Mis días sin ti Seguir historia

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Mis días desde que te fuiste. Es la historia de un anciano y su fatal rutina junto a su esposa quien ha enfermado para siempre...


Historias de vida Todo público.

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Capítulo I - Cuando el invierno llegó

¨When will I see you again? You left with no goodbye, not a single word was said No final kiss to seal anything I had no idea of the state we were in¨
Adele

Desde que el invierno llegó, se instauró para siempre en nuestras vidas.

Me despierto, cada día a las cinco de la mañana. Los pies como piedras, el pecho congelado de respirar mientras duermo por ese aire gélido que entra por la ventana abierta de par en par.

No demoramos mucho en ser un chisme. A la gente, sabes bien, que en invierno apenas podemos verla en la calle. Entonces, ¿Imagina lo que debe ser para los vecinos pasar ante una casa donde no hay persianas cerradas y las hojas de las ventanas van de par en par dejando entrar lo que sea, pero en la noche?

No es muy común.

Los entiendo. Incluso a algunos, al cabo de un tiempo comenzamos a preocuparlos, mas nunca a quienes debieron preocuparse.

Apenas abro los ojos cada mañana, corro a cerrarlo todo.

Te tapo con toda la ropa de cama que tengo y puedo confiar en encender la chimenea ya levantado.

¿Parece un ritual de locos? Seguramente para quien lo ve de afuera sí.

Bueno... ¡Qué digo! ¡Es de locos!

Yo solo puedo afirmar que cuando despierto, si es que duermo, comienza mi otra guardia.

Yo juraría que no descanso profundo hace mucho. Que cierro los ojos solamente, porque aunque he tenido precaución en lo más común que sueles hacer, no estoy seguro de ti ni de nada.

Quién sabe qué nueva idea puede atravesarse por tu mente y yo deba crear un nuevo modo de defender nuestra pequeña fortaleza llamada hogar.

Me acerco a la cama que te preparé más refugiada, alejada de la gran ventana.

Te desato la muñeca de la mía.

¿Sabes, Ernestina?... Mientras miras el infinito yo por momentos lloro.

Siempre he llorado a secas, sin lágrimas. De ese modo es el que más duele, porque parece que padeces una angina con la angustia que causa. Es la manera en la que uno no expulsa nada. Y nuestro cuerpo se hizo para excretar casi a diario. ¿Quién dijo que las lágrimas, las emociones y todo lo que a uno le pasa por la mente y el corazón no se excreta?

Yo nunca me deshacía de nada. Recién contigo y lo que es vivir a tu lado aprendí a llorar cuando tengo chance.

Lloro de un modo que no puedo describir, de una manera inhumana.

Pero si alguien por un momento me brindara un momento de relax te diría que me dan ganas de llorar con los ojos, con la boca, con toda la cara, llorar a patadas, llorar hasta con mi osamenta desgastada, preguntándome en qué momento pasamos a esta vida.

Cuando me recupero de esa angustia matinal, te coloco un gorro de lana, de aquellos que solías tejer y todas las mantas que tiene mi cama. Así, entre la estufa y ya todo cerrado, es fácil volver a sentirse humano y no un vampiro. Porque esa es la vida que llevamos, Erni... La de dos personas que se encierran en el día, básicamente, y abren todas las ventanas de su casa a la noche.

Vivimos a diario vulnerados a todo. No solo a que quizá pronto el frío nos mate de una pulmonía, de una gripe, de lo que sea a nuestra edad, o que nos roben lo poco que tenemos.

Vivimos vulnerados a una vida que no sé en qué momento sucedió así, o quizá sí, pero no lo esperaba. ¿Quién lo espera?

Nuestros hijos lo supieron cuando se los dijo el doctor, y hasta ahí se encargaron. Pero coincidió con que algunos de ellos se marcharon y el otro, nuestro primogénito, luz de tus ojos, quién vivió como un parásito nuestro siempre, nos ignoró toda la vida.

