El Zapato Rojo Seguir historia

daniela-corzo-prado1562888191 Daniela Corzo Prado

Celestia es una esclava que vive en completo sometimiento, debido a su malvada madrastra, la condesa Evelyn Escarlét. Sus sueños de libertad son simplemente eso, sueños. Hasta que la condesa le ofrece un trato: su libertad a cambio de asesinar al príncipe del reino. ¿Podrá Celestia conseguir su libertad a pesar del precio? **** Esta historia es un retelling de "La Cenicienta"


Cuento No para niños menores de 13.

#retelling #principe #cuento #cenicienta
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El Zapato Rojo


Existió una vez una doncella, de ojos color zafiro y cabello brillante como la plata. Su padre, un respetado conde. Su madre, una pobre sirvienta de belleza despampanante. Ambos, unidos por un apasionado romance concibieron a Celestia, en una noche de luna llena.

Su nacimiento trajo tanto amor como odio, y es que el conde tenía una esposa, la desdeñosa condesa Evelyn Escarlét, y ésta dos quisquillosas hijas, Emma y Emily. Cuando la condesa se enteró del nacimiento de Celestia, mando ejecutar a la madre y robar a la niña. El conde, amenazado con revelar su secreto, acepto aquello que la condesa mandó sin objeción alguna.

La niña fue criada con un rango aún menor al de su madre, el de una esclava. Creció con cadenas en sus muñecas y tobillos, con el único propósito de mantener vivo el fuego de la chimenea. Es así, que su piel pálida se tostó por el calor, y sus vestidos se mancharon con las cenizas, recibiendo el apodo de “Cenicienta”.

Conforme iba creciendo Celestia o Cenicienta, recibía mayores tareas, orneaba el pan, mataba a las ratas, barría el sótano en el que vivía, y de vez en cuando se le asignaba bordar los vestidos de las hijas de la condesa. A escondidas, su padre solía bajar a verla una vez al año, en su onomástico, para regarle un pequeño sobre con dinero que Celestia atesoraba como la única muestra de afecto que había recibido en su vida.

Al cumplir los 18 años, el conde se despidió de ella, alegando que cada vez se sentía peor de salud, tenía una tos que no hacía más que empeorar cada día a pesar de las medicinas que la condesa le daba, y su apariencia era cada vez más esquelética, a pesar de comer los mejores manjares.

—Hija mía... nunca... dudes que... te amo —tose— Y amé... a tu madre, más que... a nada... en el mundo. —tose de nuevo. — Siento no... haberte dado... la vida... que te mereces... —Se toma un minuto para recuperar la voz. — Pero deseo que... un día... la condesa abandone el rencor... que guarda su corazón... y te libere, —tose reiteradas veces antes de continuar. — y si no lo hace... huye... huye muy lejos... donde nadie pueda... encontrarte. —Le dijo, antes de que la tos le impidiera seguir hablando y corriera escaleras arriba para ser atendido por un hechicero.

Esa noche, Celestia lloró hasta que se le acabaron las lágrimas, consciente de que su padre había muerto. Se vio encadenada, sucia y desnutrida, y se dijo a sí misma “¡Oh padre!, ¿Qué tan lejos crees que podría llegar antes de que la condesa me encuentre y me ejecute como lo hizo con mi madre?”

Y entonces continuó con sus tareas.

Pasaron tres días de la muerte de su padre cuando la condesa ordenó a Celestia que subiera a verla a su dormitorio. Ella obedeció y con las cadenas golpeando el piso entró en la habitación.

—¿Me mandó a llamar mi señora?

La condesa vestía una bata roja y cepillaba su sedoso cabello con esmero.

—Así es, tengo una tarea muy importante para ti.

Su mirada reflejaba pura oscuridad en el espejo. Celestia tembló.

—Dígame mi señora.

En la habitación consiguiente se escuchaba el griterío de sus hermanastras.

—Hemos sido invitadas al baile real que se realiza cada año por el onomástico del príncipe Josefit.

Una pequeña luz de esperanza se refleja en los ojos de Celestia. Ir a ese baile, con su madrastra y hermanastra distraídas, sería la oportunidad perfecta para escapar.

—¿Hemos? ¿Eso quiere decir que también estoy invitada?

La condesa endereza el cuello y la mira con desdén.

—Lo estás, pero depende de mí si deseo que vayas.

—¿Y lo desea?

—Nunca te he dado el permiso de hacer tantas preguntas —La regaña. —Solo calla y escucha.

—Si mi señora —le responde bajando la mirada.

La condesa se levanta, avanza hacia Celestia y tomándole el mentón la obliga a mirarla a los ojos.

—Irás sí. Pero no para lo que tú crees. Escúchame bien, es hora de que me pagues todo lo que he hecho por ti, sucia e insignificante niña.

Celestia se muerde la lengua para evitar refutarle. ¿Acaso debería agradecerle por quitarle su libertad y condenar su existencia?

