Los siete pecados capitales Seguir historia

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Nestor Ventura


Siete cuentos que remiten a los pecados capitales y exponen, en el discurrir de diferentes ambientes y con variados personajes, la naturaleza y la condición humana, cuyas derivaciones emocionales laten en los textos con suspenso, terror e intriga.


Cuento Todo público.
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El orgullo: "El estanciero y la muerte"

—Dicen que todos coincidieron en que durante los últimos días el hombre había olido muy mal; por supuesto, dicho así en clara referencia al hedor que emanaba su cuerpo, no a las facultades olfativas del estanciero.

“Sí, dicen también que el capataz se lo confió al cura párroco de aquel entonces y que fue éste quien empeñó horas en desandar la especie y procurar el secreto. Y a pesar de los empecinados ataques de cólera que el religioso descargó contra los que del rumor hicieron escarnio, la singularidad se filtró como el agua entre un puñado de arena.

“Decía que decían que durante sus últimos días el hombre olía muy mal. Pero no había de ser considerada esta circunstancia causa de un súbito rechazo general que por entonces oprimiera o desanimara a quien se le acercara, porque ya mucho antes de tales sucesos al hombre lo evitaban por la nombradía de sus acciones, pedantería profesional y soberbia de costumbres al trato con los parroquianos. Y ni hablar con la que les prodigaba a quienes de él dependían en su ostentoso reducto pecuario. Así las cosas, en el pueblo corrió la voz del accidente como una maldición advertida por ciertos rencores personales, nacidos oportunamente por el rigor de su carácter malquistado y odioso. Siempre con la razón, (o con la fuerza, por supuesto) el estanciero jamás perdió, (o no aceptó perder) una discusión, y al eventual rival se lo hacía notar con tal impiedad que solía promover la vergüenza ajena en quienes oficiaran de testigos en cada caso… Ve, ahí se mueve, oscila y no hay viento”.

-Humm, no sé, siempre dije que esto debe de ser imposible.

—Dicen que dijeron, dudaron, afirmaron y negaron, señalaron y musitaron, rumorearon y profirieron, pero el auténtico dueño de la versión, a mi juicio y a la de muchos, fue el capataz del estanciero.

“¡Pobre desdichado!, ¡pobre zopenco fracasado!, pobre ser atado a la falsa candidez de los cielos que, por redimir y procurar reconvertir, sufrió las más infaustas vivencias, je, je, junto a aquel hombre proclive a quebrarse, a diluirse interiormente antes de pronunciar perdones o admitir equívocos de su razón. En una ocasión, dicen que dijo el capataz, y después él mismo me lo confirmó, pues era su deber ante la imposibilidad de recuperar aquella alma, que un día el estanciero dispuso perseguir la sombra de un puma improbable que dudosamente hubo de cargarse una res enferma. Junto a su siempre fiel escudero, el capataz, y contra todos los augurios francos de fracaso, (hacía años que no se veía un felino por la zona) incursionó en un gran monte de ánimas y pantanos, negando el hambre y haciéndoselo negar al otro, dilucidando rastros e imaginando asechanzas; dos meses sin volver al casco de la estancia, dos meses de caballo entre las piernas, de pernoctar bajo cielos mansos y destellantes de frío, turbios y agresivos de agua. Dos meses cabalgando en círculos y a la deriva entre un mar de espinillos hirientes y locura en ciernes hasta que un grupo de cuatreros los emboscó en un claro de luna y de monte. Dicen que el capataz, años después, supo contar (y a mí me lo confirmó) que uno de los delincuentes traía, desde comarcas occidentales, un reseco cuero de puma como apero. El estanciero lo capitalizó hábilmente a cambio de una veintena de cabezas sin marca. Entonces, a pesar y por la gracia de esa pérdida de veinte vacas que el fantasma del puma jamás habría infligido en su hacienda, enfrentó a los agoreros y les restregó el cuero por la jeta, alardeando de su intuitiva virtud cazadora… Pero vaya usted mismo, vaya, pálpela, tóquela, compruebe la firmeza con la que está enclavada en la tierra”.

