Mis amigos los pasteles Seguir historia

u15625730551562573055 Helio Díaz Martín

El niño tuvo un mal sueño, y ese fue el indicador de que su vida no iba por buen camino.


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Cuento


―¡Mamá, quiero otro pastel! ―Solicitaba, Luisito, insaciable, a su madre.

Seis años tenía el niño, y la pastelería fue siempre su principal atención. En el colegio le apodaban “El Pastelero” porque, día sí y día también, sacaba de su mochila algún pastel para engullir. Eran su delirio. Tampoco su madre hacía demasiados esfuerzos por evitar su glotonería. “Un pastel, más o menos, tampoco le va a hacer mal alguno, creo yo”, se decía a sí misma.

―Mamá, tienes que comprar más pasteles ―le decía un día, cuando se encontraban a la entrada del colegio―. Que no se te olvide.

―Está bien, hijo, te los compraré ―le contestaba, complaciente.

Luisito estaba engordando demasiado, pero su madre no lo veía de aquella manera. Era tolerante y de corazón generoso hacia su retoño. Sus ojos se regocijaban en él y lo encontraba gracioso, no obeso. A su tesoro no podía negarle nada. Hasta el momento se le notaba feliz y nunca había sufrido trastorno alguno a causa de su glotonería.

Mientras paseaban madre e hijo, todo el afán de este se centraba en las pastelerías. Jamás solicitaba juguetes o chucherías con las que entretenerse. No, sus peticiones se basaban siempre en lo mismo. Lo peor del caso es que cada día, esas exigencias, resultaban más acuciantes con el fin de saciar su ansia de dulces.

Los llamativos colores que componían todo aquel azucarado mundo le absorbían, pero él soportaba estoico los ataques de su peor enemiga, la mente, y se aliaba con su mejor amigo, el estómago. A la primera no le dejaba pensar y al segundo no le permitía que pasara hambre.

Cierta noche, su madre se despertó sobresaltada al oír unos lastimeros gritos que provenían de la habitación de su hijo y, muy preocupada, se dirigió hacia allí. Le encontró, sentado sobre su cama, sollozando. Le tomó entre sus brazos con el fin de darle un poco de su amor.

―¿Qué te ocurre, mi niño? ―Preguntó, angustiada.

―¡Los pasteles, mamá! ―respondió, asustado.

―¿Los pasteles? ―La mujer estaba intrigada―. ¿Qué quieres decir?

―Me perseguían y me querían comer ―prosiguió.

Su madre fingió una sonrisa forzada y le dio un beso.

―Estabas soñando, ¿verdad?

―Sí —contestó, sollozando—. Los pasteles portaban en sus manos tenedores y cuchillos. Todos comenzaron a caminar hacia mí hasta llegar a rodearme. Mientras uno de ellos me gritaba: “¡Te vamos a comer!”, otro me pinchó con el tenedor, y entonces me desperté. He pasado mucho miedo, mamá.

―No te preocupes, hijo mío —intentó calmarle—, que todo ha sido una pesadilla. Has de tener en cuenta que los pasteles, por mucho que te amenacen, jamás te podrán comer; muy al contrario, siempre te los comerás tú, porque nunca se opondrán a ello. Vamos, intenta dormirte de nuevo y no llores más.

Le dio un fuerte beso en la frente y le arropó mientras le dirigía la más dulce de las sonrisas, la de una madre.

―Nunca sucederá eso, ¿verdad, mamá? ―Preguntaba para asegurarse.

―¿Qué, hijo mío?

―Que me coman los… ―no terminó la frase.

―Nunca, te lo prometo ―le confirmó―. Ahora duérmete.

Al día siguiente, Luisito, no llevó pastel alguno al colegio.

―Me ha dicho mi madre que me estoy poniendo muy gordo ―mintió cuando le preguntaban sus amigos por los pasteles.

Pero lo que había ocurrido en realidad es que les había cogido pánico, y le pidió a su madre que no comprara más pasteles de momento.

―Pero, hijo mío ―ella le intentaba razonar―, no creo que debas…

―No, mamá, no quiero más pasteles ―decía, moviendo la cabeza de un lado a otro, enérgicamente.

―Está bien, pero si alguna vez te apetece que te compre alguno…

Pero el chico se dio la vuelta sin hacerle demasiado caso.

