german335 German Martinez

Isaac Caro es enviado a Corsucal después de haber sido acusado de un imperdonable delito. Mientras espera su juicio, este joven, descubrirá que esta fortaleza no es una cárcel ordinaria y que las personas que lo rodean tienen mas cosas en común con él de las que jamas pudo imaginar. ¡Acompaña a Isaac y desentraña los misterios de Corsucal!


Fantasía Fantasía urbana Sólo para mayores de 18. © Copyright

#demonios #crimen #misterio #prision #universoheraldo
22
10.0mil VISITAS
Completado
tiempo de lectura
AA Compartir

Capitulo 1

El agua helada sorprendió a Isaac, quien viéndose envuelto en el inclemente frío, además de dominado por una sensación de ahogo, se impulsó con energía hacia la cabecera de la cama, sin tener en consideración la dura pared de ladrillos que la precedía.


Con su cabeza pulsando de dolor, se sentó buscando al responsable de su desagradable y húmedo despertar. A sus dolencias debía sumar el malestar en su espalda, causado por la cama, que siendo tan dura como una piedra y con una almohada en extremo delgada, le impidieron descansar en forma adecuada.


—¿Estás despierto o debo ir a darte un besito? —preguntó el guardia desde el exterior de la celda mientras miraba una cama a pocos metros de la de Isaac.


—¡No hace falta! —contestó un hombre de unos sesenta años mientras se sentaba—. Ya estoy listo para otro maravilloso día.


En ese momento Isaac detalló al guardia. Era el mismo sujeto que lo trajo anoche, pero aún le sorprendía el aspecto que él y los demás custodios de esa prisión tenían. El hombre, alto y fornido, vestía un hábito con capucha color azabache, similar al que llevaría un fraile. A la altura de su cintura resaltaba un correaje de cuero negro que brillaba notablemente, del lado derecho del cinturón caía lo que parecía ser una tonfa metálica, la cual refulgía al más mínimo vestigio de luz.


—¡Así me gusta, escorias! Hoy tienen un gran día por delante, pronto bajarán al área de recreación, prepárense —dijo el guardia tomando la cubeta de madera vacía con la que acababa de bañar a Isaac.


Segundos después de que este se retirara, el joven pudo escuchar el sonido del agua impactando contra una pared, como si de un azote se tratase.


«Ya bañó a otro infeliz», pensó Isaac al escuchar unos quejidos provenientes del exterior de la celda.


El compañero de celda de Isaac dio un salto y salió de su cama. Se vio al espejo y mientras hacía lo que parecía ser una pequeña rutina de estiramiento, miró al joven.


—Lamento no haberte despertado, él siempre llega a las seis y media de la mañana a llamarnos. Si no le contestas te hace eso. Cuando te gritó por primera abrí los ojos, y bueno, ya viste que no esperó mucho.


—¿Quieres decir que va a ser así todos los días?


—Así es, a menos que con el primer grito despiertes —contestó el hombre—, con el tiempo te acostumbraras y podrás evitar estas cosas.


—No me quiero acostumbrar a sus mañas, ni a este maldito lugar —replicó furioso.


—¿Te llamas Isaac, verdad?


—Así es —contestó el joven.


—Pues te toca acostumbrarte hijo, nadie llega a Corsucal por error, el que está aquí es porque se lo merece.


Isaac no dijo nada, en su lugar se interesó por contemplar la celda, así que, ayudándose con la luz verdosa emanada de las velas dispuestas sobre cuatro oxidados candelabros adheridos a las paredes, empezó a inspeccionar el lugar.


«Este sitio es un asco, como se nota que la suciedad es la que reina en esta cárcel», pensó él.


Frente a él se apreciaba una ducha con una delgada cortina y al lado, un inodoro bastante pequeño.


Las telarañas decoraban todos los ángulos superiores de esos curtidos muros, los cuales además carecían de ventanas.


Un viejo armario de madera a su derecha, dos sillas y una mesa de metal algo oxidada en el centro de la habitación, las camas y un espejo en una pared eran todo el mobiliario de la celda.


—Este lugar es bastante deprimente.


—Luego lo limpiaremos un poco más, antes estaba solo y era mucho trabajo, pero contigo tengo algo de apoyo. Y llegaste a buena hora, si no limpiamos pronto nos darán una paliza.


—¿Eso es legal aquí?


—Tenemos lo que nos merecemos, chico, en el fondo sabes que es así.


—Cada vez odio más a esos guardias.


