Los Tres Grandes: Arena Seguir historia

aquila Ely Bee

Las vidas de Demyan, príncipe de la Atlántida, Fane, una guerrera novicia, y Aaron, un joven aspirante a artista, transcurren separadas hasta que un acontecimiento cruza sus caminos: La Titanomaquia. Sin planearlo, han quedado atrapados en la vorágine de esta guerra. Para salir de ella y volver a sus respectivas metas, tendrán que unir fuerzas para enfrentar villanos, dioses y quizás, a alguno de los doce titanes.


Fantasía Todo público.

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Calma

Demyan se estiró y dio un gran bostezo. Aquello fue un involuntario gesto para salir de su estado de sopor. En medio de su confusión, lo primero que observó fue que el Sol comenzaba a ocultarse. No recordaba dónde se encontraba.

Poco a poco el ruido homogéneo de fondo se aclaró en miles de voces hablando. Al reponerse, su cuello le dolió. Supuso que haber tomado una siesta mal sentado, era la causa de su malestar. Aunque incómodo, se sentía descansado. Pronto notó que alguien se había posado frente a él.

—Hola… —sonrió, somnoliento.

—¡¿Hola?!

La voz que le respondió fue dura y tajante. Demyan salió de su trance y para su mala suerte, frente a él estaba la última persona que esperaba le viera dormir: su padre. Estaba parado delante a él con su eterno porte correcto, majestuoso e inamovible.

—Se supone que estés presentable, no despeinado y con la capa como sábana. ¿Cuándo será el día que tomes estos asuntos en serio?

—Papá, yo estaba…

—No importa. Sería educado de tu parte ir al tocador y arreglarte esa cara y ropas. Procura no tardar que esto empezará pronto.

El hombre no dio un palabra más y, seguido de sus guardias, se retiró.

Aunque se tratara de su padre, aquellas palabras habían hecho que Demyan se sintiera “inoportuno”. No era la primera vez que esto sucedía y, muy probablemente, tampoco la última.

La tranquilidad se esfumaba cada vez que oía la voz de su padre dirigirse hacia él. Regaño. Orden. Regaño. Orden. Aquello no sucedía exactamente así, puesto que ambas sentencias podían aparecer juntas y como siempre, terminar en una letanía. Demyan sólo escapaba de ellas en sus pensamientos hasta que nuevamente, su padre lo pillaba en su divagación mental.

“Vaya manera de despertar” se dijo a sí mismo. Sintió incomodidad y un pequeño enojo. Dio un una exhalación tratando de deshacerse de la pena. Esperaba nadie los hubiera visto.

Se levantó y se propuso ir hacia los baños. No tanto por la orden de su padre, sino por el hecho de despabilarse y alejarse de la multitud que le empezaba a sofocar.

En su trayecto recordó dónde estaba: la Toscana, Italia. Había tomado varias semanas llegar ahí desde la Atlántida. El viaje había sido largo y aburrido, y lo único divertido había sido platicar con todos los tripulantes de su barco y jugar al “¿Qué tal si?” imaginando qué podría suceder cada que el navío tenía algún percance. Su padre no lo encontraba gracioso.

Al caminar veía cómo el mar de Liguria se tenía de colores rojizos. Sí, como antes lo había visto, estaba a punto de anochecer. Se veía relajante y bello pero, sinceramente no era algo que le emocionara. Al vivir junto al mar, aquella escena no le era algo nuevo. Tampoco le animaba estar en la presente reunión.

¿Por qué estaba ahí? Bien, su situación era la siguiente.

Al tener ya veintidós años de edad, Demyan debía involucrarse de manera más diplomática, y ciertamente política, a los asuntos de la guerra. Aquella contienda no era nada más ni nada menos que una guerra santa, una guerra que algunos bautizaban como la Titanomaquia. Dioses contra titanes, y ahora humanos contra titanes. En realidad, todos contra todos. Ese era el motivo de la reunión de más de mil personas en el salón principal del castillo oculto en los bosques de Cabo Piombino.

