Ispravítelno-trudovýe lagueriá Seguir historia

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Alfred Bassetti


Esta historia es un relato único de un personaje que se encuentra en un dilema, entre él y su realidad, y cuyos eventos profundizan su situación personal, en un mundo aterrador. Expresión vívida de la realidad en los campos de concentración del siglo XX.


Cuento No para niños menores de 13. © Autoría de Alfredo Julio Bassetti, DNI 36.774.148

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Ispravítelno-trudovýe lagueriá


En unas horas es mi cumpleaños. Ya tengo veintisiete años, y siento que los días se me pasan cada vez más rápido, incluso estando en este lugar. Aquí el frío congela todo; el agua, los dedos, el cabello, hasta el tiempo.

Llegué a este Gulag hace seis años, justo antes de que ese enano cabrón de Hitler comenzara a disparar contra todo Europa occidental. Yo era apenas un joven tonto, recién salido de la adolescencia, cuando decidieron que me agarrarían y enviarían a esta prisión congelada.

Siempre que miro el paisaje imagino la fina cadena de oro que mi madre colgaba en su cuello, con un dije en el centro, una lámina con forma de sable. Aquí, las puertas, barrotes y alambres de púa son solo adornos al igual que ese sable, porque la verdadera prisión es la Siberia. No importa para dónde mires, en cualquier dirección se extienden más de mil kilómetros de bosque helado, a pura tundra, con altos pinos que no alcanzan a cubrirnos del viento gélido que golpea nuestros rostros. Las arrugas de la cara y frente se rellenan con finas líneas de hielo, que no puedes ver, pero que puedes sentir cuando mueves la piel de un lado a otro, escuchando sus crujidos.

Me trajeron aquí en un camión militar con pequeñas ventanas de vidrio y, cuando estaba llegando aquí, desde la cima de algunas colinas se podía apreciar la majestuosidad de aquel bosque sin fin, con espacios de llanuras blancos como la nada misma, reflejando la luz del sol, que solo brilla, pero no provee calor.

El camión frenó bruscamente, y la puerta delantera dio paso a un uniformado tapado de pieles hasta las orejas, que nos ordenó descender rápidamente. Bajando las escaleras, encontré frente a mi el portón de madera de casi tres metros, abierto de par en par, que introducía un pasillo largo hasta el centro del campo. A los costados, las murallas alambradas me generaban escalosfrios y preocupación, pero yo me sentía fuerte: mi propósito era un bien mayor.

Una vez que el pasillo acaba, se extiende un inmenso predio con algunos rieles de tren, cuyos vagones cargados de madera y minerales son empujados por varios hombres hasta el transporte más cercano, que luego se dirigirá a donde corresponda.

Extraño aquel paisaje que observé desde las colinas. Aquí adentro ningún paisaje se ve. Todo es gris, y la nieve mancha el aire. El humo de los destacamentos a veces llena los espacios cerrados y se me dificulta respirar, pero aun así prefiero ahogarme en hollín dentro del refugio antes que sacar la cabeza por la puerta durante las noches.

Los refugios ocupan los costados del pasillo, entre algunos metros de tierra, y los pequeños escalones dan acceso a los distintos albergues de madera, con las angostas camas apretadas cada menos de un metro y una pequeña hoguera cerrada de hierro al medio, alimentada a madera y carbón.

A las cuatro direcciones, se extienden los infinitos bosques de pinos, que comienzan luego de algunas suaves colinas. El propósito de esas colinas -contrario a mi idea de que bloqueaban los vientos- se hace saber casi de inmediato; luego de la subida, hay una paulatina bajada que es, posteriormente, trabajada a base de pico y pala por los propios prisoneros, donde se irán enterrando a los hombres que se transformen en inútiles, se rebelen o simplemente se rindan. Cada tanto tiempo se envían hombres a palear el terreno, y una semana después llega un transporte con los nuevos prisioneros, justo para hacer la limpieza de los antiguos huéspedes del Gulag. Los hombres que se rendían consumían demasiados recursos, pensaba yo, y no estábamos en una situación de abundancia.

He perdido bastante peso, eso sí. Lo noto, más que nada, en la ropa. El cinturón se me cae, y los abrigos tienen demasiado espacio entre el cierre y mi cuello, cosa que tampoco ayuda a que mantenga la temperatura. Algunos de mis camaradas opinado que, al final, a todos nos matan de hambre.

