El Hoyo en la Verja más Alta del Mundo Seguir historia

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...Durante más de un mes, y a punta de “malaquiazos”, estuvo masticando planes de venganza que incluían violencia y fuego. En sus delirios de embriaguez, y en una cerrada batalla en contra de su lado “buena gente”, la cerca ardía en llamas y la vieja cabrona se hacía carbón. En otras ocasiones, la doña, la verja, su casa y hasta el mismísimo hijodeputa basurero se achicharraban en un incendio (accidental) que lo arrasaba todo...


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El Hoyo en la Verja más Alta del Mundo


Leticia Albor Sustamer, era una mujer de principios. Para ella, el compromiso, fuera cual fuera, era siempre un asunto serio y que debía de mantenerse fiel a la palabra empeñada, ya fuera en un papel o el solo hecho de darse la mano como el gesto que sella cualquier acuerdo. Odiaba la vaguedad o la falta de acuciosidad en los compromisos adquiridos.

Hacía un buen rato que quería reparar la cerca del patio trasero que separaba la casa del “vecino más desagradable del mundo” y a quien no le dirigía la palabra desde el mismo día - 3 meses atrás - en que lo descubrió dejando una bolsa con deshechos en su basurero.

¿Qué está usted haciendo, señor? - le había dicho en voz alta

El tipo la miró con total indiferencia

¿No me ve? Estoy botando una basura...señora

Oigame usted, caballero, ese basurero es de mi propiedad y usted no tiene porqué venir a botar sus mugres en donde no le pertenece

No exagere, señora – exclamó con tono fastidiado – Es solo basura en un basurero...No se la estoy dejando en su patio...

¿Cómo?...¿Acaso usted no entiende que eso no se hace? - el rubor de la cólera hizo arder sus mejillas - ¿Por qué no bota sus cosas en su propio basurero, señor?

¿Sabe qué? - exclamó el sujeto dándole un manotazo a la tapa del tarro - ¡Déjese de joder por una maldita bolsa de basura! - se dió media vuelta y tranquilamente se encaminó al pasaje que lo conducía a su casa

¡Es usted un maleducado y un truhán, señor! Haré el reclamo con la policía...¡para que sepa! - le gritó finalmente antes de volver a entrar en la casa

¡Haga lo que quiera, vieja loca! - exclamó de vuelta el hombre, pero doña Leticia no le escuchó. Ya había cerrado la puerta tras de sí

Aquella misma tarde, un policía municipal se hizo presente en su casa y escuchó atentamente los descargos de doña Leticia. Posteriormente, se dirigió a la casa del vecino y tras encendidos dimes y diretes con el sujeto, el agente terminó por garrapatear sobre su libreta de partes los detalles de la transgresión a la norma municipal de convivencia ciudadana y le hizo entrega de una citación al tribunal.

El hombre, Malaquías Retamales, hervía de rabia.

Doña Leticia, condujo al maestro carpintero hasta el patio trasero y le señaló la verja que separaba su casa con la del “señor del lado”. Le pidió que la reforzara “sólidamente” y que la hiciera crecer en altura hasta lograr que incluso el techo de la casa vecina fuera invisible a la vista “absolutamente”.

Malquías, al otro lado de la reja escuchaba las instrucciones de la mujer y en su mente las neuronas encargadas de la rabia producían chispas como rayos y centellas

El maestro encomendado para efectuar la obra se percató de la presencia de Malaquías cuando se puso a tomar medidas en la verja. No hizo ningún gesto que denotara que lo había descubierto.

Retamales, se entró en la casa, sacó una cerveza del refrigerador, una botella de ron del bar, un limón y una naranja de la cesta de las verduras, un cuchillo carnicero del lavaplatos, y con todo junto se hizo un “Malaquíaz”, que era el nombre del trago inventado por él y que se lo bebió de un largo y único sorbo hasta que el efecto del bebestible le llegó directo al cerebro, a las sienes, le adormeció la lengua, la garganta y también le relajó las ideas ardientes que daban vueltas en su cabeza y que tenían que ver con la “hija de puta vieja del lado” y con un candente deseo de apretarle el cuello hasta que se callara para siempre.

Luego, ya con el alcohol circulando por todo su torrente sanguíneo, se puso en modo “buena gente” y se olvidó de la doña y de sus ganas de estrangularla.

Se hizo otro “Malaquiaz” y salió al patio como haciéndose el muy distraído.

