HETEROCARION HEREDA Los Troners Seguir historia

dagmara_rice Dagmara Rice

El virus cibernético jupitariano ha azotado al planeta Tierra hasta incapacitarlo para acunar vida. Almira lo ha perdido todo durante la invasión y, tras ser expulsado de la milicia marciana, deberá iniciar una nueva vida en un planeta desconocido, cuyos habitantes no acaban de bien recibirlo del todo...


Ciencia ficción Todo público.

#Júpiter #La-Tierra #marte #futurista #batallas #megatrón #troners #tecnología #virus #robots
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CAPÍTULO 1: Leonard Chrant

Toc, toc, toc.

Llamaron a la puerta principal.

—Enseguida —dijo Dan, incorporándose quejumbrosamente del sofá. Atravesó la sala caminando a la velocidad que le permitían sus huesos tronantes—. ¡Qué horrible es ser viejo! —gruñó antes de abrir la puerta.

Se trataba de uno de los muchachos que se había ofrecido dos meses atrás para asear sus propiedades a cambio de comida y un lugar donde vivir. Y si mal no recordaba, era el creador de robots…: el «troner».

—No pienso darte caridad por segunda vez, terrícola —dijo, y le cerró la puerta en la cara. Almira volvió a llamar, esta vez a los golpes—. ¡Vas a tirar la puerta! ¿Qué quieres? —gritó y volvió a abrirla.

—No tengo adónde ir —confesó Almira, jadeante y desesperado.

—¿Y por qué ese es mi problema? —dijo entre dientes con frialdad.

Almira exhaló cabizbajo.

—Escuche, Dan —imploró—. Si me da la posibilidad de quedarme en una de sus propiedades hasta que encuentre empleo…

Dan contorneó los ojos.

—¿Y eso para cuándo? —Enarcó una ceja—. A los terrícolas no les gusta trabajar. Ya veo que eso dices ahora y en dos semanas estarás parasitándome.

Almira quedó tieso observándolo con perplejidad. Dan era un anciano hostil, pero no como el general Márquez o el teniente Abal, cuya hostilidad iba de la mano con el divertimento por humillar y minimizar a los demás. Dan era hostil porque desconfiaba de las personas y temía por su propia seguridad. No intentaba lastimar a nadie, solo quería protegerse a sí mismo. En realidad, Dan tenía miedo. Creyó Almira que, seguramente, habría pasado por muchos infortunios con más de un terrícola malagradecido.

—Escuche —solicitó con los ojos llenos de lágrimas. No obstante, se negaba a llorar—. No soy un vividor, ¡pero es como si este maldito planeta la tuviera conmigo desde que llegué! —gritó, y le dio un puñetazo a la pared. Dan no se atrevió a protestar, y apenas se movió de lugar—. Perdí mi hogar y a toda mi familia por esos malnacidos jupitarianos. ¡Lo perdí todo! Ya no me queda nada —dijo enfurecido—. Y es como si todos a quienes encuentro se esmeraran por hacerme sentir miserable. ¿Por qué? ¿Qué les hice yo?

Dan no cambiaba la imperturbabilidad en su expresión. Lo inspeccionaba como si estuviera conjeturando algún tipo de juicio en su cabeza. Finalmente, dijo:

—Chico…, si algo me ha enseñado la vida es que la autocompasión nunca te llevará a ningún sitio. Por el contrario, hará que te enfrasques en donde estás y no veas la luz al final del túnel. —La furia en Almira descendió bruscamente.

»Todo en esta vida tiene un precio y debes estar dispuesto a pagarlo. Yo hablo el lenguaje del dinero e interpreto la vida con ese dialecto. Otros no, pero me da igual. Sé que estando aquí, en la Tierra o en Júpiter deberás pagar por eso que quieres. Marte le pondrá precio al esfuerzo físico que hacen tus amigos en el ejército, así como le pondrá precio a tu intelectualidad.

»Todos nacimos con un talento a explotar, así que deja ya de quejarte y expándete para sacar el mayor provecho del tuyo. —Le dio la espalda para entrar a la casa, dejando la puerta abierta—. ¡Entra ya, que me congelo! —gritó, sentándose en su sillón favorito y poniéndose encima una manta púrpura de lo más vieja y maloliente—. En mi juventud solía adorar recorrer las calles del Bajo Marte solo, con la única compañía de la música y la niebla. Y ahora apenas anochece y ya me quedo dormido —gruñó—. Por eso odio verte así con la edad que tienes.

Almira entró con cierta timidez y fue a sentarse al sofá opuesto a Dan.

—¿Y qué…? ¿Qué se supone que debería hacer, entonces? —preguntó con los codos en las rodillas y las manos entrelazadas.

—Podrías empezar por servirme más café —soltó divertido—. Si tienes hambre, hay comida sobre la mesa.

