El amor y los perros Seguir historia

u15658023911565802391 Andrés Sánchez

Tras un intento por salir de la monotonía, Alejandro consigue un perro de mascota por su cumpleaños al que nombra Kitra para enfrentar a una ciudad que se mueve sin él. Mientras más tiempo pasa con su perro, más conoce a personas que, al igual que él, solo buscan su lugar al cual pertenecer.


Drama Sólo para mayores de 18.

#amor #perros #ciudad #mascotas
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Feliz cumpleaños

Vivía en un barrio al norte, rodeado de un montón de condominios cerrados y lujosos. En una isla de concreto rodeado de un mar de asentamientos ilegales, aunque daba mala espina no era peligroso, a menos que salieras al mar de concreto profundo, más allá de los límites. Vivíamos en una casa grande, tres pisos. Tenía buena pinta, parecía una de las casas cipreses de Frank Lloyd Wright. Mi padre no pasaba mucho en casa y yo la verdad es que tampoco era fan de estar en un sólo lugar. Así que acostumbraba a salir a los parques cerca o a coger un bus que me llevara más al sur. No podía salir mucho tampoco, mi piel era muy sensible y tenía que llevar cremas para protegerme. Pero de igual manera disfrutaba mucho el sol, tenía que estar listo a cualquier viaje con una gorra para proteger mi cabello albino. Aunque normalmente no sabía a donde iba, tampoco me importaba. Eran vacaciones y por alguna razón no pasaba nunca con mis amigos. Ellos tenían viajes en familia o algún curso de verano, cualquier cosa que los mantuviera ocupados. Por mi parte no sabía qué hacer, incluso si quería entrar a un curso no sabría a donde ir y preguntar a mi padre no me era tan agradable que digamos.


Mi prima me visitaba. Ella era como yo, tampoco tenía nada qué hacer, pero al menos tenía auto y suficiente edad como para irse sola a perderse en la ciudad. Cuando se aburría del trabajo o se peleaba con el novio venía donde mí, que era muy recurrente. Me utilizaba para quejarse y luego me hacía algo de comer como forma de pago, era buena cocinando. Siempre le decía que no tenía que hacerlo, pero la dejaba igual, tal vez porque quería que se quedara más tiempo, y creo que ella quería quedarse también.

Un día me dijo que se iba de viaje, una total sorpresa. Su novio lo iba a llevar a alguna playa exótica del Caribe. Pensé en lo mucho que me gustaría ir a esos lugares, pero sería muy problemático para mí. No le dije nada más que un deseo de bienaventuranza y un abrazo. Ella tampoco quiso hacer mucho drama al respecto. Me encargó su perro la semana y media de viaje. Era un perro blanco, chiquito, de bolsillo. De esos perros que se lleva en carteras y se presume en yates y jets privados, de esos que tanto odio. Un perro albino, débil y orgulloso como yo. Tanto que hasta podía odiarlo. No pude decirle que no, era la única persona que realmente me importaba, me gustaba mucho mi prima, la apreciaba mucho, la quería.


Era ya el último mes de vacaciones y eso significa la venida de mi cumpleaños. No me emocionaba esa fecha como los demás, normalmente venían familiares a dejarme regalos en una esquina, parecía que competían por traerme la caja más grande. Otros optaban por dinero, me daban entre $200-500 para hacer lo que quisiera. A mi realmente me daba igual, ninguno sabía que me gustaba ni tampoco se tomaban las molestias en averiguarlo. Los regalos eran cualquier cosa y el problema del dinero es que no sabía en qué gastarlo. No invitaba a amigos, ellos no sabían cuando era mi cumpleaños y mi padre jamás lanzaría una fiesta con mis amigos por mí, nunca le agradó a la gente con la que salía y a veces, a mí tampoco.

Pero este año pasó algo diferente. Mi padre, en un ataque de culpa tal vez o quizá porque se vio obligado por tradición, me llevó a comprar una mascota para que no me sintiera sólo. Sé que no lo pensó mucho, solo vio a la mascota de mi prima y pensó que eso es lo que quería. Fuimos a la tienda de mascotas, pero ninguno me gustó, todos parecían inertes y sin vida o con demasiada energía. Se cansó de buscar y regresamos. Pensé que perdí mi oportunidad de conseguir un perro para la casa, había ya considerado que no estaría mal tener compañía de ese tipo. Fuimos a la casa y recibió una llamada de algún conocido de tantos que tiene mi padre. Hablo un rato y colgó, inmediatamente se dirigió a mí. Me dijo que tenemos una última parada.


Fuimos a la casa de un amigo suyo, me dijo que hace relativamente poco su perrita tuvo una camada de perros y vendió todos excepto uno. Sobró una perrita negra, cuando me la mostró me impresionó un poco: era tranquila y asustadiza. No quería acercarse a mí, pero no se alejaba del todo. Vi un brillo en sus ojos, eran de esperanza. Quería irse conmigo, tal vez vio a sus hermanos irse uno por uno y ella tuvo que quedarse, sola. La llevé. No quería parecer emocionado, pero no la solté ni un momento de regreso. Se acostumbró a estar conmigo y se durmió en mis piernas. Eso me provocó una ligera sonrisa. No era tan cachorrita y se veía en ella aun el espíritu de querer experimentar la vida, algo que es muy difícil mantener. Lo extraño era que ese día aun no era mi cumpleaños. Probablemente mi padre confundió la fecha como siempre, aunque prefería pensar que solo adelantó mi regalo. De esa manera me hacía sentir menos olvidado.