Aun las miradas son las mismas que en aquel momento, aunque los rostros hayan cambiado. La pesadumbre en la vista, el dolor de estar librando una batalla con un final incierto, las manos en el elemento de trabajo y el espíritu para seguir. Creía que lo que hacíamos era lo correcto. Creía que estabamos acá porque la vida lo quiso así, que teníamos que confiar en ello. Mi gran anhelo es un país próspero y libre.

Pero todavía me siento muy lejos de ese sueño; en este espacio todo lo padezco, nada es simple o pasajero. Me refiero a que ningún problema es ligero cuando hay tan pocas cosas de las que preocuparte. ¡Imaginenlo! Una gripe puede ser eterna, y un dolor muscular puede condenarte. Las caras de este lugar sufren en silencio, en secreto de ser vistos como débiles, inútiles.

Yanusz, mi primer amigo, fue lo mejor que me pudo pasar, al principio. Cuando yo llegué aquí, él ya estaba y en poco tiempo nos hicimos buenos amigos. Parecia tener más energía que la mayoría, lo que es una fortuna porque la buena energía se contagia, y, en lugares como este, vale oro. Yanuz trabajaba primero en los talleres, pero luego fue a las minas, donde tenía el trabajo más duro. Al final creo que se fue para la construcción del canal báltico. Esa obra sería una de las primeras obras de la Unión Soviética creadas enteramente a partir de trabajo esclavo, y una brillante vía de comunicación para el imperio -así se decía.

Algo me llamó la atención desde la primera noche que lo vi: llevaba un anillo de oro en su dedo anular izquierdo. Es obvio aclarar lo exótico -y riesgoso- que es portar oro en un lugar como este, pero ahí andaba él, moviendo sus manos con el anillo dentro de los refugios como si no tuviera nada que temer, un anillo que brillaba por el fuego de caldera que alumbraba la penumbra durante las noches. Durante el día, en las horas de trabajo, los guantes cubrían nuestras manos y su pequeño tesoro permanecía oculto. Eso me hizo preguntarme sobre su matrimonio, sobre su mujer. Aunque hayamos sido tan cercanos, él jamás dijo una palabra al respecto. Incluso quise averiguar entre otros hombres que decían conocerlo, pero ninguno sabía del tema. Parece ser que, lo que sea que escondiese ese anillo, moriría con Yanusz.

Por mi parte, cuando llegué aquí lo hice como hombre soltero, y no comprendía los virajes del amor. Podría decirse que aún no lo hago, pero en poco tiempo aprendí lo importante que era, para los hombres de estos campos, esa persona que alguna vez habían amado, o aun amaban. Algunos usaban sus recuerdos para seguir adelante, aguantar el día a día de las labores y la tempestad helada, y otros lloraban la pérdida. Había un tipo conocido, un sujeto en particular, que había sufrido el horror de tener ejecutada a su mujer frente a él. Los rumores que corrían entre voces decían que la obligaron a confesar sobre la situación de su marido, luego de someterla a terribles torturas -por días-, y cuando finalmente, entre sangre, llantos, dolor y hambre, admitió que su marido había conspirado contra la patria, golpearon su cabeza en la mesa de madera que los separaba a ambos y le clavaron un cuchillo por la nuca, viendola moverse frenéticamente como una gallina decapitada. ¿Se imaginan la impotencia?

El nombre de aquel hombre era Pável, Pável Florensky. Se decía que había sido un filósofo notorio en Moscú y, debido a sus ideas, ahora era un rebelde en el gulag; siempre se lo veía discutiendo, incluso cuando trabajaba en las obras más demandantes. Yo lo conocí solo un año, antes de llevarlo al bosque y colocarle un disparo en la frente.

En mi primera oportunidad de acércame a él no quería decirme ni una palabra. Por más extrovertido que pareciera desde lejos, en nuestra intimidad parecía retraído, asustado. En nuestra primera conversación, se guardó casi un minuto y luego me preguntó qué hacía aquí.

-No entiendo la pregunta- le contesté con sospecha, y me repitió la pregunta.

- ¿Crees en tu trabajo?

- Por supuesto, tengo fe en lo que estamos haciendo- afirmé.