Almira fue hasta la cocina y sirvió café en la misma taza en la que Dan había estado bebiendo. Aprovechó los minutos a solas para comer dos porciones de tarta que había en una fuente. Luego, le preguntó cuánto gustaba de azúcar y lo endulzó.

—Sírvete café tú también —le dijo Dan desde la sala, y Almira accedió con gusto. El aroma a grano molido estaba seduciéndolo. Dejó ambas tazas en una mesa céntrica de baja estatura, entre los dos sillones—. ¿Qué? —le preguntó Dan al ver su estado de preocupación. Sujetó su taza.

—Estoy esperando que responda a mi pregunta —dijo con obstinación.

Dan se dejó caer relajadamente en el sofá, bostezando. Su lentitud lo impacientaba.

—¿Qué deberías hacer? —Pensó mientras batía el café con una cucharita—. Tú a eso ya lo sabes. ¿Cuál era tu plan? —Bebió un sorbo—. No vas a decirme que durante todo el recorrido desde la escuela militar hasta aquí, no pensaste en nada ¿o sí?

Almira desvió la mirada.

—El plan era ocupar una de sus propiedades hasta encontrar empleo. Mientras tanto, haría lo mismo que hice antes de entrar a la milicia: lo ayudaría a asear las casas próximas a arrendar.

Dan se rascó el mentón.

—¿Y planeabas hacer todo eso malherido?

—Según el médico, en un par de días estaré completamente sano.

—¿Y hasta entonces? —preguntó suspicaz—. ¿Qué te pasó en el brazo?

—Me dispararon, y por eso me expulsaron —suspiró. Dan se echó a reír, cosa que a Almira no le hizo nada de gracia—. ¿Cuál es el chiste?

Esperó a acabar de reír para responderle.

—Desde la primera vez que te vi, supe la clase de chico que eras —confesó, y bebió más café. Almira arrugó el entrecejo sin comprender—: Intelectual —sentenció, y bebió hasta vaciar la taza—. Por eso sabía de antemano lo mal que te iría en ese lugar y hasta sabía que regresarías. Hablé con un viejo amigo acerca de ti. —Almira elevó la mirada, cobrando interés.

»Le conté lo que hiciste en mi garaje con la máquina apiladora. Quedó impresionado. —Los ojos azules de Almira bailotearon al ritmo de los pensamientos en su cabeza—. La semana próxima te llevaré con él. Se llama Leonard Chrant, es ingeniero electrónico y tiene una fábrica donde vende electrodomésticos —dijo, para sorpresa de Almira—. Podrás trabajar con él —aseguró.

Almira ladeó la cabeza.

—¿Y me contratará, así como así?

—¡Bah! Ese lugar está venido abajo desde hace rato… Leonard contrata a cualquiera.

Almira abrió los ojos desmesuradamente. Para ser su «viejo amigo», Dan no mostraba mucho afecto.

—¿Por qué no me lo dijo antes de entrar a la escuela militar? —preguntó confundido.

—Sencillo —lo miró y sonrió—, porque estabas encaprichado y el capricho enceguece. Además, experimentar nunca está de más, te ayuda a crecer. No estuvo mal que fueras porque hoy estás aquí y entendiste que no era para ti.

[...]

Salieron de la casa de Dan y caminaron hacia el destartalado automóvil del anciano. Dan condujo un par de cuadras hasta llegar a una construcción.

—Podrías comprar un coche en mejor estado, si quisieras. ¿No que hablabas el lenguaje del dinero? —dijo Almira sin tan siquiera ustearlo—. Tú tienes mucho.

—Le tengo añoranza, a pesar de los años.

—Eres tacaño, eso es lo que tienes —concluyó Almira, desviando la mirada hacia el desolado paisaje. El cristal de la ventanilla se había empañado—. Por lo menos funciona la calefacción. —Anduvieron en silencio hasta que Dan estacionó frente a la acera de una diminuta casa en estado precario—. ¿Aquí voy a vivir? —preguntó Almira despectivo. Dan asintió—. ¿Hay cucarachas en el fregadero y se llueve dentro, como en la anterior?

—¡Por supuesto, muchacho! —exclamó, estalló en risas y le dio unas palmadas en la espalda—. Cuando consigas empleo y puedas pagar algo mejor, te mostraré otras alternativas más decentes. —Almira suspiró y salió del automóvil, Dan lo llamó antes de que cerrara la puerta—. Por cierto, la semana entrante, luego de que te quiten el vendaje, te llevaré a una casa que deberás limpiar —dijo, y se alejó a toda prisa con las luces del coche desvaneciéndose en la línea del horizonte.