Salí a pasear con los perros, iba una mezcla oreo conmigo. Blanco y negro, grande y pequeño. La puse Kitra, como la banda de reggae que tanto me presume mi prima. No era un fan del reggae en sí, pero sentía que así estaba conmigo. Anduve por las veredas amplias que muy rara vez se veía en la ciudad, dando vueltas por los condominios adosados y me dejé llevar por las calles de mi barrio. No conocía a nadie ni me conocían, o al menos eso creía. No tenían razones para saber quién era ni que hacía mi familia al menos. Se sentía agradable no ser nadie por un momento. Alguna que otra mirada hacia mi cabello polar pero ya estaba acostumbrado, se sabía la diferencia entre una mirada superficial de pena o curiosidad y una mirada maliciosa, las que están llenas de prejuicios. Una señora se me acercó cuando llegaba a la cuarta cuadra de caminata y me preguntó por la raza de mis perros. ¡No, el otro me refiero! – me decía. Preguntaba por el perro blanco, el que no era mío, el que no tenía fuerza. Le decía que era un cruce entre pomerano y french poodle. Me dijo que parecía que los quería mucho, me despedí con una sonrisa. No dije nada más, solo me fui. Me molestó un poco realmente, pero lo comprendía. Suponía que las mujeres les gustaba ese tipo de perros. No conocía a ningún hombre que fuera dueño de un perro de esa raza, tampoco me lo imaginaba. Ni siquiera homosexuales, que uno creería por el prejuicio. Los gays que conocía preferían gatos, lo cual me resultaba de lo más interesante.

Llegó el siguiente día y fui directamente a ver las correas, salí cuando ya la casa parecía ajena y miserable como siempre. Opté por el mismo camino, quería saber que era disfrutar el paisaje por segunda vez, cuando ya lo ves claramente y sin sorpresa. ¿Y qué raza es el blanco? - preguntó otra señora. Mismo cuento, lo dije todo con sarcasmo, aunque ella no lo notó. Pasaron los días y la gente preguntaba por lo mismo, nadie quería saber la raza de mi Kitra, todo se llevaba el orgulloso de Darth. Incluso hasta llegaron a compararme con el perro diciendo que somos iguales, maldije en mis adentros, yo no podía ser como ese perro ¿o sí? No podía ser como Darth, me negaba a serlo. De tantas veces que decía la raza ya lo hacía de manera mecánica sin perder el tono de respeto. No llegaba a sonar pesado ni harto de la vida; esa siempre fue mi habilidad, nunca mostraba lo que realmente sentía, pero sentía con mucha intensidad.

Llegó mi cumpleaños y no podía estar más aburrido. Saqué las correas una vez más porque no había razón para quedarse en casa y la reunión que organizó mi empleada era en la noche. Preferí salir antes que de costumbre porque no quería llegar a oler esa sensación de claustrofobia en la casa ese día. No quería sentirme mal, al menos no en mi cumpleaños. Estando ya en la puerta sonó el timbre del teléfono. Fue sorpresa y tenía mi mente distraída en la nada, extrañando un pasado que no tuve. Fui a contestar, pero en el proceso se soltó la correa de Darth, el bandido zorro blanco disfrazado de perro. Se me resbaló de la mano y la puerta estaba abierta. Dejó rienda suelta su naturaleza, corrió como si de la muerte estuviera escapando. Corrió como esos seres que no regresan, como esos que no planean regresar. Lo dejé libre, no podía importarme menos. Contesté. Era mi prima, como si mi consciencia se manifestara en una llamada. Se lanzó con un grito de emoción y sentí su abrazo de felicitaciones a través del teléfono. ¡Feliz cumpleaños Alejo-jo! – gritó con un entusiasmo sazonado de risas. Me contó de su experiencia hasta ese momento de sus locas vacaciones en una isla llamada Curazao y que todo era genial excepto al hablar con un nativo, no les entendía nada porque su lengua era el papiamento. Yo le dije que me estaba viendo la cara con sus historias, se reía con toda naturalidad. Preguntó por su perro, yo le dije que no podía estar mejor, que era educado y que el único problema era que a veces ensuciaba la casa. Era cierto todo eso, no podía quejarme de ese perro realmente pero no me terminaba por gustar. Simplemente no congeniábamos. ¡Cuida a mi pequeño conquistador de galaxias por mí! – gritó de apuro antes de colgar. Darth, nunca entendí por qué escogían nombres así. Muy extravagantes y pretenciosos. Bueno, sabía que mi prima le puso ese nombre porque le encantaba Star Wars. Ella era así, le gustaba rodearse de las cosas que más le gustaba. Era natural en los seres humanos, pensé. Pero en mí no tanto, no me sentía a gusto con mi alrededor. Creí que algo andaba mal conmigo, si bien sabía lo que no me gustaba, no sabía que sí me gustaría. Prefería estar solo, no rodeado, eso es seguro.