El hombre soltó una débil carcajada.


—Bueno, la verdad es que, al llegar aquí, cosas como los guardias vienen incluidas en el paquete. Son como el juguete del combo de comida rápida para niños que venden en Mega Burger & Chips, no puedes evitarlo.


—Digamos que no quiero esa ración de comida.


—Imposible chico, todos nos la ganamos al volvernos criminales. Esta comida, si quieres seguir llamándola así, ya está sobre tu mesa, y para colmo de males, detrás de ti se encuentra esa abuela estricta, dispuesta a abrirte la boca y deslizarla por tu garganta si te rehúsas a comer.


—¿Todos?


—Así es chico, ¿sabes dónde estamos verdad?


Isaac dudó un momento mientras intentaba recordar lo que le habían dicho anoche.


—¿Estamos en “Tréboles” verdad?


—Exacto, este castillo es el de Tréboles, todos los que están en esta fortaleza sufrimos cosas similares, porque nuestro crimen es en esencia el mismo. Pero si te consuela, también creo que es injusto.


Isaac miró a un lado, reacio a aceptar las palabras de su compañero, por lo que cambió el tema.


—¿Hay forma de escapar?


—¿Y luego ir a dónde? Este castillo es muy duro, pero si escapas, cosa ya de por si imposible, sólo te espera un sufrimiento aun mayor cuando vuelvas a ser atrapado.


—Entonces existe algo peor…


—Siempre hay algo peor, en nuestro caso está el castillo por encima de este, se le conoce como Picas.


—Imagino que no nos gustaría ir a ese lugar —dijo Isaac levantándose de la cama.


—Estás en lo correcto —agregó el hombre mientras Isaac caminaba hasta el lavamanos, para asear sus manos y cara.


—¿Entonces los que están en las otras celdas están acusados de lo mismo? ¿Tú también?


—No es que estemos acusados, es que somos culpables. Pero para responder a tu pregunta, pues sí, aquí nos agrupan como si fuéramos cerdos. Todos los que están en estos pasillos tienen, como tú y yo, una muerte en sus hombros.


—¿Qué tipos de castigos imponen aquí? —preguntó Isaac empezando a masajearse el cuello y las partes de su espalda que logró alcanzar.


—Depende de la forma en la que actúes, pero el clásico y favorito de nuestro amigo el guardia, es que, si fallas en cumplir las normas, serás molido a palos.


—¿Tampoco tenemos derechos humanos o algo que nos ampare?


—Tal cosa no existe aquí, chico, esta prisión está diseñada para expiar nuestros pecados; es un purgatorio en el estricto sentido de la palabra.


—¿Por qué dijo el guardia que hoy era un gran día? —preguntó con cierto interés.


—Es uno de sus chistes, te dirá lo mismo todos los días. Si le preguntas y no te escupe la cara, te comentará que es un día más para arrepentirte de tus pecados.


—Vaya —Isaac rió irónicamente—, nos tocó un devoto como carcelero.


—Aquí todos lo son, creo que lo piden como requisito para ingresar a trabajar en esta porquería. Todos los guardias son parte de una religión extraña. Religión que los lleva a repudiar a gente como tú y yo.


Isaac se quedó callado un momento, ya se estaba quedando sin temas de conversación, así que hizo esa pregunta clásica que casi todos los reclusos se hacen al conocerse.


—¿Cómo fue lo tuyo?


—¿Crees que es la mejor manera de iniciar el día, chico?


—Tendremos que hablar de eso tarde o temprano.


—¿Te doy curiosidad, Isaac? ¿Quieres saber cómo me jodí la existencia y terminé aquí? —El hombre avanzó hasta el viejo armario y sacó dos uniformes grisáceos y unas botas negras.


Los conjuntos eran de una sola pieza y manga larga, las botas por su lado eran bastante brillantes. El hombre le arrojó la que sería su indumentaria a Isaac y empezó a cambiarse.


—Quítate la ropa sucia y no olvides tu placa.


Isaac buscó con la mirada una lámina plateada y rectangular, con varias letras y números grabados en ella, que colgaba de una cadena dorada enganchada al hombro derecho de su uniforme. Entonces, con mucho desprecio, retiró la cadena y empezó a quitarse el uniforme.


—¿Me dirás tu nombre al menos? Lamento insistir, pero dudo que tengamos un casino con bailarinas en el piso de abajo, lo único que veo que podemos hacer es hablar.


El hombre soltó otra carcajada.


