de lo que no podía escapar.


Estaba atrapada en sus pensamientos, prisionera. No podía ver en lo absoluto, era como si la oscuridad se hubiera tragado la tierra. Las luciérnagas no se atrevieron a volar esa noche, ni las más infames aves nocturnas gritaron como habitualmente lo hacían, ni siquiera una lámpara de aceite en la lejanía brilló. No sabía dónde estaba, la negrura era espesa y rondaba por doquier.


Cayó en picada al suelo, sus rodillas chocaron estruendosamente contra la solidez de un montón de rocas diminutas, sus pies desmayaron, sentía la sangre emanar de ellos. La sangre tibia sobre una piel helada, el ardor era insoportable. La voz había desaparecido, se había esfumado, sólo quedó un silencio ensordecedor, casi insoportable.


El resplandor de una fuerte luz en lo alto arremetió contra sus ojos, una imagen rojiza y resplandeciente delante de su mirada, frunció sus párpados. Su piel reaccionó ante la tibieza de una ráfaga de viento. Poco a poco una imagen se hizo notar, era el cielo del medio día con el sol en la cima.


De pronto los sonidos reaparecieron por doquier, el correr del agua, el aleteo de un ave, su misma respiración. Apoyó sus antebrazos en la hierba y con las palmas de las manos se impulsó hacia arriba. Lentamente el ardor reapareció, sus pies lastimados no detuvieron la marcha.


No estaba segura donde estaba, unos segundos pasaron hasta que divisó entre los árboles un pico característico de una montaña cercana, reconoció los valles que formaban las crestas intrincadas, las concentraciones de los árboles en las alturas, árboles azulados rodeados de una espesa niebla gris.


La lejanía pintaba de azul claro la majestuosidad de la montaña —Estoy cerca— Pensó. Caminaba con dificultad, siempre mirando a su alrededor, no tenía la menor idea de cómo había llegado hasta allí, estaba al otro lado del río, más allá de los límites del cercado ajeno.


Nadie se atrevía a pisar tierras ajenas sin antes avisar, nadie se atrevía a menos que quisiera recibir un balazo de escopeta en la espalda, o huir de los perros furiosos. Se apresuró y se alivió al ver el cercado de púas, con cada pisada las heridas cobraban vida, la sangre emanaba y dejaba huellas en el pasto seco, sus rodillas flaquearon más de una vez. —Los perros olfatean la sangre— susurró para sí misma, sintió como el ardor le invadía los ojos.


Con una mano sostuvo una parte del alambrado y con el pie izquierdo, entre cada púa, hizo ceder hasta el suelo el alambrado inferior creando una abertura lo suficientemente grande como para poder pasar. Se detuvo un instante y calculó su posición, miró hacia atrás solo para cerciorarse de que nada ni nadie la estuviera viendo o siguiendo y cruzó sin más.

Su vestido se enredó entre las púas, de un tirón lo jaló y siguió. El río se encontraba a pocos metros de ella, el primer pensamiento que tuvo fue el de sumergirse y lavar sus heridas, pero ese pensamiento fue suplantado inmediatamente por aquella vez que el río la arrastró y casi la ahogaba, ese pensamiento a su vez fue suplantado por la voz distorsionada que la había estado perturbando desde hace mucho tiempo.

Al tocar el agua del río sintió el ardor, su vestido grisáceo cambio de color, se tornó negro al mojarse, sin perder tiempo nadó hacia la orilla opuesta. El río estaba satisfecho.


Era medio día, Vicente estaría furioso, quizás aún más de lo habitual. Marcela acostumbraba a levantarse antes que el sol, antes que las aves cantarán, cuando el cielo estaba azul intenso y en el horizonte los colores más hermosos nacían de la nada. Cada madrugada se levantaba antes que Vicente, su abuelo y su hermana. Su madre le enseñó que la vida comenzaba muy temprano en la madrugada, que el día se aprovechaba mejor haciendo las cosas antes que el sol calentara las tejas.


Su madre había muerto hace 18 años, y cada mañana la recordaba con nostalgia, cada mañana la veía sentada a un lado del fogón, limpiando cada rincón, cada mañana la veía arando la tierra, cosechando, barriendo o lavando, siempre la veía sonriéndole a los árboles, al viento, al sol, cada mañana la tomaba de la mano —Que mano tan tibia—.


Se detuvo a recoger algunas mandarinas de los árboles que su abuelo había sembrado hace ya varios años, una que otra fruta que se le atravesara estaría bien, sabía que no debía llegar a casa con las manos vacías, después de una larga ausencia. Un grito a lo lejos hizo voltear su cabeza, era Vicente, su marido.


El sombrero de cuero claro con la hebilla en forma de herradura al frente era su sello personal, ningún otro hombre que ella pudo conocer alguna vez llevaba un sombrero igual, se enamoró de inmediato al verlo por primera vez.


Su mirada recia y severa pero cálida a la vez, el cabello lacio y castaño, tenía las cejas gruesas pero delineadas y sus labios a medida, su mentón cuadrado y afeitado y su nariz perfilada hacían de su cara una perfecta y simétrica obra de arte. Además era alto, un metro ochenta como mínimo y de contextura considerablemente fuerte y tallada. Vicente decía que la herradura le traía suerte, y que la noche cuando se conocieron, su suerte la trajo a él.


Marcela se sintió afortunada en aquella oportunidad, se sintió especial, le había entregado el alma a Vicente y a su emblemática herradura plateada en las primeras horas. El destello de la herradura plateada delante del sol la sacó de su sueño y enseguida dirigió los pasos hacia donde se encontraba su marido.


—Mujer—. Volvió a gritar el hombre desde lejos, en medio del sembradío de maíz. —Podría hacerme pasar por un espanta pájaros y ni siquiera tú te darías cuenta. Tengo el sol en la nuca y el estómago pegado al espinazo, ¿Dónde está la comida? Muero de hambre—.


No había pasado siquiera un solo día en el cual Marcela había olvidado algo tan importante; la comida de su marido. El almuerzo debía estar listo antes de que a Vicente le diera hambre, mucho antes debía estar preparada la cena y así sucesivamente.


—Te tengo Mandarinas, están jugosas—. Respondió Marcela, insegura, procurando que Vicente no notara que estaba sangrando debajo la falda del vestido. —Mientras termino el almuerzo, voy de regreso a traértelo, Vicente, ¿Me escuchas? —.


—Claro que te escucho, Mujer—. Replicó Vicente. Cambió su peso de lugar, apoyando una mano en la cintura y tocándose el sombrero, estaba perdiendo la paciencia.


Marcela se acercó corriendo a dejarle las pocas mandarinas que había recogido y se las entregó, Vicente de inmediato notó sus pies descalzos, su vestido mojado y su cabello despeinado, afortunadamente no se tomó mucho tiempo en estudiarla. Se dedicó a quitarle la piel a una mandarina.


— ¿Te caíste de cabeza al río? —. Preguntó — ¿Dónde está mi comida? Muero de hambre— Sentenció.


Marcela reiteró su respuesta y salió corriendo en dirección a la casa, no podía perder más tiempo. Vicente bramó entre dientes, pero Marcela decidió no tratar de entender lo que había dicho. Al llegar por fin a casa, su olfato notó algo irregular, el fogón encendido, agua hirviendo, sal y especias en un caldero, harina de maíz lista para la cocción, carne condimentada, huevos revueltos.


Marcela no recordaba haber preparado siquiera una jarra de jugo de limón esa mañana, no recordaba haberse levantado de la cama, no recordaba los ronquidos de Vicente antes de despertarse.


Pero decidió no perder más tiempo buscando respuestas, ya habría tiempo para concentrar sus pensamientos en dicho acontecimiento. En ese momento Vicente era su principal problema a resolver. —El estómago vacío de un hombre es una bomba de tiempo a la amargura— Las palabras de su madre retumbaron en su mente.


A Vicente le gustaba comer al aire libre, cuando trabajaba en el sembradío de maíz, solía comer debajo del árbol de Mangos justo en el lindero sur, tenía buena sombra y en temporada trepaba como un niño en busca del Mango más jugoso.


Marcela parecía una Gacela, tomó varios platos, vasos, un tenedor y una cuchara y se las arregló para hacerle llegar la comida a su marido sin siquiera derramar una gota del líquido condimentado.


—Vicente—. Gritó desde lejos.


Decidió dejar a Vicente en paz, pues parecía una bestia hambrienta. Se devolvió a la enorme casa y se ocupó de su abuelo y su hermana también. Media hora después decidió escapar a pensar, sus ojos ardían, como si no hubiera dormido en una semana, su espalda estaba rígida y los músculos de las piernas tensos, no sabía en realidad por dónde empezar a concluir lo sucedido.


Era la primera vez que algo tan intenso le sucedía desde que el espíritu se había hecho más fuerte, era la primera vez que estaba asustada de verdad.


