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ecco Erendira Corona

La breve y salvaje historia de cómo Naranja hizo su entrada en escena para dar un rondin en nuestras vidas.


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La casa verde


Era un día en la mitad de Agosto, con el verano transcurriendo vertiginosamente y los rayos de sol mostrando su falta de piedad sobre todo aquello donde se posaban. El termómetro marcaba los treinta y siete grados, y en las calles las personas y las horas parecían transcurrir más lentas de lo normal. Siempre he creído que hay algo en el calor que pareciera hacer menguar la voluntad de los hombres.

Los rayos de sol se colaban como finos granos de arena por el tragaluz e iban a dar al fondo de la habitación donde se alcanzaba a escuchar el parloteo de aquel radio rojo que inverosímilmente anunciaba un pronóstico de lluvia intensa para horas más tarde.

Habíamos estado empacando nuestras pertenencias, o más bien quizás nuestros recuerdos; en aquellas cajas de cartón. Empaquetamos nuestro primer verano juntos, las vacaciones en Machu Pichu y la placa de nuestro primer carro, un Renault del 80 color blanco, un automóvil viejito con picaduras debido a la alta salinidad del ambiente donde vivíamos y por lo cual se había ganado entre nosotros el apodo de la muelita picada.

Las apilamos todas uno a una con cuidado lo más cerca de la entrada durante toda la mañana.

Ese día, mi esposo y yo nos estábamos despidiendo del departamento donde vivimos apenas un par de años. Habíamos tenido que buscar dónde movernos para poder estar más cerca de nuestros trabajos, no había sido nada fácil encontrar un lugar donde rentar cerca de donde queríamos estar, así que nos armamos de valor para cambiar de estrategia y decidimos juntar nuestros ahorros para lanzarnos a la aventura de comprar una casa propia. Después de todo iba siendo hora de comenzar a hacernos de un patrimonio.

Pasaba un poco de las cuatro de la tarde y el personal de mudanzas aún no hacía su aparición, con el bochorno que hacía era mejor tratar de tomar un poco de aire fresco para evitarse un golpe de calor, así que decidimos sentarnos un rato en la puerta que daba a la calle y esperar...

—¿Recuerdas aquel árbol?

En la banqueta se podía ver aquel conjunto de hojas verdes donde la primavera anterior, una avecilla de esas cafés chiquitas que pululan por montones había decidido hacer su nido. Un buen día, mientras mi esposo podaba las ramas se dio cuenta a tiempo para evitar la caída de aquel lecho formado de cientos de ramitas cuidadosamente apiladas y entrelazadas una sobre de otras. Después de aquel episodio, y durante todo el periodo del incubamiento, estuvo al pendiente siempre que podía por si veía acercarse a algún posible depredador. La mamá ave se veía siempre sentada en su nido por las mañanas, siempre estoica sobre los huevecillos, solo mirándonos de reojo por si decidíamos acercarnos. Durante las tardes dejaba solo el lugar por un rato, teníamos la teoría de que iba a buscarse comida y a beber un poco de agua a una laguna que estaba cercana, después de haberse bebido todo el sol de la mañana para proteger a sus futuros polluelos.

Pasaron algunos días y vimos nacer a los pajarillos, primero se veían todos pelones los pobres y con los ojos cerrados, indefensos, vulnerables, totalmente dependientes de su madre; acaso igual que nosotros cuando nacemos. Y así transcurrió un poco de tiempo mientras los veíamos crecer y emplumarse, hasta que un buen día al volver a casa del trabajo no los hallamos más. Queremos pensar que esa mañana finalmente aprendieron a volar y siguieron el curso de su vida porque no les volvimos a ver. Dejaron el nido vacío y un poco de ausencia en nuestras tardes.

De pronto se escuchó un ruido de escape viejo y volteamos a ver hacia la esquina, venía dando vuelta el camión de la mudanza. Impulsados por una pequeña chispa de emoción, nos levantamos pronto del escalón de la entrada para hacerle señas con ambos brazos e indicarles el lugar.