Su situación era irónica pues, aunque le pedían estar presente, en realidad nunca le informaban y, aunque lo habían entrenado, en realidad se la pasaba en la banca, o mejor dicho, en su trono. Aquella posición improductiva había logrado que a Demyan no le interesara en absoluto la guerra.

Era mucho qué pensar, lo cual corroboraba al caminar y escuchar a la gente que no reconocía, pero que inmediatamente le saludaban y hacían reverencia. Él les regresaba una ligera —y distraída— sonrisa.

Aquellas reverencias no eran para menos: Él era Demyan Vodacyzk, el hijo del rey de la Atlántida. Su título, al no ser más que un mero nombramiento, provocó en él cierta actitud despreocupada, que sin duda estaba chocando con este momento en el que su padre lo quería hacer partícipe de una situación la cual lo estresaba más y más al no tener nada qué conseguir o aportar. El príncipe se estresó al recordar que estaría escuchando sobre eso las próximas cuatro horas, al menos ese día.

El joven pensó en todas las maneras de sobrevivir a aquello pero, conociendo a su padre, hasta para ir al baño tendrían un ojo sobre él. Definitivamente la calma era la solución, y por calma definía fugarse. Quería quedar fuera del campo visual de su padre lo más que pudiera.

Sin embargo, en esta ocasión el hecho de fugarse era complicado: nunca antes había estado en el castillo de Cabo Piombino. Contrario a lo que cualquiera pensaría, el joven príncipe tenía un ingenio digno de su jerarquía, el cual debía usar si no quería pasar largas horas sentado y seguramente, dormitando. Entonces, pensó.

Si bien no conocía este castillo, éste no dejaba de ser un castillo y, por lógica, debía tener la misma estructura que todas estas edificaciones suelen contener. El príncipe comenzó a buscar escaleras escondidas detrás de puertas discretas. Caminaba con premura, pero hacía pequeñas paradas para no levantar sospechas, sobre todo en sus guardias personales, o peor aún, en su padre.

Siguió caminando hasta que observó a un centinela, que levantando una cortina café, abrió una puerta y desapareció. Demyan caviló que seguramente esas puertas lo llevarían a una torre caballera, otro piso de la torre misma o el pináculo de ésta. Concluyó que no iban hacia abajo debido a que los salones no se conectaban directamente con las torres de vigilancia. Ahora su plan estaba listo, sin embargo antes de dar un paso, sintió una mano sobre su hombro. Vaya suerte. Volteó y en seguida vio a su guardia personal, Ray Dohrn.

—Su alteza, ¿a dónde va con tanta prisa? —preguntó Ray.

—¿Yo? —Volteó a varios lados—. ¿Me hablas a mí? A ninguna parte, Ray. Sólo estoy explorando… tú sabes —respondió Demyan mientras se encogía de hombros para mostrar desinterés.

—Sí, le hablo a usted. ¿Seguro? ¿Este no es acaso algún otro de sus escapes?

—Vamos, ¿Cómo podría yo escapar si no conozco el lugar? —contestó Demyan, mientras miraba fijamente a Ray, porque si algo había aprendido el príncipe de la Atlántida era a controlar su lenguaje coporal, ya que efectivamente él escaparía tarde o temprano, pero su actuación no les permitiría saber cuándo.

Ray era un muchacho alto, como todos los atlantes, de tez bronceada, cabello rizado y ojos azul marino. A pesar de siempre verse enredado en las trastadas de su príncipe, le seguía teniendo paciencia; sin embargo, su fuerte sentido de lealtad lo hacía ponerse del lado del Rey y terminar llevando de vuelta a Demyan de donde fuera que éste se escondiera.

Ray hizo una mirada fija hacia el joven, quien desvió la suya hacia arriba, quedando pensativo, instante al que soltó un suspiró y confesó:

—Me quedé dormido y mi padre me mandó a aliñarme. Si voy a estar recluso, supongo que debo estar elegante, ¿no?

—Su alteza, no es así. No es un momento de reclusión, pero estoy de acuerdo en que serán muchas horas. Lo único que puedo sugerirle es refrescarse y no tardar, pues pronto dará inicio —contestó Ray mientras hizo un gesto condescendiente a Demyan.

