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Escuela primaria Emiliano Zapata

8:12 am


—¿Qué chingados es eso? —musitó Alan con los ojos alzados hacía el horizonte.

Todos a su alrededor apuntaron la vista al mismo lado.

—¿No es obvio? —comenzó Alexis después de una breve contemplación—. Es un planeta.

—¿Un planeta? —preguntó fascinado el último de la fila.

—Si —afirmó Alexis—, es Venus o Marte. Digo, son los más cercanos a la tierra, uno de esos debe ser.

Crisostomo dio media vuelta y echó una ojeada al cielo en busca más cuerpos celestes.

—Nada. Solo es mismo y cegador sol —susurro para sí mismo.

—No mames, ¿cómo va a ser un planeta? —intervino Carlos—. Están muy lejos como para poder verlos así no más.

Una vez más todos fijaron su atención a la extraña semiesfera que colgaba por encima de los cerros llenos de casas.


Más si osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo...


—Nos van invadir —dijo Crisostomo con miedo ascendente—.

Intercambiaron opiniones usando puro lenguaje facial.

—Una raza alienígena ha logrado transportar todo su planeta a la órbita terrestre —dijo Carlos.

Todas las risas se apagaron ante la glacial expresión pensativa de Carlos. Él era el niño más inteligente del salón.

—¿Y por qué no nos atacan? —pregunto Alan.

—Están estudiándonos. Están preparándose para atacar en nuestros puntos débiles.

—¿Y cuáles son esos?

—Que chingados voy a saber yo.

—Oigan, ¿es mi idea o se está moviendo?

Todos afinaron la vista y observaron con cuidado.

—No mames, si se está moviendo cabrón.

Les entró una urgencia demencial de comunicarse con la NASA.

—Es la luna —murmuró con suma precaución Andrea, la niña más inteligente del salón.

Los niños volvieron a debatir con muecas esta nueva respuesta. No tardaron en ponerse de acuerdo; las carcajadas contenidas se hicieron presentes.

—¿Cómo va a ser la luna si es pleno día?

—Mira, el sol esta brillando. No puede ser la luna.

—Pinche loca.

Las burlas cayeron sin piedad sobre Andrea. Alan estaba pensando en algún comentario gracioso para no quedarse atrás, cuando una fuerza implacable jaló el hombro derecho de su suéter gris: era la maestra Lucia.

Sin emitir ningún juicio, lo arrastró hasta el centro de la explanada y lo depositó ahí; a la vista de todos, como si fuera algún mono de circo, o un criminal listo para recibir el tajo de la guillotina. Cada centímetro de su piel ardió en un tono rojizo.

Las risitas brotaron de todos lados. Deslizó bruscamente la mirada hacia su izquierda y pudo ver de soslayo al grupo del A. Ahí estaba Sandra, riéndose de él.

«Bueno, al menos ahora sabe que existo», pensó.





16 de Agosto de 2019 a las 01:55 0 Reporte Insertar 0
Fin

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E. Guerra Maya ¨Las palabras son lo único que tengo para jugar¨

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