¿Quién queda en la vejez, Erni? Suficiente que pese a todos los males que te causé y me causaste aún permanecemos, ¿no crees?

Imagina que hubieras hecho caso a nuestra hija menor y nos hubiéramos divorciado. Seguramente yo ya estaría muerto, y no me inquieta eso.

Pero si el destino existe y fuese inalterable... y este mal hubiera caído sobre ti de todos modos... ¿Quién estaría a tu lado? ¿Entendería alguien que caíste en una ciénaga y flotas ahí entre los muertos caídos en batallas, pero que aún respiras?

Solo que inamovible, aun viva, pero sin sentido común, sin libre albedrío.

Quizá después de todo habernos tenido uno al otro, por más mal marido que he sido, por más difícil aunque luchadora mujer que has sido tú y de quién no puedo quejarme, has sido impecable en la casa.

¡Tenemos una casa gracias a ti! Has sido un pilar.

A lo mejor por eso a diario es que te siento y duele aún peor, porque cuando le das a la gente siempre lo bueno, se acostumbran a ello, y luego, al quitárselos, se frustran.

Generan dependencia y ya no saben qué hacer sin ti.

No soy un gran cuidador ni candidato a nada, pero por momentos, más que nada por tu bien, pienso qué suerte que no me dejaste. La vejez es abandono.

Quizá no se puede pedir más.

Yo tampoco sabía nada.

Era y soy un ignorante total de la vida y mucho más de lo que había comenzado a sucederte.

Y hoy, cada día que cuando mi fatigado corazón y tu alocada fuerza me permite bañarte, recuerdo que eras incapaz de tener a un hombre en tu toilette.

Que eras la clase de dama que salía en camisón y bata, aseada, perfumada, repleta de cremas para todo tipo de belleza.

Más allá de que estemos casados, el cuerpo de uno y del otro, nunca lo vimos. Nos conocimos debajo de las sábanas para hacer a los hijos, como nos enseñaron en la arrabalera escuela de la calle.

No hay día que no me duelan todas las cosas que he cambiado por vino, por pocos pesos, que no los gastaba en dar de comer a nuestros hijos o darte algo bonito a ti y menos en el hogar. Y tú sí que merecías muchas cosas, lo mereces.

A veces creo que dormir con las ventanas abiertas para que no muramos por una fuga de gas, o que sea más fácil el escape en caso de fuego, me lo debo merecer.

A diario es lo mismo, como un disco que lo pones y le das para que comience a sonar y luego rebobinar una y otra vez, hasta que ya no produce emociones, solo ruido.

Te abrigo porque duermes un poco más que yo... ¡Afortunadamente!

Me visto. Me pongo casi que a diario un jersey de lana pesado y una campera.

Voy hasta la cocina, siempre con mi oído agudizado para escuchar si es que te estás despertando, moviendo o ya desapareciendo.

Pongo agua a calentar.

Preparo café caliente para mí y una leche con avena para ti.

Busco en el armario todos los medicamentos apilados y olvido el orden.

La hoja estaba escrita por nuestra hija mayor la última vez que la vimos y de eso pasó bastante tiempo.

No encuentro el papel.

Día a día es lo mismo, y he llegado a cuestionarme si será que tu enfermedad es contagiosa.

Luego miro por la ventana y me respondo a mí mismo: Es tan contagiosa que acaban contigo antes de que ellos expiren.

No sé cuál es el orden de los remedios.

Siempre me ve abrir la puerta del fondo tu hijo predilecto y su familia para ir a preguntarles lo mismo y hasta puedo escuchar en mi imaginación el comentario de: "Allí viene este viejo que siempre pregunta lo mismo" o "Yo no sé si no estará senil o qué.".

Se les olvida que tienen esa casa al fondo porque luego de idas y venidas, de pelearse con toda persona, pues a ellos nadie les cae en gracia en todos los lugares que han vivido, quien sabiendo el problema que traía a esta casa, nadie más que tú les abrió las puertas

Es mi hijo, no obstante yo no tengo tu debilidad.