Sus palabras, en ese momento, fueron incomprensibles para mi, pero quedaron en mi memoria y finalmente las transcribí apenas tuve la oportunidad:

-La fe no razona. Hay que usar la razón para cuestionar la realidad. La respuesta que la realidad concede a la razón que la interroga produce nuevas preguntas y estas, nuevas respuestas, y así sucesivamente, en un proceso que no termina nunca.

No era el tipo de palabras que solías escuchar en estos lugares, o en ningún otro, al decir verdad. ¿Porqué me había dicho tales palabras, y qué querían decir? Por muchos días me pregunté esto para mis adentros. Yo no soy muy estudiado -apenas si terminé la educación normativa- pero siempre me vi inteligente, así que pensaba en poder descifrar esa pregunta por mi cuenta. De todas maneras, muchos lo desestimaban por charlatán, e incluso más de un hombre enfurecido le ha dado una paliza.

Al poco tiempo, lógicamente, me rendí.

Durante un rato en el que pude moverme libremente -si se puede hablar de libertad- lo encaré en el descanso para pedirle que me explicase porqué me había preguntado esas cosas. Era la hora del almuerzo, así que supuse que él también estaría con algún tiempo para conversar.

– ¿Sigues teniendo fe, camarada? – preguntó sonriendo.

Mi reacción fue automática.

– Siempre.

En ese momento entró en silencio y, con una sonrisa, siguió tomando de su sopa de batata. Me molestó mucho su falta de respeto, pero no quería arruinar la relación, ya que me había comenzado a obsesionar con este personaje. Poco había sido lo que habíamos conversado, pero, sin embargo, en mis noches creaba en mi cabeza un mapa de ideas donde analizaba el asunto de la fe, y del trabajo. Después de todo, era un filósofo famoso, y en esta prisión nadie más valía la pena. Pero no fue mi genuino interés por su saber el que me llamaba a preguntarle cosas, sino el estar aquí en el Gulag; creo que, como dije antes, en este lugar las pequeñeces son todo un mundo, y cualquier idea -esperada o no- que desvíe la mente de lo que en verdad está ocurriendo aquí es invitada a seguir tocando la puerta.

Dije que me molestó, pero no fue solo eso. Ese día, luego de verlo sonreir, tuve deseos de hacerme respetar a los golpes. Nunca fui un tipo de mucha paciencia, y de joven era aun más arrebatado. Fue Yanusz, observandome desde hacía unos minutos, quien se acercó a cortar la conversación. Apoyó su mano en mi hombro y me susurró al oído.

– Mikkel, nos llaman a los bosques de leña.

Ese día no había alcanzado la ración de comida, incluso para los soldados. La sopa de batata estaba compuesta por agua hervida y una batata flácida. Si eras afortunado, quizás había una batata con otro pedazo adyacente, es decir una batata y media. Lo peor era tomar el agua de la sopa, porque dejaba en el paladar una sensación de sabor dulce que solo servía para recordar el chocolate, la miel, la comida…la gloriosa comida. Al menos teníamos azúcar morena, que dentro de Sovnarkom era otro recurso equivalente al oro. No servía para nada, en realidad, pero era de los únicos placeres que nos podíamos dar: Comer azúcar y fumar tabaco.

Los bosques de leña eran dos espacios cuadrados de varios cientos de metros, justo pasando las colinas y atravesando las fosas comunes, cubiertos a los costados y al frente por los infinitos pinos. Allí los hombres talan y trabajan la madera para lo que fuera necesario, desde leñas a paredes, con las estructuras de hierro en una esquina y carritos para transportar las maderas. Así que ahí anduvimos aquella tarde, trabajando en los bosques de leña con el frío en la piel y el agua de nieve en las botas. Aunque pesara, de todas maneras, siempre era mejor trabajar con Yanusz que sin él; esa energía que tenía alimentaba el fuego interno, que poco a poco se extingue en mí ya hace mucho tiempo. Sus chistes y conversaciones sobre mujeres me divertían tanto que algunas noches me acostaba recordando sus anécdotas y comenzaba a reír de nuevo, hasta que salían lágrimas de mis ojos. Era un excelente relator, y una persona muy alegre. Lo que era aun mejor era que él estaba muy seguro de lo que estábamos haciendo.

– Nuestra Nación será grande- afirmaba siempre que me escuchaba, ya sea jadeando o refunfuñando durante el trabajo.