Kitra, aunque era fuerte siempre regresaba a mí, desde el primer día. Una vez la solté y corrió como maniática, pero al darse cuenta que no la estábamos siguiendo, regresó a donde estaba Darth con un rostro de emoción e incitación. Quería que la siguiéramos, era obvio. Era de frente, lo que quería iba a por ello. Me agradaba mucho eso de mi perrita. Darth era más evasivo y le gustaba hacer creer que no era muy fácil de complacer. Su forma de mover las patas y su orgulloso frente era una forma de disipar el hecho de que era muy pequeño para realmente hacerse respetar. Pero en ese momento tenía todo el poder de hacerme sufrir. Sabía perfectamente que le podía pasar desgracias a ese perro: atropellado, una pelea con otros perros, perderse, ser secuestrado. Todos esos casos eran válidos, a mucha gente le he visto desear tener a ese perro y quitar la correa no era tarea difícil. Además, ese perro tenía la costumbre de hacerse amigo hasta del ladrón. No sabía diferenciar el mal en la gente, no como Kitra.

Corrí un poco, luego desaceleré mi paso. No había prisa, el perro no podía estar lejos. Tomé la ruta de siempre, ya con cinco días de paseo en los mismos lares debía haber generado una memoria muscular en esas pequeñas patas. Ya daba mi tercera cuadra y nada, era más rápido cuando no se limitaba a la cadena de la domesticación. Luego lo vi, una bola de pelos blancos albinos y unos puntos negros profundos, debía ser Darth. Me apresuré sin hacer mucho escándalo para que no notara mi presencia o sino se iría más lejos. Sabía que no me agradaba y a él tampoco le agradaba igual, pero teníamos un contrato. Vivía en mi casa y yo me ganaba el cariño de mi Karla. Mis intentos fueron en vano, me regresó a ver como un venado al oír un eco. Reaccionó de la forma esperada y empezó a caminar en dirección opuesta a mí. Ya para ese punto me había acercado lo suficiente, caminé hacia él. Después caminé rápido, luego troté, luego corrí. Y el maldito perro me seguía el ritmo. Me tenía a la par. De milagro pasó un camión de carga haciendo mover el piso con su estruendoso motor. Paró y se enrolló en sí mismo, demostrando su vulnerabilidad y cobardía. Por fin lo alcancé. Tomé la correa y le di dos vueltas a mi mano. Sentí lástima por esa rata albina, cuando lo atrapé estaba temblando. Estaba consciente de su debilidad, sabía que ha estado expuesto desde el principio y aun así salió a conquistar el mundo. El buen Darth…

Levanté mi cabeza para buscar el camino a casa. Para mi sorpresa, me encontraba en una calle que nunca había visto antes. Perdí la noción de ubicación en mi propio barrio. Aún seguía en los conjuntos residenciales de clase así que no me preocupé por mi seguridad. Caminé un poco, pero las calles aún no se sentían del todo correctas, solo familiares. Pensé en soltar a los perros para que me dirigieran, pero el imaginarme hacer lo mismo otra vez con Darth simplemente me hizo desechar la idea. Pensé que no podía ser peor y decidí simplemente caminar. Sentí que el sol se intensificaba de manera gradual, el cansancio era más evidente. Recordé de inmediato que me había olvidado de traer mis cremas por seguirle al bendito perro con instintos callejeros. Lo recordé muy claramente como los había dejado a la puerta en un canguro muy pasado de moda. Me tranquilicé un poco al pensar que era inútil quejarse para ese punto. Al cabo de un rato la sensación de desorientación se desvaneció y empecé a trabajar en regresar a mi casa. Escuché algunos pasos aproximarse por mi espalda, me sentí ligeramente amenazado, pero luego pararon. No me atreví a regresar a ver por si esa persona reaccionara mal, solo continué mi camino. ¡Wow! ¿de qué raza es tu perro? – Dijo una voz suave y juguetona, una voz amarilla ligera. Yo solo respondí la clásica french-pomerano. No, del otro perro me refería – respondió como si estuviera harta de escuchar esa respuesta como yo. Me aproximé a verla de verdad, era toda una belleza. Apariencia suave, dientes blancos que conjugaban con su piel azucena. Llevaba un pijama azul con estrellas y un saco café para no recibir el frío de la mañana. Había salido a la tienda, su mano llevaba una funda de pan y leche. No tenía ni una pizca de maquillaje y aun así se veía muy bien. Empezó a comentarme de lo mucho que le gustaba mi Kitra y que su nombre le parecía de lo más original. Lo que más le gustaba era su aspecto de lobo, formidable y respetable. A mí también me gustaba ese aspecto de ella, aunque su personalidad no reflejara al respetuoso canino de las montañas. Dijo algo acerca de sus patas y dejó salir una risa agraciada que provocó unos hoyuelos chiquitos y dos medias lunas en vez de ojos. Tenía los ojos rasgados y pupilas grises y el labio inferior más grande que el superior. No le pude poner atención a lo que decía, solo me dejé llevar.

Se despidió al recordar la razón por la que salió afuera, se despidió con amor de Kitra y unas cuantas palmadas a Darth. Me miró extrañamente después de haber visto de cerca a Darth y luego sacudió ligeramente su cabeza, como si negara algo. Pareció que quiso despedirse con beso en la mejilla, pero se detuvo. Tal vez pensó que no había mucha confianza, o tal vez se dio cuenta de mi rostizada piel que debía estar por haber seguido al condenado perro. Si no estaba rojo por el sol lo estaba de la vergüenza, una belleza así y yo toda una desgracia. A pesar de mis nervios me dio una sonrisa que se mantuvo mientras se alejaba. Reconocía esa sonrisa, era de esas que decían que querían quedarse más tiempo.