Esa voz, aquella voz que una vez fue la más dulce y pacífica que había escuchado jamás, esa voz tan exquisitamente alentadora e inocente, esa voz que le había inspirado confianza, se había convertido en todo lo opuesto, le estaba exigiendo, le estaba ofreciendo.


Esa voz que siempre había sido tan calma, se había tornado fuerte, turbia, individual, una voz particularmente asociada a otro ser, asociada a aquel espíritu que su madre había pedido ignorar, al mismo diablo, al demonio, el hombre sin rostro.


Cuando Magdalena, la madre de Marcela vivía, le contaba historias grandiosas, le decía que cada elemento tenía voz, cada ser viviente poseía una voz particular y Marcela estaba segura de que era así, había comprendido que los animales tenían su propia voz, las aves, los insectos, todo animal podía emitir sonidos, el río tenía voz, los árboles y las montañas también.


Su madre solo una vez le contó que era visitada por un hombre al cual no podía verle el rostro y que ese hombre era tan alto y delgado que a veces le asustaba. Le contó solo una vez que ese hombre estaba detrás del árbol de Mangos esperando a que alguien cruzara el lindero para asustarlo y hasta matarlo del miedo.


Su madre le había advertido que si alguna vez aceptaba a ese hombre en su vida o que si simplemente aceptaba un consejo, un regalo o le respondía a alguna de sus preguntas, ese hombre jamás la dejaría en paz.


Aquella vez Marcela solo se dedico a escuchar, pero sin mucho detenimiento, en cambio Minerva, su hermana, parecía anonadada e interesada en toda la historia, pues su rostro parecía haberse tornado brillante, sus ojos brillantes también, la mueca en su rostro se convirtió en sonrisa.


Marcela le susurraba a los árboles, los amaba, amaba cómo podían convertirse en monumentales gigantes y que de ellos los frutos dulces nacían y los ofrecían sin pedir nada a cambio. La tierra era sagrada para Marcela y también lo era para sus antepasadas. Marcela tocaba el agua del río y sentía si algo andaba mal arriba en las cabeceras, al sumergirse en las aguas sentía si era tiempo de pesca o no.


Marcela sentía si el río era tratado con respeto o era irrespetado, sentía si el río necesitaba vidas para seguir viviendo. Muchas veces Marcela y la lluvia salían juntas a recorrer los cerros y a inundar las praderas, otras veces la lluvia se empeñaba en entrar a la casa con Marcela y entonces la casa se inundaba y los pisos de tierra en la parte trasera se convertían en barro. —Marcela, te dije que dejaras a tus amigos afuera antes de entrar—. Su madre le decía cada vez que los elementos invadían el interior de la casa. —Afuera he dicho—.

A Marcela se le iluminaba el rostro, sabía que tenía un don especial. El abuelo solía aprovechar la arcilla para moldear las más graciosas figuras; caballeros en sus caballos, personas con sombreros enormes, casas y frutos o simples perros y gatos. Marcela disfrutaba del talento de su abuelo, aún conservaba la mayoría de las piezas.


Ya el abuelo no tenía las fuerzas suficientes para moldear y la ayuda era imperativa en la vida de ese anciano silencioso, aunque este podía caminar, algunas veces amanecía tan débil que prefería siquiera no ir a al baño en todo el día si nadie acudía a él.


Magdalena Hernández Zamora, hija de Isabel De Hernández Zamora y está a su vez hija de Manuela Zamora, a través del tiempo eran conocidas en el pueblo y en localidades cercanas como curanderas, parteras, y hasta brujas o adoradoras del diablo, devotas a lo prohibido y una infinidad de otros términos.


Muchas veces personas adineradas llegaron pisar la casa de los Zamora buscando soluciones a sus problemas de salud, personales o financieros, a raíz de estas visitas y sus positivos resultados, las Zamora intensificaron su fama en San Cipriano y en muchas otras localidades.


La mayoría de las mujeres que han vivido bajo ese techo, han tenido dones o habilidades especiales, todos usados para el beneficio de los demás. En cambio los hombres de la familia, a todos se les ha conocido como valientes y a esos no se les cuestiona ninguna decisión, no se les mira de reojo ni se les reta a duelo, pues victoriosos han sido siempre, incluso los maridos y esposos que ningún parentesco sanguíneo pudieran llevar.


Mucha gente decía que su victoria se debía a las influencias que sus mujeres ejercían en ellos, otros decían que por el simple hecho de vivir bajo ese techo, su suerte cambiaba radicalmente.


Pero ese no era el caso de Vicente, pues Marcela lo conoció victorioso y pudiente, además era un galán, un conquistador por naturaleza y de donde provenía se escuchaban historias fantásticas de cuando luchó en varias oportunidades con un toro de 150 kilos imposible de domar.


Vicente enamoraba todos los días a Marcela, todos los días aparecía una flor silvestre sobre la cama. Marcela amaba las margaritas, Vicente procuraba siempre sorprenderla con detalles que se transformaban en una sonrisa eterna. Una vez Vicente trajo un Girasol enorme a casa, Marcela se enamoró tanto de la flor que la misma duró varias semanas, casi un mes, quizás dos, intacta.


Marcela la colocó en una jarra de vidrio, pero en ese momento olvidó ponerle agua. Ni siquiera un solo pétalo cayó mientras estuvo ahí. Marcela tenía enfocada su atención y su alegría en el girasol, todos los días lo tocaba sutilmente y lo olía, tenía un aroma peculiar. El abuelo felicitaba a Vicente por cada sonrisa que Marcela dibujaba en su cara, Vicente se ganaba el paraíso con cada detalle.


Los detalles se fueron desvaneciendo con el tiempo, desde que la voz se intensificó, desde que la voz se agudizó, desde que la dulzura de la voz se había convertido en madurez y la sombra detrás del árbol de Mangos se hizo más nítida.


Marcela relacionaba acontecimientos repentinos con los cambios de actitud de Vicente. Un Martes después de una larga jornada de trabajo en las afueras del pueblo, Vicente llegó a casa con una mueca en el rostro como jamás Marcela había visto, ese Martes no hubo siquiera un saludo, Vicente fue directo al baño, tomo una ducha, cenó y se fue a la cama sin siquiera ver a Marcela a la cara.

Ese martes en la madrugada Marcela sintió que fue besada en el muslo, muy cerca de la ingle, Marcela sintió unos labios fríos, no eran de Vicente, Marcela abrió los ojos pero no encontró al autor del beso. El Jueves siguiente, Marcela decidió tomar un largo baño en el río, ese mismo día Marcela se sintió observada, desde que se despojó del vestido, hasta que salió del río y volvió a vestirse, alguien la miraba, pero no logró localizar al espectador, ese mismo Jueves Vicente no la miro a los ojos.


El sábado en la madrugada, Marcela fue tocada mientras dormía, su sexo fue invadido por unos dedos fríos, a la mañana siguiente Vicente casi la golpeó por haberle puesto demasiada azúcar al café. Vicente se había vuelto hostil, desesperado, los besos de buenas noches desaparecieron, los abrazos se esfumaron, igual que las flores, la mirada de Vicente era gris, el color de sus mejillas se borró, la famosa y emblemática herradura plateada y brillante se opaco, parecía deteriorada, gastada.


Marcela sentía angustia, no estaba siendo feliz, no como antes. El hombre detrás del árbol de Mangos sonreía sutilmente.


Marcela Zamora a sus 27 años de edad, era una mujer recia, de carácter sólido, madura, con los pies puestos sobre la tierra. Marcela tenía el cabello negro como la noche sin luna, tan frondoso como los matorrales espinosos, pero lacio como las cascadas del río, cascadas negras que chocaban con unos glúteos voluptuosos.

Marcela era conocida como La Negra, algunos le decían Azabache. Los labios carnosos de Marcela cambiaban de color en verano y en invierno, en temporada de lluvias eran rosas claro y cuando el sol secaba los pantanos, se hacían rojos como la sangre, era una peculiaridad que enamoró a Vicente más de una vez.


La Negra de ojos profundos, La Negra más hermosa, envidia de muchas mujeres y deseo de muchos hombres. Marcela sin duda poseía atributos y proporciones admirables, cualidades y aptitudes inigualables y grandiosos dones. Pero la perfección no era del todo cierta, Marcela había heredado tener solo 4 dedos en el pie izquierdo, el pie que usa para apoyarse la mayoría de las veces.


Manuela Zamora, su bisabuela y Magdalena, su madre, carecían de un dedo del pie izquierdo. En cada generación alguna de las mujeres Zamora padecían de ese defecto, parecía que solo las mujeres estaban determinadas a poseer solo 4 dedos en específicamente ese pie, defecto que ninguno de los hombres de la familia llegó a poseer.


Magdalena Hernández Zamora tuvo solo dos hijas, Marcela y Minerva, ambas gemelas. Minerva no logró obtener los nutrientes suficientes y necesarios para su completo desarrollo, además de haber compartido un poco menos de 9 meses juntas dentro de un caldo de vida, Marcela al parecer se llevó gran parte de los privilegios alimenticios, o así había dicho el médico que atendió el parto.