Almira ingresó a la casa, era diminuta y claustrofóbica. Deducía que había estado demasiado tiempo con las puertas y ventanas cerradas porque olía a humedad, y el ambiente estaba demasiado caliente y viciado. Recorrió con desgano las únicas dos habitaciones que había y se conformó con que, por lo menos, hubiera muebles.

[...]

Era jueves 11 de abril. Había pasado una semana desde su visita a Dan y su herida ya había sanado en su totalidad. Ahora mismo ambos se dirigían hacia la fábrica de electrodomésticos de Leonard Chrant, un amigo cercano del anciano marciano.

—Un año atrás, este lugar era tan concurrido que apenas encontraba sitio donde estacionar —dijo Dan, mientras el automóvil descendía del aire hacia el suelo y aterrizaba en la playa de aparcamiento—. Se le han ido varios empleados después de unas cuantas huelgas, no podía pagarles.

Almira arrugó la expresión.

—Saber eso no es muy alentador —expresó.

—Dos centavos al mes es mucho mejor que ninguno —bromeó Dan.

Caminaron hacia la entrada. La industria no era muy grande, más bien modesta. Un tanto descuidada, aunque esa parecía ser la carta de presentación de todas las construcciones en el Bajo Marte, así que era de esperar.

Se detuvieron frente al timbre de voz. Dan comenzó a explicarle a la secretaria que planeaba ser recibido por Leonard.

—No se encuentra en este momento —respondió.

—¡Oh vamos, Nilda! —bramó Dan, zarandeando los brazos—. ¿Qué puede estar haciendo ahí dentro un jueves y con apenas tres empleados? Llámalo y dile que he venido a hablar con él.

Nilda bufó, pero accedió. Apenas dos minutos más tarde, un sujeto más joven que Dan salió fuera.

—Buenas tardes —saludó el hombre con el ceño fruncido. Era moreno, delgado y de estatura mediana. Al ver que se trataba de su viejo amigo Dan, su expresión cambió a una sonriente.

—Tu secretaria casi me bota —dijo Dan entre dientes.

—Bueno, ella es de esas que se toman muy en serio su trabajo —respondió Leonard, y los hizo pasar.

—¿Hace cuánto trabaja aquí? —preguntó Dan, picado por el bichito de la curiosidad.

Estaban caminando lentamente hacia el corazón de la fábrica, Almira observaba todo con minuciosidad. Se detuvo al lado de una línea de montaje en desuso. El óxido de la cinta generó en él un sentimiento de abandono.

—Treinta años. —Tanto Dan como Almira expresaron asombro, aunque el de Almira fue disgustoso. No se creía capaz de permanecer nunca treinta años en un mismo empleo—. Ya sabes cómo es: al principio son empleados, pero a medida que pasan los años se vuelven parte de la familia —sonrió, e inmediatamente cambió de tema—. ¿Qué te trae por aquí? Con lo mucho que odias salir de tu casa.

—El chico necesita trabajo. —Indicó a Almira con un movimiento de cabeza y Leonard redirigió la mirada hacia él, examinándolo—. Es él de quien te hablé la vez pasada.

—Qué tal —saludó Almira.

—Encantado. Dan me contó lo bien que te las ingeniaste para construir una máquina apiladora con apenas un montón de chatarra —dijo, y le dio un apretón de manos—. Bien hecho —apremió—. Aquí las cosas tomaron un rumbo muy diferente a partir de la ley prohibitiva. Solíamos dedicarnos a la fabricación de robots, pero ahora que está terminantemente prohibido nos dedicamos a la venta de electrodomésticos, que me permite permanecer en el mercado.

—¿Crees que habrá un aumento de la mano de obra humana ahora que se ha prohibido utilizar robots en las fábricas? —preguntó Dan.

—Así lo creo, pero no resulta nada favorable —respondió Leonard, rascándose la barbilla—. Desde la medida cautelar decidimos con Janet contratar una empleada doméstica para que asee la casa y cuide a los niños… ¡Con lo bien que nuestro robot doméstico hacía las cosas, y gratis! —bufó—. En fin, es lo que urge y hay que adaptarse. Ahora mismo estoy buscando a alguien que ayude a Nilda con el papeleo, ¿se te dan bien los programas digitales? —le preguntó a Almira, quien asintió con énfasis.

Habría querido estar en contacto directo con la línea de montaje, pero se conformaba con ocupar un lugar tranquilo que lo ayudara a olvidarse del trauma en el campo militar, y el papeleo parecía conveniente para eso.

—Podrías venir mañana mismo a eso de las nueve de la mañana. Yo te mostraré más a fondo el lugar y conocerás a los muchachos. Luego te presentaré a Nilda, que es lo más cercano a un ángel para mí. Trabajó con mi padre y, desde su fallecimiento, se ha quedado a mi lado ayudándome a remontar el negocio familiar en el transcurso de los años —dijo melancólico.