Caminabamos junto a los hombres de regreso a los refugios, con el sol anaranjado comenzando a ceder el paso a la humedad ártica de la Siberia, mientras Yanusz me distraía, del infierno gélido entre el abrigo y mi piel, con una historia de una prostituta polaca.

– Tres, amigo… ¡Tres jodidas horas! Juro que esa mujer me hizo sentir un maldito Dios. ¡Siquierame dejó quitarme los pantalones! Me contaba mientras sonreía mirando al piso, como recordando con melancolía.

Yo solo reía, mientras intentaba dibujar en mi mente a una hermosa mujer, del norte, con cabellos trenzados hasta la cintura, cabalgandome sobre una cama. Lo que más me costaba imaginar era el calor de la cama, y en su lugar se formaba en mi cabeza una escena de sexo a la intemperie, con el culo hundido en la nieve y totalmente desnudos, en una mezcla de espontaneidad y masoquismo.

Pero la sonrisa melancólica de Yanusz se transformó en un gesto serio, de pena.

– Y solo luego de tres putas horas fue que pude entender qué era lo que intentaba conmigo, aquella muñeca…había estado tratando de sacarme el dinero del pantalón, que me colgaba a la altura de las rodillas…

Mi fantasía sexual se interrumpió de golpe, y cuando giré la cabeza me percaté de que Yanusz me miraba fijo, con una seriedad brutal, y estoy seguro de que, de haber tenido conmigo una navaja, hubiera podido cortar en dos el aire que separaba nuestros rostros.

– Es lo mismo con ese hablador, Pável. Te seduce con sus palabras, pero no es más que un traidor, y lo sabes. Todos lo sabemos. Ten cuidado con él, camarada.

Esos segundos fueron eternos; era la primera vez que me miraba de esa forma, y en verdad sentí miedo. ¿A qué se refería Yanusz con esas palabras?

En fin, ese suceso solo logró incentivarme aun más a averiguar de qué iba este tipo.

Así fue que los dados del destino dieron sus números y, a los pocos días, volvimos a coincidir. Una gran tormenta azotó el gulag entero, y todo ser vivo en ese lugar se acomodó en el primer lugar que pudo. Yo estaba en el sector de Pável, cuya cama se encontraba a algunos metros de la puerta principal del refugio. Parado en la puerta, miraba hacia su dirección, a sabiendas de tal coincidencia.

Se extendía un gran pasillo largo, con suelo de tierra y telas rotas, camas a los dos costados perfectamente alineadas, de largo de un senderito que, a lo lejos, parece achicarse hasta formar un punto. El techo, de forma triangular como cualquier construcción del norte, estaba sostenido por vigas de madera que cruzaban todo el edificio y sobre las que colgaban prendas de ropas llenas de pulgas, sucias de carbón o con sangre del perdedor de una apuesta.

Sobre las camas, cuerpos delgados, flácidos, muchos sin cabello y la mayoría sin músculos, retorciéndose del hambre y soportando el rezago del frío que entraba por los bordes. Desde la puerta solo se veían como bultos, como cosas encimadas sobre las camas. Y, a esta altura, ¿quién diría que no son cosas, objetos, simples… herramientas?

La orden estricta era de no establecer ningún tipo de comunicación desde el momento en que las luces se apagaban, y déjenme decirles que algo que nadie quiere hacer en un campo de prisioneros es desobeder una orden, porque, aunque creas que las cosas están mal, siempre pueden ponerse peor…mucho peor. Solía creer que llega un momento en la vida en que las condiciones son tan duras, tan insoportables, que ya no importa lo que te pase. Pero ese momento nunca llega, y a pesar del sufrimiento que estés pasando, el miedo a la muerte está un paso más allá, justo cruzando la línea, del otro lado del puente eterno entre el infierno y un lugar aun peor. De todas formas, aun existen los miedos reales.

Los hombres hambrientos, por ejemplo, le temen a todo, incluso a su propia sombra, así que mi figura no era la excepción;

la tormenta de nieve que había azotado el campo durante el día ahora enfurecía con la luz de la luna, sin miedo a que el sol la enfrente, cubriendo todo lo que tocaba en muerte, en blanco, en nada. Al comenzar a desplazarme sobre la larga hilera de camas, todas las cabezas daban media vuelta y miraban la almohada, como si de un monstruo se tratase. Lo que más me preocupaba no eran los hombres durmiendo, sino los que estaban despiertos, al otro lado de la puerta. En cualquier momento esa puerta podía abrirse y, en un instante, podría tener a dos soldados dentro del refugio haciendo preguntas y cargando sus fusiles. Pero nadie apareció aquella noche; ni el hombre más valiente hubiera sido capaz de salir a la intemperie con semejante temporal, porque hubiera sido más tonto que valiente, y más castigado que premiado. El primer castigo lo daría la naturaleza.