Los ruidos provenientes del otro lado de la reja le indicaron el lugar exacto donde se afanaba el maestro carpintero quitando algunas tablas y preparando los detalles para iniciar la obra de reforzamiento y elevación de la cerca.

¿Qué tal maestro...cómo va el asunto? - exclamó por entremedio de las tablas

Ehhh...hola...aquí estamos...empezando el trabajo... - contestó sin dejar de martillar

Ya veo – el segundo “Malaquiaz” ya había logrado ponerlo en tono risueño - ...¿Y qué...me va a hacer desaparecer o qué, jefe?

No, señor...yo solo estoy cumpliendo órdenes – el hombre se dio cuenta que el vecino estaba medio puesto y había que irse con cuidado para no entrar en terreno difícil

¡Claro que sí, jefe! - respondió con una risita -...¿Putas la vieja jodida, no?

El hombre prefirió quedarse mudo

¡Tranquilo jefe! No hay problema..Yo, entiendo que usted está haciendo su pega y que la doña es la que le paga... - le dio un sorbo al trago -...pero...¡Putas la vieja hincha pelotas, jefe!

El maestro: mutis por el foro

Malaquías, entonces, puso un cajón junto a la reja y tras unos titubeos de equilibrismos se logró subir en él para encontrarse justo con el maestro, quien, agachado, se hacía el zonzo afanándose en tomar unas medidas que no venían al caso.

Haciendo equilibrio sobre el cajón, estiró el brazo con la mano extendida por encima de la verja

Mucho gusto, maestro...mi nombre es Malaquías...- exclamó con la lengua traposa -... y soy el vecino de la...de la doña...de este lado...

Como está, señor... - el carpintero se estiró, le devolvió el saludo con un corto e insulso apretón de manos e inmediatamente volvió a agacharse para tomar nuevas medidas...

El sonido de la puerta mosquitera rebotando contra el dintel fue el aviso para Malaquías de que la doña venía en camino desde la cocina. En su afán de bajarse presto del cajón, terminó por pisar donde no era conveniente y antes que supiera qué debía hacer para salvar la situación, ya estaba de bruces en el suelo con el resto de su Malaquíaz II desparramado sobre la grama

¡¡La puta que la parió!!

El maestro, escuchó el zambombazo. En un principio de preocupó, pero luego de oír la folclórica maldición del vecino, tuvo que contener sus ganas de reírse en voz alta.

Doña Leticia llegó a su lado. Al mirarlo de frente se percató que tenía los ojos chispeantes y una cara festiva. Ambas cosas, le parecieron un poco fuera de contexto...

¿Parece que está usted muy contento, maestro? - exclamó con cierta suspicacia

Ehhh...sí señora... Es que me gusta este lugar...Y creo que el trabajo va a quedar muy bien... - dijo con su mejor sonrisa

Dos días después, y desde el patio de la doña, no se podía ver casi nada de la casa de Malaquías. Apenas asomaba la parte alta del techo.

Doña Leticia, estaba alborozada. Le agregó una suculenta propina al maestro por un trabajo tan bien hecho.
Por su parte, Malaquías, estaba emputecido. La puta verja le había quitado una gran cantidad de sol y luz a la fachada oriente de su casa y hasta las plantas que tenía en los dinteles de las ventanas, sus queridos geranios, ahora se veían tristes y decaídos...

¡Me cago en la vieja cabrona! - exclamaba de vez en cuando mientras algún “Malaquíaz” se deslizaba de prisa por su garganta.

Durante más de un mes, y a punta de “malaquiazos”, estuvo masticando planes de venganza que incluían violencia y fuego. En sus delirios de embriaguez, y en una cerrada batalla en contra de su lado “buena gente”, la cerca ardía en llamas y la vieja cabrona se hacía carbón.

En otras ocasiones, la doña, la verja, su casa y hasta el mismísimo hijodeputa basurero se achicharraban en un incendio (accidental) que lo arrasaba todo...