»Será una pena cuando tenga que marcharse este invierno. Estoy buscando a alguien que la suplante y sé que será una tarea difícil. No muchos tienen su disposición y ganas, y ella lo sabe todo de esta empresa. Maneja los hilos mucho mejor que yo.

—Bueno. Ya lo has oído, chico —dijo Dan—: Mañana a las nueve.

—Por favor, tráeme tu documentación personal y el diploma de la preparatoria.

Almira palideció.

—No cuento con ninguno de esos papeles —confesó—. Lo perdí todo en la invasión que me tomó por sorpresa a mitad del último año escolar. No terminé la preparatoria.

En el rostro de Leonard se dibujó una mueca de disconformidad. Lo miró de arriba abajo con decepción.

—¿Eres terrícola? —preguntó. Había un marcado deje de desprecio en su voz—. Yo no contrato terrícolas, Dan. Creí que lo sabías, lo hablamos miles de veces —dijo Leonard, y se alejó cabeceando—. Voy a tener que acompañarlos hasta la salida.

Dan caminó en su dirección y lo detuvo, sujetándolo de un brazo.

—Escucha —le susurró al oído a una distancia prudente de Almira—. El chico, terrícola o marciano, tiene talento y no voy a permitir que lo desperdicie. —Leonard bufó, pero Dan insistió—. Dale una oportunidad, podría llegar a ser alguien. No es como los demás… —confesó, tomando cierta distancia—. Él sí lo intenta.

Leonard se rascó la sien y, apoyado contra un ligamento, pensó durante varios segundos en silencio.

—Está bien, pero va a tener que terminar la preparatoria.

[...]

Almira había llegado a la calle Payne al anochecer, luego de haberse perdido un buen tiempo en el lado este de la ciudad de Crucius. Dan le había dicho que si prestaba atención, encontraría a media cuadra de la calle Payne un edificio de florituras soberbias que alguna vez fue una escuela, pero hacía tanto que no merodeaba el lado este del Bajo Marte que, de haber sufrido modificaciones, tenía la mala suerte de no tenerlas presentes. Quizá ni siquiera estuviera ahí. No obstante, Almira se sintió suertudo al comprobar que no era así. El edificio estaba, y era tan decoroso como Dan se lo había contado.

—¿Aún hay tiempo para las inscripciones? —preguntó Almira. La secretaria lo miró de forma peyorativa por encima de los lentes.

—Sí, pero te habrás perdido las clases iniciales —argumentó—. ¿En qué año tenías pensado inscribirte?

—Vengo de la Tierra —suspiró, cansado de repetirlo una y otra vez—, la invasión sucedió mientras yo cursaba el último año de la preparatoria. Hice hasta mayo, ¿habría posibilidades de tener esos meses cursados en cuenta?

La mujer negó con la cabeza.

—Vas a tener que cursar el año entero, como es debido. Además, la currícula marciana es muy diferente de la terrícola, por lo que vas a tener que rendir un examen de ingreso para que evaluemos tus conocimientos. —Almira parpadeó y suspiró—. Es la única forma de que cercioremos con certeza qué grado te corresponde mejor. Tal vez creas que te corresponde el sexto año, y resulta que tus conocimientos son más propios del tercero o el cuarto. —Se encogió de hombros.

Almira no hizo otra cosa más que mirarla con aborrecimiento. Lidiar con la soberbia marciana, hasta ahora, había sido un gran desafío que no acababa de superar, y tal vez no lo hiciera nunca.

—Bueno —dijo, abandonándose a la resignación.

La secretaria le entregó un formulario que debía llenar con sus datos personales. Cuando finalizó, fue colocado junto a otros en un gran fichero.

—Hoy es jueves —dijo—. Vente mañana a las seis de la tarde. Al tener dieciocho años te corresponde el turno noche. —Almira asintió y se despidió con fingida cortesía.

[...]

En la mañana, Almira apareció en la residencia de Leonard a las nueve horas, como habían acordado. Fue invitado por este a pasar. Leonard le mostró los instrumentos de trabajo que estaban en funcionamiento y los que ya no. Los últimos acarrearon una serie de anécdotas que se remontaron a la historia de la fábrica: sus inicios, sus primeros empleados, sus robots y una breve biografía suya y de su padre.

Luego, llegó el momento de presentarle a sus compañeros de trabajo. Lo llevó hacia una pequeña línea de montaje en la que tres sujetos, bastante jóvenes, se desempeñaban en sus tareas rutinarias. Almira reconoció una soldadora eléctrica que le estaba dando dolores de cabeza a uno de los muchachos.

—Almira, ellos son Eric, Van y Danmet —dijo Leonard. Almira los inspeccionó. Eric era alto y robusto, tenía cabello negro y ojos oscuros. Danmet era igual de alto que Eric, su cabello era castaño y sus ojos, verdes. Van, el rubio de ojos claros, era el más bajo del grupo—. Chicos, él va a ayudar a Nilda. Con suerte en un par de meses se convertirá en su reemplazo definitivo.