Me puse de cuclillas al costado de la cama y lo observé roncar: Lo que parecía haber sido una frondosa y ondulada melena eran ahora mechones sueltos de pelo, cortos e imparejos, débiles por el estado de hambruna y cansancio. Su barba, no muy larga, también tenía espacios vacíos y enriedos de mugre. Su piel morena destacaba en el campamento, lleno de caras pálidas del norte escandinavo. Probablemente debía ser de descendencia turca o de algún país del medio oriente. Recordé las historias sobre su captura y la de su mujer, y comencé a contemplarlo en su sueño. Pensé, ¿Qué soñaría un hombre con aquellos recuerdos? En esas circunstancias, y en este lugar, ¿sería capaz una persona de tener un sueño alegre?

La voz me pegó un susto.

–¿Qué quieres de mi, camarada? – susurró, mirándome con los ojos entrecerrados.

El fuego de la caldera en el centro del refugio iluminaba las dos rayas finas que, entre párpados apretados, eran ahora sus pupilas.

– Deberías dormir, Florensky– le contesté en automático. Tenía vergüenza de admitir que me agarró por sorpresa.

– Aquí nadie duerme, al menos no de verdad –dijo– mira a tu alrededor, camarada ¿ves a alguien durmiendo? Yo solo veo cuerpos tumbados del cansancio…todo sea por la patria, ¿no es cierto?

Hizo una mueca con la boca.

– Tu estás aquí por traición y espionaje– le dije con autoridad.

–¿Y tu, porqué estás aquí? – exigió, imponiendo su voz sobre mi.

–¿A qué te refieres?

Abrió los ojos como dos faroles y, con un gesto enloquecido como de quien ha visto un fantasma, desafió mi acusación.

– Tu eres el traidor, camarada. Aquí, aquí dicen que todos nosotros lo somos. Traicionamos a la patria, al pueblo. Al que creía en sus valores, en sus principios, lo condenaron en nombre de la patria.

Luego, Pável se hechó boca arriba en la cama, mirando al techo.

– Pero yo, yo no traicioné lo que sé, ni lo que pienso–respiró profundamente y siguió– dime, camarada, ¿alguna vez te detuviste a pensar porqué todo esto, este lugar, existe? ¿Pensaste cómo puede ser que en un paraíso de la patria haya campos de esclavos? A mi me parece obvio que no debería haber esclavos en el paraíso.

– Yo no tuve opción, pero creo en lo que los líderes están trabajando para el pueblo, para todos. No soy un traidor.

-No, camarada, no traicionaste a la patria. Traicionaste a tu humanidad, a tus valores. – con sus ojos repasó todo mi cuerpo, de pies a cabeza. – Mirate, aquí parado en un nido de muertos, y dime que me equivoco…ahora déjame fingir que duermo, si eres tan amable.

Estaba mudo. Me sentí en un jaque de tal magnitud que no sabía qué decir. Caminé, esta vez sin interés por los ojos que me observaban, hasta la cama más cercana a la puerta, y di media vuelta. Desde aquel lugar, se podía ver la imagen completa, como una pintura antigua.

Yo no era un traidor y, sin embargo, ahí estaba: mirando esta pintura con los ojos del artista que, alzando el pecho, se siente parte de la obra en el lienzo, girando la cabeza con orgullo de autoría.

Estaba haciendo lo correcto… ¿Estaba haciendo lo correcto?

Aquí me encontraba, dando la vida, el cuerpo y el alma por el proyecto de nación para la Rusia del pueblo, de todos.

Me metí en la cama cuatro horas después, cuando la tormenta había amainado.