Y sí, soy un viejo. Sin embargo, no se me pasa por alto que la mala cara desaparece cada vez que deben pedirnos dinero o hasta que les dé para comer porque jamás han tenido trabajo estable.

Pese a todo, allá voy a golpear su puerta e insisto. La desesperación y responsabilidad de que tu enfermedad necesita cuidado me desmorona todo orgullo y me vuelvo larva, un arrastrado que mendiga la más mínima ayuda con tal de que estés bien y tengamos una mínima estabilidad.

—¿No me dirías el orden de las cajitas? tu niño adorado siempre responde:

—¿Siempre lo mismo, papá? Al final no sé cuál de los dos está peor. Recuerda que la de etiqueta azul es la primera, luego va la amarilla y la naranja en una sola toma. La verde es para la tarde. Y los dos potes que no traen color se dan en la noche.

—Bueno, mijo. Gracias —le respondo siempre yéndome con el menor sentido de seguridad. ¿Cómo me voy a acordar de todo eso? ¿Y si en vez de gritar y enojarse me hiciera otro papel? ¿Si en vez de tanta distancia pasara a verte, Erni? ¿Sera tan difícil notar como me hundo solo en este pantano con mi vejez y mis nanas como para pasar por casa, que le queda a la enorme distancia de cruzar el patio y ayudarme al menos con lo de las pastillas?

Por lo que veo es mucho pedir.

Seguramente yo te enfermo todos los días otro poco, haciendo que tomes medicamentos en desorden.

Te soy sincero... No te he dado ni la leche aún, el día recién comienza y yo ya estoy ahogado.

Ahogado en todos los aspectos.

Tras los dos infartos que quizá merecidos tuve por ser un borracho fumador, que me llevaron a fatigarme apenas camino y tener un andar más pausado, más lerdo, y ahogado en mi miseria.

Allá voy con la bandeja para nuestro dormitorio enorme. Dejé las persianas algo entornadas para que el calorcito del sol entre.

Llego al dormitorio y ya no estás en la cama. Estás contra una pared acurrucada y con miedo, comienzas a gritar que yo sin duda quiero matarte. Que me vaya, que soy un extraño.

Intentando calmarte me haces caer el café encima, me quemo todo, y cae tu tasa de avena con leche y se hace añicos.

Mi ardor se esfuma buscando tranquilizarte.

Tus gritos son fuertes. Ya no sé qué hacer a diario contigo, Ernestina.

Algunas veces dejaría que lo jodas todo. Que abras el gas como la otra noche, que no sé cómo no volé la casa en pedazos cuando encendí el fósforo. Desde mis infartos mi olfato no es bueno. Casi nada en mi cuerpo es bueno ya. Creo que es lo congelada que estaba la cocina con todos esos vidrios rotos.

Me arruinas de pie a cabeza la vida, y el día de inicio a fin.

Disfruto de cocinar, pero ni eso puedo. Cuando no te veo vienes y me subes el fuego de la hornalla, me agregas cosas como tierra de macetas, harinas en comidas de olla que no son compatibles, le sirves Coca Cola al perro y te tiras a ladrarle.

Lo siento, no hay momento en el día en que me cause risa, o algo me resulte tierno. Nada lo hace. Solo siento desolación y preocupación.

No sé qué es peor... si reventáramos de una vez porque por fin caigo en un sueño profundo y tú abres el gas o prendes fuego toda la casa, o seguir viviendo esta vida que no es vida.

Alzheimer dijeron, y con una palabra resumieron el infierno. Sabes que conozco la calle, que conozco el peligro, desde que el tren bala me arrastró y seguí vivo, con más vidas que los gatos, pero nadie me dijo que el Alzheimer era el mayor peligro que conocería en mi vida disfrazado de palabra importante.

Es el infierno, y no tiene otra explicación que esa. El infierno diario y constante.

Volvemos al presente. Así me la paso, en el presente y perdido en mis reflexiones y amargura.

