El nuevo sacerdote Seguir historia

u15625730551562573055 Helio Díaz Martín

La parroquia del pueblo, desde hacía unas semanas, estrenaba un nuevo capellán. Este se había congraciado de tal manera con los feligreses, que estos llegaron a ponerle en un pedestal. Era un santo para ellos, pero lo que no se imaginaban era el lugar de donde procedía el "venerable cura".


Drama Todo público. © Sí
Cuento corto
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Relato corto


Me hallaba atravesando una gran avenida, cuyo trayecto conducía hacia la puerta de la iglesia donde solía escuchar la palabra del famoso y nuevo sacerdote que había anclado hacía unas semanas, y que tan apreciado había llegado a ser entre los fieles de aquel pueblo, asentado de fanáticos seguidores del catolicismo. Cuando entreabrí la pesada puerta para dirigirme al interior, divisé tras de mí a dos señoras que venían muy decididas a realizarse como devotas, y me permití el honor de cederles el paso mientras sujetaba el portón.

—¡Cierren esa puerta, por favor! —Se escuchó una potente voz que provenía de la zona del altar. Era el propio sacerdote quien protestaba, aunque sin razón, puesto que no habíamos llegado a traspasar el umbral.

Una vez dentro, observé que el cura abandonaba su lugar de origen para dirigirse, por uno de los laterales, hacia el final de la iglesia, donde yo me encontraba.

El padre, como solían llamarle en el pueblo, cruzó ante mí y, con paso titubeante y con el ceño fruncido, se dirigió hacia un niño de rostro muy agraciado, al que acompañaba su madre. Cuando se halló ante él se dispuso, al tiempo que esbozaba una exagerada sonrisa, a acariciarle la cabeza. El chico podría rondar los once años de edad. La madre, que lo sujetaba por el hombro con la buena intención de que no se separara de ella, lo apartó con un brusco movimiento al observar la maniobra del sacerdote. Este, rápidamente, la maldijo con su mirada, aunque nadie se percató de aquello, pero yo sí vi el cruel destello en sus malévolos ojos. Sin embargo, la sensación de paz volvió en pocos segundos al rostro del sacerdote -pues en este quehacer era muy ducho- y se dirigió, un tanto receloso, hacia la mujer.

—¿Eres nueva en el pueblo? —Le preguntó, —. Nunca te vi por aquí.

La señora no le contestó y, con los labios contraídos por la rabia, clavó su mirada en él. Esa acción fue la que obligó al cura a formularle una nueva pregunta.

—Actúas de una manera tan extraña, mujer, que da la ligera impresión de que nos conociéramos —argumentó el capellán—. Tan solo intentaba colocar mi mano sobre la cabeza del niño —se disculpó a continuación— porque observo a la juventud con la sana intención de hacerles súbditos de la iglesia. Nada más.

La madre apartó su mirada del rostro del cura y la dirigió hacia su hijo, con una increíble calma que hizo palidecer al hombre.

—Hijo mío —le decía con dulzura—, tú conoces a este hombre, ¿verdad? Mírale con mucha atención, y coméntale a toda esta gente que se junta aquí un día tras otro para transmitirle su lealtad y su franqueza, quién es este fulano —le continuó diciendo, mientras señalaba al hombre con su dedo índice, faltándole escasos centímetros para tocarle la sotana.

Este no podía dar crédito a lo que estaba escuchando y presenciando, como tampoco podían creerlo los fieles que, en gran número, se habían congregado, en círculo, junto al trío que dirigía la curiosa escena.

—¡Es un abusador de niños! —Gritó el muchacho, con potente voz, de manera que también lo escucharan los que se hallaban más alejados.

En la iglesia se oyó un apoteósico y continuo murmullo de enajenación hacia el chico, y otro de consternación y lástima hacia el sacerdote. Este, no pudiendo aguantar por más tiempo tales impertinencias se acercó, iracundo, al muchacho, con la fea intención de asirle por los hombros para hacerle callar su insolencia, pero en cuanto le tocó, la mujer se enfrentó al hombre.

—¡Suéltalo ahora mismo! —Le gritó, enfurecida, al tiempo que lo retiraba de sus garras.

En aquel momento el chico, enfervorizado por la madre, se dirigió, rabioso, hacia el cura.

—Usted es un pervertido, y no solo lo dice mi madre, sino que también lo afirmo yo. Abusa de los niños que caen en su poder mostrándoles un falso cariño, con palabras carentes de la menor sinceridad. Este hombre —continuó, dirigiéndose hacia la multitud que se aglutinaba junto a él— es malo, es un déspota, es…

Un nuevo tirón de las ropas, por parte de su madre, fue lo que le hizo cortar la frase que estaba a punto de concluir porque, el sacerdote, en su desatada locura, intentó abofetear al chico. Aquel, debido a la furia con la que se abalanzó sobre el joven, y al no encontrar el blanco donde asestar el golpe, estuvo a punto de ir contra el suelo si no hubiera hallado en su camino uno de los bancos contra el que, por desgracia, se golpeó.