La siguiente semana fue eterna y de mucho trabajo, pues eran días de vientos calmados y un sol tenue que resultaba ideal para juntar madera de pino seco y carbón, ya que las provisiones se estaban acabando. A mi me tocaba la mina. Estuve ahí la primera mitad de la semana, respirando porquería química y tierra hasta la hora de la cena. En todo ese tiempo no había visto a Yanusz, cosa que me parecía extraña dado que solían mandarnos a los mismos lugares de trabajo. La segunda mitad de la semana fue en bosques, en la parte de la tala. Debo decir que fueron los tres días más extraños que tuve en toda mi estadía aquí, casi sin viento ni nieve, con un sol suavemente cálido rosandome el rostro e incluso una de las cenas me sorprendió con un plato de comida un poco más robusto. Estaba alegre -o al menos no estaba triste- y quería compartir alguna conversación.

Esa noche estaba donde siempre, a un metro de la puerta del refugio dos, mirando en dirección a Pável Florensky. Caminé hasta su cama, esta vez sin importarme las miradas de los demás, y me puse de cuclillas.

– ¿Duermes, Florensky?

– Fueron unos lindos días, estos, ¿verdad? – me sonrió de entre sueños, con un bostezo.

Tenía una pregunta guardada desde hacía rato, y no pude contener mi genio. Lancé las palabras de golpe.

– ¿Es verdad lo de tu mujer? – pregunté– digo, ¿es verdad que la clavaron a la mesa frente a ti?

Me miró atento, y por un instante pareció cambiar de ánimo, pero luego contestó con el mismo tono de siempre.

– Las voces corren rápido en este lugar, ¿no, camarada? – me interrumpió – ¿quién aquí no ha tenido una historia similar, o varias?

Lo miré, pensando en esa idea.

– La tuya parece ser la más trágica, y la más extrema también– le contesté mirando los costados de sus ojos, inclinados hacia abajo con una expresión de pena y fatiga.

– ¿Qué demonios importa todo eso aquí…o a ti? Lo que pasó, pasó, camarada, y si quieres aportar algo podrías empezar por usar tu cabeza y empezar a hacer preguntas… pero no a mí, sino a ti mismo.

Volvía a repetir lo de las preguntas, y me encontré pensando con un poco de ansiedad.

– ¿Qué preguntas tengo que hacerme?

Esa, camarada, es la primera pregunta.

Me eché para atrás un instante, y me acordé de mi madre. Piadosa mujer, debo decir. Siempre había sido firme conmigo, a pesar de ser hijo único, pero aun así era la primera mano que veía en cualquier problema en el cual me encontrara metido. Lo que más extraño de sus agasajos era su comida. Añoro esos guisantes repletos de arroz y carne, adornados en queso y salsa de tomates especiada. Hervido en la salsa era la única forma en la que me gustaba el ajo; apenas crujiente, pero tierno, con un sabor suave como una pulpa.

Pensé en mi madre, miré a Pável y le pregunté:

– ¿Qué hiciste para entrar aquí?

Atinó a sentarse mientras se le dibujaba una sonrisa en la cara.

– Un traidor, ¿no lo recuerdas? – rió– Parece que educar las mentes es un problema para nuestra patria. Daba clases en la Nacional de Slavia.

Giró la cabeza y continuó, mirando hacia la oscuridad de la noche. Sus ojos apenas si brillaban con la luz de la caldera.

– Se me acusó de “Agitación contra el sistema soviético”, luego se me puso la palabra traidor en la frente y aquí fui a parar. Mi única traición fue el haber traicionado una vida más sencilla por el deseo de hacer algún bien en estas tierras de mierda.

Luego me miró de reojo, y sonrió.

– ¿Alguna otra pregunta, camarada?

Creo que yo mismo me estaba prohibiendo seguir preguntando, y él lo notó.

– ¿por quién temes, ah?

Levanté la frente y lo miré desde arriba.

– Yo no tengo nadie por quien temer. Ellos estarán bien– mentí.

Soltó una carcajada en mi cara.

– El hombre del otro lado del juego, que confiado está– soltaba entre risas sin aire.

Cerré mi puño para partirle el rostro, y mientras estaba tomando la decisión de si golpearlo o no, se me tiró encima y puso sus manos en mis hombros, mirándome como miran los lobos que, sin mucho esfuerzo, te dejan en claro que no deberías dar un solo paso más.

– Dime, ¿cuánto tiempo pasará hasta que agiten al sistema soviético? – preguntó– A las personas que amas las también las agarrarán, las harán añicos y quizás, solo si tienen suerte, las desecharan aquí para trabajar hasta morir, como yo– exhaló– …como tu.

