Cuento corto
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Pitangus sulphuratus

Cuatro paredes nos contienen durante gran parte de nuestra vida y digo que nos contienen en una forma muy amplia. Tanto resguardándonos del frío como también de los filosos pensamientos que nos atormentan por las noches, o en esas cálidas tardes de verano cuando el sol está cayendo. Así es, hablo de los dormitorios en concreto. Donde la magia fluye, donde tenes el lugar para ser vos mismo. Donde la piel chamuscada de la mentira se cae como la armadura de la víbora.

Después de varios días largos de remodelación, mi casa estaba tomando forma.

Era jueves y la noche estaba cayendo. Mientras trabajaba se me cruzaba algún pensamiento filoso que trataba de esquivar.

Me siento al borde de la cama, abro una cerveza, prendo un cigarrillo y me pongo a dimensionar por donde empezar a pintar. Ya estaba todo listo.

Una vez que termine de pintar mi habitación me precipite a cambiar de lugar los muebles de esta. Siempre me gusto hacer esto ya que esto pincha el globo de la monotonía, al menos por un tiempo.

Mi habitación está compuesta (como muchas de ellas) por cuatro paredes y una de estas posee una linda ventana rectangular, que da a mi patio. Debajo de esta ventana coloqué mi computadora para poder tener más cerca esa visión del cielo a ciertas horas. Y la verdad que mi decisión fue más que certera. Ahí fue cuando lo vi, pecho amarillo y con mirada segura. Algo me quería decir y era que escribiera. Que lo hiciera de una vez. Hacía tiempo que me seguía y me advertía con sus cánticos.

Un track de Tommy Guerrero sonando de fondo, pensamientos brillantes como también retorcidos, cerveza, una visión del mundo paralela que parece nunca encajar y desmoronarse una tras otra como si de cenizas aplastándose con el cenicero se tratase.

Cae el sol y sigo aquí, nada que creería que pasaría paso. Un día mas totalmente igual al anterior, pero con una pizca de originalidad. Solo una pizca. Y la verdad es que últimamente así pasan, uno tras otro. Como si fueran autos en una ancha avenida. A veces pienso que no tengo cura pero trato de no convencerme de eso. Se que hay manera de salir de este laberinto.

Empiezo a recorrer el laberinto, paredes musgosas con un aspecto húmedo. Al llegar al final de estos y darme cuenta que era el camino equivocado me abofeteaban con algún lindo recuerdo de cuando era pibito. Repetía, me equivocaba de camino y ahí estaban de nuevo. Otra bofetada, la mirada de mi viejo, dinero, mi primer beso y así sucesivamente. De repente, cansado de vagar empiezo a sentir olor a cigarrillo. Me doy la vuelta y veo a esta especie, un ejemplar de Pitangus sulphuratus que mientras repetía sus indescifrables cánticos captó totalmente mi atención.

Mientras me sumergía cada vez más en su melodía empezaba a poder entenderlo. Hasta que al final me sobrevoló y se posó sobre mi hombro donde este me susurro al oído. -Despertate.

Mis ojos se abrieron sin preocupación alguna, al girar la cabeza veo un cigarrillo consumido totalmente en el cenicero. Logro recomponerme y cuando casi toco el suelo volteo una de las 5 botellas vacías de cervezas que había sobre las latas de pintura que nunca abrí. Pues ya era viernes y los muebles seguían en el mismo lugar que siempre estuvieron.

18 de Julio de 2019 a las 23:04 0 Reporte Insertar 0
Fin

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