Por culpa de estas fantasías vengadoras, sus despertares eran en medio de resacas descomunales que incluían una lengua como lija y una garganta reseca por la que no pasaba ni una gota de saliva. La sombra fría de la verja alta como una catedral lo regresaba cada mañana a las rabias infecundas y a unos cargadísimos bloody mary's capaces de alcoholizar a un muerto.
Doña Leticia, estaba encantada. Desde la puerta de la cocina, disfrutaba del paisaje de su patio delimitado por la hermosa y robusta cerca recién remodelada, y le parecía que ahora su propiedad era una verdadera fortaleza que la aislaba completamente de la “gente desagradable” y que le permitía sentirse cómoda y segura mientras se tomaba un breve descanso tumbada en su reposera frente a la piscina y recibía las caricias provenientes de los tibios y deliciosos rayos del sol de la mañana...
Por el único hoyito, no más grande que un dedal, que el “hijodeperra-y-traidor” del carpintero dejó sin tapar, Malaquías - con la sangre ardiendo en sus venas - podía espiar a la doña mientras estaba tumbada en la reposera tomando el sol. Evidentemente, sus ganas de matar llegaban hasta el punto en que la cabeza le daba vueltas y ni siquiera un bloody mary cargado hasta lo indecible, era ya capaz de pacificar su espíritu ni ponerlo en estado “buena gente”. Tenía que aplicar refill de urgencia antes que su lado oscuro se hiciera cargo de dejar alguna cagada de esas que son suficientes como para arrepentirse durante una vida entera...


Malaquías Retamales, tenía poco pelo, mostacho grueso, medía 1.70, era regordete, cargaba 68 años encima y se había jubilado hacía 3 años después de trabajar casi 4 décadas como ingeniero en Delectro, la compañía privada que suministraba la energía eléctrica a toda la zona central del país. Lamentablemente para él, su mal carácter y esa costumbre laboral de pasar meses fuera de su casa en distintas comisiones de trabajo, le llevaron a transformarse - una vez jubilado - en una carga insoportable para su mujer, Aparicia Villafuentes Castellón, la que prefirió mandar todo al carajo antes de seguir tolerando la indiosincrasia y el carácter de mierda de un viejo gruñón y malencarado, al cual había aguantado la mitad de su vida porque, justamente, nunca estaba en casa más allá de una semana seguida. Después de esos 7 días de pesadumbre y contrariedad, venían dos meses (con todos sus días) de armonía y tranquilidad: su casa toda para ella y su bebé “Luchito”, las salidas a comer con algunas amigas y uno que otro revolcón semanal con aquella “hermosa bestia insaciable” del gimnasio que le enseñaba, además de ciertas acrobacias, trucos divinos para mantener sus muslos y glúteos como si fueran de una atleta de 20 (según le cuchicheaba su exaltada imaginación cuando se observaba de soslayo en el espejo del clóset)

Aparicia, agarró sus bártulos y se fue a vivir con su mismísimo bebé, el único hijo de ambos, Luis Andrés (Luchito), que resultó ser un chico muy especial, fino y delicado, que también se había mandado a cambiar porque el “bruto, patán y rústico” de su padre lo miraba y lo trataba como si el hecho de ser gay fuera un delito lo suficientemente criminal y perverso como para ser despreciado y hasta aborrecido por su propia sangre.

¡¡Viejo pendejo!!

Fue lo último que gritó Luchito, antes de pegar el portazo y abandonar la casa para siempre, mientras su chihuahua “Fifí” le ladraba como un poseído al impertérrito de Malaquías, el que solo atinó a menear la cabeza

¡Par de maricones! - fue lo único que salió de su boca a modo de despedida


Doña Leticia, era una mujer de 48 años y viuda cuando apenas tenía 43. Su marido, piloto de una aerolínea comercial, resultó muerto en un tiroteo en un aeropuerto del Brasil cuando unos traficantes huían de la policía tras apoderarse de unas maletas cargadas con cocaína. El pobre hombre tuvo la mala suerte de estar en el momento justo del lugar exactamente equivocado.

Leticia, sufrió lo indecible y se quedó sola rumiando su pena porque, entre otras cosas, no tuvo hijos y, para más remate, era la primogénita única de padres fallecidos. Era la mujer más triste y sola del mundo, según ella misma se decía hipiando entre sollozos durante los primeros dos años de su viudez. La pobre, se vino abajo en todos los aspectos y ya no le importaba nada del mundo ni de su persona. Se dejó estar, se volvió desgreñada y mal geniuda hasta lo insoportable. De hecho, ni sus familiares más lejanos querían estar cerca de ella.

Pero, todo cambió en su vida cuando, en el pasillo de “Productos Orgánicos y sin Gluten” del supermercado, conoció a Matilde Torrealba, una psicóloga de gran talento y lengua fácil, que la fue entonando con su yo interno hasta que, de pronto, y casi sin darse cuenta, ya estaba – llena de energía y vitalidad - bailando zumba en el gimnasio. Además, cada mañana al despertar pedaleaba una media hora en la bicicleta estática que había recuperado desde el sótano donde guardaba las cosas que le dolían y que le traían de vuelta la imagen de su marido.

