El primer día de clase Seguir historia

volandri Roberto Volandri

Al sonar el timbre, los niños avanzan con paso de oruga, en formación militar. Uno de ellos sale de la fila. La brisa sacude las hojas de los árboles y le da invisibles lametones en el pelo. El niño comienza a saltar desde la rampa al patio y del patio a la rampa, ignorando la llamada de la maestra...


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El primer día de clase

Al sonar el timbre, los niños avanzan con paso de oruga, en formación militar. Uno de ellos sale de la fila. La brisa sacude las hojas de los árboles y le da invisibles lametones en el pelo. El niño comienza a saltar desde la rampa al patio y del patio a la rampa, ignorando la llamada de la maestra.

En el interior del aula, la maestra le conduce a un rincón y le deja pensando. El niño gimotea un poco y piensa, sí. Lo hace. Recuerda la voz de su madre al despertarse, dándole los buenos días y su gato saltando sobre la cama. La leche y las galletas, también el zumo de naranja, amargo y ácido que ahora le obligan a beber. Piensa en el beso de su padre al despedirse, con la consigna del día: pórtate bien y obedece. Hasta que la maestra vuelve a sacarlo del rincón, interrumpiendo sus cavilaciones. ¿Has pensado en lo que has hecho? El niño asiente con la cabeza, porque ya sabe mentir y se dirige a su mesa.

Un compañera le da una patada por debajo y otra le quita de la mano el color marrón con el que se disponía a colorear la hoja de otoño que tenía enfrente, una hoja blanca, vacía, con el contorno negro. Una prisión para los colores que el esparce con sus manos todavía descoordinadas. Quiere llorar y arruga el labio inferior para expresar su descontento, pero nadie parece percatarse. Así que se inclina sobre la mesa y arrebata el color marrón a su compañera, ejercé así una suerte de justicia primitiva. La maestra detecta la maniobra y le obliga a volver al rincón.

El niño mira la oscura esquina de ladrillo. Piensa en su cajón lleno de coches de juguete, también en la apisonadora y la pala retroexcavadora. Mete la mano en el bolsillo y siente el tacto metálico: un coche de policía, escondido u olvidado, lo mismo da. Lo saca con cautela y hace rodar por la pared. El viaje dura poco, porque una compañera le delata y la maestre lo requisa, guardándolo en el cajón.

Ahora el niño está solo en un pequeño despacho. Es la hora de religión y mientras el resto de sus compañeros reciben la instrucción que les conduce por el camino recto, el niño, descristianado por voluntad paterna, arde en el infierno del ostracismo. Un maestro joven, masticando un bocadillo, abre la puerta de vez en cuando y le inspecciona de arriba abajo, para cerciorarse de que sigue vivo. Le acaricia el pelo: si te portas bien te enseño un par de golpes de Kárate. El niño sonríe y se imagina rompiendo ladrillos dispuestos en torres, con el canto de la mano. Mira los rincones, que esconden castigo y reflexión. Piensa en el pelo suave de su madre, que le roza las mejillas al besarle y la galleta que esconde debajo de la almohada.

A la hora de la salida, la maestra aborda a la madre. El niño no hace caso. El niño no come. El niño se aguanta el pis y se lo acaba haciendo encima. El niño no aguarda en la fila y se pelea con sus compañeros. La madre, abrumada, siente cada frase como un martillazo y mira a su retoño, arduamente concebido, arrastrando su coche de policía por la pared de ladrillo, ajeno a la reprimenda. Bueno, no del todo. El niño digiere aquellas miradas de desaprobación, las órdenes que caen sobre su cabeza, la celda que los mayores llamaban “aula”, donde las normas deben acatarse para no sufrir tormento. Siente calor en las mejillas y ganas de morder. Se coge de la mano de su madre, para volver a casa, pero el tacto es frío y su cuerpo, suave y blando, donde al niño le gusta arrebujarse, está tan tenso como si fuera de madera. El niño entonces cierra los ojos y ve a su maestra, riendo y abriendo a la boca y su lengua desenrollándose y atrapando su cuerpo como una boa y engulléndolo por fin.

17 de Julio de 2019 a las 16:51 0 Reporte Insertar 1
Fin

Conoce al autor

Roberto Volandri Me gano la vida restaurando muebles, aunque bien mirado, pulir, lijar y decapar algo tienen que ver con la escritura. Donde vivo se dice que hay que dar agua a sus horas, yo, con mis casi cuarenta a lo mejor ya tengo las yemas algo secas para dedicarme a escribir, pero como hay necesidad y no es otra la intención, pues lo hago. Espero que sea de su gusto esta nota biográfica y quedan convidados a seguir leyéndome.

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