—Me haces reír, Isaac, me llamo Rodrigo. No tuve oportunidad de presentarme anoche, te vi algo alterado y no quise decirte nada, preferí dejar que durmieras.


—¿Y tener este alegre despertar?


—El alegre despertar fue… un error de cálculo. —Rodrigo sonrió, en ese momento Isaac pudo detallarlo mejor.


Su compañero era un hombre alto y delgado, con una canosa barba de tres semanas, además, las entradas en su cabeza le insinuaban que en unos cuantos de años se quedaría calvo.


—Entonces, ¿me contarás como caíste aquí, Rodrigo?


—Eres mi compañero, tendré que hacerlo en algún momento —contestó él bajando la mirada—. Pero por ahora creo que deberíamos prepararnos, en unos cuatro minutos vendrá tu amigo a sacarnos al área de recreación y no es bueno llegar tarde, para hablar de mí tendremos los siglos que duraran nuestras condenas.


—¿Amas la puntualidad, verdad?


—No es que la ame, pero en Corsucal el tiempo es algo que debes guardar y respetar en todo momento. Aquí las rutinas se cumplen y son sagradas. La hora de dormir es sagrada, la hora de salir y regresar al pabellón es sagrada y por sobre todo, el tiempo de nuestra condena es sagrado. Recuerda eso y trata de que no te atrapen en el lugar equivocado, eso es otra cosa que se paga caro aquí.


—Lo haces ver muy fácil.


—La verdad es que no lo es, pero tratamos de que sea llevadero.


Tras escuchar eso, Isaac se giró hacia su cama, dispuesto a quitar las sábanas mojadas, en ese momento Rodrigo posó su mano sobre su hombro.


—No hace falta que te preocupes por eso aquí. Tampoco por la ropa, deja el uniforme sucio sobre la cama, no debes hacer más.


—¿Ah no? —cuestionó Isaac riendo mientras se colocaba el uniforme nuevo—. ¿Estamos en una prisión donde nos maltratan, pero tenemos servicio de cuarto?


—Digamos que aún nos queda algo de suerte, llámalo karma brillante. —Sonrió Rodrigo exhibiendo su amarillenta dentadura.


Instantes después de eso, el eco metálico de las celdas abriéndose empezó a escucharse por el pasillo, tras unos segundos el carcelero llegó e hizo lo propio con la de ellos.


—Se ven tan coquetas que me recuerdan a Stacy Hawk —dijo sarcásticamente.


—¿Qué clase de hombre escucha a Stacy? —preguntó Isaac a la vez que Rodrigo luchaba por no explotar en carcajadas.


—¡Muevan el culo! —rugió el guardia proyectando su voz por todo el corredor.


Isaac y Rodrigo salieron de su celda y enfilaron por el pasillo a su derecha. Las paredes siendo similares a las de su celda, exhibían como medallas al mérito, docenas de parches negruzcos, hechos por las manos de incontables reclusos que transitaron ese lugar siglos antes que ellos.


—¿Es tu nuevo compañero, Rodrigo? —agregó un recluso que se integró a la conversación.


El hombre era delgado, de tez morena, calvo y carecía de los dos maxilares frontales, por los rasgos de su rostro debía rondar los cuarenta años.


—¡Así es! —contestó Rodrigo asintiendo con la cabeza—. Isaac te presento a Jaime, llegó aquí hace un año. Su celda está en el inicio del pasillo.


—Vengan a visitarme un día. Tomaremos té y galletas —bromeó Jaime mientras caminaban—. ¿Ya le diste todos los tips al chico?


—En eso estaba… —replicó Rodrigo.


Cien metros después llegaron a una escalera de caracol. Los tres hombres bajaron hasta llegar a una sala que precedía una gran biblioteca. Allí se veía una veintena de mesones, donde podían sentarse unos quince reclusos en cada, los muebles se explayaban detrás de ocho guardias, los cuales, vistiendo su indumentaria negra, se encontraban ordenando a los privados de libertad en columnas para hacerlos pasar.


—¡Si hacen desorden les sacaré los dientes! —gritó un carcelero de rasgos asiáticos, alto y fornido, muy similar al que había despertado Isaac.


El joven se formó entre Rodrigo y Jaime, allí alargando el cuello detalló mejor los enormes mesones de madera donde uno de varios reos se encontraba leyendo.


—¿Libros es lo único que hay en esta sala? —preguntó Isaac.


—Te dije que no esperaras mucho de este lugar —murmuró Rodrigo.