Regresé a la casa casi flotando, no sentí ni siquiera mi regreso. Estaba en un modo estúpido. Alimenté a los perros y les cambié el agua para botarme a mi cama a esperar que fueran las 7 pm. Me quedé dormido, soñé que estaba en una casa ajena y sonaba el teléfono. Contestaba como si fuera la mía, al otro lado de la línea estaba aquella chica con la que topé, pero hablaba como si fuera mi prima. Preguntó por Darth y me presumía de su viaje con su novio mientras que timbraba mi prima a la puerta que se veía a través de la cámara. Dijo que trajo el pan y alzó la funda, en ella estaban pequeñas Kitras y un Darth en tetra pak. Fui a abrirla cuando sonó otra vez el timbre. Esta vez era el de verdad. Bajé las gradas y atendí a los invitados, eran mis tíos Samantha y Arturo Segovia, los padres de Karla. Pidieron disculpas por su ausencia, sabían que me llevaba bien con ella. Recordé el sueño y pensé que esa chica que conocí me recordó mucho a ella. Mis tíos me dieron un regalo en una caja de color amarillo y por la ausencia de Karla decidieron regalarme $200 más. Adultos, siempre creían que podían comprarme con dinero. Serví algunos bocaditos, vinieron más gente y la pila de regalos empezó a aumentarse. Era solo para aparentar, lo sabía perfectamente. A partir de las nueve empezaban a venir personas que nunca había conocido, solo me daban dinero como una cortina para aparentar bien y se iban a las mesas a conversar con mi familia. Eran hombres de negocio acomodados, no escatimaban en darme $500 sin arrepentirse en el proceso. Supongo que querían quedar bien conmigo. El resto de la noche se dedicaban a formar alianzas y acuerdos para prosperar en algún negocio lucrativo. Yo me iba con algunas cajas de regalo a mi cuarto a abrirlos, no es que me gustaran, sino que no había otra cosa qué hacer. Aunque de vez en cuando salía algún regalo interesante. Como ese reloj Festina que me dio mi tío Gonzalo. Debía admitir que de todos los lujos el que realmente me gusta era el recibir un reloj con clase. Para mi suerte, ese día llegó otro regalo fantástico: un reloj Omega de correas de cuero de color café roble. Venía en una caja de exhibición de esas que me gustaban. Gracias tío Arturo, o debería decir gracias Karla.

Llegó el siguiente día y desayuné el pastel de cumpleaños o lo que sobró de ello con un poco de leche. Salí a pasear por el barrio, esta vez sin los perros. Me olvidé de ellos por un momento y ya me encontraba a algunas cuadras cuando me había dado cuenta de su ausencia. No quise regresar, me pareció bien como estaba. Esta vez nada de rutas prefabricadas, solo caminé en el laberíntico sector de mi ciudad. Sentí perderme dos veces, pero regresaba a los lugares conocidos por arte de magia. Caminé más de la cuenta, sentí que buscaba algo. Tal vez quería toparme con alguien, con las señoras que siempre preguntan por el perro. Pero solo quería que me vieran pasar. A los niños que se enamoran de Darth mientras se asustan de Kitra. Pero esta vez ni se acercarían. Tal vez quería toparme con esa chica de nuevo. Ya era mi tercera vuelta, esa piedra ovalada ya la había visto antes. Continué mi rumbo y aunque tratara no podía perderme, mi mente era buena para trazar mapas. Desistí, entré a una tienda a comprar unos cigarrillos deseando que no preguntaran por mi edad. Pagué por ellos y salí pensando si prender uno en ese momento o más tarde. De repente, apareció la luna. Era ella, quise saludarla y me di cuenta que no sabía su nombre. Oculté rápidamente la cajetilla y me acerqué con intención de dar un abrazo para luego estrecharle la mano. Fue muy vergonzoso. Yo le hablaba torpemente, sabía que mi léxico temblaba. No podía ser peor. Pero ella no me hacía sentir incómodo, al parecer le gustaba como me expresaba, como un total desastre. Me preguntó por los perros y les dije que les había llevado a que los bañaran y peinaran para que no terminen enmotados. Mi mentira me sirvió como recordatorio, aunque a la final nunca los llevé ese día. Estaba diferente, ahora estaba arreglada. Tenía una camiseta blanca con una falda negra que cubría la mitad de sus piernas y la otra mitad estaba con medias largas, dejando sus rodillas expuestas. Me gustaban sus rodillas, eran dos pelotas que se movían hipnóticamente cuando me contaba algo. A veces hasta se movían más que sus brazos. Yo solo podía admirar la vista.

Me preguntó a donde iba y por qué parecía que tenía prisa. Yo intenté calmarme, quería demostrar que estaba relajado, que su presencia me agradaba. Le había dicho que realmente no, yo solo quería dar un paseo porque estaba harto de andar en casa. Se rió aludiendo que era muy temprano para sufrir de agorafobia. Yo solo asentí con la cabeza, no tenía idea de lo que decía. Empezamos a hablar de las fobias y de por qué nos gusta estar encerrados en unos días y en otros solo queremos salir. Yo quedaba fascinado con todo lo que me decía, era muy interesante. Me habló de los lobos que eran su animal favorito, con su forma de caminar y la mirada inmutada de esos ojos caninos. Me mostró su tatuaje en su espalda, era uno ligero pero muy sofisticado. Era la cara de un lobo con trazos sueltos y dos lunas llenas en vez de ojos. Quise tocar su piel tatuada pero me contuve. Sin darme cuenta estábamos caminando, paseándonos a nosotros mismos. Su nombre era Akemi, decía que su familia no era de aquí. Le pregunté la razón por la que terminaron en un lugar tan lejano. Me dijo que su padre le gustaba el país. Sentí que le disgustó el tema o que recordó algo amargo, pero luego me sonrió. Le dije que el día anterior había sido mi cumpleaños, se alegró como si fuera el suyo. Me dejó una sensación cálida al escucharlo, sus rodillas bailaron un poco. Le conté que realmente no me gustaba mi cumpleaños, no me gustaba la idea de tener que obligar a la gente de que se acuerden de mí cada año. Las fechas carecían de valor para mí. Me dijo que me entendía pero que no estaba de acuerdo, que ella solo celebraba los cumpleaños de las personas que realmente le importaran, que si se acordaba era porque esa persona era especial, nadie la obligaba a nada. Me gustaba cuando se ponía seria.