Siento como si trabajara todo el día en una construcción de un rascacielos y no se acabara más. En pleno verano, bajo un sol de cuarenta y cinco grados.

Con la mano quemada de café. ¡Cielos, me arde!

Debo forcejear contigo, que pese a lo pequeña y delgada que estás quedando tienes una fuerza brutal, por eso digo, esto parece que viene todo junto como un pack del infierno. Comienza por un olvido, dos, tres, y luego, el delirio.

La vida fuera de sí y la ruina del que no ha perdido la cabeza.

Forcejeo contigo como puedo y te arrastro a la cama.

—¡Ernestina, por el amor de Dios! Soy yo. Adolfo. Soy Adolfo ——Llora como niña pequeña y grita:

—Yo no hice nada para que me quieran matar. No me mate. No lo haga. Suelte esa hacha.

Me inclino hacia adelante todo lo que puedo. Sobre la cama dejé la soga con la que suelo atar mi muñeca a la tuya para dormir en la noche y así asegurarme que no te escapas, que no vas a incendiar la casa, a tirarme el armario encima, a destrozar lo que sea. Porque este tiempo tan deteriorante a tu lado me ha hecho comenzar a usar la imaginación como si fuera un escritor.

Cada noche me acuesto pensando en que me vas a matar de un modo u otro. Ideo los modos más estúpidos, pero más probables aunque si se lo contara a otro, causaría risa.

Te sujeto, entonces, con la cuerda que dormimos maniatados. Esa cuerda es fuerte pero no lastima.

Te debo sujetar las dos manos en tu espalda.

Gritas.

Sabes bien que nunca me importaron los demás, pero deberé comenzar a contar sobre tu enfermedad porque este griterío diario, demasiado fuerte, puede acarrearnos problemas con la ley. Nos pueden denunciar.

Te voy a amordazar, Erni.

—Si continúas así, voy a amordazarte —no lo pienso mucho. Busco pañuelos en tu armario y te amordazo. Me muerdes, babeas. Se parte tu dentadura postiza.

Díganme ¿qué clase de película inédita de Darío Argento era esta?

Podría matarte si ya no paras.

Esta maldita medicación o te la estamos dando tan mal como nuestros días o contigo no se puede. Mi fuerza me abandona. Me voy a caer sobre ti y no sabré nada más.

Por misterio de la vida, la mordaza te silencia, te hace desorbitar los ojos mientras continúas balbuceando, gimiendo, queriendo zafarte.

Te siento en la cama, te cobijo. Se está a gusto porque al menos aún me queda leña para la chimenea.

Con una bufanda larga te dejo sentada atada a los barrotes de la cama. Aún pataleas con tus piernas, y vas desarmando la cama que con tanto esfuerzo me cuesta armar.

—¡Ernestina, por favor! Soy tu marido —menea la cabeza diciendo que no. Me pregunto si será uno de sus momentos de lucidez en que por alguna razón empieza a justificar acciones que a diario jura que no son reales de nuestra vida cotidiana, y rememora cosas en donde su memoria se ve impecable, y sin embargo lo que dice no tiene coherencia.

—Ernestina, te traeré los medicamentos. Déjame al menos encontrar mis gafas. Tenme paciencia, soy un maldito viejo. Uno que está peor que tú físicamente. Y cuando me coloque las gafas podré leer bien para qué es cada medicamento. Los diez mil medicamentos que te han enviado.

Sabiendo que la dejé amarrada, voy a la cocina a revisar la caja repleta de medicación. Leo con una atención apresurada y al fin encuentro uno que eran sedantes.

Nuevamente enciendo la cocina y coloco leche a hervir. Preparo la avena en la taza. Sirvo la leche. Coloco en una bandeja la taza junto a un vaso de agua y los sedantes.

Llego al cuarto y debo meterte el dedo hasta la garganta para forzarte a tomarlo.