Minerva no hablaba claramente, casi nada de lo que decía se podía entender, tenía una fuerte abolladura del lado derecho de la cabeza, como si algo le estuvo haciendo presión durante el desarrollo y no hubiera permitido que el cráneo se formará normalmente, además Minerva no caminaba, los huesos de sus piernas parecían de un tipo de deformidad severa.


Minerva tenía el cabello aún más espeso que el de Marcela y aún más largo, pero su madre siempre lo mantenía acomodado con una trenza del grosor de un brazo de un niño regordete.


Magdalena no pudo curar ese tipo de enfermedad con sus brebajes y mezclas, por más que intentó hacer que Minerva se sintiera o se viera como los demás, no logró ningún resultado, por más que la llevó al río y le cantó a las aguas, no pudo obtener los resultados que buscaba.


Magdalena se sentía fracasada, triste y culpable, Minerva merecía una vida mejor, cada noche lloraba a escondidas al no poder hacer nada, por haber permitido que Minerva pagará por sus actos.


Cuando Minerva trataba de hablar, emitía sonidos extraños, agudos y ensordecedores que asustaban a Marcela. Cada vez que Minerva gritaba, era como si un cerdo después de haber recibido un golpe con un tronco en la cabeza no pudiera morir y su sufrimiento y dolor fueran insoportables, era como si una yegua estuviera pariendo, como si un rayo cayera sobre un árbol y el estallido estruendoso se escuchara a 120 kilómetros.


Marcela pensaba que dentro de Minerva habitaba algo que quería escapar, algo que quería salir a caminar en libertad. Marcela amaba a Minerva, pero a veces pensaba que era solo un saco de huesos, carne y sangre, solo eso.


Minerva movía los ojos de un lado a otro como si estuviera siguiendo algo por doquier, a veces movía los brazos de un lado a otro como queriendo atrapar moscas, como queriendo atrapar el viento, pero Magdalena decía que quería atrapar mariposas, Marcela nunca imaginó mariposas.


Marcela soñaba con sombras, con grandes e interminables praderas de pasto seco, a la luz de la luna plateada, las praderas se tornaban negras y plata muy rápidamente, las nubes en lo alto impedían el reflejo lunar sobre la pradera, produciendo grandes sombras por doquier, sombras que desaparecían tan rápido como aparecían.


A corta edad Marcela soñaba con elementos que desconocía o que nunca había visto, soñaba con caballos muertos, con cabras dentro del río, arañas atrapadas en sus propias trampas, con aquel hombre de brazos largos y rostro indescifrable detrás del árbol de Mangos y con Minerva, Minerva corriendo, jugando, saltando y riendo, mientras ella se encontraba postrada en la cama, en su lugar.


Cuando despertaba a mitad de la noche, se encontraba a Minerva observándola fijamente con una mueca grotesca y un hilo de saliva plateada recorriendo hacia abajo por el camisón floreado.


Marcela solía caminar largas horas en busca de Guanabanas, una fruta dulce que por esa zona crecía lejos, detrás de una colina no muy elevada. Al llegar al sitio Marcela cogía al menos tres Guanabanas, sus pequeños brazos no podían con más de dos, además los frutos eran espinosos aunque no lastimaban, muchas veces se sentaba debajo de aquel árbol a comerse hasta quedar tan llena que al llegar la hora de la cena, se rehusaba a comer. De regreso una de esas tardes, cuando las nubes anunciaban lluvia y el viento olía a agua fresca.


Marcela se topó con un caballo negro a mitad del camino, tan negro que no podía distinguir sus ojos, ni la cabellera, era un caballo enorme y brillante, el sol casi se metía entre las montañas, sabía que si llegaba al alba y llegaba empapada en agua su madre la castigaría. Pero el caballo no la dejaba continuar, relinchaba con furia, parecían risas de niño, le recordó a Minerva.


Marcela decidió seguir su paso, el caballo parecía asustado, desesperado, de un momento a otro el caballo se levantó en dos patas y relincho tan fuerte que Marcela soltó las Guanabanas y se llevó las manos a los oídos, cuando volvió la mirada al caballo, este ya no estaba, no pudo haber corrido tan rápido en campo abierto, no habían árboles suficientes para ocultarse, ni peñascos ni montículos, nada, solo pasto seco.


A lo lejos estaba un hombre de pie, trató de ocultarse detrás de un árbol de Cují, Marcela corrió hasta más no poder. Al llegar a casa, Marcela no se molestó en contarle nada a su madre ni al abuelo, pero a Minerva, muy calladamente, al oído. Minerva sonrió muy grotescamente cuando escuchó que el hombre trató de ocultarse sin éxito detrás del árbol de Cují.


Marcela no dejaba de pensar en ese majestuoso caballo negro, imaginaba montándose en el, acariciándolo y dándole de comer, llevándolo al río. Pero de pronto las imágenes que tenía en mente se transformaron en muerte, el caballo muerto, se notaban las costillas y los gusanos bailaban dentro de la carne putrefacta, los ojos del caballo no eran más que cuencas repletas de gusanos, mientras los zamuros arrancaban trozos de carne de la cabeza.


El hombre la saludaba con una mano extendida hasta el cielo, tan larga era su mano que casi sintió que le tocaba la mejilla. Marcela se llevó las manos a los ojos y los apretó tan fuerte que llegaron a dolerle, sacudió su cabeza como queriendo borrar aquellos pensamientos, cuando volteó hacía un lado, encontró a Minerva, esta estaba sonriendo con una mueca aún más horrible, mientras la saliva le corría espumosa por mentón y el cuello, los ojos de Minerva estaban tan brillantes que pensó que quizás había fuego dentro de ellos.


Marcela supo en ese instante que Minerva sabía lo que estaba imaginando. Marcela lo supo de inmediato, había una conexión ininterrumpida casi todo el tiempo, estaba muy entrada la noche, Minerva se movía inexplicablemente en la oscuridad, los pequeños reflejos de luz la hacían parecer un fantasma, la saliva brillaba, la luz se colaba por la ventana mientras el viento movía las ramas de los árboles y tocaban las tejas con sus dedos repletos de hojas.


Marcela cerró los ojos, se llevó la sabana hasta la cabeza y en pocos minutos cayó dormida.


A la mañana siguiente, la casa yacía impregnada de un olor a Cachapas de maíz, a Marcela le encantaban y sabía que a Minerva también, lo sabía porque se lo había dicho, pero no recordaba cuándo ni cómo.


El padre de Marcela y Minerva había muerto cuando Magdalena tenía ya dos meses de embarazo. Julián Domínguez fue víctima de asesinato, nadie nunca supo quién pudo haberlo hecho, lo único que se supo fue que el machete con que le cortaron la cabeza pertenecía a otro difunto, su mejor amigo, asesinado de igual manera, el mismo día y a su lado.


Ambos decapitados y lanzados a un lado de la carretera de tierra que atravesaba la pradera. Sus cabezas nunca fueron encontradas, solo un par de dientes y tanta sangre como si al mismo infierno le hubieran extirpado una lepra madura.


Magdalena lloró esa muerte tanto tiempo que se le secaron las lágrimas y siempre juró que ningún otro hombre reemplazaría a Julián Domínguez, su sueño era casarse e irse lejos junto a Julián, pero la muerte no le dio tiempo, la muerte se había llevado a el amor de su vida, la muerte o aquello que vivía detrás del árbol de Mangos y que no quería dejarla en paz.


Los días que vivieron Magdalena y Julián, estuvieron repletos de dicha y alegría, nunca se escuchó una pelea, nunca un grito, nunca una mala palabra. Se conocieron en un baile de Joropo bien adentro en los llanos de Guárico.


Magdalena tenía 15 años y Julián solo 16. Esa noche Magdalena estaba con su padre, el Abuelo, Don Alberto Hernández. El baile estaba lleno de personas de muchos pueblos cercanos, incluso decían que había gente de Caracas.


Magdalena siempre había escuchado hablar sobre la ciudad capital y sus techos grises, sus casas altísimas y sus calles hechas de petróleo y piedras negras y sus automóviles y una gran montaña que resguardaba la ciudad del mar.


Cada vez que alguien mencionaba la palabra Caracas se imaginaba el mar queriendo arremeter contra la ciudad, pero la montaña no permitía su paso. Una vez soñó que la montaña se vino abajo, y que el mar rió hasta llorar de tristeza.


Soñó con Caracas hundida, cubierta en barro y piedras, soñó que mucha gente moría tapizada en escombros, soñó también con personas respirando agua, tanta agua que sus pulmones explotaban, pero solo fue un sueño, solo eso fue.


Magdalena y su padre, Don Alberto, bailaron ciento un piezas, los cantantes con sus voces agudas y entrecortadas le daban ese toque animado, mientras los hombres que tocaban el arpa, las maracas y los otros instrumentos bailaban sin moverse de su lugar, reían y bromeaban, eso le encantaba a Magdalena, la hacía reír.