- ¿Sabías que cada día es un día menos? Es verdad – lo dijo con toda la seriedad del mundo, como si fuera un hecho

- ¿No se supone que es un día más?

- No, tu vida ya tiene contados los días. No eres inmortal, algún día morirás. Sea cual sea el día, siempre es un día más cerca de la muerte

Realmente me convenció, no podía contra esa lógica. Lo decía tan firme que simplemente lo crees, no puedes luchar contra alguien que cree en sus ideas. Lo curioso era que ni siquiera llegaba a ser deprimente o pesimista, sino realista. Sentía que ella veía la realidad y eso me hacía sentir en un sueño, irónico.

Terminamos en un parque pequeño con rejas, normalmente estaba cerrado con candado, pero esta vez la puerta estaba abierta, unos chicos con sus perros estaban dentro conversando. Entramos sin darnos cuenta de su presencia. El perro más grande se acercó sagazmente y nos ladró en sentido de amenaza, como los perros que ladran en los patios de las casas cuando un extraño camina por la vereda. Yo sentí peligro, iba a alejarla del animal, pero ella se agachó. Inmediatamente, el perro se calmó como si de buda se tratase. Se dejó acariciar y volvió con su dueño. Yo solo me dediqué a seguirla. Nos quedamos en un banco y empezamos a hablar de todo, de aves exóticas y de platos típicos, de gatos y perros, de películas y series. Me contó que de lo que más le gustaba de los lobos era la heterocromía en sus ojos. Yo solo seguía escuchando palabras que no entendía, pero me encantaba. Seguimos hablando y sentía que todo pasaba rápido, todo parecía un sueño. No se sentía como la realidad.

La mañana se nos fue y vio su reloj en la mano izquierda, saltó como conejo. Dijo que estaba atrasada, pero no me dijo para qué y se fue. Se detuvo un poco para despedirse, esta vez con un cálido abrazo. Sentí su pelo sumergirse en mi nariz, era todo un placer. Yo regresé volado, no sabía si quiera donde estaba el jodido parque dentro de mi mapa trazado en mi cabeza. Me llegó los nervios, ya era la hora del almuerzo y no me encontraba en casa. Realmente no me importaba perderme, solo que si no estaba allá a la hora de comer era posible que mi empleada le avisara a mi padre. Luego mi padre me haría preguntas muy directas sobre ello. Todo eso me parecía totalmente innecesario, mi padre no tenía que enterarse. Los chicos ya se habían ido y decidí sacar un cigarrillo. Lo prendí y fumé hasta la mitad, luego lo boté y me fui. Encontré tras unas dos cuadras la tienda de los cigarrillos y me ubiqué inmediatamente. Me di cuenta que habíamos caminado en círculos, embobados con nuestra charla. Regresé rápido a la casa, no había comida ni nada, ni siquiera sonidos de personas caminando o limpiando. Algo resultaba raro, la casa estaba vacía. No había ni un alma. Subí a mi cuarto y estaba desordenado, bajé y la cocina intacta. Mi empleada nunca llegó, el resto del día me dediqué a limpiar lo que pude. Pedí pizza y me llevé la caja a mi cuarto para ver una película. Pensé en mi prima y dejé entrar a los perros para que durmieran en mi cama. Dejé a Darth sentarse a lado mío. Kitra no quiso subir y se quedó en la alfombra. Ni siquiera mi padre estaba, la casa era toda para mí y yo no podía dormir.

Salí al día siguiente, esta vez con los perros. Saludé a los vecinos de siempre y tomé el mismo camino. La encontré en el mismo lugar, como si ella quisiera que la encuentre. Fuimos al parque y hablamos un montón. Yo soltaba a los perros y cerraba la puerta del parque, así era más fácil. Así pasamos días, siempre íbamos al mismo sitio. Me contaba que se iba a un taller de fotografía y que le gustaba caminar por horas solo observando. Es así como me encontró aquel día. Le pregunté qué hacía en pijama esa mañana pero no me contestó. Se había puesto un poco roja, solo dijo que era muy vergonzoso que la haya encontrado así. No me importaba verla así, en el fondo me gustó. Le dije que me parecía raro que le gustara tanto la fotografía y no la viera con una cámara. Ella sacó una caja cilíndrica de su shigra y me la dio. Intenté abrir la caja pero me detuvo las manos. No, tonto ¡Esa es la cámara! – me dijo entre risas. Tenía algo que ver con una técnica antigua de tomar fotos, se llamaba fotografía estenopeica. Yo me derretía cada vez que decía una palabra rara.