Si tú supieras a diario el miedo a lastimarte, a terminar los tres días locos que me quedan en la cárcel y tú en un hospital psiquiátrico de mala muerte donde en tanto tengas ataques te van a echar al agua helada así hayan diez grados bajo cero. Te van a golpear hasta que te desmayes y por fin cierres esa boca.

Esa es la salud pública. Aquí es así todo lo estatal. Y eso es lo único que podemos costear. Somos jubilados de la clase obrera que acostumbra a limpiar la mierda ajena. Nuestra jubilación así nos permite la comida y lo más básico. ¿Piensas que será algo mejor que eso?

No es que mi imaginación sea exagerada. Cada día pienso en eso.

En: ¿Y si me ocurre algo? ¿Qué hace ella? ¿Qué harán con ella? En primer lugar nuestros hijos. No confío en ninguno de ellos.

Tampoco es que quiera juzgarlos. Yo tengo mis ideales e intento que no se me olviden.

No es que hayamos sido buenos padres. Tú hacías lo que podías, trabajando como esclava y lidiando con mi borrachera, mi violencia, mi nada que aportaba.

Yo, no hice nada.

Por eso cuando por momentos detesto su falta de compasión y empatía, intento recordar que tampoco nos lo hemos ganado, y eso hay que ganárselo.

Ahora, de tu primogénito, y le digo tuyo, porque aunque también es mío, nunca vislumbré desalmado tan grande. Sus actitudes no son de persona, sino de rata. A él, aunque sea mi hijo, le deseo que en su vejez, ni uno, de los mil hijos que ha desparramado, se acuerden de él.

Nadie pide que se encarguen de ti. Eres mi esposa y ese es mi compromiso. Encargarse de alguien no es lo mismo que ayudar.

La ayuda es algo que siempre hace falta en la vida de cualquiera. Desde el más rico al más pobre. En la vida de todos.

Al fin, luego de estar sumida en estas, mis reflexiones diarias, vuelvo en sí y me percato que te has calmado un poco. Los sedantes. ¡Bendita droga!

Ahora sí puedo quitarte la mordaza.

—Lo siento, Ernestina. Cuánto lo siento.

Lloro. Tú me ves y lloras también. Sin tener idea de mi dolor. O quizá sí, en algún recóndito lugar, quién lo sabe.

Y de la nada, el fantasma que se roba tu mirada te aleja, pero comienzas a hablar tranquila, mientras aceptas la avena que te voy dando cucharada tras cucharada.

—¡Papá!... Mamá murió. Violeta se va a hacer cargo de nosotros. Pero tiene solo once años. ¿Papá, a dónde te marchas? —en ese momento recordé en el pasado, nuestras charlas. Ella me había contado que su padre para poder ir a trabajar, los repartió entre distintos hermanos, madrinas, tías y algunas monjas. Pero, me llamó la atención algo... Algo que agregó y jamás mencionó. Ese algo estaba por hacer que colapsara nuevamente y comenzara el disturbio.

Se irguió y comenzó a gritar como si viese a su padre parado ante ella:

—¡Papá! Eso no se les hace a las hijas. Por tu culpa ya no nos cuida. Por tu culpa, tu culpa, y tu culpa. Mamá desde el cielo hará que te pudras...

Cómo debía yo separar la línea entre sus delirios y lo que sonaba tan real, similar casi idéntico a la vida que siempre me contó sobre su pasado.

Su hermana mayor los cuidaba a todos.

Iba a buscar agua al río y así, helada, los bañaba a todos a la intemperie, pues ella sostenía que serían pobres, pero no sucios.

Un buen día su padre volvió de sus trabajos de esquilador de ovejas. Y todo cambió, pero nunca me dijo cómo. Solo que Violeta su hermana los abandonó y su padre los repartió y nunca más apareció.

Cada vez que ese hombre volvía de sus trabajos su madre fallecida quedaba embarazada. Ahora ya no estaba. Murió de una infección al parir al último de sus hermanos.

Por un momento Ernestina me hizo pensar que quizá estaba su hermana y eso transformó a su padre.