Fue la siguiente noche que dormía plácidamente, cuando comenzaron a aparecer sobre su cama decenas y decenas de pasteles. De nata, fresa, crema, chocolate, en fin, de todos los sabores habidos y por haber. Pero esta vez no portaban los habituales utensilios que se utilizaron la vez anterior, sino que venían en son de paz. El niño sonreía, al observar que los dulces también le sonreían a él.

―¿Por qué me atacasteis el otro día con tenedores y cuchillos? ―Les preguntó, turbando su semblante.

―Por tu glotonería ―le respondió una tarta de manzana.

―Pero es que a mí me gustáis mucho y… ―dijo, sin terminar su frase.

―Los pasteles estamos en este mundo para que vosotros, los humanos, nos comáis ―ahora era un bizcocho de chocolate el que hablaba―, pero con sentido común y moderación.

―Debes de tener mucho cuidado, Luisito ―explicaba un bollo de limón―, porque cualquier día puedes sufrir una indigestión y tu madre andará muy preocupada por tu salud, ¿lo entiendes?

―Pero si nunca me ha ocurrido nada. Además, mi mamá me los compra.

―Eso es muy cierto, pero el día que te pongas malito, tu madre dejará de comprártelos. Debes seguir comiendo pasteles pero, eso sí, con prudencia. Olvida la glotonería. Tu pequeño estómago, cualquier día no aguantará esos atracones, te verás obligado a quedarte en cama, no podrás ir al colegio y no verás a tus amigos. ¿Verdad que no te gustaría?

―Está bien ―dijo el chico, accediendo a los consejos de aquellos personajes―. De acuerdo, lo haré como decís. Gracias, amigos pasteles.

Una fuerte luminosidad le despertó. Su madre estaba abriendo de par en par las cortinas de la habitación para que se despejara rápido.

―Buenos días, hijo ―saludó cariñosamente―. ¿Qué tal ha dormido mi cachorro, esta noche?

―Hola, mamá ―respondió sonriente―. Hoy me voy a llevar un pastel para comérmelo en el colegio.

―¡Vaya! Y, ¿cómo es eso? ―Preguntó su madre, enarcando las cejas.

―Porque los pasteles son ahora mis amigos, y me han dicho que debo seguir comiéndolos, pero sin abusar de ellos.

―Qué buenos amigos tienes, Luisito ―y al decir esto, una diminuta lágrima intentaba abrirse hueco en el umbral de su retina.



MORALEJA

La sabia naturaleza siempre nos advierte de los innumerables peligros que se esconden en el interior de nuestras vidas, por muy simples que aquellos nos parezcan, pero aun así, no solo es la prevención lo que nos debe conducir a saber actuar en esas circunstancias que se nos presentan, sino también a ser recelosos en un futuro y a ser conscientes de que nuestro ser es muy vulnerable y, por tanto, debemos autoestimarnos para permanecer en esa misma línea que nos ha de conducir al camino de la sensatez y la precaución.



Nunca has de ser testarudo

porque se empeñe tu ego,

pues si le sigues el juego

no demuestras ser muy agudo.

23 de Julio de 2019 a las 09:18 6 Reporte Insertar 1
Fin

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Gerardo Arrabal Castaño Gerardo Arrabal Castaño
Muy buen mensaje Helio un abrazo

Fernando Oyanarte Fernando Oyanarte
EXCELENTE MENSAJE y DESPIERTA CONCIENCIA DE MUCHOS ERRORES DE LOS PADRES POR COMPLACER A UN NIÑO,MELLANDO SU SALUD, FELICITACIONES,ELIO

  • Helio Díaz Martín Helio Díaz Martín
    Gracias, Fernando, por incluir tu valioso comentario en mis trabajos. Me es muy útil tu opinión. Un abrazo. 3 weeks ago
Stella Maris Stella Maris
Este relato me lleva a pensar en la inconsciencia de las madres que les incentivan a los hijos a comer sin moderación, pensando en que es saludable. De ninguna manera lo veo así, los niños deben estar bien alimentados, pero no hay que conducirlos a la obesidad, por ese afán maternal de creer que comer mucho es signo de buena salud. <3

  • Helio Díaz Martín Helio Díaz Martín
    Muy cierta tu observación, Stella, y te agradezco tu comentario porque sirve, a su vez, como complemento a la moraleja que se adjunta. Gracias por leerme. 3 weeks ago
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