Doña Leticia, físicamente, no tenía nada de espectacular, aunque tampoco podría decirse que fuera común y corriente. Digamos que era una mujer atractiva, de cuerpo bien formado, una elástica y cuidada piel blanca, ojos cataños, cabellera rizada y una boca de labios gruesos y sonrisa sugestiva. Gracias a los estímulos de la psicóloga, había recuperado esa parte de su atractivo y de su sensualidad oculta bajo el manto de tristeza y abandono que la habían oprimido durante tanto tiempo.


Una mañana cualquiera, Malaquías, abrió los ojos y lo primero que hizo fue tratar de conectarse con el lugar donde estaba. Al igual que casi todos los días, le costaba despertarse con la claridad de consciencia suficiente como para distinguir que estaba acostado en su cama y en su casa. Todavía cargaba consigo el tormentoso recuerdo de muchas madrugadas botado en alguna calle, ebrio, sucio y maloliente. La jubilación y el abandono de su familia, lo habían llevado al extremo en que ya nada le importaba. La rabia que sentía lo empujaba a castigarse y también a mortificar a cualquiera que estuviera a su alcance. Tanto así, que era común que armara jaleo en los bares y terminaran sacándolo a patadas o que otros parroquianos, cansados de sus provocaciones, le dieran una paliza para luego abandonarlo en la vía pública. Suerte tenía que en su barrio había buenos samaritanos que recorrían las calles para llevar consuelo a las personas sin hogar, y que, cuando lo veían botado sobre el pavimento se tomaban la molestia – tras soportar estoicamente sus manotazos, insultos y groserías – de cubrirlo con una manta y dejarlo acomodado en algún rincón sobre la acera donde no pasara tanto frío.

Esas madrugadas de vergüenza y abandono, finalmente, habían calado profundamente en su autoestima. Aún, años después de haber salido del hoyo, sus despertares lo seguían castigando y tenía pesadillas con imágenes de sí mismo que eran su martirio.

Esta vez, sintió un enorme regocijo al darse cuenta que todo había sido uno más de sus malos sueños. No hubo ninguna necesidad de un bloody mary para salir de la resaca. Con la taza humeante del café salió al patio y se topó con la alta verja que no dejaba pasar el sol.

Sin embargo, no sintió la rabia de otras veces, sino que en vez de la tortura que lo asediaba cuando pensaba en la maldita vieja tal por cual, inexplicablemente, lo invadió algo como una comprensión cabal de la situación en que se encontraba y en donde la cerca – alta como el muro de una cárcel - calzaba perfectamente con su existencia...y con sus merecimientos...

Al principio, creyó que, en su cabeza, las neuronas se habían vuelto locas. Por más intentos que hizo por traer de vuelta la ira parida que había sentido día tras día...ni en su mente, ni en sus entrañas ni en ninguna parte de sí, se cocinaba nada de aquella rabia emputecida que lo dominaba siempre...

Pero...¿¡Qué mierda!? - se preguntó...y no consiguió de sí mismo ninguna respuesta

Entonces, se imaginó que estaba muerto. Su cerebro lo llevó a mundos paralelos, dimensiones desconocidas y otras explicaciones estrafalarias que se fueron diluyendo en sus neuronas junto con la imperiosa necesidad de ir al baño...

Con el rostro contraído por el esfuerzo en la evacuación de los deshechos que salían de su interior, Malaquías, terminó por aceptar que estaba de lo más vivo y que su imposibilidad de tener rabia en contra de la doña y la maldita cerca de mierda tenía que ver con otra cosa.

De pronto, algo en su cabeza hizo !click!, y en la pantalla de su mente emergió el hoyito en la cerca que el Judas del carpintero no se percató, y entonces, se reveló, en todo su esplendor, la nueva y grácil figura de doña Leticia enfundada en una malla muy ajustada al cuerpo, mientras iba dando unos pases de baile llenos de gracia, al tiempo que sus redondas caderas hacían círculos brutales, hipnóticos y eróticos, que lo dejaron sin respiración y con una erección digna de sus mejores días cuando ríos de testosterona circulaban por aquellas glándulas adheridas a su entrepierna.