—También tenemos juegos de mesa y cartas de póker, el alcaide parece tener un fetiche con ese juego, pero basta con ver el nombre de los castillos para que te des cuenta de eso —dijo Jaime desde atrás del joven.


Isaac y sus compañeros se vieron en la necesidad de hacer silencio cuando el guardia volvió a hablar.


—Presenten su placa e ingresen al área. Y no quiero desorden o les sacaré las muelas con un alicate.


Al escuchar esas palabras Isaac sintió un vuelco en el corazón.


—No puede ser… ¡No tengo nada! —murmuró tocando su hombro en busca de la cadena.


—¿No tomaste tu placa? —musitó Rodrigo tratando de no ser escuchado por nadie más que el joven—, te dije que no la olvidaras.


—Pero la dejé… ¿Qué hago?


—Corre a buscarla, no te dejaran entrar sin ella, debe estar en tu cama en la celda, intenta que no te vean.


Dando varios pasos en retroceso Isaac se dio la vuelta y empezó a correr escaleras arriba. Llegó a su piso y con su corazón pulsando violentamente, avanzó por el pasillo, intentando identificar su celda.


Todos los calabozos yacían abiertos, mostrando en muchos casos, los efectos personales de cada detenido. En unos se distinguían los uniformes sucios sobre la cama, en otros nada en absoluto, el joven trató de recordar el número de su celda, pero fue en vano. Finalmente, Isaac divisó una placa plateada en la mesa de una de las celdas.


«Ésta debe de ser la mía, seguro soy el único idiota que la ha olvidado», pensó colgándose la placa del hombro de su uniforme.


Notó que su cama ya se encontraba tendida y seca con sabanas limpias, así que se acercó a tocarla.


«Que buen servicio de habitación», se dijo Isaac sonriendo y mirando a los lados. Aún no podía creer el lugar donde se encontraba, se sacudió un poco la cabeza y ya se disponía a regresar con sus compañeros cuando un fuerte golpe en su cabeza lo hizo temblar.


—¡¿Pero qué…?! —gritó molesto cuando un segundo impacto cayó sobre su nuca.


Sus piernas se doblaron y perdiendo la fuerza para sustentarlo, lo hicieron estrellarse contra el suelo. Siendo el golpeteo metálico de la placa al chocar contra el piso lo último que escuchó.

6 de Agosto de 2019 a las 16:35 7 Reporte Insertar Seguir historia
16
Leer el siguiente capítulo Capitulo 2

Comenta algo

Publica!
Tenebrae Tenebrae
¡Excelente inicio! Intriga saber la causa del por qué Isaac está allí, pero de seguro tal respuesta se encuentra adelante, es interesante. La narración del espacio es excelente
August 13, 2019, 05:27

  • German Martinez German Martinez
    Muchas gracias por tu apoyo :D. Creo que esta semana podre finalizar esta historia. August 13, 2019, 10:16
  • Tenebrae Tenebrae
    Claro, estaré esperando las actualizaciones con gusto. Saludos August 14, 2019, 18:06
Helio Díaz Martín Helio Díaz Martín
Muy bueno el relato. Me encantó, y también el suspense que te tiene en vilo.
August 12, 2019, 06:51

  • German Martinez German Martinez
    Muchas gracias por sus palabras, compañero. August 12, 2019, 09:44
Lihuen Lihuen
Este relato es muy original y está muy bien narrado, me preguntó q tipo de cárcel es....se ve que no es lo habitual lo cual me deja intrigadisima
August 11, 2019, 01:49

  • German Martinez German Martinez
    Muchas gracias, ya voy a subir unos capítulos mas, espero que te siga gustando. :D August 11, 2019, 09:55
~

¿Estás disfrutando la lectura?

¡Hey! Todavía hay 6 otros capítulos en esta historia.
Para seguir leyendo, por favor regístrate o inicia sesión. ¡Gratis!

Ingresa con Facebook Ingresa con Twitter

o usa la forma tradicional de iniciar sesión

Universo Heraldo
Universo Heraldo

En el marco de una guerra ancestral que se libra entre las fuerzas de oscuridad y los seres de luz, los humanos se han visto obligados a combatir a los demonios que desde hace milenios intentan destrozar este mundo y todo lo que contiene. Es por esto que la orden de los heraldos nació, para frenar a los reyes demoníacos en sus intentos de transformar el planeta en un lugar donde imperen la ruina y la desgracia. Leer más sobre Universo Heraldo.