—Buen día —saludó Almira claro y fuerte. Pero los muchachos apenas elevaron la mirada; balbucearon un saludo desanimado.

Leonard decidió que era mejor no interrumpirlos, así que subieron las escaleras con Almira hacia el corredor de las oficinas para que conociera finalmente a Nilda y entrara en contacto con el que sería su empleo a partir de ese día.

Nilda le dedicó a Almira una sonrisa forzada cuando lo vio ingresando a su despacho, pero cambió el gesto a uno simpaticón al ver a Leonard a sus espaldas. Se saludaron muy jocosamente con un beso en la mejilla.

Era una anciana delgada y coqueta, vestía faldas hasta las rodillas y una blusa al cuerpo. Llevaba un rodete perfectamente peinado. También tenía aros, pulseras y todo tipo de colgantes. Con cada movimiento suyo despedía aroma a perfume.

—Nilda, él es Almira. Trabajará con nosotros el tiempo que dure el trámite para tu jubilación. —Almira sonrió cortésmente—. Aunque sería un gusto si te quedaras para toda la vida.

Nilda rio halagada. Se encogió en la silla sin saber qué decir.

—No insistas o tal vez lo haga.

Almira era el único que desentonaba con toda esa coquetería. Se sintió excluido, y gracias a Dios.

—Ven niño, siéntate a mi lado —le dijo la mujer indicando una silla.

Leonard pensó que sería mejor dejarlos solos, y fue así que Almira pasó la jornada entera en compañía de Nilda, intentando resolver una abrumadora sarta de tareas administrativas que al llegar la hora del almuerzo ya le había causado jaqueca.

—¿Te avisó Leonard que debías traer tu propia comida? —le preguntó Nilda—. Porque aquí no hay.

Claramente se había saltado ese «pequeño detalle». Además, uno de sus compañeros le advirtió que Leonard no permitía salir fuera de la fábrica a nadie durante el horario laboral, que comprendía desde las nueve de la mañana hasta las cinco de la tarde, lo cual significaba que debía soportar sus tripas crujiendo del hambre hasta media tarde. Y por si fuera poco, debió ver a Nilda, Eric, Van y Danmet comerse sus emparedados de cerdo con gustosas salsas y aderezos, mientras él sentía un dolor intenso en la boca del estómago.

Al regresar a la oficina, Nilda continuó explicándole algunos detalles de las tareas que debía cumplir a diario.

—Por ejemplo, este documento que está aquí es la factura de compra que se une a la guía de transporte, se le entrega a Leonard cuando él pide el comprobante del recorrido del día. De esa manera estará al tanto del gasto total que ha generado la compra. —Almira la miraba en silencio, intentando procesar de manera casi imposible toda la información que le venía dando desde la mañana. Jamás se había esmerado por entender otra cosa que no fueran los robots. Y Nilda, entretanto, sacaba papeles como conejos de una galera.

»Este otro de aquí es un recibo. Una vez que cargues los datos de la compra al sistema en esta carpeta del ordenador, te vienes para este lado y buscas la deuda que cada cliente mantiene con Leonard. Recibido el pago, cancelarás la deuda con un recibo, el cual deberás entregar al cliente por ordenador —sonrió. Almira volvió a respirar con tranquilidad una vez que se calló, pero Nilda continuó a los pocos segundos—: Bueno, eso siempre y cuando no quieran que se los entregues en mano directamente a la persona que lleva su contabilidad. En ese caso irás a un fichero llamado «Direc_Buscador», ahí obtendrás una dirección física a la cual enviar los archivos…

Almira asentía a pesar de comprender menos de la mitad de las cosas. Y en tanto Nilda continuaba hablándole acerca de las tareas, Almira tomaba nota de todo cuanto ella dijera, porque según ella misma, no estaba muy segura de querer esperar a junio del corriente año para largarse de una vez. Estaba agotada y para apreciarlo no hacía falta más que verle la cara.

A eso de las tres de la tarde, llegó Leonard con una larga pila de papeles bajo el brazo y un humor de perros que Almira no pudo dejar de percibir. Hacía comentarios hirientes acerca de los imbéciles a quienes, para su desgracia, tenía que tolerar a diario de regreso al trabajo. Cada una de sus frases acababa con unos muy desenvueltos: «si fuese por mi ya estarían muertos», «que se vayan al demonio», «ojalá se pudran en el infierno».

Nilda hacía su trabajo y, al mismo tiempo, lo escuchaba y asentía como un muñeco a batería. Al parecer estaba de acuerdo con todo lo que oía, o simulaba que lo estaba. La había escuchado susurrar que también creía que eran un montón de imbéciles buenos para nada.