A partir de ese instante, Malaquías fue básicamente abducido por la imperiosa necesidad de transformarse en otra persona. Así que, luego, tras un descarnado y concienzudo análisis frente al espejo, concluyó que lo suyo era grave y que tenía que hacer grandes cambios para que aquellas furibundas caderas...ese cuerpo...esa hembra...¡todas esas cosas juntas!...fueran suyas.

¿Pero, cómo?...¿Cómo podría lograrlo?...¿Por dónde empezar?...¿Cómo romper la costumbre de no tener ganas de hacer nada...ni de arreglarse, de bañarse, de afeitarse...ni de ponerse desodorante?

Por otra parte, pensó que su mente le estaba fallando porque le pareció muy extraño que no se hubiese acordado inmediatamente de la doña y sus caderas cuando despertó aquella mañana.

¿Será que me estoy inventando todo esto y en verdad solo fue un sueño?

Fue tanta su confusión que se fue a sentar nuevamente a la taza del baño creyendo que, a lo mejor, ahí estaba la conexión extrasensorial que lo regresaría al hilo de la realidad...

Increíblemente, con su trasero sobre la tapa del excusado, su mente regresó al momento en que vio a la doña moviendo el cuerpo como una poseída al ritmo de una zumba ardiente. Todo le pareció tan claro, tan nítido, que no tuvo dudas que aquello no había sido un sueño. Entonces, se fue raudo al patio y puso su ojo en el orificio de la enorme verja que no dejaba pasar el sol. Lo que vio en el patio de su vecina lo dejó ¡¡petrificado!!


Matilde Torrealba, psicóloga, tarotista y profesora de yoga, era una mujer de 46 años, alta, de tez aceitunada, ojos oscuros y una cabellera canosa y lisa que enmarcaba un rostro hermoso y afable. Era una dama que tenía el atractivo de aquellas mujeres que parecen estar por encima del resto, que dan la impresión que llevan consigo esa sabiduría que le hace falta a otras para entender los porqués de la vida, de la naturaleza humana y de sí mismas.

Así, con esa presencia, Matilde, la cautivadora pitonisa, fue como un rayo de luz para doña Leticia que vio en ella todo lo que le hacía falta para salir de su condición de abandono. Se entregó en cuerpo y alma a los consejos y directrices de la psicóloga que, entre otras cosas, era una mujer felizmente divorciada de un hombre que siempre estuvo por debajo de sus expectativas y de quien deseaba desligarse después del fallido intento de su tercer embarazo tras 12 años de matrimonio. Un tiempo demasiado largo para ella, en el que Braulio, su cónyuge, había terminado haciendo la metamorfosis perfecta del sempiterno mediocre al perfecto macho imbécil.

Nunca supo cómo le pudo atraer un hombre que no leía y al que no le gustaba Pink Floyd.

Bueno, lo de Pink Floyd era más comprensible.

Tampoco, a muchas de sus amigas y alumnas les gustaba el rock sinfónico. Sentían que era música machista.

Sin embargo, ella adoraba a Pink Floyd, Yes, Moody Blues, Mike Olfield y otros músicos progresivos desde sus tiempos de absentismo, tristeza y dolor – ya con 35 años encima – cuando tuvo un aborto espontáneo y su médico le informó que sufría un daño irreversible en las trompas y que cualquier intento de embarazo acabaría en aborto.

Lloraba hasta que perdía la consciencia.

Tenía pesadillas con bebés muertos y fetos deformes.

Se refugió en los calmantes para no seguir soñando horrores ni buscar respuestas donde no las había...ni seguir tentando a la muerte...

Por suerte para ella, tanto su cerebro como su cuerpo nunca disfrutaron verdaderamente del alivio de las drogas que la dejaban casi al filo de la anestesia.

Le avergonzaba la idea del suicidio.

Gracias a sus conocimientos académicos, a su terror de convertirse en drogadicta y a su pasión por lo místico, el chamanismo y todo lo hermético y oculto, supo contener el oleaje autodestructivo impulsado por su incapacidad de ser madre. Sus estudios sobre la vida después de la muerte le cambiaron la percepción de sí misma y la llevaron a creer firmemente en que el total de la consciencia trasciende la muerte del cuerpo. Esa convicción, le sirvió, más adelante, de estímulo para salir de su estado depresivo...
¿O sea, tú estás absolutamente convencida que hay vida después de la muerte? - estaban en casa de Leticia y ya habían abierto la segunda botella de vino blanco

Absolutamente...Leticia. Aunque, debemos separar la cons-ciencia – hizo el énfasis vocal remarcando las sílabas - de la conciencia. Son dos cosas diferentes...