Esa noche por primera vez Magdalena probó licor, le decían Saliva del Diablo, era fuerte y amargo, ácido y dulce a la vez, su nariz sufrió congestión con tan solo oler el líquido, un sorbo fue suficiente para que en su cara se dibujara una mueca que hizo reír a su futuro marido; Julián Domínguez.


Magdalena se sonrojó tanto que sintió que el mundo se desplomaba a su alrededor, sintió como el calor en sus mejillas se intensificó mientras Julián seguía riéndose sutilmente al otro extremo del lugar.


De un momento a otro y como todo un caballero Julián se acercó y con el permiso de Don Alberto, se atrevió a dedicarle la siguiente canción a la señorita. Magdalena no sabía si morir en ese momento o echar a correr, sus nervios explotaron frente a Julián.


—Gracias—. Dijo Magdalena. —Es una linda canción—.


Julián de nuevo echó una carcajada sutil, —Aún no tocan la pieza señorita—. Aseguró. —Mi nombre es Julián Domínguez, de Pueblo Escondido—. Dirigiéndose a Don Alberto. —Un placer conocerlos—.


—El placer en nuestro, joven caballero, Alberto Hernández, para servirle. Y mi hija Magdalena—. Respondió.


—Disculpe el atrevimiento—. Replicó Julián. —Tiene una hija muy hermosa, deben ser de Caracas, estoy seguro—. Guiñando un ojo en dirección a Magdalena.


A Magdalena se le intensificó el rubor en las mejillas y no dejaba de mirar al suelo, tenía una sonrisa reprimida, oculta bajo un manto de vergüenza por los cumplidos del joven.


—Venimos de San Cipriano—. Respondió Don Alberto.


—San Cipriano, el pueblo en medio del valle, lindas montañas, no está muy lejos de mi pueblo, incluso no está lejos de aquí, Don Alberto.


—Así es, es un pueblo pequeño pero grande en hospitalidad y alegría, ¿Está solo aquí Caballero? —. Preguntó.


—Estoy con mis padres, pero ya pronto partiremos, no pierdo las esperanzas de volver a cruzar caminos, me despido de la señorita y de usted—. Respondió el joven.


—Buenas noches Señor Julián, que el bien lo acompañe—. Don Alberto finalizó.


Julián dio medía vuelta y con sus zapatos blancos brillantes giró de nuevo, lanzó una mirada y una sonrisa a Magdalena que lo estaba mirando fijamente, y con un gesto invisible para todos los demás, se despidió.


Magdalena le entregó su alma al muchacho en ese instante.


Aunque Magdalena seguía con la cabeza gacha después de que Julián desapareciera, decidió levantarse de la silla, levantó la mirada y buscó al joven, quizá esa sería la última vez que lo vería, Julián estaba de espaldas, definitivamente le estaba hablando a sus padres de lo sucedido, ya que ellos, señores de punta en blanco, clavaron la mirada en Magdalena, los cuales le sonrieron.


Esa sonrisa le llenó el alma de alegría a Magdalena, no había sentido esa sensación tan extraña, dedujo a través de esa sonrisa, que Julián Domínguez era para ella.


Esa misma noche de regreso a San Cipriano, Magdalena no dejaba de pensar en Julián, soñó con él e imaginó cómo sería formar parte de su vida, vivir juntos y hasta tener varios hijos.


Naturalmente Don Alberto notó el brillo en los ojos de su hija, sonrió y no le dijo nada, no había nada que decir, el tiempo lo dirá todo.


Casi un año más tarde, en San Cipriano, se festejaba el día del santo patrono del pueblo, la plaza estaba repleta de gente, la iglesia estaba iluminada y muchas farolas de colores yacían guindadas en los árboles, bailando al son del viento, la gente iba cada año a visitar los ríos y cascadas, a deslumbrarse con las extensas praderas y a disfrutar de los paisajes más intrincados.


Magdalena nunca olvidaría ese lunes en la mañana, la lluvia era habitual en esa época del año, las flores crecían por doquier, la pradera se cubría de un manto amarillo, producto del nacimiento de margaritas.


La lluvia había cesado de repente, Magdalena de dispuso a recoger algunas flores, caminó por poco tiempo antes de visualizar la pradera, se apresuró y casi tropezó al notar que al fondo, justo en el camino, se encontraba aquel joven de ojos claros y perfil inmaculado, era Julián.


Esos zapatos blancos brillantes, su chaqueta negra y ese pantalón marrón. No había escapatoria, no podía devolverse, se quedó petrificada y no pudo sonreír, no pudo pestañear.


Pensó que estaba usando la peor ropa que tenía, pero no era así. Julián se acercaba y en su camino tomó un puñado de margaritas, las raíces de las flores tenían algo de tierra aún, intentó sacudirlas contra el viento pero la tierra chocó contra su rostro, cosa que causó gracia en Magdalena y la hizo sonreír, fue como que si el viento estuviera a favor, rompiendo el hielo, el momento se volvió interminable.


Interminable hasta que decapitado encontraron a Julián, en la misma pradera donde se vieron por segunda vez, a orillas de la carretera, en el mismo lugar, al lado de las margaritas, unos 15 años mas tarde.


Cuando Marcela y Minerva tenían 7 años, Magdalena las llevó al río, nunca las había llevado al río juntas, esa vez el abuelo llegó unos minutos después, lamentándose de no haber llegado antes.


Minerva sonreía cada vez que el abuelo se acercaba, aunque la sonrisa era mas bien una mueca distorsionada, se notaba la felicidad. El abuelo se dedicó a cavar una zanja, un pozo entre la arena del río, uno no muy profundo, tomó a Minerva entre sus brazos y la introdujo de modo que quedó sentada y sumergida medianamente en el agua, Minerva fue feliz, pero su mueca era fatal, Marcela deseó que la felicidad se viera reflejada en su cara.


Minerva chapoteaba mientras el abuelo sacaba de la mochila cambures y cerezas, Marcela devoró tres cambures y una docena de cerezas, mientras Minerva con la ayuda de su madre apenas podía comer una a la vez.


Marcela se detuvo un instante a observar a Minerva, sus ojos saltones e intranquilos revoloteaban de un lado a otro, pero de pronto se detuvieron en Marcela, o eso creyó ella.


Pero no era Marcela su centro de atención, sino detrás de ella, entre los árboles, Marcela volteo sin previo aviso y divisó una figura alta y oscura entre los matorrales, entre las espinas una sombra se movía al son del viento, se balanceaba y se detenía por instantes, se opacaba y se hacía mas nítida, los rayos de sol entre los árboles brillaban sobre la sombra, mientras esta seguía balanceándose tan sutilmente que Marcela llegó a sentir tranquilidad, tanta tranquilidad que su cabeza comenzó a bailar al son del movimiento de la sombra, lentamente de un lado a otro, sin cesar.


Marcela sentía los parpados pesados, sentía el ardor en los ojos, tenia sueño, sus ojos casi se cerraron cuando el abuelo la tomó del brazo —Niña, te estas durmiendo aquí de pie, el río se ha llevado tu alma—. Bromeó y la cargó en sus brazos.


Cuando Marcela despertó, intento buscar la sombra mientras el abuelo intentaba animarla, pero había desaparecido, Ubicó a Minerva y al darse cuenta que aun seguía con la mirada fija en otro punto no logró divisar aquello que la hipnotizó.


Ese día significó mucho para Marcela, pues a partir de ese día comprendió que Minerva también veía las cosas que ella, seguramente escuchaba lo mismo también.


Desde ese momento en el río, Marcela comenzó a ver más seguido cosas que la perturbaban, cosas casi en su totalidad oscuras, negras, otras sin color alguno, otras blancas o rojas. Las figuras u objetos rojos eran sus favoritos, y aunque la mayoría eran rosas y pétalos, otros eran ríos o charcos de sangre, incluso lluvia coagulada, sangre desde el cielo.


Una noche de tormenta, cuando el río crecido arrastraba las piedras y estas emitían tanto ruido al chocar entre sí, Marcela decidió agudizar su oído y enfocarse en el sonido, después de unos 20 minutos de concentración, no solo el sonido de las piedras se intensifico, sino el de la lluvia, pero no como generalmente se escucha, sino cada gota que chocaba con las hojas de los árboles, cada gota que chocaba contra el suelo, con cada cosa, y el sonido del viento, el silbido del viento helado que descendía de las alturas, la voz del viento era tan clara que entendió sus preocupaciones.


Acostada con la mirada al techo, Marcela escuchó todo lo que a su alrededor sucedía; la respiración irregular de Minerva, el leve ronroneo de la respiración de su abuelo a 20 metros, al otro lado de la casa, en la ultima habitación y el recorrer de las lagrimas por las mejillas de su madre, esto último la preocupó e irguió la cabeza, se levanto de la cama lista para ir a su habitación, pero al colocar los pies en el suelo helado, recordó que afuera quizás estaba muy oscuro y que seguramente al cruzar una esquina algo la estaría esperando.


Marcela volvió a la cama, la lluvia había cesado, solo el río rugía, las piedras ya estaban dormidas.