Este último también mantuvo su porte y con una pequeña inclinación de su cabeza, agradeció a su guardia. El príncipe retomó su misión de escape, al mismo tiempo que en su cabeza se autopremiaba y aplaudía por tan buena actuación, ya que por lo menos había podido ocultar una de aquellas sonrisas pícaras que repetidamente lo habían delatado de sus planes para escabullirse. Sabía que había convencido a Ray, porque al echar algunos vistazos, éste ahora se agrupaba a los atlantes que iban con ellos, y mejor aún, no le había mandado cerca a otro guardia. Nuevamente se autofelicitó.

Esperó a que un grupo de varias personas pasaran junto a las cortinas cafés para colocarse detrás de ellas. Y así lo hizo. Abrió la puerta y empezó a subir unas estrechas escaleras que tomaban una forma en espiral y pronto lo llevaron a otra puerta. Al entreabrirla, no hubo luz, sino un largo pasillo que tenía unas saeteras, por lo que tuvo que apresurarse a cruzarlo si no quería que algún centinela lo sacara de ahí. Tomó unos minutos y entonces esta vez, abriendo una puerta, salió de los muros de piedra. Había salido, y mejor aún, escapado. Se dio cuenta que estaba en la azotea de la torre de homenaje.

Lo había logrado: era libre. Podía ver desde ahí el mar de Liguria, las costas de Livorno, y más cerca, las murallas del castillo, el gran patio de armas, los fosos… en fin, un espectáculo alumbrado por los rayos que aparecían al ocultarse el Sol. Comenzó a recorrer y miró que en los torreones circulares había algunos guardias parados con sus saetas o lanzas dando vueltas en el mismo lugar. Nada de qué preocuparse. Tomó la precaución de no quedarse por donde había salido, por lo que dio la vuelta a la torre y lo único que había era suelo, sin embargo a su siguiente vuelta, había alguien.

Allí se encontraba sentada una joven, quien estaba tranquilamente leyendo un libro. Su piel era blanca como el marfil, cabello avellana que a simple vista lucía sedoso, mismo que conjugaba muy bien con unos grandes y redondos ojos color gris. Al parecer vestía ropas de entrenamiento: un corsé de protección que cubría su blusa de manga larga púrpura, pantalones cargo y unas largas botas. Podía detallarse pero eso no ayudaba a Demyan a saber el origen de esta chica, por lo que su mejor conclusión fue que al igual que él, ella era una extranjera invitada a la gran reunión.

Demyan se quedó observándola, sobre todo a sus ojos grises, de los cuales pensaba que jamás había visto otros iguales en su vida. Aquellos ojos le recordaban a la neblina, la cual atrapa y difumina cualquier color que la atraviesa. Se encontraba tan inmerso que no reparó en que ella subió la mirada y la fijó en él.

El príncipe reaccionó y tan pronto pudo, se repuso y preparando un porte elegante, se presentó.

—Buena tarde, señorita. Soy Demyan, príncipe de la Atlántida. Es un placer coincidir en este momento de tranquilidad. Mucho gusto —propuso el joven, mientras sostenía un tono presuntuoso y ciertamente seductor.

Él esperaba a que ella cayera en su encanto, como solía resultarle con las jóvenes de anteriores ocasiones. Él pensó en que le preguntaría cómo había logrado llegar ahí y que, acto seguido, le solicitaría hacerle compañía. Sin embargo, la respuesta difirió de lo esperado.

—Aquí no es el recibidor —dicho esto, ella volvió a su libro.

Más que la respuesta, el príncipe se quedó pasmado ante el hecho de que la chica lo había despreciado, en sí, despreciado su actitud conquistadora que siempre, hasta ese momento, le había funcionado para impresionar a cualquier dama. Esto era realmente era vergonzoso, pero él tenía su orgullo, así que el reprochó:

—Pues aquí no es biblioteca —sonrió orgulloso.