¿Cómo así?

La consciencia es todo aquello que tú experimentas...desde un dolor, una emoción, un éxtasis...cualquier sensación...idea o pensamiento...

La conciencia es tu percepción moral de las cosas...de aquello que está bien o de lo que está mal...La conciencia te sirve para adecuar tu comportamiento frente a los demás...para definir tus valores y responsabilidades...

Doña Leticia la contemplaba con ojos chispeantes y clara evidencia de la admiración que sentía por ella

Qué fantástico es saber todas esas cosas, Matilde...Envidio tus conocimientos...

Bueno, si te gusta el tema puedes encontrar muchas páginas en internet que te pueden ayudar a profundizar en ello...No es necesario ser médico para entenderlo...

No seas tan modesta...- el brillo en sus ojos y su genuina sonrisa hicieron que Matilde soltara una carcajada

Eres un encanto – exclamó al tiempo que le hizo una leve caricia en el hombro ...Pero, si me permites que te diga...no exageres el valor de las palabras...Es necesario que asumas acciones en vez de solamente quedarte en el raciocinio entusiasta de los enunciados brillantes, de los pensamientos geniales o de cualquiera de aquellas frases llenas de verdades como si fueran la fórmula perfecta... - sus ojos brillaban intensamente - Tú, necesitas moverte, sacudirte..tienes que dar zancadas hacia adelante aunque estés sumida hasta el cuello en el pantano...¡Ese!, es el gran acto heroico de auto salvación que te arranca de las depresiones... ¡Avanzar!...¡Es poesía pura!...

Leticia, se mantenía absorta en la boca de Matilde como si estuviera leyendo las palabras que salían de aquellos húmedos labios.

Yo, pasé por el infierno de la autodestrucción... - Matilde, dudó antes de seguir hablando – ...Sufrí tanto por no poder ser madre que hasta pensé...muchas veces...en acabar con mi vida...

Leticia, estaba en shock. No podía creer que una mujer como Matilde hubiese podido vivir, sentir y experimentar lo mismo que ella cuando mataron a su marido. Junto con la horrible pena de su brutal partida, durante años enteros le atormentó el hecho de nunca haberse planteado seriamente ser madre y el que siempre había recurrido a evasivas cuando su esposo le insistía en lo de tener un hijo.

Muchas veces, cuando su casa se le hacía una mole vacía, sin alma y sin vida, sintió que no valía la pena seguir luchando por vivir.

Conteniendo las lágrimas que pujaban por brotar de sus ojos, Leticia extendió sus brazos para finalmente estrechar a Matilde en un abrazo lleno de emoción.

Ambas mujeres sintieron que sus corazones palpitaban por un mismo sentimiento. Tras unos instantes de intensa emotividad con sus cuerpos firmemente unidos por el abrazo, se separaron apenas para mirarse...y así, casi sin darse cuenta, sus bocas se unieron en un dulce y cálido beso.

El frenesí, llegó después, apenas segundos después, cuando las imágenes de sus mentes que las conectaban con el corazón se trasladaron abruptamente a sus muslos, a sus pelvises, a aquellos rincones ardientes que les hicieron gemir de placer mientras ambas se aferraban mutuamente de sus glútetos para hacer del abrazo un impetuoso y ardiente arrebato de gozo. Llegaron juntas al orgasmo.

Al separarse, ambas tenían los rostros encendidos por el rubor y la excitación. Se miraron como si tuvieran miedo de descubrirse y con una expresión de ansiedad y estupor en sus rostros. Sus bocas titubearon en un intento por decir algo, pero ninguna de las dos pudo emitir una palabra.

Finalmente, Matile, rodeó a Leticia con sus brazos y la estrechó contra sí tiernamente. Sus manos le acariciaron la espalda

¡Qué locura...Leticia!...Eso, fue una cosa increíble...No sé que otra cosa puedo decir...

Leticia, le devolvió cautelosamente las caricias amorosas en su espalda

¡Si...Matilde...eso fue una completa locura! - dijo sonriendo tímidamente – Mejor no digamos nada...

Entonces, se liberó delicadamente del abrazo

Me muero por un café... – exclamó dirigiéndose a la cocina - ¿Quieres uno tú también?

Matilde, la miró en silencio y tuvo un presentimiento, como si algo raro y espeso se hubiese interpuesto entre ambas.

No, gracias. Tengo una reunión, pacientes y varias compras que hacer

Se acercó a Leticia para despedirse, pero no sabía bien cómo hacerlo.

