Secretos callados Seguir historia

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rebeca pinilla


La miré y vi sus labios color rosa. Eran preciosos, pero ¿Debía besarla? La quiero mucho, pero ¿Y si solo me estoy confundiendo? La miro a los ojos y veo ese tono café que muchos menosprecian pero yo es lo único que deseo. Mis dudas se esfuman cuando siento sus labios sobre los míos.


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¿Acaso soy tan pelotuda?

-¿Verdad o desafío?-. Preguntó Sofía.

-Desafío.- Le respondí. Siempre decían que los que elegían verdad eran unos mojigatos.

-Te desafío a enamorar a Jude.- La miré sorprendida. ¿Enamorarla? Una cosa era ponerse un hielo en la espalda, o llamar a un número al azar y decir bobadas, ¿pero enamorar a alguien? Eso es nuevo.

-¿Enamorarla? ¿No crees que es malo? digo... jugar con los sentimientos de las personas.- Le dije.- Además que está enamorada de ti.

- Claro que no es malo.- Afirmó Violeta.- Además, ya está siendo una carga con sus estupideces cuando dice que me quiere.- Dijo rodando los ojos.

-¿Y qué gano si lo logro?-. Pregunté. Si iba a hacer aquello, por lo menos debería tener algún beneficio ¿no?

-Haremos que Axel se fije en ti.- Respondieron al unísono. Al momento de escuchar su nombre me puse roja como el trasero de un babuino. Saben que Axel es mi debilidad, me gusta desde hace 2 años. Medité un momento sobre mi decisión.

-Está bien. ¿Cuáles son las condiciones?-. Dije finalmente.

-No puedes decirle que es un reto. Le regalarás cosas y la enamoraras. Todo esto será por cuatro meses.- Dijo Violeta.

-Bien.- Jude era mi amiga, así que no creo que sea tan difícil acercarme a ella. Usaré alguna excusa y luego me juntaré con ella en algún lugar.

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Al llegar a mi casa estaba exhausta. Tenía un mar de tareas sin hacer y no las iba a completar. Me saqué los zapatos y me senté sobre mi cama. Como siempre, estaba sola, pues mis padres trabajaban y no tengo hermanos. Miré al techo y vi la abolladura que hice cuando tenía 11 años. Quería saber si habían ratones allí. Fue un error golpear el techo con la escoba, pues la puerta que daba al ático estaba abierta y salió una nube de hormigas. Me puse a gritar como si de un asesino se tratase, y llamé a mi vecino para que me ayude. Afortunadamente él las sacó todas, pero desde entonces le tengo pánico a las hormigas.

Sin aviso comenzó a sonar mi celular.

-¿Aló?

-¿Mi dulce de espárragos, eres tú?-. Me preguntó una voz familiar. Era mi tía matilde, la apreciaba mucho aunque a veces era un poco metiche. Un poco muy muy MUY metiche.

-Si, tía soy yo

-¿Cómo está mi esparrago preferido? ¿Ya superó a su Axel o todavía espera que se vuelva su príncipe azul?-. Me pregunto mi Metiche tía. Solo le interesa hablar chismes. Sabe lo de Axel porque vió unas conversaciones con Sofía, cuando le dije que me gustaba el. Se puso como loca, preguntándome si él era virgen y si de verdad lo quería aunque no lo fuese.

-Tía, ya le dije que no ha pasado nada entre Axel y yo. Además no le incumbe mis cosas privadas.- Le dije un poco molesta.

-Pero hija mía, la vida es joven y si no se arriesga una zorra se lo va a quitar.- Me respondió como si de su propia vida se tratase.

-¡Tía!-. Le regañe y luego le colgué. Antes me aguantaba sus idioteces pero ahora no toleraré aquellos dolores de cabeza.

Después de la incómoda conversación con mi tía, decidí dormir un rato. Solo será un ratito. Me acomode en mi cama y cerré mis ojos sintiendo como la pesadez de el sueño invadía mis párpados.

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Abrí mis ojos y me giré hacia mi reloj-despertador, para ver qué hora era. Las 9:27. Mierda.

-Un ratito, decían. Durmamos poquito, decían. Será solo una siesta, decían.- Me regañe a mi misma.

Me vestí rápidamente poniéndome los calcetines al revés y pantalones sucios. Bajé corriendo la escalera, y por poco no me caigo. Tomé las llaves que estaban encima de la mesa y unos pesos para comer en el receso. El desayuno no es lo más importante ahora.

Corrí cuatro cuadras hasta que perdí el aliento y casi choco con una señora que por poco me golpea con su bastón. Ya perdí mi primera clase y el receso. Camine lo que quedaba, que son aproximadamente cinco cuadras. Cuando llegué estaba roja de el cansancio y mi garganta estaba seca.

-Me hace falta ejercicio para eliminar mis rollitos de michelin.- me dije. Miré hacia la recepcionista con una sonrisa de disculpa.

-Es la cuarta vez en este mes, Lea. Si sigues así, te voy a suspender.- Me regañó Jenny, entregándome un pase.- Ya ándate de aquí antes que te expulse.- Me bromeó. Se perfectamente que no lo va a ser.

Subí las escaleras lentamente para ir a mi clase. Ahora que me habían dado el pase, ya estaba en "clase", por lo que me podía demorar un poco más. Al abrir la puerta, entré silenciosamente, pero el profesor se dió cuenta de mi fallido intento de ninja.

-Lea Brown, se lo advertí la clase pasada.- Me sorprendió el profesor girando la cabeza como el exorcista.- Y a la próxima venga con el pelo peinado.- Mi cara se puso roja como el trasero de un babuino. ¿Como se me ha olvidado peinarme? ¿Acaso soy tan pelotuda?

Toda la clase se fijó en mi maraña de pelo, y al darse cuenta de mi estupidez, se rieron fuertemente. Me dirigí a mi puesto avergonzada y le sonreí a victoria, que afortunadamente era mi compañera de puesto y no se burlaría de mi peinado.

-Lea, ¿trajiste el informe?-. Me preguntó con una sonrisa

La redubadubisima reconcha de mi madre.

21 de Julio de 2019 a las 00:59 0 Reporte Insertar 1
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