—De haberlo querido te hubiera mandado a ejecutar con tu madre, si no lo hice fue solo por una simple razón y aquí la tienes: Tú has de matar al príncipe.

El corazón de Celestia comienza a latir con prisa luego de escuchar la orden de la condesa. Las lágrimas recorren sus sucias mejillas y contiene un sollozo.

Pero, ¿porqué…

—¿Por qué tú? —La condesa hace la pregunta en voz alta mientras regresa a su tocador y maquilla su poco agraciado rostro. Poseía unos ojos saltones escalofriantes y amenazadores, además de una nariz respingada en exceso—. Como habrás notado, mis hijas no son para nada bonitas, ni inteligentes, y no tienen nada que podría llamar la atención de un príncipe, además, jamás las expondría a correr un riesgo semejante. Sin embargo tú, eres hermosa como tu madre… —La mira de pies a cabeza con el menos sutil de los desprecios—…Bien vestida y arreglada podrás captar fácilmente la atención del príncipe, sin mencionar que tu vida no tiene mucho valor que digamos.

—Pero, ¿Por qué matar al príncipe?

La condesa la regaña con la mirada por preguntar, pero no tarda en responder.

—Porque es un impostor. Su padre me robó la corona que me correspondía por herencia, una corona que mis padres no supieron defender pero yo no me detendré, no descansaré hasta recuperar todo lo que es mío. Y tú serás mi arma.

—Y, ¿Qué gano yo?

Se atreve a preguntar Celestia sin hacerle caso a su prohibición.

La condesa sonríe en perfecta sincronía con el chasquido de sus dedos.

—Ganas tu libertad.

Después de su respuesta Celestia no volvió a hacer otra pregunta.

En los siguientes días, modistas fueron y vinieron para tomarle las medidas y confeccionar el más impresionante de los vestidos. Sus hermanastras envidiosas, criticaban cada elección suya a pesar de darse cuenta que poseía un excelente gusto.

Pasó una semana y el día llegó.

El vestido de Celestia era de un tono azul zafiro igual al de sus ojos, hecho de una seda brillante y decorado con perlas plateadas en el busto y cintura. Usó mucho cancán para elevarlo y una diadema plateada en la cabeza, sujetando su elegante moño, el mismo color plateado de la daga que oculto en sus mayas. Apenas y se aplicó maquillaje, su piel limpia y bronceada brillaba a la luz de la luna, uso rubor en las mejillas, un labial rojo y los combinó con zapatos de tacón del mismo color. Una mezcla extraña pero lo suficientemente llamativa para atraer todas las miradas en el baile. Incluyendo la del príncipe.

Celestia lo hipnotizó con la mirada dándole a entender que correspondía su atracción a pesar de que él no era para nada agraciado. Hombros demasiado anchos, abdomen prominente, baja estatura y ojos muy pequeños para su rostro.

El príncipe no esperó mucho y le pidió acompañarlo en el primer baile, luego el tercero, el quinto y el sexto. Y cuando sus pies estaban demasiado cansados se escabulló por los pasillos sabiendo que él la seguiría.

Celestia llego hasta el primer balcón que encontró y se apoyó en él.

—¿Por qué se oculta bella dama? ¿Acaso no disfruta ser el centro de las miradas?

—No es mi actividad favorita, para ser sincera.

—Entonces, ¿me permite acompañarla?

Ella asiente y dirige su mirada hacia él.

—¿Y usted porque me siguió? ¿Acaso no piensa disfrutar del baile celebrado en su honor?

El príncipe Josefit sonríe.

—Para serle sincero, usted es lo más interesante de la fiesta.

Celestia siente una punzada en el pecho. Esperaba que el príncipe fuera como toda la gente rica que conocía, arrogante y orgulloso. Su actitud hace todo más difícil, pero nada vale más que su libertad.

—Yo no me llamaría “interesante”.

—Entonces, ¿me permite conocer su nombre?

—Me dicen Cenicienta—Él eleva una ceja—. Nada especial, solo que de niña amaba jugar en la chimenea.

—Y a mí me dicen El príncipe audaz.

—¿Y eso por qué?

—Porque sin importar que, siempre consigo lo que quiero. Y ahora eso eres tú.

Y allí estaba la arrogancia de que Celestia esperaba.

—No me considero una propiedad que poseer.

El príncipe hecha la cabeza hacia atrás y ríe.

—¡Oh por favor! Una mujer que no desea ser poseía no se viste para atraer la atención. Desde que entró en el lugar pretendía que yo la deseara, y ¿adivine qué? Ha logrado su cometido. La quiero mañana en palacio, será una de mis meretrices, no importa lo que deje atrás yo sabré compensarle muy bien. Solo deberá aprender a complacerme.