La gente del campo era así. Bastante enferma.

Algo vio Ernestina. Algo la marcó desde ese tiempo.

—Ernestina... tu padre ya no existe. Estás a salvo, conmigo. Debes comer tranquila. Mantener paciencia y hacer que nos llevemos lo mejor posible en este, nuestro último tiempo.

—¿Y tú qué crees? Yo viviré más de cien años. Yo nunca moriré.

Yo me quedaba callado. Perplejo. Sumido en esa amargura densa como la niebla espejo.

—¿A dónde estás, Ernestina? —le decía —. Intento encontrarte en tus ojos y no lo logro. No hay nadie.

Tus ojos parecen que están viendo otro lugar. Uno que está demasiado ajeno al nuestro. Tus ojos agujeros de gusano, que, por ciertos momentos recuerdan la vida y se iluminan.

Mientras estás en paz, cada día hago lo mismo. Saco nuestra caja de fotografías de todo tamaño apiladas, porque jamás llegaron siquiera a tener un buen álbum.

Siempre tengo la esperanza que en aquellas fotos de tu juventud, tus compañeras de trabajo, tus hermanas te ayudan a recordar lo feliz que fuiste un tiempo, por más breve que haya sido. Lo feliz que eras cada vez que las veías una y otra vez, y le contabas a nuestros dos nietos sobre esas andanzas.

Les dabas lujo de detalles de nuestra boda, de tu vestido, de la iglesia de San Francisco de Asís perteneciente a Nuevo París.

El dolor que me otorga hasta hoy ese fotógrafo que jamás pudimos pagar, la cantidad de tu hermosura que habrá quedado desparramada por ahí.

—Perdóname, Ernestina. Lamento pedírtelo ahora, en la agonía. Quiero que sepas que en aquel entonces te pedía perdón internamente porque nunca pude con nada. Nunca tenía trabajo, nunca me esforzaba por nada, ni para pagar el pastel de bodas.

Veo ahora, junto a ti nuevamente las fotos. Tus ojos no brillan como antes, y no hay nietos que hacen preguntas. Tan solo el frío, la soledad de nuestra habitación, sin embargo mi pena es la misma o doble. Siento tanta culpa que me culpo de lo que te sucede.

Pero si era yo quien debía pagar, debí haber sido solo yo, y no así en esta ruina que has caído, No así, mi bella mujer.

Tras las pastillas sedantes y la avena caliente, el invierno te lleva a dormir más.

Vuelvo a la cocina, sin desamarrarte.

Preparo algo sencillo para que podamos comer y ya sirva de cena. Al fin, allá al final de todas las cosas, puedo tomar un mísero café. El último en la lista de prioridades soy yo. Eso ya lo tengo claro.

Voy hasta el dormitorio, veo que siguen durmiendo. Solo así encuentras paz, y no puedo mentir que también yo.

Me atrevo a salir fuera. Observo nuestro jardín. Ese que fue la envidia del barrio. Tus rosas muertas, esas que esplendían radiantes.

Apenas sobreviven los paraísos gemelos que crecieron solos, y por eso considero que solos se mantienen.

Te extrañan, Ernestina. Al igual que lo hago yo, y tus dos nietos. A su modo nuestros hijos, pero no lo saben afrontar. Los demás, los otros nietos y familia no cuentan.

El corazón de la gente no perdona ni se compadece hasta en el mayor dolor.

No sé desde cuando me convertí en un viejo llorón, pero lloro a mares sobre las rosas. Sobre los jazmines, hibiscos y las parras de uva.

De qué modo tan veloz y voraz depreda el tiempo a todo lo hermoso. El mundo es más hostil de lo que tiene de momentos felices y bellos.

Al fin me calmo. Marta la vecina se acerca al muro y me llama.

Siempre fue una buena vecina, y no veas la falta que me hace a mí hablar con alguien que sepa responderme, que pueda comprenderme.

—Vecino...¿sucede algo en su casa? No he visto más a Ernestina.