-Tal vez la estructura, el largo del travesaño y la altura de la estaca provoquen la oscilación. Sí debe de ser eso.

—El capataz jamás desmintió lo que los rumores afirmaban respecto de otra circunstancia que merece destacarse como emblemática del carácter de este hombre atormentado, porque quién no lo estaría con esa actitud ante la vida y sus semejantes, ¿no es cierto?, ja.

“Decían, aseguraban que una noche, mientras regresaba a la estancia montado en su primoroso tobiano, un jinete inesperado lo hizo desmontar a punta de revólver, le quitó el equino y se marchó. Al día siguiente la noticia se desperdigó a lo largo y a lo ancho de la comarca. Por supuesto, el estanciero, quien ante similares circunstancias del destino ajeno había proclamado que ¡no ha nacido quien me baje del caballo por la fuerza!, no reconoció que el animal le fuera secuestrado en esa oportunidad, ‘el pobre tobiano se me ha muerto, eso es todo, ¡pero quién ha dicho, de dónde sacaron tremenda fábula de que me han robado el caballo!, ¡a mí nadie me roba un caballo!’. Ciertamente, quien había divulgado el suceso era el propio captor del animal, porque al agenciarse del tobinano no tenía más intenciones que la de darle una lección al estanciero, por lo que a pocos días el animal apareció misteriosamente en su querencia, con montura y freno, ileso e iluso. El estanciero lo divisó desde un ventanal con tristeza, siguió el trotecito del animal unos momentos con una mirada de prematura nostalgia y buscó la carabina, le apuntó cuando ya estaba frente a la explanada de entrada y le descerrajó un tiro en medio de los ojos. ‘Estaba muerto, nomás’”… Hace poco nos visitó un hombre que, al principio tan escéptico como usted, se retiró frenéticamente asombrado; dijo que regresaría para mostrar públicamente el prodigio. Pero no se lo volvió a ver por acá. Le pregunté al camposantero pero... Ve, ¿ve como se mueve constantemente?

-Sí, pareciera.

—Desde entonces, por obra y anhelo de la prudencia, en el pueblo y alrededores se olvidaron de gastarle bromas al desdichado, me refiero al estanciero naturalmente. Tal vez, a raíz de eso, lo ocurrido con aquel paisano hierático fuera asumido por todos como una cuestión ajena a los intereses del cotilleo y, prudentemente, soslayaron el hecho; excepto el capataz, claro.

“Me refiero a lo que ocurrió una noche en la pulpería; dicen que nadie ignoró la entrada de aquel hombre robusto, pálido, enhiesto e hirsuto, de gran porte y bigote encrespado, quien sin prestar saludo a nadie se dirigió al mostrador, donde acodado el estanciero bebía la enésima ginebra. Los caballos atados al palenque del boliche se habían alterado. Y los parroquianos enmudecieron brevemente. Pero mentirían aquellos que aseguraran haber oído las palabras integrantes de aquel murmullo de caverna que el recién llegado exhaló por la boca. El único que captó las palabras, una por una, fue el estanciero, quien volteó lentamente la cabeza hacia el desconocido que le rozaba el codo. Salieron sin decir más y se perdieron en la noche. Dicen que el capataz aseguró tiempo después que ambos montaron en sus respectivos caballos y marcharon en silencio hacia campo abierto. Allí se detuvieron y el foráneo le asestó una puñalada hecha frase, ‘de acuerdo a como sos, casi seguro nos veremos siempre, para siempre; ahora decime qué querés y te lo hago realidad antes de que cante el gallo’. ‘No me hace falta nada, y no necesito que venga a perseguirme con tentaciones, pues he nacido para procurarlas por cuenta propia, a las tentaciones las compro con mi voluntad, porque para eso soy el estanciero más importante de la región’. ‘Hombre insensato, estás hablando del vil y siempre limitado dinero, yo te ofrezco algo más’. ‘Y qué ha de ser eso que valga más que el dinero’. ‘Poder, hombre, el poder no tiene precio’. ‘Ja, ja, ja, yo ya tengo poder sobre todas las criaturas de este valle de penas. A mí nadie puede proponerme exuberancias porque acá las propuestas las hago yo, por más que venga usted, si usted es quien creo que es’. ‘Sí, soy el que cree y ahora sé que nos veremos siempre y para siempre’. El capataz aseguró que el desconocido montó en su negro corcel y una vorágine de voces, risas y lamentos lo difuminó hacia la nada. Jamás lo volvieron a ver por el pueblo… Mire, si insiste en negar el hecho, ¿para qué se queda observando?; si no le llamara la atención se habría marchado burlándose como ya lo han hecho otros. Si no cree váyase y déjeme tranquilo, hace rato que estoy acá y pronto, tal vez en medio siglo, me pedirán explicaciones.