Minerva trataba de tomar la mano de Marcela cada vez que estaba lo suficientemente cerca, pero en muchas oportunidades no lo lograba, haciendo que perdiera la calma y lanzara chillidos aterradores, dejando sordos a todos.


Minerva era una persona que por sus condiciones, era muy tranquila, dócil y manipulable físicamente, en ciertas ocasiones, Magdalena dejaba a Minerva en una posición cómoda en la cama, cuando volvía de traerle agua o comida, encontraba a Minerva con los pies cruzados o las manos en la nuca, otras veces detrás, en la espalda, de una forma que parecían a punto de partirse. Magdalena muy pocas veces se sorprendió, sabía que Minerva no podía siquiera mover los dedos. —Con mi hija no— Susurró al viento. —Otra vez no—.


Minerva siempre había dormido en la misma habitación que Marcela, y esto no había sido problema hasta que una mañana Marcela encontró a Minerva desnuda, tirada en el suelo con una mueca inconfundible de placer, las piernas abiertas y su sexo visiblemente húmedo, cubierto de un líquido espeso y blancuzco sobre el vello púbico.


En esa época tenían 16 años cada una, la habitación estaba impregnada de un olor extraño y las ropas de Minerva no estaban siquiera cerca de ella, su cabello estaba enmarañado y enredado entre una de sus manos, mientras que sus senos mostraban manchas rojizas, Marcela sabía lo que había sucedido, a esa edad ya su madre les había hablado de todo lo relacionado al sexo y a sus consecuencias, Magdalena les había aconsejado y enseñado bien, a las dos les habló y aunque a Minerva no le serviría de mucho, aún su oído funcionaba.


Magdalena había muerto un año después de lo sucedido en la habitación, Don Alberto, su padre, viajó desde San Juan de los Morros y se mudó definitivamente y de inmediato a la casa en San Cipriano después de su muerte.


Marcela fue victima de pesadillas y visiones acerca de lo que pudo haber ocurrido con Minerva, cada noche desde que se cambió de habitación las imágenes de Minerva postrada en el suelo la asechaban, al cerrar los ojos se imaginaba a su hermana gimiendo en silencio en la misma habitación mientras ella dormía, se imaginaba una figura oscura lamiéndole los pezones, con una lengua enorme lamiéndole todo el cuerpo deformado, lamiéndole la abolladura del cráneo, mientras que Minerva reía y dejaba que aquella cosa la penetrara una y otra vez.


Don Alberto Hernández, esposo de Isabel de Hernández Zamora, fue el único hombre que logró casarse con una de las mujeres Zamora, de este matrimonio nació Magdalena Hernández Zamora y Rafael Hernández Zamora, este ultimo 9 años mayor que Magdalena, a los 17 años se fue de casa en busca de una vida mejor fuera de San Cipriano, desde entonces sus padres no supieron mas de él.


Las noticias dejaron de llegar un tiempo después, lo ultimo que se supo de Rafael es que estaba viviendo con una dama en un pueblo llamado Camateo de Orura, Don Alberto que había recorrido tanto y que conocía de pueblos y costumbres, jamás había escuchado el nombre de ese pueblo, nadie que el conociera había escuchado tal nombre, una mujer le dijo una vez que Camateo de Orura era el nombre de una finca, otro le dijo a Don Alberto que Camateo era el nombre dado a los hombres que salían a cazar aves a los pantanos en la noche, otro hombre le dijo que Camateo de Orura simplemente no existía.


Don Alberto cesó la búsqueda después de 10 años de intensa preocupación, su único hijo varón había desaparecido como una gota de lluvia en el río.


Cuando nació Rafael, ese mismo día un fuerte viento azotó San Cipriano, tan fuerte fue la ráfaga que varios árboles fueron arrancados de raíz, ni una sola gota cayó del cielo, no hubieron nubes negras ese día, fue como si el viento hubiera nacido de la nada, fue como si la brisa calma de ese día hubiera enfurecido.


El parto de Rafael fue complicado, fue el primer parto de la familia que necesito tanta gente, tanta ayuda, en la habitación habían 7 personas esa tarde, sin contar a Rafael, que al parecer no quería dejar el vientre de su madre, habían 4 parteras, el cura del pueblo; Manuel Velásquez, que era amigo de infancia de Don Alberto, Isabel y Don Alberto.


Después de que el niño naciera, las parteras decían que ni una gota de sangre se derramó en las sabanas, solo el liquido transparente habitual y varios litros de agua, literalmente agua fue lo que salió del vientre, la habitación estaba completamente inundada, el piso de piedra de la habitación estaba resbaladizo, las sabanas se quedaban pegadas al tacto, las parteras comentaron lo sucedido en el pueblo, los rumores de que en la casa Zamora sucedían cosas extrañas se intensifico.


Doña Cleotilda Fernández, una de las parteras presentes ese día, no se cansó jamás de contar que el niño nacido era tan blanco como la leche, siendo su madre morena y su padre también, decía que sus ojos eran grises cuando salió del cuerpo de Isabel, pero a los pocos segundos se tornaron negros como la noche —Ese niño tenía tanto cabello como su propia madre—. Comentó Doña Cleotilda a la hermana Inés, una de las monjas de la iglesia.


La infancia de Rafael se vio asechada por comentarios y habladurías y aunque a sus oídos nunca llegaron tales palabras, su madre siempre le decía que nunca debía haber caso a los chismes, que nunca debía opinar en conversaciones de dudosa orientación y que debía mas bien, aconsejar a quien el creyera conveniente.

Rafael a pesar de haber nacido blanco, tan blanco como la leche, con el pasar de los años su piel se torno color morena, como la arcilla mojada. Sus ojos se mantuvieron tan negros y brillantes que a cualquiera cautivaba e hipnotizaba y su cabello sedoso se enruló solo un poco.


Don Alberto llevaba de paseo a Rafael al pueblo casi todas las tardes, a la plaza a mirar las palomas volar, a Rafael le gustaba alimentarlas, al salir de casa llenaba sus bolsillos de granos de maíz y arroz para darles de comer al llegar, le gustaba mantener la comida en su mano para que volarán a posarse en la muñeca y hasta en el brazo completo.


Una tarde nublada, Don Alberto y Rafael salieron de casa como habitualmente lo hacían, a medio camino, cerca de la pradera, Rafael se percató de que había olvidado el maíz, sus bolsillos estaban vacíos, no había siquiera un grano de arroz para alimentar a las palomas, de una tirón soltó la mano de su padre y echó a correr camino de regreso a casa, Don Alberto reaccionó tarde e intentó tomarle de nuevo la mano, pero Rafael era rápido y de espaldas le gritó; —Papá, el maíz—. Don Alberto decidió solo asentir y darse vuelta, debía devolver la marcha hacía donde Rafael corría con prisa, aceleró el paso, pues Rafael se estaba adelantando, de pronto un matorral enorme se tragó a Rafael al cruzar la esquina, Don Alberto no tuvo otra opción que correr para no perderlo de vista, el sudor le corría por la frente, aunque no había sol ese día, la humedad rondaba por doquier espesando el aire y tornando el ambiente caliente y pesado.


Rafael no reconoció el camino que todos los días recorría con su padre, en seguida detuvo la marcha y de frente a un caballo negro perdió el equilibrio y cayó de espaldas mientras el caballo imponente y brillante relinchaba de una manera feroz, Rafael se arrastró hacía atrás y sus manos se aferraron a una raíz que sobresalía en el camino.


El caballo relinchaba como si algo estuviera molestándolo, de un momento a otro el animal se irguió en dos patas, su tamaño se triplico y Rafael con lagrimas en los ojos y los dientes apretados se levantó y echó a correr sin mirar atrás, el sonido que producía el caballo al relinchar fue lo único que a Rafael le advertía de la presencia del animal.


Unos segundos mas tarde y con la garganta seca Rafael chocó de frente contra el estomago de su padre, la hebilla de la correa le lastimo el mentón, abriéndole una pequeña herida, el niño cayó de rodillas al suelo pero su padre de inmediato lo tomó por los brazos, alzándolo y abrazándolo como si hubieran pasado años ausente.


—Hijo mío, jamás vuelvas a irte, no te alejes de mí—. Le dijo serenamente al niño, mientras lo calmaba y le limpiaba la herida con un pañuelo de lino que había sacado del bolsillo.


—El caballo negro, Papá—. Rafael titubeó.


—Te asustó un caballo—. Rió Don Alberto.


—Era negro, no tenia ojos Papá—. Aseguró Rafael, las lágrimas no cesaban.


— ¿No tenía ojos?, muchacho mentiroso—. Don Alberto le hizo cosquillas al niño, y lo cargó en sus brazos. —Vamos a casa, las palomas ya deben estar volando a sus nidos—.


Rafael no dijo mas hasta que llego a casa, le contó lo que había visto a su madre, cada detalle de lo sucedido fue contado durante la cena esa noche y a la mañana siguiente, en el desayuno. Rafael le contaba la historia a cada persona que le atravesaba de por medio, incluso le llegó a contar la anécdota a la propia Doña Cleotilda, que de vez en cuando iba a casa de los Zamora a tomar café con Doña Isabel.