Habíamos quedado una tarde para que me enseñara de qué se trataba esa técnica milenaria. El viernes en la tarde, ese día salía temprano de su taller y además necesitábamos mucha luz para hacerlo, así que esperamos a que sea la una. Me dijo que hasta me invitaba a comer, yo solo me preguntaba por qué las mujeres me pagaban con comida. Ese día me sentí extraño, esperé toda una mañana y no podía quitármela de la cabeza. Hasta que recordé que ese mismo día llegaba mi prima de su viaje con el novio, así que me puse peor. No sabía si era emoción o nervios, si era algo bueno o malo. Mi cuerpo siempre ha reaccionado de una manera misteriosa. No pude con la sensación de sosegada falacia, me estrangulaba hasta las canas. Salí y cogí un bus. A pesar de tener dos autos en el parqueadero prefería el transporte público. Mi padre tenía implantada un chip GPS para localizar los autos y verlos donde se encuentran desde su celular. No quería que supiera donde estaba, no me gusta que la gente sepa de las cosas que hago si no tienen nada que ver. Tomé el primer bus que pasó por la avenida, lo bueno de vivir en el norte es que cualquier bus se iba lejos de ahí, cualquier lugar era diferente, cualquier lugar era mejor. No sabía exactamente qué hacer así que solo me dejé llevar, me bajé cerca de la Carolina y caminé por las afueras de los restaurantes árabes. Observaba como bebían cerveza en jirafas y fumaban pipas de sabores. Solo era unos pocos comparado a la noche. A esa hora se dejaban llevar por el frío y la oscuridad para encerrarse a emborracharse y dejar salir sus pasiones más bajas. Al poco rato me aburrí, regresé. Esperé en el parque de siempre media hora antes, ni siquiera pasé por mi casa y me quedé con un ligero olor a shawarma.


Ella llegó, como las hojas caídas llegan al suelo. Se veía un poco extraña, no era su ropa, ella siempre iba con su estilo impecable y a la vez sencillo. Creo que tenía algo en su rostro. Me llevó a su casa en los lugares escondidos del norte. Parecía estar en el corazón de las tinieblas, era muy adentrado y no pude reconocer las calles. Cuando llegué sentí que la naturaleza se transformó en vivienda. Ella vivía en un conjunto de colores madereros y los adoquines se teñían de clorofila, era muy agradable. Entramos al departamento al fondo, yo esperé en la sala junto con el olor de las flores casi secas de la mesa de al frente. Algo tenía las flores secas que me hacían sentirme calmado, su aroma te llegaba como un violín triste. No pude evitar dedicarme a observar todo lo que pude de la sala. Los platos chinos colgados, los restos de arena dispersos por el gato, los colores cálidos y las curiosas fotos de su familia. No había muchas fotos de cuando era niña, todas parecían recientes. Miré una foto de quién supondría era su padre, un hombre calvo pero firme que daba un aire de seguridad a quién cuida y temor a quién se acerca. Su madre tenía una sonrisa chueca y forzada, se le notaba los rasgos latinos pero no parecía del país, al menos no de la zona. Era muy blanca para este país. Ella estaba a la guardia de su padre, en los hombros de la pequeña Akemi estaban dos manos fuertes y desgastadas de un hombre trabajador. Su madre tomaba la mano de la niña. Él, con todas sus facciones niponas, no sonreía o demostraba alguna emoción. Me quedé viendo a la niña, su vestido azul y su bufanda roja daba mucho contraste con su piel.

- Siempre odié ese sombrero

- Pero te queda genial, explora tu elegancia

- Era incómodo y me picaba la cabeza. Mi madre me obligaba a ponerlo para las fotos y como era muy grande me duró hasta el colegio. Pero como lo odiaba, la ropa debe ser cómoda no elegante

- No tienes muchas fotos de cuando eras niña…

Me cogió de la mano y me llevó hacia un cuarto oscuro, rojo oscuro. Era curioso que tuviera un cuarto así, las ventanas las tenía cubiertas y las paredes simulaban ser imperceptibles. Solo había oscuridad, mi corazón se aceleró al saber que estábamos solo los dos. Ella encendió un foco rojo y me mostró las fotos que había sacado con esa técnica y las cámaras estenopeicas. Eran puras cajas de diferentes tamaños y cada una tenía un hueco diminuto en el punto medio de una cara. Me encantaba aprender. Estaba tan emocionada por mostrarme toda su colección y su talento que no se dio cuenta de que brillaba como hoja de papel al sol. Cuando regresó a verme quiso aparentar que no se daba cuenta, tapando su boca con un juego de manos. Se rindió de lo ridículo que era su reacción y decidió ser más sincera. Se acercó a mí ahora con curiosidad y acarició mi cabello, le dio tres vueltas a un mechón y deslizó su mano hacia mi oreja y cachete. Sentí un suspiro y se quitó de inmediato. Me dio una lámina que la puso dentro de la caja y salimos a pasear, un poco apresurada. Me dijo que tapara el hueco con mi dedo antes de siquiera salir del cuarto. Yo traté de no mostrar mis nervios, quería demostrar mi determinación. Mi primera fotografía fue pésima, dejé demasiado tiempo expuesta y salió una mancha negra borrosa. Akemi se me rió, dijo que tranquilamente podría salir esa foto en un capítulo de América Vive. Sus rodillas bailaron un poco y arrugó un poco su nariz, eso era como un premio para mí. Íbamos y veníamos una y otra vez para revelar las fotos. Nos tomó todo el día.