Finalmente, le dio un beso en la mejilla.

Leticia se dejó hacer, pero aparentó mostrarse algo fría y distante.

Matilde, se sintió decepcionada. Le pareció que lo sucedido entre ambas era algo que ahora no tenía ninguna importancia para Leticia. Hasta se imaginó que ella estaba incómoda con su cercanía

No quiero incomodarte, Leticia. Pero, parece que estás muy arrepentida...de...bueno...de aquello que nos ha pasado...

No, Matilde, todo está muy bien...- exclamó mientras revolvía el azúcar en el café -...Tú, ándate tranquila

La sonrisa en sus labios y una expresión de mecánica cordialidad en el rostro, hicieron que Matilde profundizara en su desilusión. No supo si vio cinismo o indiferencia en el semblante de Leticia.

Apenas escuchó el sonido de la puerta de calle al cerrarse, Leticia, sintió de vuelta el temblor en sus piernas. Se dejó caer en el sofá. Estaba mentalmente agotada, pero a la vez se sentía exultante, dichosa.

Su cuerpo entero estaba lleno de sensaciones deliciosas, eróticas, ardientes. Sus manos acariciaron sus muslos e inmediatamente deseó fervientemente tener a Matilde pegada a su cuerpo, a su pubis...

¿Pubis? - se sintió avergonzada de sus palabras. Nunca le gustó escuchar cosas como “buchaca”, “coño”, “papaya”, o “coliflor” y otros tantos nombres vulgares para referirse a la vagina.

Siempre pensó que la vagina era un órgano hermoso, fantástico, mucho más que el órgano masculino, esa cosa fea y cabezona que, aunque le gustaba sentirla adentro suyo, tampoco era algo que la maravillara o que la volviera loca.

Amaba a su marido, pero el sexo, más que nada, la ponía contenta de que él gozara adentro de ella. Cuando él eyaculaba gimiendo de placer y luego la besaba lleno de gratitud, ella se sentía alegre y realizada.

No sabía de orgasmos. Pero, si sabía que su marido estaría contento y generoso al día siguiente. Eso, para ella, era un buen objetivo.

Desde que él murió y hasta ese día con Matilde, no había experimentado nada sexual ni había tenido ningún interés, a pesar del acoso disimulado y/o explícito de muchos hombres a todo lo largo de su viudez.

¡Vulgares calentones! - decía ella para sí cuando se daba cuenta de sus intenciones

Pero, ahora, tumbada en el sofá y con sus manos acariciándose el estómago, los muslos y la vagina, Leticia, daba rienda a todas esas deliciosas sensaciones que antes de Matilde, jamás las había vivido.

Tuvo un orgasmo arrebatador y lujurioso.

En un momento, y mientras hacía las cosas de la casa, pensó que algún demonio sexual se había apoderado de ella. No podía entender cómo se había pasado horas pensando solo en Matilde, y cada vez que la evocaba sentía deseos sexuales. Hasta imaginó que Matilde le había dado alguna pócima afrodisíaca o quizás una droga erótica.

En medio de estas aprehensiones que, de pronto le parecieron ridículas, recordaba lo tonta que había sido después de aquel momento exquisito y grandioso. No supo bien porqué actuó como si no le hubiera importado. Imaginó que había sido por vergüenza

¿Qué habrá pensado Matilde de un mojigata como yo?


Matilde, no supo bien como hizo con sus trámites y perdió el hilo de varias de sus conversaciones con los pacientes. Por su cabeza iban y venían los recuerdos de aquellos momentos frenéticos y deliciosos con Leticia.

Su cuerpo se encendía en la evocación de aquel instante apasionado y dichoso.

No recordaba haber vivido nada parecido en toda su vida.

Fue el orgasmo más hermoso y exquisito que experimentó nunca.

No podía dejar de comparar esa experiencia con la que había tenido siempre con el miembro masculino. Aunque amaba a los hombres, su memoria del sexo era la sensación de una especie de sometimiento, una entrega que muchas veces le pareció estar al borde del abuso...

¿Abuso? - su mente le dijo que estaba cayendo en la exageración.

Sin embargo, esta comparación entre el sexo con Leticia y el que vivió por casi 12 años con Braulio, su marido, le hicieron revivir algunas anécdotas de cama con su consorte pasado de copas que terminaron en sexo salvaje y mucho de una brutalidad que le produjo tanto placer como dolor y desagrado.

De nada sirvieron las excusas y las explicaciones.