-Es que resulta increíble, cuanto más la miro, más me asombra; en verdad me cuesta creerlo.

—En verdad os digo, el que crea en mí vivirá para siempre... je, je... Aaah, creer, ceer... no todos los hombres creen, a la fe me refiero, pero la guardan en un rincón del espíritu para tiempos adversos.

“Queda claro que esta afirmación jamás inspiró el comportamiento del estanciero, pues se creía virtuoso y confiaba nada más que en él y en sus propias fuerzas, a tal punto ilimitadas de acuerdo al juicio abierto en sus fueros internos que no desechaba oportunidades para revalidarlas ante los ramplones mortales. Acaso el amor hubo de derribar algunas de las defensas de su inexpugnable fortaleza. La hembra cayó en carro, junto al hombre que le diera el ser veinte años atrás; humildemente sublime, de ojos tan verdes que parecían reflejar el campo en primavera, ese mismo campo que recorría diariamente repartiendo leche y soslayando suspiros. Todos murmuraron, conjeturaron, sospecharon y musitaron, pero fue el capataz quien me confirmó que el estanciero quedó obnubilado apenas la vio. Habló con el padre, a quien como prenda de su hija le sugirió cincuenta vacas lecheras y la imposibilidad de negarse. Al punto y agradecido, el tambero le entregó el dulce fruto de su propio amor y se marchó para siempre. Allí quedó la muchacha, temerosa al principio, sosegada más tarde, caprichosa en los crepúsculos y soñadora al anochecer. Las palabras de la joven transferían a los oídos del estanciero una melodiosa cadencia de ninfa, atrayentes e irresistibles eran sus deseos como ella misma, toda ella era deseo para el estanciero. Y él, sin acusar el efecto, atento y solícito, hacía realidad aquello que la lengua de la muchacha nombraba. Un buen día, el hombre despertó del sueño procurando resistir los envites femeninos, sudado y perplejo se vislumbró atrapado en sus propios dominios, perdiéndolos a causa de la debilidad que promueve el amor. Negó, intentó negar, dudó y cayó mil veces ante un lícito poder del que poco a poco procuró escapar. No había forma, sin medios ni justificaciones, era imposible. Entonces para negar la palabra de ella, creyó conveniente refugiarse en la sordera para no oír lo que la muchacha pronunciaba y no cumplir con deseos ajenos, ‘a mí nadie me dice lo que tengo que hacer’. Por un tiempo recuperó el antiguo albedrío, pero debió enfrentar con la vista la tristeza de su mujer. ‘A mí nadie me convence arrojándome lástima sobre los ojos’, dijo y decidió perder la vista. Así, sus pupilas no fueron testigos de aquel atardecer de abril cuando la muchacha tomó el sendero de los álamos y partió, sin dejar siquiera el recuerdo, también para siempre… Oiga, oiga, acabo de ver a la parca bajo la arcada de la entrada principal, cada tanto viene, mira y se va, seguramente va a ir con el cuento a mis superiores, así que pronto me van a pedir explicaciones. ¿Por qué no se va y me deja dialogar con él en paz?, a ver si lo convenzo de que tiene que salir de una vez por todas y venir conmigo. No tiene más opción”.

—¿Qué dice, qué dice? Usted está loco, déjeme comprobar el fenómeno; tengo permiso del camposantero.