—Marta, querida... las cosas van mal. Muy mal.

—No me asuste. ¿Qué sucede?

—Un depredador con nombre coqueto, le llamo yo. Ernestina fue hace poco declarada con Alzheimer.

—Dios...

—Ese día esperé en casa, porque mis hijas la llevaron al doctor. Estaba teniendo por momentos incoherencias en el léxico, pero cuando llegaron, me a entregaron a ella con una etiqueta que fue demasiado difícil para mí.

—Se ve tremendamente demacrado. Usted y su corazón no pueden con una situación así. Bueno, yo no sé qué tan grave es, pero sé que deterioran antes al cuidador que lo que se deterioran ellos.

—Es así, Marta. Mi vida diaria es el infierno. Nunca hubo redacción ni en la Biblia sobre el infierno como la que vivo ahora. En dos meses hablar incoherencias pasó a ser un peligro de vida. Me siento un miserable culpable por el modo en que tenemos que estar viviendo. Por el modo que debo tener a mi esposa...

—Tranquilo. No crea que las cosas no se perciben. He visto todo abierto en la noche. Por eso en parte estoy preocupada —me eché a llorar. Por primera vez delante de una persona que pudiera notarlo. Marta quedó consternada y sin palabras.

—Estamos durmiendo de esa manera porque casi vuela la casa en pedazos. Hasta hace poco me acostaba a dormir normalmente, ignorando todo, pues nadie me dijo de qué iba esto. Pensé que el deterioro podía darse en el habla, en los recuerdos, no en el hecho de que pudieran ser un peligro. Dormía y de repente desperté y no la vi más. Justo había corte de luz, así que me fui a la cocina llamándola, y busqué un fósforo para encender una vela. Sabes que yo no creo en Dios, pero ese día por un momento dudé de si existiría, porque la casa podría haber volado en el instante. Simplemente que los vidrios de nuestra cocina están todos rotos, y entra tanto aire como si no tuviéramos una maldita ventana. Y eso nos salvó, Marta... Ella había abierto la llave del gas y se había encerrado en el baño bajo el agua helada. Hablaba del pasado como siempre...

—Mi Dios... ¿Y por qué usted no nos pide ayuda?

— ¿Cómo hacer algo así si quien debería preocuparle al menos un poco no lo hacen? ¿Cómo cargar a otros con mis desgracias?

— Somos vecinos de toda la vida. A veces, cuando la gente necesita ayuda no puede mirar a quién ni en dónde la pide.

—Gracias, Marta. Yo le tendré en cuenta para otra ocasión. Pero esa situación, y otras más, todas graves, desgastantes, peligrosas, me han llevado a tenerla viviendo como a una persona del pabellón de psicópatas —en ese momento, aún me pregunto cómo lo logró, pero salió por la puerta principal interrumpiendo la charla y dejándonos perplejos.

Quise apurar el paso para que no saliera por el portón, pero no pude. No puedo apurarme, no me lo permite el poco oxígeno que tengo en mis pulmones con apenas una porción de corazón que funciona.

De repente los coches comenzaron a frenar y tocar bocina. Eso la perturbó más, mientras Marta salía por su portón y comenzaba a pedir a los del tránsito que tuvieran paciencia y yo intentaba atraparla.

Pero no llegué a que no dañara sin saber su moral. Se arrancó el camisón y comenzó a quitarse la ropa interior.

La gente de los coches comenzó a sacar la cabeza por la ventanilla como si fuese un espectáculo de circo.

Ahogado y jalando con ella para que entrara empecé a decirles que dejaran de ver, a preguntarles que si jamás vieron a una mujer enferma, al quitarla del medio de la calle todos circularon y al fin, con la ayuda de mi vecina, logramos hacer que entrara.

Mi vecina me ayudó a vestirla. También a amarrarla. A sedarla nuevamente, y a hacer algo tan simple que ninguno de mis hijos podía venir a hacer así sea nuevamente: Ordenar la medicación para que las cosas comenzaran a funcionar un poco mejor al menos.