Con la caída del sol y la llegada del atardecer, fue hora de despedirse luego de una extenuante primera jornada laboral. Almira apenas estaba saliendo de la oficina cuando oyó a Leonard preguntarle a Nilda cómo lo había visto en su primer día, a lo que ella contestó:

—Bueno... —Abrió los ojos de manera sugestiva, mientras con sus dedos tecleaba ansiosamente la superficie del escritorio—. Es terrícola el pobrecillo, habrá que tenerle paciencia.

Almira dejó la puerta entreabierta y caminó hacia afuera de la fábrica con abatimiento. Saludó a los tres muchachos antes de irse, pero ninguno de ellos le devolvió el saludo. Se sentía demasiado cansado para pensar, pero desgraciadamente su primer día de trabajo era también su primer día de escuela, y a pesar de los infortunios se sentía orgulloso de tener ambos. Caminó por las desoladas calles del Bajo Marte, con el sol poniente tiñéndolo todo de un manto anaranjado.

Al llegar al instituto, fue obligado a rendir el examen de ingreso en un aula aparte. La mujer encargada de calificarlo le había dicho que estaba en condiciones de ingresar al último año, y Almira sintió que por única vez había tenido un golpe de suerte.

Fue entonces acomodado dentro de un aula pequeña, con poca iluminación y pupitres para apenas ocho personas. Escogió un asiento en el fondo, todo lo contrario a lo que hacía en sus años de preparatoria en la Tierra.

Estuvo un rato a solas divagando. Su cabeza estaba ida, pensaba en cómo hubieran resultado las cosas si hubiera actuado diferente, si no le hubiera insistido a su padre para que le regalara un megatrón a Denuvio en su cumpleaños, por ejemplo. ¿Hubiera cambiado en algo el presente si no hubiera refaccionado a Tomb o programado a Sinforoso? No podía dejar de pensar que todo había sido culpa suya y lo que le ocurría era simple karma. Tal vez se lo merecía.

Dos personas habían ingresado al aula y detrás de ellos, un par más. Se sentaron todos juntos al frente y mantuvieron una intensa y prolongada conversación hasta la intrusión de un muchacho rubio de baja estatura, con rostro aniñado y sonrisa nerviosa. El chico saludó y fue a sentarse a pocos pupitres de Almira. Al cabo de un rato llegó la profesora.

—¿Alumno nuevo? —preguntó la mujer con una sonrisa radiante y genuina. Los de adelante se giraron a verle con intriga. Almira asintió—. Bueno, anda. Preséntate —incitó.

Almira se incorporó del asiento.

—Hola a todos —dijo. Hacía no mucho esa clase de situaciones solían ponerlo nervioso, ahora las consideraba rutinarias—. Soy Almira Wilstron. Soy terrícola y llegué a Marte los últimos días de diciembre, con la mitad del último año escolar hecho en mi planeta oriundo. Sé que las clases han comenzado hace poco —la profesora asintió—, así que espero poder ponerme al día pronto —dijo, y tomó asiento rápidamente.

—Bienvenido, Almira —saludó la profesora—. Siéntate a un lado de tu compañero, él te prestará los apuntes y te servirá de guía. Riprey, sé bueno y enséñale lo que hicimos… ¡Y deja de fumar dentro del salón! —regañó. Se volteó y comenzó a escribir en la pizarra. El muchacho que había llegado último, arrojó la colilla de cigarro a medio acabar a un rincón y arrastró el pupitre cerca de Almira.

—¿Qué tal? —sonrió. Llevaba una camisa gris con las mangas arremangadas encima de una sudadera negra. Aún no se había quitado los auriculares del cuello y Almira dudaba que lo hiciera—. Mira, hasta ahora estuvimos trabajando con funciones cuadráticas y gráfica de parábolas.

Almira echó un ojo y arrugó el entrecejo. La mayoría de los ejercicios de Riprey estaban mal resueltos, y peor trazados.

—¿Los corrigió la profesora? —preguntó Almira dubitativo.

—No, esto que te estoy mostrando era lo que teníamos de tarea. Lo vamos a corregir ahora —dijo, y sonrió gratamente. Era una de las pocas personas en Marte que tras cruzar algunas palabras, generaba simpatía.

Almira elevó las cejas y se distanció un poco. La profesora comenzó a escribir en la pizarra el resultado de los cuatro ejercicios, y como había apreciado Almira a primera vista, los de Riprey estaban mal.

—¡Diablos! —susurró el rubio, borrándolos con impaciencia y frustración—. No entendí nada —exclamó consternado.

—Es porque resolviste mal la ecuación —dijo Almira—. Por eso también lo graficaste mal. Es así, mira. —Sujetó el lápiz de la mano de Riprey y comenzó a escribir sobre su cuaderno—: Despejas la Y de manera que las X queden ordenadas de mayor a menor cociente. En este caso, quedaría algo así. —Dibujó 2X+X+4=0.