En ese momento algo se apoderó de Celestia, fue como si todo el odio, la impotencia y la rabia que había sentido toda su vida brotara de ella. Estaba harta de ser tratada como una plaga y un objeto. Se vio en el reflejo de los ojos diminutos de aquel príncipe y fue cuando notó su coraje. Tomó la daga escondida en sus mayas y lo apuñalo en ellos. El príncipe se tambaleo y cayo de bruces en el suelo lanzando un descomunal grito. Celestia aprovechó su confusión para volver a apuñalarlo en el pecho y estómago. Él la tomo de las muñecas luchando por su vida, casi rompiéndoselas en el intento, pero Celestia ya poseía la ventaja y propinándole un último corte en la garganta le arrebató la vida.

Angustiada miró al hombre desfallecido en el suelo, guardo la daga ensangrentada y saltó del balcón hacia el primer piso. En el proceso dejo caer uno de sus zapatos, sin importarle continuó con el escape y antes de que alguien notara lo ocurrido ella ya estaba de nuevo en el sótano donde había crecido.

En la oscuridad una figura humana tomó forma y unos ojos gigantescos la miraron con desesperación.

—¿Lo hiciste?

Celestia no se inmuta ante la pregunta de la condesa. Saca la daga bañada con la sangre del príncipe audaz de su escondite y se la muestra.

La condesa emite una risa frenética, casi no puede contener su alegría.

—¡Oh estúpida niña! Te he atrapado. Ahora cuando el rey se entere lo que pasó te entregare a él y no dudará en mandarte a ejecutar. Y a mí, a mí me dará la mejor de las recompensas, casará a una de mis hijas con su segundo hijo y seremos aún más ricas de lo que somos gracias a la fortuna de tu padre.

Y continúa riendo.

Los ojos de Celestia se inundan de rabia y desesperación. La ha engañado, su malvada madrastra le ha tendido una trampa. O eso es lo que la condesa creía. Ésta oculta la llave del sótano en su escote y esbozando una sonrisa se dirige escaleras arriba para encerrar a su hijastra quien la sigue sigilosamente y la ataca por la espalda.

Esta vez las puñaladas son más agresivas y precisas, no deja ninguna parte de su cuerpo sin herir, y se sorprende de lo mucho que disfruta de matarla. Al fin, Celestia ha podido hacer justicia y lo ha hecho con su propia mano, su madre estaría orgullosa, está segura de eso.

Toma los ahorros obtenidos por los regalos de cumpleaños de su padre y huye de allí dispuesta a encontrar su libertad.


***

El decreto real ha llegado a cada rincón del reino, incluyendo a los oídos de Celestia, mientras huye por el bosque:

“El príncipe Josefit ha sido asesinado. El reino de Ares está de duelo. Pero no hemos de llorar sino de vengar con puño de acero su muerte. Se encontró una prenda de la asesina, un zapato rojo abandonado en las escaleras de palacio. Cada doncella del reino ha de probarse el zapato, a quien le quede el zapato es la asesina, y será ejecutada al amanecer”.

Celestia experimenta una subida de adrenalina con la noticia. Sabe muy bien que para entonces cada una de las fronteras de Ares está siendo resguardada por los soldados del rey. Escapar del reino no será tan sencillo como pensó. Sin embargo, hay algo que ella le arrebato al príncipe audaz luego de su muerte, el deseo incontenible de tener todo lo que quiere.

Conforme llega a la primera frontera se prepara para la lucha.

Celestia se ha quitado el destellante vestido pero vistiendo esas mayas es imposible que los soldados no la noten.

—Hola bella dama, ¿a dónde cree que va?

Celestia cuenta a los soldados y se da cuenta que sería inútil usar la daga en su contra.

—Camino hacia la mansión en donde sirvo, gallardo caballero.

—No piensa dejarnos sin antes cumplir la orden del rey, ¿no es así?

Uno de los soldados saca de una funda el zapato que Celestia perdió. Lógicamente fue lo suficientemente lista como para ocultar el otro bajo tierra a muchos kilómetros de allí.

—Por supuesto que no, mis caballeros —Hace una reverencia.

Al escucharla el soldado que trae la zapatilla baja del caballo y se acerca a ella. Celestia mantiene los ojos en otro objeto mucho más brillante y filoso: Su espada.

El soldado se inclina para colocarle el zapato y es cuando Celestia le arrebata su espada. Con una precisión perfecta se hace a ella misma un corte profundo en el tobillo usando la fuerza suficiente como para lograr arrancarse el pie en el que hubo de ser probado el zapato rojo.

Y es así, como cenicienta obtuvo su libertad.

¿Habías escuchado alguna vez de ella? Si nunca lo hiciste, aún puedes encontrarla, en una pequeña cabaña dentro del bosque, donde, a pesar de su cojera goza de su libertad y es dueña de su propio destino. Y si no me crees, haz tu de preguntar. Porque cada quien cuenta la historia a su manera.

24 de Julio de 2019 a las 14:29 0 Reporte Insertar 0
Fin

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