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denise-aylen1558723047 Denise Aylen

Kain forja su imperio vampírico y conquista todo Nosgoth junto a sus hijos. Mil años más tarde, su primogénito y fiel lugarteniente incumple una de las reglas de su amo, desatando así su envidia e ira y condenarlo a ser bañado por las aguas del Lago de los Muertos, donde sufrirá una agonizante tortura durante un milenio. Al tocar fondo, es resucitado como espectro, siendo así su tercer nacimiento, por el Dios Antiguo, quien le ayudará a cobrar su sed de venganza hacia sus hermanos y su maestro, convirtiéndose así en un Segador de Almas. ─LIBRO DOS. ─Los derechos de la franquicia son propiedad de Square Enix y Crystal Dynamics. Lo único que me pertenece es la creación del formato que aportará más detalles a la historia original.


Fanfiction Juegos Sólo para mayores de 18. © https://www.safecreative.org/work/1911172498382-soul-reaver

#gore #227 #violencia #acción #245 #378 #fantasía #sangre
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Preludio [Corregido]

Kain está deificado. Los clanes cuentan historias sobre él. Pocos conocen la verdad. Una vez fue mortal, como todos los de su estirpe. Sin embargo, su desprecio por la humanidad le obligó a crearnos a mí y a mis hermanos.


Mil años habían pasado desde la Segunda Masacre del Círculo de los Nueve y la caída de los Pilares. El autoproclamado señor de Nosgoth utilizó el cadáver de los mismos para edificar el Santuario de los Clanes poniendo a trabajar esclavos humanos y aprovechando el arruinado Pilar del Equilibrio para levantar su trono, donde dirigiría su decante imperio.

Con el ceño fruncido, reflejando indiferencia en su mirada, y sentado en su trono, Kain recibió a sus lugartenientes en completo silencio, mientras ellos lo reverenciaban sobre la plataforma antes de dirigirse a sus puestos. Su vieja amiga, la Segadora de Almas, lo acompañaba adondequiera que fuere; el vampiro tenía la palma de su mano ─garra─ derecha apoyada sobre el pomo, la punta de la ondulada hoja reposaba sobre la cerámica, y la guarda, representando el cráneo de un vampiro, miraba hacia el frente. Sentando en su trono de oro, construido por los humanos y tallado en el material varias figuras humanas, símbolo de la agonía y del lamento de la humanidad, el viejo vampiro notó la ausencia de uno de sus hijos.

Cinco de ellos estaban presentes en el salón: A la izquierda, Dumah, Rahab y Melchiah; y a la derecha, Turel y Zephon. Ninguno conocía el paradero de su hermano mayor, que tenía como costumbre ser siempre el primero en llegar y en presentarse ante Kain.

Como si de una obra de teatro se tratara todo esto, un hombre de piel albina y de largos y sedosos cabellos negros, recogidos con una coleta y con dos conjuntos de cabellos en cada lado de la cara, tapando sus orejas, hizo acto de presencia tras cruzar la entrada del gran salón del Santuario de los Clanes. Parecía estar reprimiendo las emociones y los sentimientos que habían estado acosándolo desde hacía varios años; la expresión de su rostro denotaba seriedad. El iris de sus penetrantes ojos era de un tono verde claro, casi dorados como los de su creador. Al igual que sus hermanos, su abdomen estaba al descubierto y lucía una inefable armadura que protegía su cuello, brazos, hombros y un poco el pectoral. Sus manos y pies habían sido reemplazados las características garras de vampiro, gruesas y peligrosas, capaces de atravesar los cuerpos de sus adversarios, o rajarles el vientre, o cortar la carne en cuestión de segundos, ideales para la caza y el combate. Vestía una calza negra con toques de marrón oscuro, la cintura era alta y abierta en la parte delantera, exponiendo su plano y musculosa vientre, ajustado por tres tiras elásticas. El calzado constaba de unas botas de hierro teñido de oro, cuyo elemento resonaba por toda la habitación con cada uno de sus pasos golpeando el suelo de porcelana. Su nombre era Raziel, el primogénito de los lugartenientes de Kain, a quien sirvió durante un milenio. Estuvo en los albores del imperio junto a él y a sus hermanos. Y, unidos, formaron las legiones que conquistaron Nosgoth.

Cada miembro portaba un estandarte de terciopelo de su respectivo clan en el hombro derecho, ocultando el brazo y la mano; Kain llevaba el suyo en un costado de su espalda, abrochado con medallón dorado en el pecho: El color violeta le pertenecía al clan Dumahim, el verde al clan Turelim, el amarillo al Melchahim, el azul al Rahahim, el verde agua al Zephonim, el rojo escarlata al Razielim y el rojo sangre el de Kain. Los símbolos tallados de cada uno eran un tanto complicados de describir.

El Don continuó evolucionando. Con el tiempo, se volvieron menos humanos y más… divinos.