Rafael repetía que el caballo no tenía ojos y que era tan negro como la propia noche, Doña Cleotilda se encargó de decirles a todos en el pueblo que el niño vio al diablo encarnado en una animal negro sin ojos.


Las habladurías llegaron a los oídos de Doña Isabel y de Don Alberto, estos hicieron caso omiso, pero Doña Isabel demostraba la preocupación puliendo una bandeja de plata que lucía tan brillante como el sol, Don Alberto conocía a su mujer y esa tarde le confesó que él también estaba preocupado.


Dos meses después de que Rafael cumpliera 9 años, nació Magdalena, una hermosa niña color miel, con tanto cabello como su hermano y los ojos café claro.


Doña Cleotilda fue participe del parto y otra mujer, Don Alberto supuso que era amiga de Doña Cleotilda, pues con ella había venido y aunque no hubo tiempo de presentaciones, un gesto con la cabeza fue suficiente, la dama venía detrás de Doña Cleotilda, vestida de gris con un sombrero pequeño color blanco adornado con una flor plateada a un lado.


Isabel nunca vio a la mujer, eso le aseguró a su marido, pues el parto fue doloroso y no prestó atención a quienes pudieron estar presentes. Unas semanas después Don Alberto se acercó a Doña Cleotilda, que estaba comprando melones en una esquina, cerca a la plaza, le preguntó que quien era la dama de gris y sombrero que ese día la había acompañado a presenciar el parto, Doña Cleotilda muy educadamente le contesto que esa tarde ella había ido sola a su casa y que sola de igual manera partió de regreso.


Dos días mas tarde, Don Alberto escuchó comentarios acerca de que en su propiedad aparecían mujeres muertas de sombrero y vestido, damas en pena buscando venganza.


Doña Cleotilda de Berroterán Andueza era la esposa del jefe del departamento de Policía de San Cipriano, tenía fama de chismosa y cuenta cuentos, pero nadie se atrevía reclamarle nada por respeto a su marido, además nadie quería buscarse un lío con la policía por comentarios hacia su mujer.


Don Alberto estaba seguro de que cada rumor referente a su familia o su propiedad provenían de la boca y de la imaginación de Doña Cleotilda. Isabel sentía aprecio por Cleotilda, pues habían sido amigas desde mucho antes de que la plaza estuviera terminada, desde que tenían 4 años, cuando sus madres tomaban café y se reunían cada semana a contarse todo tipo de cuentos, reían y se abrazaban como hermanas y de vez en cuando salían de paseo a las praderas en busca de margaritas junto a sus pequeñas hijas.


Don Alberto no estaba encariñado con la presencia de Doña Cleotilda, cada vez que la veía en el pueblo trataba de cruzar hacía la otra acera o simplemente mirar hacía otro lado, Don Alberto no era amante de las personas de lengua larga.


En cambio Doña Cleotilda invitaba a Don Alberto a tomar café, tratando de sacar la mayor información posible con respecto a lo que sea para que ella pudiera crear sus historias fantásticas y mal intencionadas. Isabel al parecer no tenia idea de la enfermedad que padecía su amiga Cleotilda, Don Alberto decía que sufría de lengua viperina y de 'chismorreo', así mismo decía Don Alberto frente a sus amigos de confianza.


De vez en cuando Don Alberto, Doña Isabel, Rafael y Magdalena iban a la plaza del pueblo a alimentar a las palomas, Rafael corría como loco por todo el lugar, Magdalena con tan solo 5 años de edad temía de ellas y prefería ver correr a su hermano, eso la hacía reír, Don Alberto la incitaba a jugar pero la niña prefería permanecer sentada en el regazo de su madre, tocándole el vestido y sintiendo el bordado de flores, le gustaba detallar con el tacto cada flor, cada pétalo, cada hoja y rama, incluso las pequeñas espinas en las delgadas ramas podía sentir.


Magdalena siempre fue una niña obediente y educada, los dos recibieron orientación educativa en casa, cada centavo valió la pena, pues Magdalena ya sabía leer y estaba aprendiendo a escribir, cosa que a Rafael le había tomado más tiempo, pues prefería jugar en la tierra y contar historias fantásticas a la gente.


Esa tarde en la plaza no había demasiada gente, unos cuantos niños eran suficientes como para ahuyentar a todas las palomas, pero solo Rafael y un robusto hombrecito corrían como tarados tratando de atraparlas, con cada intento de atrapada una horda de palomas aleteaba y ascendía y descendía de nuevo, estaban decididas a quedarse en su lugar a comer las pocas migajas que quedaban, además las palomas sabían del contenido en los bolsillos de Rafael, esa era otra fuerte razón para no irse volando.


Magdalena amaba como la torre mas alta de la iglesia de San Cipriano se elevaba haciendo parecer que tocaba el sol cuando casi atardecía, pues había una pequeña ventaba arriba en la punta, una ventana de 4 aberturas, una de cada lado de la torre y en medio la campana de metal oscuro que emitía un estruendoso sonido a la hora de la misa de las 7 de la mañana los domingos y a las 6 de la tarde, especialmente en Semana Santa.


El sonido de la campana llegaba hasta la casa de los Zamora, que estaba ubicada a casi 2 kilómetros a las afueras, cruzando la pradera.


La casa era enorme, fue construida por Manuela Zamora, una de las primeras personas en invadir las tierras sin dueño ni nombre, mas tarde llamada San Cipriano, ubicadas en un enorme valle cubierto de praderas y colinas bajas, cerros y un caudaloso río que se pierde de vista, varias conglomeraciones de árboles silvestres, frutales y matorrales del tamaño de casas enteras. Las montañas azules eran icónicas en el lugar, San Cipriano era conocido por ser un pueblo con buena ubicación y bellos paisajes.


Manuela Zamora y su marido Idelfonso Manrique, con el cual nunca se casó, llegaron desde las afueras, desde el norte de Guarico, llegaron sin nada a las tierras baldías donde actualmente se ubica la casa, sin nada mas que un burro y una carreta repleta de semillas, tierra y unas bolsas de cuero que Manuela no dejaba que nadie tocara ni viera en su interior, bolsas de cuero de animales que ella misma cazaba, mataba y colocaba al sol, ella misma cortaba la piel en pedazos y la cocía entre si, con tiras sacadas de la misma piel que servían para mantenerlas cerradas y podían ser colgadas incluso.


Idelfonso una vez quiso abrir una de las bolsas y a Manuela literalmente se le metió el demonio, empezó a maldecirlo y a amenazarlo, desde ese día Idelfonso perdió total interés en lo que Manuela y sus bolsas de cuero tramaban entre ellas, Manuela llevaba consigo una pequeña bolsa colgada al cuello, nunca se llegó a deshacer de la bolsa, siempre la llevaba colgada y la ocultaba debajo el vestido.


La casa fue construida en un lugar especifico, a Manuela le gustaba ubicar sus campamentos o lo que sea que pudiera servir de refugio en zonas no muy elevadas, cerca de ríos, pero nunca cerca de 'Las Patas de los cerros', pues decía que los cerros y las montañas se venían abajo a placer y que era mejor estar lejos de tan altas concentraciones de piedra y tierra compactada, además nunca fue amante de lo que las montañas podían representar, pero le gustaba verlas desde lejos, le gustaba detallar cada concentración de árboles y le gustaba cuando se tornaban azul claro por las mañanas.


La cima de una colina no muy elevada fue el lugar donde la primera base de la casa fue establecida. Idelfonso mismo, banqueó la tierra hasta hacerla lo mas plana posible, sacó cada raíz que pudiera crecer en el futuro, quemó y roció todo el lugar con un liquido que Manuela usaba para ahuyentar a las serpientes. Idelfonso dedicó casi dos años en la construcción de la casa, todo el barro, los troncos inmensos, las bambúes para el interior del techo, la madera tallada, los remaches de metal y las lajas enormes de piedra para los pisos fueron producto de la búsqueda y el ingenio, la dedicación constante y el trabajo arduo e impecable.


Manuela mientras mantenía a su marido satisfecho, con el estómago lleno y motivado, se encargó de moldear cada teja de arcilla del techo, cada jarrón fue trabajado y cocinado en el horno que ella misma construyó, sus trabajos en arcilla eran tan excepcionales y pulcros que una manada de personas de las cercanías ofrecían otros bienes como cambio, joyas e incluso ganado y animales domésticos, mucho tiempo no pasó cuando la moneda oficialmente pasó a ser parte fundamental de las negociaciones en San Cipriano, el pueblo estaba creciendo y Manuela todas las mañanas iba hacia donde se estaba construyendo la iglesia, en el centro del pueblo y junto a su carreta y su fiel burro se estacionaban a ofrecer sus obras de arte.