Ella le devolvió la mirada y acto seguido cerró su libro. Se levantó y fijó sus ojos en los del joven —Tienes razón, esta no es una biblioteca. En una biblioteca la gente permanece en orden y respeta el silencio de los demás, no hay necesidad de llegar alardeando e interrumpir.

—¿Interrumpir? Estoy seguro que podría haber dado un poco más de diversión a tu aburrido momento, pero seguro es eso. Estás celosa de que yo sé cómo divertirme y tú no.

—¿Qué? Ni siquiera te conozco. Da igual. Eres un tonto que vino a arruinar mi espacio de calma. Ahora, si me permites, me retiro antes de que sigas... —antes de terminar su frase, ambos jóvenes escucharon que cerca se abría una puerta, por lo que inmediatamente la chica tomó al príncipe de la mano y como un rayo, ella los escondió detrás de unos baúles que probablemente guardaban armas.

—¡No tires de mí!

—¿Quieres que nos encuentren? —siseó ella mientras hizo un movimiento empujando al muchacho para sacarlo del escondite— ¡salte! —Él respondió con negativas viendo acercarse al guardia. Dicho vigilante se aproximaba cada vez más, por lo que la joven, con gran fuerza le quitó la capa al muchacho, y con una tela junto a los baúles, los cubrió a ambos. Aquel había sido un movimiento rápido y muy astuto, pensó Demyan, por lo que prefirió a que ella diera la señal para salir de ahí.

Pasaron alrededor de cinco minutos hasta que la puerta se escuchó cerrar, por lo que esperando un momento más, salieron del escondite de telas y ambos se arreglaron. El muchacho estaba atónito ante todos los movimientos de la joven, que aunque parecieron sencillos, la rapidez con la que los había ejecutado era asombrosa.

—Buen movimiento, “Morrigan”—exclamó él.

—¿Qué? No me llamo “Morrigan”—contestó ella, con el ceño fruncido.

—Me impresionaste, sólo eso —reparó él, tomando una posición erguida—. Cuesta agradecerte.

—¿Qué esperabas? Soy una guerrera. Mi trabajo es comportarme como tal –explicó ella manteniendo la mirada fija en el muchacho, mientras acomodaba su cabello trenzado.

—¿Por qué no lo golpeaste? Pudiste evitar el arruinar mi capa.

Ella puso los ojos en blanco y prosiguió: —Ser un guerrero no significa ser violento. También incluimos el sentido común y la táctica. Si lo hubiese golpeado, tendríamos que haberlo escondido y como probablemente están haciendo sus guardias, vendría otro al no ver que regresaba… y entonces ¿volvemos a golpear a otro y así sucesivamente? ¿Acabaríamos siendo criminales?... ¡oh claro! Y como ya no tienes tu capa, podrían no reconocer que eres un príncipe —exclamó sarcásticamente.

—Tienes mucha técnica, pero poco tacto —se quejó él, entrecerrándole la mirada.

—Me da igual qué pienses. Ahora bien, volviendo a lo que estábamos antes de todo este incidente, me voy.

El joven se quedó viendo cómo ella se retiraba, y después de pensar en que al final ella no lo había delatado a pesar de que no comenzaron del todo bien la comunicación, se apresuró y la tomó del brazo.

—¿Ahora qué? —exclamó ella.

—Quisiera agradecerte… ¿Quién eres? ¿Por qué escapas?

Ella suspiró, probablemente como gesto de que esta vez el príncipe no estaba jugando; parecía por primera vez, educado.

—No escapé: sólo me retiré un momento. Soy una guerrera candidata a unirme al menos como recluta para alguna brigada de la “Liga Hexagonal”. Mi encomienda es formar parte de un escuadrón de escolta… —dijo atrapada entre sus pensamientos hasta que cortó su explicación al ver cierta distracción en el joven—. ¿Por qué pensé que pondrías atención?

Él rápidamente bajó su mirada al ser extraído de su despiste.

—Sí te puse atención… estaba intentando identificar una pelusilla atrapada entre mis pestaña. ¿Me decías?, es que no entiendo, ¿Eres recluta para ser recluta?— preguntó.