Matilde, por sobre todo lo estudiado y comprendido académicamente, había aprendido que en la realidad, el sexo con un hombre rústico y vulgar tenía esa parte de violencia que, más allá de entregarle cierta cuota de placer masoquista, le hizo sentir que repetidamente se dejó ser una mujer tonta, usada y avergonzada.

Sin embargo, muchas veces, prefirió masturbarse con su memoria puesta en esos actos de violencia erótica, en vez de experimentarlos nuevamente con su ex marido. A veces, creía que estaba más loca y perturbada que el más desequilibrado de sus propios pacientes.


Leticia, creyó que la mejor manera de excusarse con Matilde sería invitarla a un almuerzo al día siguiente.

Pensó en algo para picar, una ensalada múltiple con pasas, nueces, almendras en un aderezo de yougurt con ciboulette, jugo y postre de frutas, un vino blanco fresco y frutoso...

Se sentía dichosa y un poco sofocada por su loca imaginación y el cuerpo ardiente de Matilde que la hacía temblar de emoción...

Tuvo que sacudir su cabeza para sacarse de encima esos pensamientos que le entregaban tormentos deliciosos, pero que le hacían perder la compostura y la concentración.

¡Claro...claro que sí!...¡Será un...un gusto! - la voz de Matilde en el teléfono parecía temblorosa.

Eso, a Leticia le pareció hermoso. Presentía que ambas estaban pasando por la misma emoción y estaban envueltas en el mismo nerviosismo.

Te espero...entonces

Muy bien...gracias

Un beso...

Igual...igual para ti... - exclamó Matilde conteniendo la emoción


Matilde, estaba encantada con el patio de la casa de Leticia.

Los jardines armonizaban perfectamente con la alta cerca, la piscina, el pequeño parrón y los árboles frutales.

Sin embargo, tras una observación más detenida, pensó que la cerca era un poco...más bien, demasiado, alta.

¡Guau...qué cerca tan imponente! - pudo decir

Leticia, estaba absorta en el trasero de Matilde, cuyos glúteos, al caminar, se contoneaban en un ritmo que a ella le pareció la cosa más divina del mundo.

¡Ay, Matilde, es que tú no sabes el tipo de vecino que vive al otro lado! ¡Es un horror!

¿Ah sí?...

¡Ni te cuento!...Pero...- la apuntó con la mano - gracias a esa verja fantástica, su presencia ya es cosa del pasado...

Mientras, Leticia, disponía la mesa, las copas se iban vaciando una tras otra y una nueva botella de vino quedó instalada entre los hielos de la cubitera.

Leticia, sintió que el calor era sofocante.

Matilde, sentía que la ropa le hacía transpirar.

Cuando, de pronto, Leticia, apareció en un traje de baño azul de una pieza que se ajustaba “deliciosamente” a su cuerpo, Matilde, sintió que un escalofrío la recorría de punta a punta y tuvo que beberse de un solo golpe su cuarta copa de vino.

Cuando, Matilde, emergió de la puerta que daba al patio con un bikini blanco que dejaba ver unos pechos imponentes y unas caderas sin una gota de grasa, Leticia, sintió un estremecimiento, las piernas como dos hilos de lana, al tiempo que un flash de su imaginación la puso de un golpe en el paraíso.


Mucho antes del primer bocado de todas las exquisiteces puestas sobre la mesa, Leticia y Matilde, desnudas sobre la reposera, daban rienda suelta a su pasión desenfrenada, al tiempo que el propio trasero de Matilde apuntaba directamente al hoyito de la verja donde el ojo de Malaquías le transmitía a su cerebro aquella imagen asombrosa que lo dejó en estado de shock
Cuando Malaquías, lívido y sin poder salir de su asombro, pudo despegar su ojo del hoyito que el hijodeputa del carpintero había dejado sin cubrir en la hijadeputa verja de porquería...pensó que la vida era una mierda y que no valía la pena ni bañarse, ni afeitarse ni ponerse desodorante...
¡Malditas lesbianas! - su grito rebotó al interior de su cabeza como una explosión

22 de Agosto de 2019 a las 11:57 0 Reporte Insertar 0
Continuará…

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Alien Carraz Escribir, es un llamado del corazón, una protesta del alma, el relato que nace del amor o la rabia o del íntimo deseo de enseñar lo que me conmueve y me hace temblar. Es fabuloso poder rebuscar en la mente hasta encontrar las palabras que mejor describen lo que siento.

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