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clem Clem Severino

Colección de ocho relatos en los que cualquier cosa rara puede aparecer. ¿Eres una de las víctimas de los sucesos narrados en estos cuentos? ¿Eres un ente furioso, una dulce niña viviendo en una playa o... peor? ¿Eres uno de ellos?


Cuento No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

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Me voy a morir

Le sudaban las manos, temblaba, el papel se le había caído a la salida del hospital, un taxi lo chapoteó en la acera; pero nada de eso le importaba ante la realidad de que él se iba a morir (eso lo decía el papel que llevaba entre manos). Y sólo fue a un simple chequeo de rutina cuando le dijeron eso; se estaba muriendo de un tumor maligno.

En cuanto llegó a su departamento, ubicado en el quinto piso de la calle Flores —de la ciudad de Santo Domingo—, comenzó a experimentar las cinco etapas de la frustración ante una muerte anunciada.

Se negó a la idea, sumido en llanto. Lloraba hasta para peinarse el cabello, en cada rincón. Sólo tenía dolores de cabeza que en momentos le nublaban la vista y, de repente, un chequeo médico le decía que tenía un tumor maligno. Después, se lamentó y se enojó consigo mismo por haber ido a un doctor; hubiera estado mejor ignorante a su propia muerte, disfrutando del tiempo que le quedaba sin saberlo. Entonces se airó más porque recordó que tenía un empleo muy opresor en donde vivía en constante estrés, encerrado en una oficina que, aunque amplia y cómoda, no dejaba de ser una gran responsabilidad.

Era conocido por ser un hombre altivo, gritaba a los empleados, se desquitaba con ellos, los humillaba. Sintió vergüenza de sí mismo.

Llegó a la etapa de la negociación, en la que, tarde o temprano, todos se acuerdan de su Dios. Intentó llegar a un acuerdo con él para que le prolongara la vida. Después imploró a la vida, al tiempo, a un ángel, al universo. Cualquier opción era válida para él. Al no tener respuesta (después de cinco horas hundido en súplicas) entró en la depresión. No encontraba el sentido a comer ni a levantarse, sabiendo una pronta muerte.

No tenía familia, ni mujer ni hijos. Siempre se consideró demasiado joven para amarrarse de tal forma —según sus propias palabras—: «me voy a morir», pensaba.

Más de una ocasión buscó información de cómo se hacía para tratar el cáncer, lo que descubría lo hundía más en la depresión. Quimioterapias: pérdida del cabello, medicamentos, indicaciones alimenticias y un sinnúmero de cosas.

Entonces, habiendo agotado todos los estados de ánimo posibles para sobrellevar tan horrible realidad, se dio por vencido y lo aceptó.

Finalmente quiso dejar de sentir compasión consigo mismo. Tomó la decisión de que, si iba a morir, moriría como él quisiera.

No, sería demasiado humillante para él que, después de ser tan importante, apuesto y poderoso, lo vieran como un simple esperpento tirado en cama. Sus enemigos se burlarían, despertaría la compasión de personas a las que no les tenía ni un ápice de estima y la sola idea lo hacía sentir humillado.

Si voy a morir, pensó, moriré a mi manera.

En ese instante, su teléfono comenzó a sonar en desconocido y decidió no atenderlo. Nada lo haría arrepentirse. En vida trató como perros a aquellos inferiores a él, según su consideración. Le constaba que no era amado.

Montado en su Mercedes-Benz del año, se dirigió al puente de... en donde el silencio era más agudo porque no solían transitar muchos carros por ese lugar (a menos que se trasladaran de una provincia a otra). Lloró un momento mientras escuchaba su teléfono sonar desde la parte trasera del auto, a donde lo arrojó con sorna. ¡El aparato de porquería no lo dejaba en paz!

Ni en su más aguda tristeza las personas lo dejaban tranquilo.

Lloró de nuevo.

Fue a subirse en los barandales.

—Esta será una forma digna de morir —dijo con orgullo para sí mismo.

Dirían que fue lo suficientemente hombre para acabar con su vida antes de que ella acabara con él.

Su cuerpo, flotando en el aire, recorriendo el camino de las ánimas, no es consciente de todas las veces que sonó el teléfono en su oficina o en su casa, después de no dar con él en su teléfono celular.

La máquina de la casa reproducía un mensaje dejado mientras su cuerpo (muy lejos de allí) era merced de la gravedad. Con su sistema automático, reprodujo los mensajes recién enviados a las paredes de una casa completamente sola.

«Señor Roberto, soy el doctor que le atendió aquella vez en el hospital. He intentado localizarlo desde hace un par de días, hasta que finalmente pude dar con su número en los archivos. Debo comunicarle... ¡Uf! No sé cómo decir esto; hemos cometido un error, confundimos sus análisis con los de otro paciente de mismo nombre. Ingresó el mismo día y a la misma hora que usted. La enfermera que cometió el error ya fue despedida. Me urge comunicarme con usted para aclarar este asunto. Y el hospital estará dispuesto a pagar los daños y perjurios sin llegar a las disputas legales. Comuníquese pronto conmigo, por favor».

22 de Agosto de 2019 a las 21:38 0 Reporte Insertar 0
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