Gracias a las ganancias de su trabajo, la platería de la casa aumentó en cantidades, cuadros y hamacas nuevas, puertas de madera y los remaches débiles se reemplazaron por nuevos y fuertes. Ildefonso y sus trabajos de herrería y tallado en madera también fueron valorados por las personas adineradas y debido a sus contratos y a las ganancias de esos contratos, la casa pasó de ser una simple estructura de 4 paredes a una gran combinación de 6 habitaciones, 2 salas contiguas, 4 baños, patios laterales, un gran jardín central a cielo abierto rodeado de zanjas para la lluvia y corredores y una biblioteca que con el pasar de los años se llenó de volúmenes de moda, enciclopedias y alguna que otra novela.


Manuela desconocía gran parte de su ascendencia, tan solo conoció a su madre, pero no tanto como hubiera querido. Pues vivió con ella solo 11 años, Altagracia Zamora era su nombre, la recordaba tan bella como una india de alto rango, de cabello hasta mas debajo de los glúteos, por las caderas, de ojos color cacao y sonrisa blanca, labios colorados como las flores de verano y una voz dulce e inigualable.


Manuela recordaba a su madre reír al viento, hablar con los árboles y respirar tan profundamente que Manuela se preguntaba si en el aire su madre encontraba otros olores que ella no podía descifrar. Caminaban juntas hasta el riachuelo y mojaban sus ropas y chapoteaban como dos hermanas que disfrutaban reír y bailar al son del correr del agua, Manuela la tomaba de la mano cuando sentía que podía perderla de vista, aun teniéndola en frente de ella —Todo esta bien, pequeña, nunca te dejaré—. Era como si su madre sabía de sus preocupaciones, era como si pudiera sentir lo que ella sentía.


Altagracia tenía dones especiales, Manuela lo sabía, pues la veía hablar con las sombras de las esquinas en la noche y en el día. Cuando tenía 7 años, Manuela siguió a su madre al bosque y vio a su madre desnuda acostada entre las hojas secas al pie de un árbol, esta se movía como si algo la molestara, como si algo estuviera encima de ella y no la dejara escapar, sus brazos estaba erguidos hasta una raíz y de ahí se sujetaban fuertemente, sus piernas yacían abiertas queriendo cerrarse pero al parecer no podía.


Manuela quiso ayudar, pero detrás del árbol un caballo negro y reluciente asomó su cabeza, una cabeza negra de cabellera tan oscura como la noche, la niña no pudo diferenciar entre la piel y los ojos del caballo, parecía como si no tuviera ojos, solo cuencas vacías, Manuela nunca había visto jamás a un caballo, pero su madre le había contado sobre ellos y de inmediato supo que era uno.


El caballo relinchó de tal manera, que Manuela saltó del susto y echó a correr de vuelta a casa sin percatarse si su madre también había escuchado el grito aterrador del animal, corriendo sin detenerse pensó que tal vez su madre vendría corriendo detrás de ella, pero no quiso voltear, temía que la bestia negra la estuviera persiguiendo, el animal sin ojos quizás quería devorarla.


Cuando divisó la pequeña casa al final del camino se alivió un poco y decidió voltear pero de reojo pudo notar que el animal estaba de pie tan cerca de ella que la piel se le erizó deprisa, tan deprisa que pudo sentir como la nuca se le enfrió. Entró a la casa y se lanzó entre la paja y las sabanas desgastadas, cubriéndose completamente la cabeza y en posición fetal esperó que la llegada de su madre fuera pronta.


El grito espeluznante del caballo sin ojos retumbaba en su mente, en ese momento aceptó su derrota, su mente jamás olvidaría la voz distorsionada del caballo.

—Mamá—. Gritó al escuchar los pasos en la puerta, era sin duda Altagracia.


—Manuela, ¿Estabas llorando?


—Fue un caballo, mamá, como el de tus historias, pero este era negro...


— ¿Dónde lo viste? —. Interrumpió a la niña.


—Lo siento mamá, te seguí al bosque, estaba detrás de ti, el caballo se asomó detrás del árbol y yo corrí—. Respondió sollozando y enseguida abrazando a su madre en la cintura.


— ¿Te siguió hasta aquí, Manuela? —. Preguntó Altagracia.


—No lo sé, mamá... yo solo corrí y corrí—.


Altagracia sentía preocupación, muchas veces en el pasado cuando era joven, incluso cuando era niña, un caballo negro la atormentaba con sus relinches los cuales parecían gritos humanos, tiempo después los gritos se intensificaron de tal manera que llegaron a herir sus oídos.


Una tarde lluviosa, el caballo negro jugaba con los charcos de agua sucia cuando Altagracia y su madre corrían a refugiarse, la madre de Altagracia no pareció ver al caballo, pero ella si, y esa tarde se enamoró del animal, se enamoró de su color negro intenso y de su brillantez, de su cabellera y de su larga cola lisa y reluciente, se quedó estupefacta ante la grandiosa imagen del caballo jugando con el agua y aunque no sabía que animal era, de alguna manera lo supo sin siquiera darse cuenta.


Bajo la lluvia Altagracia se quedó petrificada contemplando la majestuosidad de sus músculos y de sus patas delgadas, tardó mucho tiempo en descifrar sus ojos, los cuales no logró conseguir ya que su hipnosis fue interrumpida por un tirón repentino, era su madre que la jaló del brazo y la arrastró literalmente de una forma que Altagracia casi flotó sobre el suelo.


—Altagracia, mija ¿Quieres enfermar? —. Preguntó mientras corría apresurada, casi sin mirar atrás.


—Mamá, ¿Viste al animal? —.


— ¿Cual animal, mija? Lo único que pude ver fue a ti de pie como un árbol de naranjas bajo la lluvia—. Bromeó. —Corre Altagracia—. Las gotas se hacían mas fuertes y el viento azotaba su cara.


Una vez Altagracia llevó a Manuela a recoger mangos de un árbol gigante al otro lado del riachuelo, Manuela y madre amaban el mango y con cada bocado agradecían al árbol, así su madre le enseñó y así siempre solían agradecer.


Altagracia divisó un enorme mango color rojizo muy alto en la cima del árbol, Manuela lo deseó y su madre lo supo, entonces Altagracia decidió trepar el árbol, dejando a la niña esperando por la recompensa. De un momento a otro Altagracia paró la marcha hacía la cima y de un salto bajó del árbol, tomó a su hija de la mano y la colocó detrás de ella, Altagracia de cuclillas se puso al asecho, como si algo estuviera por atacar, pero Manuela aunque entendió las señales de su madre, no divisó nada, no localizó amenaza ni peligro, hasta que varios minutos después se oyeron pisadas, las hojas secas delataron el caminar de algún animal, al parecer uno grande, quizás era una oso hormiguero o un cunaguaro.


De pronto las pisadas se hicieron agudas, más fuertes, algo se acercaba y Altagracia apretó a su hija contra la espalda, con un brazo protegiéndola de lo que se aproximaba.


Una silueta empezó a dibujarse entre los matorrales, era un hombre, un hombre alto y fornido, el hombre apartó las hojas del matorral de su cara pero no había rostro ni rasgos que dieran forma a ojos, nariz ni boca, solo una superficie borrosa y distorsionada, a lo que Altagracia gritó desesperada a Manuela que cerrara los ojos, Manuela llevó sus manos a sus ojos y frunció el entrecejo tan fuerte que sus palmas sintieron las grietas que formaba su piel.


—Delante de mi hija no, vete—. Gritó Altagracia no sin antes haberle tapado los oídos a Manuela con sus manos. —Vete, no quiero que me molestes, no sin permiso. Vete—. Gritó de nuevo.


Manuela abrió los ojos, su madre la tenía cargada en sus brazos, caminaba apresuradamente entre los matorrales, las espinas habían crecido, Manuela no recordaba haber caminado por entre tantas espinas ese día.


Altagracia tropezó una y otra vez contra una infinidad de ramas y rocas, el terreno que tan bien conocía, parecía ser nuevo para ella, pero nada la detuvo hasta llegar a la casa de adobe y bambúes que ella misma había construido hace tiempo, cuando aún era joven y estaba enamorada del padre de Manuela.


El sueño que tuvo Manuela esa noche fue hermoso; comía el mango rojizo y jugoso del árbol, mientras lo comía estaba sentado junto al hombre sin rostro, este le acariciaba la espalda y jugaba con su cabello, el árbol les sonreía, el árbol les habló de sus raíces mas profundas y como jugaban con las lombrices, como esas lombrices le hacían cosquillas y por eso sus mangos eran tan dulces.


Muy temprano a la mañana siguiente Altagracia llevó a Manuela al riachuelo, consigo llevaba los dientes que Manuela había mudado con el pasar de los años, junto a varias ramas y grasa de cerdo concentrada en una jarra de barro.


El riachuelo era solo eso, un pequeño río con poca agua que corría hasta perderse en el bosque, Manuela sintió que su madre le introdujo los pies en el agua, le advirtió que estaría fría, y la sentó lentamente hasta que la mitad de su cuerpo estaba sumergida en un pequeño charco.