Riprey hizo una mueca de incomprensión y Almira volvió a explicárselo con mayor lentitud. Estuvieron un buen rato distanciados de la profesora y del resto de la clase. Para entonces, Riprey creía estar comprendiendo mejor que con las explicaciones que impartía la profesora.

—¿Te gustan las matemáticas? —le preguntó. Almira asintió sonriente—. Se nota.

La profesora, una vez acabada la hora dedicada a la corrección de la tarea, comenzó explicando un tema nuevo hasta que se hicieron las diez de la noche y fue hora de irse a casa.

—¿En dónde vives, Riprey? —preguntó Almira, una vez fuera del instituto.

—Cerca de la Avenida Maswitch, en este lado de la ciudad. A dos kilómetros de aquí —respondió—. ¿Tú por dónde?

—Del otro lado —dijo, y la expresión de Riprey cambió a una de preocupación—. ¿Por qué pones esa cara?

—Es que es un poco complicado a estas horas. —Chasqueó la lengua. Almira se encogió de hombros.

—Bueno… No tendrán mucho para robarme —contestó, y estallaron en risas.

Atravesaron en compañía la espesura de la noche, cargada de bruma y niebla. Hablaron de todo un poco, hasta que se quedaron sin tema de conversación y se rindieron ante el silencio amistoso que se formó.

—¿Eres marciano, Riprey? —le preguntó Almira. Riprey asintió. Tenía el mentón cubierto por el cuello de la chaqueta y las manos metidas en los bolsillos delanteros de sus jeans—. Entonces, ¿qué ocurrió con la preparatoria? ¿Por qué asistes al turno noche?

—Porque nunca me gustó estudiar. —Rieron a coro una vez más y, ya para cuando el chiste perdió gracia, Riprey agregó—: Lo cierto, además de que siento alergia por el estudio, es que solía trabajar en la casa de comida de mis padres. Ellos son los dueños del restaurante más conocido de Crucius, y yo era mesero ahí.

—¡Oh, vaya! ¿Y cuándo comenzaste a trabajar?

—A los dieciséis —dijo—. Por eso tuve que abandonar la escuela en el último año. Fue elección mía, yo quería trabajar y tener mi propio dinero sin andar pidiéndoles a mis padres, sabes. —Guardó silencio y, al cabo de un rato, agregó—: Aunque mis padres me obligaron a dejar de asistir al trabajo para acabar mis estudios. Pero, siéndote sincero, extraño tener mi propio dinero —dijo con un suspiro de por medio—. ¿Y tú? ¿Qué es de tu vida, a qué te dedicas? —E inmediatamente agregó—: Eres terrícola.

—Así es.

Riprey, al contrario del resto de los marcianos, no lucía molesto o desilusionado por ese detalle, más bien parecía afligido.

—Lo siento mucho —dijo, y agachó la mirada—. Habrá sido horrible eso de la invasión.

—Tranquilo, está bien —apaciguó—. Hay muchos en iguales condiciones —se apresuró a decir y, antes de que el silencio se volviera incómodo, soltó—: Estoy trabajando jornada completa en la administración de una fábrica de electrodomésticos. Hoy fue mi primer día.

—Oh… ¿Y luego te vas para el instituto? —vaciló—. ¿No acabarás demasiado cansado?

—Cansado o no, debo hacerlo —dijo Almira muy seriamente—. Vivo solo y debo pagar la renta a final de mes, junto con la comida y otros cuantos gastos. No tengo alternativa.

Llegaron a una bifurcación a partir de la cual debían tomar caminos diferentes. Se saludaron amistosamente y prometieron verse el lunes de la semana próxima. Almira se fue a casa con la sensación de haber hecho un buen amigo.

[...]

Los días pasaron agitados e intranquilos en el trabajo. Terminaba de cargar una pila de documentos y Nilda, con altanería y una sonrisa soberbia, apoyaba otra pila más grande en el escritorio de Almira.

—Eres demasiado lento —solía repetirle hasta el cansancio—. Trabajando así, nadie te contratará.

Almira creía que podría hacer un inventario de frases desesperanzadoras dichas por Nilda, y otras tantas por Leonard. Las mencionadas con recurrencia por Nilda eran: «no se te ve muy entusiasmado por aprender», «tal vez lo tuyo sea otra cosa», «vas para atrás, niñito», «¿todavía no terminaste?», «¡holgazán, como todos los terrícolas!».

Leonard, por el contrario, era mucho menos directo. Solía lanzar comentarios esquivos al aire, refiriéndose a él de manera encubierta: «ay, ay, ay Nilda, ¡voy a extrañarte!», «ojalá te quedaras por siempre», «no sería capaz de hallar a alguien como tú en todo el universo».