—¡Eres un sinvergüenza, niño! —Le amonestó el sacerdote, con el rostro contraído—. Y ahora ya os estáis marchando de aquí los dos. ¡Fuera de mi iglesia!

—¡Un momento! —Decretó la madre—. Antes de irnos me gustaría decir unas palabras que deberían escuchar tus queridos fieles para que sepan quién eres en realidad, aunque nunca llegarán a conocerte como te conozco yo.

—¡He dicho que os vayáis ahora mismo! —Gritó, indicándoles la puerta.

—Nos iremos, sí, pero no antes de que esta gente sepa la verdad sobre la vida de pecado en la que vives.

—¿Y qué nos puede contar usted sobre este buen padre, que no sepamos todos nosotros? —Le increpó una señora ya entrada en años.

—Le contaré algo que usted no conoce, señora —intentó aclarar a la buena mujer que salió en defensa de su bienhechor y confesor. Se trataba de una de las dos señoras a las que yo permití la entrada delante de mí—. Yo nunca he pisado el interior de una iglesia —continuó hablando—. Vine aquí por pura curiosidad, ya que escuché en el pueblo que, la persona que había delinquido contra mi familia, se hallaba en este lugar, y preferí comprobarlo por mí misma. Por tal motivo, este cura, que con tanta vehemencia defiende usted, insinuó, hace unos momentos, si nos conocíamos. ¿Verdad que nos conocemos, “padre”? —Preguntó, irónica, al tiempo que desviaba la mirada hacia el hombre.

Por unos momentos calló la mujer para dar descanso a su airado cuerpo, aunque no tardó mucho en proseguir con su oratoria.

—En primer lugar ya escucharon a mi hijo, cuyas palabras apoyo —decía la mujer, dirigiéndose hacia el numeroso público— y, por otra parte, sepan todos ustedes que tenemos suficientes pruebas relacionadas con el delito que recae sobre la cabeza de este mal hombre.

La gente que se hallaba más alejada, se acercó aún más para poder escuchar con más atención lo que aquella mujer les estaba confesando y que, a pesar de lo creíble que estaban pareciendo sus palabras, estos no demostraban mucho convencimiento en su interior.

—En segundo lugar, este cariñoso y buen padre, como todos ustedes lo tildan, violó en sucesivas ocasiones a un sobrino mío. Tuve que hacer de tripas corazón al presenciar ciertas fotografías que se me entregaron, hasta el punto de llegar a vomitar debido a la repugnancia que me provocaban aquellas imágenes. Cuando recayeron mis sospechas sobre él, contraté a un detective privado, el cual me ayudó a conseguir el suficiente testimonio de culpabilidad sobre él. ¿Vas a negar eso, acaso? —Preguntó al sacerdote que, apoyado sobre una columna, se tapaba el rostro con sus manos—. ¿Por cierto, “padre”, ¿qué fue lo que hizo con mi sobrino tras violarle repetidas veces?

El sacerdote no respondió, pero sí lo hizo la mujer.

—El niño, muerto de vergüenza, vino a mí para relatarme lo sucedido, pero este hombre, en cuanto se enteró de que me había comentado los hechos, lo llamó de nuevo a su presencia con argumentos engañosos, y le propinó tal paliza que lo dejó sin vida. Sí señores, este hombre asesinó a mi querido sobrino, lo mató con sus propias manos. ¿Todavía no me creen? Pues pregúntenle a su amado “padre”, al que tanto quieren ustedes, y así sabrán de qué piel está confeccionado, si de cordero o de lobo. Las fotos las tengo en casa, y ahora mismo tengo la intención de dirigirme a la comisaría para entregárselas a la policía con el fin de que detengan a este tipo por violador de niños y asesino.

Y así acabó, aquella mujer, con la oculta y terrible odisea del fraudulento cura que fue, en años anteriores, su respetado y distinguido marido.

19 de Julio de 2019 a las 09:15 4 Reporte Insertar 1
Fin

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LUIS CHAVEZ LUIS CHAVEZ
Don Helio, una muy buena micro historia que has escrito y que me prendió de inmediato a continuar leyendo. El tema es muy interesante porque delata tanto al cura como a su propio ex-marido. Felicidades.

  • Helio Díaz Martín Helio Díaz Martín
    Gracias, Luis, por tu interesante comentario. Me alegra que te gustara. Vuelve por aquí cuando quieras. Un saludo. 1 week ago
Stella Maris Stella Maris
Tristemente real, y encima tenemos que mantenerlos. La mayoría dan verguenza. Muy bueno el relato.
20 de Julio de 2019 a las 02:18

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