Marta que era muy atenta observó la poca leña que tenía en mi chimenea y entonces, fue a su casa y vino con su marido que me trajo una buena cantidad. También cambió la válvula del gas. Era una válvula con sistema para niños, porque en definitiva, un enfermo de Alzheimer era como un niño demasiado travieso.

Esa válvula salvo una parte de mi esperanza que ya se había muerto.

Al fin no tenía que dejar la casa abierta y tiritar de frío la noche entera poniéndonos a riesgo de morir de una pulmonía a lo más mínimo.

Estuve tan agradecido ese día, que incluso el episodio de desnudo en la calle, el hecho de que salió corriendo y podría haber muerto ahí, en mis narices, arrollada por un auto, quedó anulado.

Antes de irse me ayudaron a darle toda la medicación que debía tomar, y eso, la llevó a un descanso profundo.

Y así comenzaron a pasar los días. De aquellos en donde todo comenzó como un peligro a vivir con un kamikaze... con un peligro al que había dado todos los años de mi vida y ahora, por más rutinario, cansador y toda estampa que lleve dicha enfermedad, no pensaba en mi último tiempo ni en el suyo desistir.

Vengo de la vieja escuela que prima a la vida por encima de todas las cosas, aunque por momentos he deseado volar en pedazos y que todo acabe de buena vez. Pero luego, cuando la veo dormir digo... ¿De dónde sacarás el coraje para dejar que se pierda quien te dedicó todo a ti y a los suyos?

No era justo.

Habré sido un mal marido, un tipo que no valía nada. Un castigo y seguramente, me habrá odiado tantas veces. Quizá yo soy una de esas tantas frustraciones que juraría la llevaron a este estado en el cual presiento que ella misma dijo: «Al Diablo mi mente y todo.»

Dicen que toda enfermedad comienza con emociones que se clavan en el alma y la destruyen, y cada vez que hablaba incoherencias dentro de coherencias, parecía que cada vez me mostraba más cuán destrozado había estado siempre su mundo.

Sabía que aquí comenzaba la parte más difícil de una rutina que tendría una fecha de caducidad muy lejana, pues físicamente ella tenía una buena salud. Quizá el final sería mío primero, y entonces se instaló ese nuevo fantasma que me quitaba el sueño cada noche. ¿Qué sería de ella?

Me dije a mí mismo que haría hasta lo último que estuviera a mi alcance. Pues aunque ella fuese una bomba de tiempo era frágil. Y algo en su psique que había quedado en algún lugar el universo infinito se manifestaba con un dolor que no podía ser expresado, pero estaba allí, trancado, ardiendo, destrozándola y arrastrándola como un monstruo depravado y la hacía añicos, mucho más de lo que ella era capaz de destrozar todo a su alrededor.

Luego de la charla con mis vecinos entendí que no era una enfermedad que solo le haría perder la noción de lo real. Entendí que debía estar preparado para la batalla. No obstante, siempre he sido obstinado y no podía resignarme a que alguien fuera abducido por sí mismo.

Allí, en algún lugar de esa ciénaga oscura estaba mi Ernestina.








18 de Julio de 2019 a las 05:39 2 Reporte Insertar 5
Leer el siguiente capítulo Capitulo II - Sombra en el alma

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Alicia Adam Alicia Adam
Me ha impresionado mucho el texto, la calidad en la introspección del personaje. Consigues que el lector se identifique con él.

  • Shee Lag Shee Lag
    Muchas gracias, mi querida Alicia. De más está decir que aprecio el tiempo de tu lectura. Cuando tengas tiempo, lee los otros capítulos. Es una historia fuerte, triste... muy triste. Espero la disfrutes tanto como yo disfruté de escribirla en dos días!!!! para el reto, que realmente sacó de mí algo que me ha gustado mucho. Gracias por tu apreciación sobre mi modo de escribir. 3 weeks ago
~

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