Me paré sobre mis dos pies y caminé hacia mi lugar, contemplando la charla. Este hombre había visto mis temores, que yo pensaba como fantasías, y los había hecho reales. Esas fantasías trágicas con las que uno combate durante las noches habían transmutado en ideas sólidas, que se materializan incluso con la luz del sol. Ya no me parecía una completa locura, un delirio nocturo, que agarrasen a mi madre o a mi hermana sin ninguna razón. ¿Habría estado Pável aquí, traído a trabajar, sin ninguan razón? ¿Y yo, habré venido yo aquí sin motivo?

Unas horas después me dormí, y esa noche tuve el peor sueño que había tenido en meses, el cual todavía reaparece algunas noches para recordarme lo que en ese momento no entendí -o no acepté-, y lo que hoy siento cada vez que me devuelvo hacia mis adentros:

Las campanas suenan en gloria, los gritos de alegría se escuchan en forma de coro sobre las escaleras más altas de Stalingrado, y las banderas flamean en festejo del éxito. La nación es fuerte, la victoria fue de la patria. En el podio, los líderes proclaman el éxito, la luz y la libertad del resto del mundo que nos apresaba. Todos cantamos el himno nacional y marchamos a las fábricas que construimos estos años con tanto esfuerzo, esta vez como hombres libres, fuertes. El sol calienta nuestro rostro, y el aire está húmedo, quieto, denso.

Marchamos por unos minutos, y al llegar a la fábrica más grande, frente al Parlamento, todos quedan en silencio.

Las paredes no son grises como el hormigón, sino rojas y blancas, pero de un rojo amarronado, envejecido. Desde el techo de chapa caen gotas -desde todos sus lados- estremeciendo en el piso como golpes de un tambor. A mi nariz llega el olor fétido de la muerte putrefacta, y cuando bajo la cabeza por las náuseas veo un charco de sangre que se extiende desde los cimientos de la construcción y avanza lentamente hacia mis pies, mojando la base de mis botas.

Salto con rechazo hacia atrás, y al mover las manos unas gotas húmedas me dan en el rostro, asi que giro las palmas de mis manos hacia mi y solo ahí las veo, hasta las muñecas, pintadas de rojo.

La siguiente mañana fue rara, y pasé todo el día en mi mente, con mi cuerpo automatizado en las tareas como una máquina manipulada, pues el cerebro se estaba ocupando de entender todo esto. No tenía deseos de trabajar, no quería aportar algo al sistema soviético, no pensaba en la patria. Solo pensaba en volver a casa y abrazar a mi madre, en ver su sonrisa y saber que se encontraba bien, sana y alegre.

Recordaba mi infancia.

Era un buen chico, aunque siempre disfrutaba hacer enojar a otros. Cuando era más pequeño, solía arrebatar comida del plato de mi hermana Katerina, durante los almuerzos familiares. Ella se quejaba, y mi madre me amenazaba para que no lo hiciera. Te clavaré el tenedor en la mano, Mikkel, me regañaba con una sonrisa. Un tiempo más adelante comenzó a fingir, cada vez que me veía acercar la mano al plato de Katerina, que me apuntaba a la mano con el tenedor y, sagazmente, lo incrustaba en la madera a unos pocos centímetros de mi mano, con una sonrisa pícara de advertencia.

Las primeras veces me asusté, y luego empecé a jugar con su advertencia; trataba de moverme lo más rápido posible, y otras veces hacía todo lo opuesto, acercándome sigilosamente al plato como una araña sobre la mesa. Esa navidad había cocinado una tarta de manzanas con la que yo soñaba regularmente, y que le pedía que hiciera casi a diario. Me había sentado al lado de Katerina, y pretendía ser amable y divertido, pero solo estaba pensando en aquel momento en que nos sirvieran la comida, y en cómo devoraría mi porción de tarta y luego le sacaría un pedazo de la suya. Tan concentrado estaba en el asunto que, cuando atiné a meterle un manotazo al plato, mi madre clavó el tenedor con fuerza para asustarme, pero esta vez no fue en la mesa, sino que me hizo tres pequeños hoyos en el dorso de la mano. Dolió como la mierda misma. Por supuesto que fue un escándalo, y ella se sintió culpable mucho tiempo después de lo ocurrido. Por mi parte, yo nunca más saqué comidas del plato ajeno.