Kain solía ser siempre el primero en cambiar para emerger con una nueva virtud. La evolución debía tener lugar algunos años después de la del amo. Hasta que Raziel tuvo el honor de adelantarse a su señor:

Armado de valor, decidido y confiando en su señor, el recién llegado lugarteniente reverenció a su amo dentro de la plataforma y reveló sus magníficas y fuertes alas de murciélago ya desarrolladas; durante el ciclo de evolución, éstas se habían dado paso a través de su espalda rasgándola dolorosa y lentamente. Las miradas atónitas no tardaron en aparecer, reacción que el pelinegro esperaba con anterioridad. Siendo el más fuerte de sus hermanos y la mano derecha del señor de Nosgoth, convirtiéndose en su hijo favorito y en alguien muy importante para estas tierras y el imperio, pues cabía la posibilidad de ocupar el trono en un futuro, cualquiera experimentaría un complejo de superioridad y de narcisismo. Pero Raziel no era de esos. Si bien era orgulloso y majestuoso, en la mayoría de las ocasiones demostraba ser alguien reservado, maduro, calculador y de pocas palabras.

Sin embargo, cuando la evolución llegó y cuando por fin aceptó que sus alas nacieran, una inquietante corazonada no había parado de acecharlo desde entonces. Pero sabía que tenía que controlarse. Normalmente el nerviosismo puede crear ideas equívocas respecto a una situación o hacia un individuo.

«─Conozco muy bien a mi maestro y he intercambiado opiniones con él en varias ocasiones. Dicha preocupación no tiene su razón de existir ─analizaba el joven vampiro, rememorando aquellos momentos.»

Kain, sin apartar sus intimidantes y dorados ojos de dicho don de su primogénito, dejó la Segadora de Almas a un lado y se encaminó hacia Raziel, quien mantenía sus oscuros labios sellados y el semblante serio mientras se ponía de pie.

Raziel nunca demostró debilidad ante su padre ni ante sus hermanos, menos lo haría ahora, una regla que él mismo se impuso después de nacer y juró nunca romper. Comparada con la inevitable orden de Kain…

Un vampiro no podía negarse rotundamente a la evolución pero sí retrasarla, algo que Raziel había hecho hasta finalmente aceptar la realidad. La evolución había finalizado para Kain, y éste no quería admitirlo. ¿Por qué permitir que su cuerpo continuara resistiendo aquel tormento, en vez de liberarlas? Además, no era lo mismo retrasar una desagradable apariencia para conservar la belleza; que sus hermanos estaban dispuestos a perder a cambio de más poder; a retrasar un don tan grande como lo eran unas alas. Todo tiene su límite, incluyendo el recipiente de carne que el alma necesita para resguardarse.

En la zona escápula, al principio, le habían aparecido marcas similares a las cicatrices de un curioso tono sonrosado y sobresalían de la espalda ─conocido como escápula alada─, generándole una incómoda y dolorosa aflicción que no todo vampiro podría soportar, menos los novatos. Y ni hablar del ganado humano.

Existe una etapa denominada Khrysallis: Un viscoso y resistente capullo envuelve al vampiro y éste sucumbe en un estado de inconsciencia de varios años ─normalmente medio siglo─. El huésped no puede alimentarse hasta que la metamorfosis se completase; despertará con un voraz apetito. La crisálida tiene que permanecer inmóvil durante ese lapso de tiempo.

Raziel pudo haberse ahorrado esa agonía si hubiese accedido a caer en un profundo sueño de no ser porque levantaría sospechas: Sus alas continuarían luchando para salir y una segunda columna vertebral se desarrollaría para sostenerlas, mientras que él disfrutaría de su letargo sin padecer dicho tormento. Como una larva a punto de convertirse en una radiante mariposa. El comienzo de la adultez.

Kain rozó sus garras en las alas de su primogénito, observándolas con desprecio, invadiéndole una ira intensa y los celos enfermizos. La textura era suave, haciéndolas lucir frágiles y recordarle la esencia de la piel humana mediante el tacto. Estaban hechas con dos delicadas capas extendidas de piel pálida con algunas manchas negras alrededor del brazo de murciélago. Los tres delgados huesos ─dedos de murciélago─ que se podían apreciar eran largos comparados a sus brazos y piernas. ¿Cómo pudo ser posible que su fiel lugarteniente se atreviera a insultarlo de ese modo? ¡Imperdonable!