Nos quedamos en su casa para ver la última foto, la que se supone que debía salir bien porque había fallado demasiado. Sus fotos eran perfectas, sabía exactamente en donde poner el estenope. Yo por mi parte podría ser contratado por pseudocientíficos para probar la existencia de fantasmas y alienígenas.

- No está nada mal, es mejor de lo que esperaba

- ¡Pues que tan mala imagen tenías de mí! Bueno, no te culpo. La fotografía es muy difícil

- No es difícil, solo debes practicar. Como todo en la vida. Consigue algo bello y busca su mejor lado

- Podría fotografiarte a ti

- A eso no me refiero – liberó una risa nerviosa y me picó el vientre


Como promesa, me sacó a pasear en su auto. Era muy limpio y tenía algunas cajas en la cajuela que podía ver desde adelante. Decía que eran especiales y no podía verlas. Yo acepté y sintonicé la radio, sentía que no había nada bueno. Tomó su celular y me dijo que pusiera la canción que quería. Era gracioso, su música era suave pero underground, no sabía muchas de sus canciones así que puse al azar. Sentí que iba en un viaje largo en carretera en una tarde olvidada, había olvidado lo que era salir con alguien. Me llevó a un restaurante árabe, de los de verdad. El señor que nos atendió no le entendí nada por su acento pero ella solo dijo lo que quería ordenar, yo le seguí. La carta estaba ordenada según qué tan picante era el plato, tenía como 15 platos. Me dijo que del séptimo su padre no pasaba y pensé que, si ese hombre de aspecto riguroso e inmutable no pasaba de la mitad peor yo, un simple humano. Pedí el quinto para demostrar mi valor y me quemé toda la boca, me aguanté y todo pero la verdad es que era muy obvio mi fracaso. Me contó que ella venía de Perú realmente, su madre era de allá y su padre era descendiente de los inmigrantes nipo-peruanos. La razón por la cual terminaron en Ecuador era todo un misterio, decía que esa parte nunca le contestan sus padres.


Terminé con el estómago hecho un hueco y Akemi impecable como siempre, era muy resistente a la comida picante ¡qué mujer! Era ya de noche y se me había olvidado de avisarle a mi padre. Esperé llamadas perdidas pero mi celular no tenía nada. En el camino sacó de una de las cajas de atrás un pastelillo del monstruo come-galletas. ¡Feliz cumpleaños atrasado! – me dijo mientras conducía con una mano. Me dijo que yo era ese monstruo y que cuando lo vio no pudo evitar pensar en mi cara de enojón, la compró inmediatamente. Dimos vueltas por la periferia de la ciudad y encontramos una biblioteca que prestaba el espacio para la proyección de cine independiente, el Chien Errant. Perro Callejero – me dijo al oído. Era gratis la entrada y se proyectaba en la terraza, la comida era la que te cobraba hasta la presencia. Nos pedimos unas papas fritas que no sé qué tenían que sabía a pizza con curry, debía ser el kebab.

Fue curioso, la película era española y trataba de un hombre acusado de violar a un cadáver en una autopsia que resultó que aún no estaba muerta y termina embarazada. Para variar el tipo parecía gay y nada me parecía tener sentido en la trama, benditos españoles. No fue para nada romántico pero ella pasó tomada mi mano, era tibia y temblaba un poco por el frio, era un lugar abierto después de todo. Pude ver a sus rodillas jugar un poco cada vez que pasaba algo interesante, quise tocarlas pero no lo hice. La mayoría del tiempo pasé viendo a ella más que la pantalla, su cuello con dos lunares en la parte derecha como para clavar mis colmillos ahí. Estuve tentado a lanzarme pero sentí que no era el momento.


Regresamos sin aprieto y nos burlamos de la película sin medida ni clemencia. Nos reíamos de todo. Vi que tomó el camino largo de regreso, yo era cambiando de canciones desde su celular y encontré Feel Good Inc., la puse sin pensar y ella me regresó a ver como si hubiera leído su mente. Yo abrí mi ventana y canté a toda, ella solo me observó sin cantar, aunque sentía que quería hacerlo. Tal vez quería verme en un estado que normalmente no solía dejar salir. Llegamos a mi casa, paró en frente y me dijo que había sido lindo pasar la tarde conmigo. Nos miramos un rato, muy profundamente y terminamos besándonos. Como si toda la tarde estuviera esperando que pasara este momento, como si tan solo esperáramos que la gravedad hiciera lo suyo. La sentí sincera, su labio inferior masajeando mi boca y yo absorbiendo su aroma para poder encapsular su recuerdo. Luego se alejó, sin ni siquiera verme a los ojos. Lo siento, tengo novio – me dijo entre dientes. Abrió el seguro y se volteó a su lado. Creo que debes irte – me dijo ya con la voz cortante. Yo salí sin prisa, sintiendo cada paso. Me despedí con la mano pero tampoco regresó a verme. Mi boca estaba dulce pero mis ojos y oídos se sumergían en amargura. Una parte de mi estaba feliz y la otra sentía que había perdido toda una batalla. No pensé más, entré a mi gigante amarillo. Los perros ya sentían mi presencia, ladraban al compás de una fábrica de plata. Sus ladridos eran campanas de un festejo que no me merecía. Me preguntaban por el oro pero no regresé a verlos, no me atrevía a decirles que lo perdí estando en mis manos.