El camión se estacionó de reversa para facilitar el acomodo de las cosas, y de él bajaron un señor y dos jóvenes que ayudarían a cargar y acomodar las cajas cuidadosamente dentro de la cabina como si de un juego de lego se tratase. Después de más o menos una media hora de acarreo, finalmente todo se encontraba dentro.

Cerré las ventanas, desconecté el radio rojo y me lo acomodé bajo el brazo. Tomé las llaves y di un último vistazo parada junto a la puerta para no dejarme olvidado ningún recuerdo, se me escapó un suspiro. Luego volteé a ver a mi esposo quien desde el carro me sonrió.


Conducimos cerca de cuarenta y cinco minutos por el tráfico habitual de la ciudad, y ya casi cuando estábamos por llegar a nuestro destino pasamos por un tramo de carretera, a medio camino de esta había una parte donde por la altura se podían ver los pequeños altibajos en el terreno verde, habían muchos árboles de cada lado y al horizonte muchas nubes gordas, blancas, henchidas de agua. El sol poco a poco empezaba a quedar oculto mientras algunos de sus rayos intentaban todavía escapar detrás de ellas dando ese efecto de haber llegado a un lugar señalado por alguna entidad divina.

Todavía recuerdo la cara de mi esposo a llegar al lugar donde se encontraba nuestra nueva casa. Se estacionó en frente, bajó el vidrio de su lado de la ventana y la miró, tenía en sus ojos un brillo de esperanza con mezcla de nostalgia de recuerdos que aún están por suceder.

El camión que venía detrás nuestro también se detuvo. Nos bajamos a abrir la puerta de lo que sería el nuevo hogar para dar comienzo a la descarga de las cajas que contenían todas nuestras pertenencias, minuciosamente empacadas.

La fachada de nuestra nueva casa estaba pintada de color verde, apenas entrar ya estábamos en la sala, era una construcción relativamente pequeña que contaba con dos cuartos, la sala/comedor, la cocina y un traspatio de forma rectangular.

Resultaba sumamente práctico poder llegar de un paso de la recámara al baño y de tres pasos a la sala y de dos más a la cocina. Mi esposo había querido destinar uno de los cuartos para que fuera el estudio, y entre ambos habíamos decidido no destinar un espacio a la sala ya que normalmente no acostumbrábamos recibir tantas visitas y ahora al estar un poco mas alejados de la ciudad la frecuencia con toda seguridad no aumentaría.

La casa estaba ubicada en un vecindario a las afueras de la ciudad, y por lo que se veía ya habitaban algunos vecinos cerca.

Los dos chicos bajaron del transporte y abrieron de par en par las puertas del camión, uno de ellos tomó un par de cajas pequeñas, de las que se encontraban más próximas, y las empezó a apilar dentro del espacio que pertenecía a la sala. El otro le copió los pasos y en poco tiempo el señor se les unió. Así siguieron yendo y viniendo como hormiguitas que transportaban migajas de pan.

Mientras tanto mi esposo comenzaba a desempolvar un poco las ventanas en lo que yo daba una barrida rápida a los cuartos, lanzando de cuando en cuando un estornudo gracias a la conjunción de fino polvo y la humedad que presagiaba la lluvia venidera, una fórmula perfecta para el desastre personal de mi alergia.

La cabina estaba ya casi vacía, solo faltaba descargar el empaque más grande que traía consigo la mesa redonda de cristal. Entre los tres tomaron el paquete y lo bajaron cuidadosamente, mientras lo sostenían poco antes de entrar por la puerta de la casa, una gota calló sobre el cartón. El señor que acompañaba a los dos chicos volteó la vista al cielo y otra gota le aterrizó en el ojo.

— ¡Hay que darnos prisa muchachos, ya viene la lluvia!.

Dicho esto, se apresuraron a dejar este último paquete dentro de la casa, mi esposo les dio el respectivo pago, se secaron un poco el sudor mientras subían al camión y los perdimos de vista en la calle principal mientras cerrábamos la puerta justo cuando la lluvia comenzó a caer.





20 de Julio de 2019 a las 04:30 0 Reporte Insertar 0
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