Por parte de Raziel, éste tenía un mal presentimiento respecto a la situación, intentando analizar las intenciones de su amo moviendo despacio y discreto la cabeza hacia la izquierda y luego hacia la derecha. Sus hermanos intercambiaban miradas, y esa señal nunca fue ni sería buena. Tampoco lo era cuando observaban detenidamente a Kain, como si ellos estuvieran esperando una respuesta suya…

Por aquella desobediencia, el lugarteniente recibió un nuevo tipo de recompensado: la agonía. Experimentó un intenso y espantoso padecimiento recorrer por toda su escápula y ambas columnas vertebrales. Raziel cayó al suelo boca abajo. La confusión, la decepción, la humillación y la ira eran unas de las tantas emociones y sentimientos que conquistaban su mente. Oyó el crujir de los huesos de sus alas; Kain estrujó con sus garras los restos de las alas que había arrancado sin compasión y furioso, manchando la plataforma de los Pilares con la sangre de su primogénito, a la vez que lo veía retorcerse de dolor y cómo éste perdía el conocimiento.

Sólo había un resultado posible: su condenación eterna. El gran Raziel iba a sufrir el destino de los traidores y débiles: Arder eternamente en las entrañas del Lago de los Muertos.

El lago estaba ubicado en el centro de Nosgoth, al sur de la Cueva del Oráculo y el Bastión de Malek, al norte del Santuario de los Clanes, y en el extremo norte del marchito bosque Termogent.

En el centro del lago, donde existió hacía miles de años una agradable isla, ideal para el turismo, había nacido un enorme remolino de tono verdoso bautizado como el Abismo; se alimentaba de las empinadas cascadas y una especie de arroyos más pequeños que llegaban a los altos acantilados marrones que lo rodeaban. Gran parte se había secado y el nivel del agua había caído significativamente, dejando solamente el noroeste del mismo. La isla ahora no tenía rasgos distintivos y estaba dividida en dos sectores más limitados a cada lado del sumidero: Por el momento, una sola isla era accesible desde los bordes gracias a un puente de madera que se extendía desde la abertura del acantilado, conduciendo hacia los Pilares de Nosgoth y por donde mismo Kain y sus hijos habían venido. El pináculo de la Catedral Silenciada y la Chimenea se podían admirar sobre la cima de los acantilados, muy alejadas. La primera había sido construida por humanos como un arma sagrada de destrucción contra el imperio de Kain, concebida para cantar un himno mortal que destruiría a todos los bebedores de sangre de Nosgoth... ¡Oh la ironía que saborearían con el pasar de los años! Y la segunda se trataba de una chimenea, válgase la redundancia, que los vampiros habían construido siglos después del colapso de los Pilares para debilitar los rayos del sol creando espesas y grisáceas nubes. Su edificación comenzó después de domesticar a los humanos y tomarlos como esclavos para ponerlos a trabajar en ello.

El paisaje era escalofriante, y sólo los valientes se atrevían a asomarse por los bordes con tal de embelesar aquel fenómeno, una acción que Kain realizó segundos antes de que Turel y Dumah llegaran con el cuerpo de su hermano mayor arrastrándolo como un animal cada uno sujetando uno de los brazos, guardando silencio y clavando sus ojos al frente. Ninguno de los dos tenía compasión por el desdichado vampiro sino que les daba igual e inclusive los envolvía una inmensa felicidad: Se desharían de un estorbo y por órdenes de su amo. No tuvieron que mancharse las manos y tampoco tuvieron que arriesgar sus valiosas vidas enfrentándolo ─de vez en cuando, los hermanos tenían sus riñas pero nunca se atrevieron a ir más lejos, como un duelo a muerte─.

─¡Arrojádlo! ─ordenó Kain, con voz autoritaria mientras le daba la espalda a su primogénito al alejarse del borde y mover un poco su cabeza hacia atrás.

Turel y Dumah ejecutaron la orden sin reproches y dibujando una siniestra sonrisa en sus rostros.

Raziel cayó ardiendo en el fuego candente, hundiéndose en las profundidades del abismo. Un dolor indescriptible, una agonía incesante...

El tiempo se había detenido.

Sólo quedaba la tortura y un odio enfermizo hacia la hipocresía que lo condenaba a este infierno...

Transcurrió una eternidad y su tormento amainó, rescatándolo del precipicio de la locura. La caída lo había destruido, desfigurándolo por completo y transformándolo en un ser totalmente diferente y espeluznante, pero... ¡estaba vivo!

Su carne había tomado un color azul por las intensas quemaduras producidas por el agua que actuaba como ácido para los vampiros. Las pupilas dejaron de existir en sus brillantes ojos y sus párpados habían desaparecido. Sus arruinadas alas relucían cual capa de seda. La caída también había expuesto su segunda columna vertebral. Lentamente caía su desteñido estandarte invertido sobre su hombro derecho, con el que cubriría su horrible rostro y la ausencia de su quijada, simbolizando su separación del imperio de Kain y su traición.

─Raziel ─habló una desconocida, profunda y gruesa voz masculina, como si de un dios se tratase, teniendo su total atención─, ¡eres valioso!

23 de Noviembre de 2019 a las 04:41 0 Reporte Insertar Seguir historia
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