—Olvídalo —contestó ella de manera muy seca, girándose. Sin embargo, al repasar con la mirada, notó que el muchacho la seguía mirando. “Agh” murmuró ella, mientras rascó un poco su sien —Mira, es por eso que estamos aquí. Aunque de donde vengo ya he completado mis entrenamientos, oficialmente no pertenezco a una brigada. Hemos venido a esta reunión a que nos asignen a alguna de las sedes oficiales de nuestro ejército —dijo ella mientras hacía figuras con su dedo sobre la pasta del libro.

—Pues sólo enlístate en algún escuadrón y listo —sugirió él, animoso.

—¿De verdad?, ¡¿Cómo no lo había pensado antes?! Soy una tonta —exclamó irónica e irritada. Pronto endureció su expresión—. No te complicas la vida, ¿cierto?

—Cierto —sonrió—. Y por eso, no me importa este asunto. Todo lo complican. Para eso subí aquí: no me gusta saber de los problemas ajenos. Nos gusta escapar de ellos, ¿no?

—Ya te dije que no escapé. Y si así fuera, te molestan los asuntos ajenos, ¿cierto? —contestó ella con cierto desdén.

El muchacho prefirió no preguntar, ya que además de que él mismo había hecho la afirmación de no querer involucrarse en problemas de otros, notó que ella parecía molesta, como si algo, o quizás alguien, la hubiese forzado a retirarse. Debía desviar el tema.

—Bien, ¿y de dónde eres?

—Yo soy de Dortmund, Alemania. Realmente no nací ahí, sino que llegué desde muy pequeña y me adapté por completo al sitio. Provengo de una ciudad más al norte.

—¿Dortmund? Dicen que es una ciudad muy fría ¿no?

—Estoy acostumbrada, aunque supongo que sí. ¿Y qué hay de la Atlántida? —preguntó ella, mientras ambos comenzaron a caminar hacia un balcón que parecía no estar vigilado.

—La Atlántida está dividida en dos partes; al sur es el paraíso tropical, y la otra es un sitio frío y seco —contó él mientras balanceaba sus brazos hacia atrás y adelante.

—¿En cuál vives tú? Déjame adivinar, ¿en el paraíso tropical?

Él se retrepó en una columna y cruzando sus brazos contestó: —Te equivocas. Vivo en la parte norte, donde todo es serio y monótono. Cuando era muy pequeño, visité una vez ese paraíso tropical… no he vuelto jamás. —El tono en que había terminado su respuesta, hizo pensar a la joven que la idea de no haber regresado le provocaba cierta molestia o nostalgia.

Ella decidió cambiar de tema, preguntándole al príncipe si de verdad era la primera vez que tenía partido en este tipo de eventos.

Pasando sus dedos por su cabello negro, corto y alborotado, y con apatía en su voz respondió que por desgracia no, la única diferencia era que habían viajado muy lejos para hablar del mismo aburrido y repetitivo tema. Eran horas y horas de escuchar planeaciones que, o no se llevaban a cabo o terminaban en fracaso.

—Gracias por no delatarme —dijo Demyan—, en serio. ¿Puedo hacer algo por ti?

—No hay de qué —asintió—. ¿Te parece que simplemente guardemos silencio? Porque parece que lo único bueno de todo esto, es que no lo hablemos —sonrió sarcásticamente.

Demyan dio una amplia sonrisa y afirmó con su cabeza. Antes de que pasara más tiempo, volvió su cara hacia la joven y preguntó: —Sólo una cosa, ¿Cómo te llamas?

—Mi nombre es Fane Rothschild —corroboró—. Yo también buscaba un momento de quietud —dijo ella de manera bromista.

Ambos rieron para luego quedar en completo silencio. Lo único que acompañó el momento era la puesta del Sol y el soplo de viento. Por un momento vivieron la calma que en un principio buscaron.

Él sonrió tranquilamente y contestó: —Bien, Fane Rothschild, es un gusto compartir el silencio con usted. Ambos regresaron su vista al crepúsculo y no dijeron más.

14 de Agosto de 2019 a las 04:43 0 Reporte Insertar 0
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