Mi padre no estaba, ya se me estaba haciendo raro su casi nula presencia en la casa. Mi empleada sí fue esta vez y arregló toda la casa. Dejó la luz de la sala prendida, la apagué sin ganas y me arrastré a mi cuarto que también estaba prendido. Empecé a enojarme un poco pensando en lo descuidada que estaba siendo doña Carmen. Cuando entré sentí una silueta en mi cama, era Karla.


- ¿Qué haces tan tarde fuera de casa? – pronunció entre lágrimas lentas

- ¡Karla! Creí que no te vería hasta mañana. ¿Cómo entraste?

- Tú me diste esta llave, ¿lo olvidaste?

- No, no… oye ¿estás llorando?

- No, es solo que – rompió en llanto


Me contó que había llegado dos días antes de lo previsto porque su novio se había ido con alguna jamaiquina fácil y la dejó olvidada. Tomó un vuelo adelantado y estuvo en casa por un día. Mis tíos también se fueron de viaje así que no sabían que ella había regresado. No soportó la soledad de su hogar y vino a la mía, que me esperó desde el mediodía.


- Te preparé el almuerzo, pero tú nunca llegaste

- Lo siento, me cansé de estar en casa y salí. Me hubieras llamado al celular

- Tú nunca contestas, ni siquiera a tu padre – era cierto pero no venía al caso


Escuché todo lo que tenía que decir y alcancé a formular algunas frases que podría calmarla. Cada vez lloraba menos, esperaba que fueran mis palabras lo que ayudaba. Para ese entonces ya nos encontramos abrazados. Ella se dejó acurrucar en mí dulcemente, acarició mis vellos grises y blancos de los brazos mientras contaba las últimas gotas que salía de sus bellos ojos.


- Sabes, te pareces a él. Solo que no eres un imbécil


Me besó sin aviso desde abajo, yo no supe qué responder. Dos chicas en un día – pensé. Años sin que me pase nada y solo llega un día para que me pase una vida. Ella empezó a ponerse más cariñosa, más lasciva, más sangrienta. Yo tenía en mi mente a Akemi, no me la podía quitar de mi mente. Estaba un poco enojado, sentía injusticia al ver su reacción y repetía la escena una y otra vez. Los labios diciendo: tengo novio. De la nada, el olor a carmín rojo junto con jazmines mojados se me introdujo en mi ser. Parecía el olor de Akemi pero más fuerte, como si ella fuera un gato blanco y Karla un tigre albino. Quise decir que no, pero la chica nikkei no paraba de picarme el alma. Me lancé, la besé cada vez más profundo. Sentí su cavidad, la exploré con mi lengua y jugaba con la suya. Luego vi sus ojos, un color miel inmenso; y sus cabellos como extensiones de rayos de sol. Salté hacia el mar dorado, me bañé en su mirada y su perfume. Dejé de explorar su boca y exploré su cuerpo. De curvas ligeras, fáciles de seguir; conduje hasta el otro lado, hasta donde no había ido antes. Admiré su piel blanca, pasé mi lengua por su ombligo y tracé un camino por sus lunares en las caderas. De la miel salté a la leche y de la leche a la fresa. Ella me agarró del cabello y me arrancó unos cuantos cabellos, sentía que debía seguir. Regresé a su boca y a sus ojos. Tomé sus piernas y las pasé por las yemas de mis dedos para aclarar todo ese terreno tan amplio y suave. Entré en ella, la embestí con corazón. Era ahí mi sangre, mis lágrimas y mi sudor. Ella tomó mi cuello y se dejó llevar por mis brazos y mis embestidas. Sentí mezclarse mi sudor con el suyo, sentí ser uno con ella en cuerpo, pero en espíritu estaba con Akemi. Jugué con ella un poco más, lamí el dedo gordo de su pie, levantaba y bajaba sus piernas. Sentí que había liberado tanta presión en mi sangre que alcancé a soñar despierto, pero esta vez no me sentía dopado, sino que la realidad la sentí al mil. Esa noche dormí con ella.


Desperté solo al día siguiente, los rayos de sol me atacaron las pupilas y no pude seguir durmiendo. Me levanté con una increíble energía y la sensación de que tuve un sueño muy intenso. Al levantarme lo primero que sentí fue el aroma de una mujer con el cabello suelto, sentí su perfume y supe que lo que había pasado fue real. Bajé las escaleras hacia la cocina, era ella tomando un café en mi taza favorita. Miraba hacia la ventana y fumaba un cigarrillo, había encontrado el paquete de tabacos que compré aquel día. Estaba vestida solo con una camisa y se había limpiado el maquillaje. Se notaba algunos rastros de delineador.


- No se puede repetir esto, nunca más en la vida. ¿Ok?

- Ok, pero ¿por qué?

- Porque no, ¿sí? No debimos haberlo hecho

- Está bien


Comimos las sobras del almuerzo que preparó ayer, pollo teriyaki. No dijimos nada y se fue con una despedida un poco quebrantada. Tomó un taxi y partió a casa. Los Segovia, era los más cercanos a mí y los que más me traían problemas.

14 de Agosto de 2019 a las 21:45 2 Reporte Insertar 2
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Sofy Sanchez Sofy Sanchez
Gracias por compartir tu historia . Sigue escribiendo más novelas ! Que me encantaría seguirlas
Tarquino Sánchez Tarquino Sánchez
Muy buen texto y muy interesante la historia narrada. Felicitaciones Andres Sánchez
20 de Agosto de 2019 a las 19:16
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