Esa misma mañana, Leonard había entrado a la oficina que Nilda compartía desde hacía dos meses con Almira y luego de husmear el escritorio de ambos, soltó en tono de broma:

—Vaya lío que has hecho con los papeles, Nilda. ¿Estás algo desorientada? —Almira se limitó a izar una ceja en silencio—. Almira, acompáñame —le pidió, como rara vez hacía. El joven se incorporó y lo siguió hacia su despacho personal—. Siéntate —ordenó, aclarándose la garganta.

Almira obedeció, aunque algo le decía que todo aquello tenía tintes de ser demasiado dramático.

—¿Sucede algo? —quiso saber Almira.

Leonard caminó hacia el fondo del despacho y extrajo de un fichero una carpeta repleta de formularios que dejó caer sin cuidado sobre el regazo de Almira.

—Este será tu verdadero trabajo y el motivo real por el cual te contraté.

Almira miró los ojos fríos de Leonard e inmediatamente abrió la carpeta. Se trataba de los esbozos a medio acabar de unos cuantos robots. Logró descifrar las figuras de un megatrón, un robot doméstico y un package-bot. Se sintió confundido.

—Son robots —susurró Almira, expresando con claridad su incomprensión. Leonard contorneó los ojos.

—¡Por supuesto, niño! ¿Creías que mantenía a esta fábrica y a todo mi personal vendiendo electrodomésticos? —Chasqueó la lengua—. Desde que la cónsul aprobó esa maldita ley, no he tenido más opción que dedicarme al tráfico de robots —dijo, produciéndole escalofríos.

Se creó un silencio espectral.

—¡Pero eso es ilegal! —exclamó Almira.

—¡No me digas! —ironizó—. Es exactamente por eso que la gente es capaz de pagar hasta treinta veces más por ellos. Hace un año que estoy envuelto en este negocio y debo admitir que ha estado dándome más dinero del que recaudó mi padre todos los años que trabajó aquí. —Desvió la mirada—. Quien me preocupa es Nilda —confesó—. Ella realmente cree que nos dedicamos a vender electrodomésticos, como hacía con mi padre. Por eso quiero botarla antes de que lo descubra, y tú cooperarás conmigo.

—¿Cómo? —preguntó Almira con ingenuidad.

—No me olvido de lo que Dan me contó: armaste un robot con apenas un poco de chatarra —dijo—. Eso es bastante impresionante. Admito que me dejó con la boca abierta cuando lo oí, así que mi plan es ver tu talento con mis propios ojos y decidir si eres apto para el puesto o no. —Entrelazó los dedos y miró a Almira con intriga. Almira se removió en la silla y Leonard captó de inmediato su incomodidad—. Cuando viniste por primera vez, suplicaste por el empleo. No me vayas a decir ahora que no lo quieres…

—No es eso, es solo que… —sacudió la cabeza. Se sentía mal de tan solo pensarse a sí mismo realizando algo ilegal, muchas cosas podían salir mal. Y lo peor es que podría atraparlo la policía— no quiero meterme en problemas.

Leonard casi brinca de la silla.

—¡No seas iluso, Almira! Todas las empresas marcianas se han sumado al contrabando de robots —dijo, pero Almira no le creyó—. ¿En serio crees que cualquier ser humano va a ponerse justamente ahora a lavar los platos o a pagarle a un empleado para que lo haga, cuando un robot podría hacerlo y gratis? ¡Por favor! ¿Quién sería tan estúpido? —alegó.

Ahora entendía Almira por qué Dan y Leonard eran amigos.

Almira agachó la mirada, mil pensamientos atravesaron su mente. Había visto las atrocidades que los robots infectados causaron en los seres humanos en su planeta, había sido testigo de horrorosas persecuciones acabadas en muertes sangrientas y despiadadas… ¡Venía de sufrir una invasión, por Dios Santo! ¿Cómo se le ocurría a ese tipo pedirle tal salvajada, sin un ápice de compasión por su salud mental?

La mirada de Leonard era feroz y despiadada.

—Vamos, Almira —soltó, acompañado de una sonrisa malévola—. Nadie va a saberlo. En este lugar todos nos cubrimos la espalda. Además, sé lo mucho que necesitas el dinero.

Almira suspiró. Estaba en juego su moral, su dignidad y hasta su cordura. Le dolía por su padre y por su hermano, a quienes sentía que estaba traicionando vendiéndole su alma al Diablo por un poco de dinero. Dinero que, a final de cuentas, necesitaba para subsistir. Dinero sin el cual moriría. Tragó una espesa bola de saliva.

—De acuerdo —respondió con voz de ultratumba.

24 de Julio de 2019 a las 03:26 0 Reporte Insertar 2
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