Pensandolo en ese momento, me sentía como la prostituta de aquella historia que me había contado Yanusz, queriendo sacarle dinero de los bolsillos, y luego pensé en él. Hacía tiempo que no lo veía dando vueltas por el gulag.

Caminé por los refugios mientras todos comían, buscando su figura, y lo encontré sobre una pared, entre dos árboles, fumándose un cigarrillo. Le sonreí amistosamente.

– Me preguntaba dónde habías estado.

– Salvandote el culo- replicó.

Lo miré con extrañeza.

– De qué est-

– Ven conmigo, camarada– me ordenó sin pensarlo.

Sentí un cosquilleo en mi cuerpo, y lo miré por unos segundos con algo de terror, porque sabía a dónde me llevaría.

– Vamos, hombre, que ya oscurece– insistió.

Caminamos unos ciento cincuenta metros, en total silencio, yo mirando mis propias huellas y él hacia el horizonte. Luego, llegamos a la cima de una de las pequeñas colinas, cerca de los bosques de leña. Delante de esa colina estaba lo que ya todos conocíamos: Una gran depresión, profundizada por palas y picos, donde se enterrarían otra tanda de muertos. Miré con atención desde la colina, y conté seis cuerpos. Entre ellos, pude distinguir una tez morena con cabellos ondulados, y una barba corta y enredada. Aún se movía.

– Tuve que hacerte el favor, camarada. Esa cucaracha te estaba pudriendo la cabeza, así que pedí un permiso de limpieza a nuestro comandante y me hice cargo de todos estos. – me palmeó la espalda de forma amable– quedate tranquilo, que ya falta poco.

Encendió otro cigarrillo y me ofreció uno a mi, el cual rechacé con recelo. Luego se dio media vuelta y, con la mano derecha en su cintura, sobre su arma de oficial, caminó hacia mi, tarareando el himno patrio entre caladas de humo.

Sacó su arma y me la puso en la mano.

– Ve, dispárale.

Allí estaba Pável, arrodillado en la zanja; su labio estaba partido, su cara sucia y la sangre iba desde la boca a la base del cuello. Sin embargo, sus ojos brillaban como los de un niño, y me sonreía en complicidad.

-– Sabes muy bien qué es lo que tienes que hacer, Mikkel amigo.

– ¡Sí, señor! – La voz de Pável resonaba de fondo.

Yanusz se acercó hacia él y le dio un golpe con el arma que luego me volvió a ofrecer, con el mango ensangrentado. Pável se tumbó sobre la nieve, riendo.

– ¡Mata a la cucaracha! – insistió Yanusz

– ¡Matala, matala! – repetía Pável, riendo a carcajadas.

Luego me miró a los ojos, con una mirada de pena, triste, de vergüenza. Me sentí humillado.

- Matame, matate, mata todo, camarada. Hazlo por la patria – dijo Pável, tan serenamente.

Yanusz me miraba con duda, y su codo parecía estar queriendo flexionarse, para dar vuelta el arma y cambiar de objetivo. Verdaderamente me asusté, y arrebaté el arma de su mano, con bronca, con furia. Apunté, cerré los ojos y escuché el sonido de la pólvora explotando dentro del hierro en mi mano.

Esa fue la última vez que vi a Yanusz, y o que oí hablar de él. Luego de aquella tarde, simplemente desapareció. Más adelante me enteré de que lo habían transferido a la construcción del canal báltico. Yo aun estoy aquí, en Sovnarkom, el gulag más alejado de la capital, sufriendo el clima y el tormento de este trabajo, de esta tarea que han puesto los líderes sobre nuestros hombros, sobre mis hombros. Tengo que ser fuerte, tengo que llevar a cabo el sueño del pueblo, tengo que cumplir mi parte en esta dolorosa empresa de una nación, -un mundo- mejor para todos. Pero, por las noches, me pregunto si esto es, verdaderamente, mejor para todos, o solo para unos pocos. Por las noches, me pregunto si estaré haciendo lo correcto.

Yo trabajo porque espero que la economía crezca, que la comida sobre, que podamos tener una buena vida.

Yo espero que este sacrificio sea por un mejor futuro para todos.

Yo espero que esto sea lo correcto.

Yo espero.

14 de Agosto de 2019 a las 03:11 0 Reporte Insertar 0
Fin

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