Altagracia le quitó el camisón a su hija y lo puso a un lado, luego sacó lo que llevaba en la bolsa y untando la grasa sobre el cuerpo de Manuela, dejándola cubierta desde el cabello hasta el ombligo, le ordenó que se pusiera de pies, desnuda la niña se mantuvo erguida, con los brazos pegados a la cuerpo, la piel erizada por el frío y el olor fuerte de la grasa hicieron desear a Manuela que el momento terminara pronto.


La pequeña inocente no tenía idea de lo que estaba sucediendo, su madre murmuraba palabras que ella no podía entender, palabras extrañas mientras mas grasa era arrojada a su cuerpo, Manuela notó que su madre tenía una rama en su mano, lo primero que se le vino a la mente fue que podría ser usada para azotarla y maltratarla, pero decidió pensar que sería usada para algo mas.


—Manuela, escúchame bien—. Dijo Altagracia casi en susurro. —Hemos sido engañadas, no debemos dejar que se acerque—.


— ¿Quien mamá...


—No hables—. Interrumpió Altagracia, tapándole la boca con la mano resbalosa, cubierta de grasa. —El diablo hija mía, el diablo nos ha engañado y ahora quiere que tú lo ames. Pero es una trampa—. Aseguró. —Trágatelos Manuela—. Y le entregó 11 dientes, entre ellos 4 muelas. — ¿Que esperas? hazlo ya—.


—Mamá...


—No hables Manuela, has lo que te pido, es por tu bien, trágatelos—. Insistió Altagracia, con lágrimas en los ojos, desesperada. —Estos dientes forman parte de ti, no puedes permitir que el diablo se adueñe de ellos—. Le dijo silenciosamente acercándose al oído. —Los he mantenido ocultos, él lo sabe—.


Manuela lloraba como en ninguna otra oportunidad, sentía un frío aterrador, sus piernas temblaban y su equilibrio estaba palideciendo ante la brisa y las palabras que su madre le estaba susurrando al oído, además no podía expresar lo que sentía, pues le habían prohibido hablar, Altagracia no dejaba que dijera siquiera una palabra.


Pensaba seriamente en como iba a tragarse esa cantidad de dientes, no quería decepcionar a su madre, además, el diablo, ese ser, quería que lo amara y ella no quería amar a ese hombre, no lo conocía y no quería hacerlo, no tenía rostro.


Manuela alcanzó a ver al hombre de rostro distorsionado cuando su madre lo ahuyentó en el árbol de mangos, solo unos segundos bastaron para que Manuela detallara cada parte de la silueta del hombre; la clavícula superpuesta por encima de la piel, no debajo de ella como habitualmente se encontraba, era blanca y huesuda, esta se unía con los hombros, cubiertos de carne y piel, unos brazos enormes se extendían largamente hasta las caderas, incluso mas abajo y sus manos anchas con dedos largos parecían serpientes blancas de cabeza ciega, en cuanto a sus piernas, estas eran extremadamente delgadas, blancas y debajo de la piel se marcaban los huesos de las rodillas de manera tal que parecían rocas debajo de ropa mojada, sus piernas largas le hicieron recordar a las patas de un caballo, no tenía dedos, pezuñas remplazaban por completo la estructura.


Recordar tan detalladamente al hombre mientras su madre la bañaba de grasa de cerdo y le pedía que se tragara el puñado de dientes la hizo vibrar de miedo y confusión.


A sus 11 años, Manuela solo había conocido la dicha de la aventura y el gozo de la alegría, era la primera vez que algo así le sucedía, su madre era su protectora y confiaba en ella por sobre todas las cosas, Altagracia era su diosa y su mas grande ejemplo a seguir, cada paso que daba su madre, Manuela lo detallaba y lo imitaba, cada movimiento, cada gesto y palabra, cada suspiro y cada rezo a la naturaleza era enseguida imitado y puesto en practica.


Manuela conocía de memoria los cánticos al río, a la luna y al sol, los cánticos a los árboles y a las montañas, su favorito era al de los árboles, porque su madre decía que eran guardianes, gigantes dormidos, soñadores y que en sus copas reposaban dioses del viento.


Su madre le decía que cuando las montañas se tornaban azuladas era porque los dioses del viento llamaban a sus semejantes a una gran celebración por las tardes y por las mañanas, todos los vientos se reunían en las montañas, los vientos fríos y los calientes, los vientos del norte, los que provenían del sur y de otros rincones y que llevaban mensajes a otros árboles, mas de una vez Manuela soñó con las montañas y esos extraños mensajes que los árboles querían compartir con sus hermanos, cada vez que visualizaba a la montaña mas alta en el horizonte recitaba poemas sacados de su imaginación seguidos del cántico que su madre con tanta pasión le dedicaba.


—Manuela, hazlo ya—. Ordenó su madre, esta vez con una mueca en el rostro. —Me estoy acercando—.


La niña tenía en su puño los once dientes, uno de ellos la había estado lastimando debido a la presión que ejercía la mano cerrada, pero Manuela hizo caso omiso al dolor, habían cosas mas importantes en que pensar.


Meditó solo un segundo y aseguró con un pensamiento reconfortante que todo estaría bien. Se llevó el puño a la boca y asegurándose de que ningún diente se perdiera los introdujo en la boca, primero unos cuatro dientes bajaron por el conducto hasta el estómago, luego tres, luego dos de ellos, seguido de una gran muela corroída y el último, un colmillo afilado que casi hizo que Manuela vomitara, la sensación fue espeluznante, mientras tragaba sentía como si cerezas enteras estaban atrapadas en su boca y no podía respirar, sentía como los dientes caían uno tras otro en su estómago, casi los escuchó rebotar dentro de ella.


Su madre proseguía con aquellas palabras, continuaba con esa mueca macabra en el rostro cuando de pronto comenzó a golpear en la espalda a Manuela con la rama espinosa que tenía en la mano, un golpe tras otro, el dolor era insoportable, el sol estaba saliendo ya, los rayos penetraban los altos árboles hasta su cuerpo, Manuela gritaba como en ningún otro momento de su vida, Altagracia y su mueca grotesca golpeaban a la niña sin compasión mientras la tomaban del brazo impidiéndole escapar, la sangre estaba salpicando todo el lugar, el río se estaba tiñendo de rojo y la rama espinosa parecía disfrutar del tributo de sangre. –Se debe pagar el precio, Manuela–.


Altagracia proseguía con el ritual mientras Manuela gritaba de dolor y se retorcía, su cuerpo ya no seguía erguido, sino doblado ante la rudeza de los golpes, ninguno de los gritos de la niña hizo que su madre se detuviera, la carne se le estaba cayendo a pedazos, algunos trozos quedaban pegados a las espinas de la rama, las lágrimas se secaban y los gritos se apagaban con cada golpe.


Altagracia no cedía de ninguna manera, su propósito claro estaba determinado a cumplirse, el diablo no obtendría lo que estaba dispuesto a obtener, los rayos del sol se intensificaron y la sangre formó parte del paisaje, las rocas y el agua del río se volvieron rojos.


De pronto Manuela cayó al suelo, casi desmayada, agonizante y débil, su mirada borrosa no alcanzó a detallar lo que sucedía, varias siluetas aparecieron delante de ella, borrosas siluetas, su oído pudo notar que el agua chapoteaba, Manuela sintió que era levantaba del lecho del río, desnuda y sangrante la niña decidió cerrar sus ojos, sentía como se movía en el aire, andaba entre las hojas del bosque sin siquiera pisar una de ellas y el sol le calentaba la piel, el viento era cálido y la reconfortó aunque el ardor era insoportable.


Soñó que cientos de mariposas se posaron en su espalda y con sus pequeñas lenguas besaban sus heridas y las sanaban, esas pequeñas lenguas le hacían cosquillas y sonreía con cada beso que le daban. Las mariposas volaron tan alto aquella tarde formaron parte de las nubes y de las montañas, donde los dioses de los vientos se reunieron para cantarle a Manuela los versos más hermosos que nadie jamás había escuchado.

31 de Agosto de 2019 a las 00:00 3 Reporte Insertar 3
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Galo Vargas Galo Vargas
Hola Rodolfo, somos del equipo de verificación de Inkspired. Hemos revisado tu historia. Para verificarla, necesitamos que por favor hagas las siguientes correcciones: utilizar puntos para separar oraciones ya que muchas oraciones están totalmente de corrido unas con otras, solo separadas por comas. Además, por favor revisar todas las faltas de tildes a lo largo de todos los capítulos. Cuando hayas hecho estas correcciones, por favor responde este comentario para proceder de verificar.

  • Rodolfo Barboza Rodolfo Barboza
    Hola, he hecho las correcciones requeridas en todos los capítulos con ayuda de algunas personas, además de añadir puntuaciones faltantes y además de separar párrafos que estaban muy unidos, espero que no nos hayamos saltado nada, muchas gracias por el contacto, quedo atento a sus comentarios. Have a nice day!! 3 weeks ago
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