—A los hombres se les dice la Verdad y no la admiten. El capataz se cansó de narrar la historia para que alguno se aviniera a rezar por el alma del estanciero, y sólo se han limitado a repetirla, trastocada y de vez en cuando, en algún fogón en el campo.

“Así, suelen contar, con un poco de verdad y algo de mentira, cuestión que la elación del capataz me permitió discernir, que las argucias del estanciero tropezaron con la noble dignidad de un caballo que le enviara de regalo un ignoto personaje expositor. Por entonces, los sentidos del estanciero se limitaban al tacto, al roce, a palpar, a conjeturar el mundo que ahora lo rodeaba como un mar tenebroso de silencio y oscuridad. En medio de aquella nada encontró, tras estirar torpemente la mano, la cabeza del caballo. Pero el animal, desde el principio, le negó sumisión; vaciló ante el contacto de su nuevo patrón y enseguida batió la cabeza hostilmente. El estanciero se aferró al bocado e intentó en vano arrastrar al animal hacia el corral, ‘a mí ningún caballo me desobedece’. Probablemente imaginara que el mundo le estaba observando, juzgando el mérito que lo había erigido en conocedor y experto en el trato con los caballos. En tanto el jaco resistía, oponiendo su musculoso y túrgido pescuezo, apareció un látigo en la mano del estanciero y, tras dibujar una voluta en el aire, aquel instrumento de suplicio silbó en busca del generoso y bruñido lomo donde restalló sin piedad, transfiriendo a los ojos del animal terror y exaltación. Pero no había de llegar un segundo latigazo, pues antes de que una nueva acción naciera en el brazo del estanciero, la bestia dio un giro brutal y, enloquecido y certero, coceó dos veces fatales: las ancas del animal se elevaron gallardas y violentas para expulsar a ciegas y hacia atrás sus patas transformadas en ariete. Se oyó entonces un golpe estremecedor, como un choque de bochas o el martillazo sobre un bloque de madera férrea, que aflojó al estanciero cual si fuera una marioneta sin hilos. El hombre no había caído aún cuando recibió, ahora medio de costado, una segunda patada del caballo en la cabeza. Afirmó el capataz que en el mismo instante en que la bestia, con temor e indiferencia, emprendía el trote de huída, en uno de los extremos del corral apareció la parca apoyada en su guadaña. La vio vacilar, avanzar dos pasos, detenerse y luego desaparecer. Entretanto, y ante el asombro del capataz, el estanciero, debatiéndose en una convulsión que hacía temblar una de sus piernas, se levantó y comenzó a avanzar hacia la casa. ‘A mí no me va a vencer un caballo’, balbuceó. A la mañana siguiente el estanciero lucía pálido, por la tarde se lo notó algo hinchado y por la noche, ya entrada la madrugada, desde su habitación, un hálito de pútrida dulzura comenzó a invadir la casa. Un nuevo amanecer ruborizó el horizonte, y el crepúsculo hizo trepar la noche dos veces hasta que, al tercer día transcurrido desde el suceso del caballo, el capataz decidió no entrar a la casona debido al hedor que inundaba las dependencias. El estanciero andaba con pasos tambaleantes, e insistía con cumplir las funciones como si tal cosa, sin reconocer que lo único que provocaba era la risa piadosa de los que lo vieron. Fue entonces cuando el capataz avisó al cura. Reticente, el padrecito accedió con santa paciencia a remontar los caminos hacia la estancia para comprobar si se trataba o no de un caso de ‘El Tentador’. Al verlo llegar, algunos peones se acercaron a la casa principal, pero el capataz se ocupó de mantenerlos a raya mientras el cura oficiaba. Aquellos que lo vieron, dicen que el religioso se introdujo en la mansión aspergeando agua bendita y murmurando tediosamente palabras que nadie entendió, excepto el capataz, claro. Lo divisaron hasta que la oscuridad del sayo se confundió lentamente con las penumbras de la casa. Luego sobrevino una espera silenciosa y tensa hasta que, de golpe, como si acabara de desprenderse del asedio de una fiera, apareció el cura: desencajado el gesto y apenas afirmado en sus piernas; se santiguó con la fuerzas que le quedaban y funámbulo se dirigió hacia la escalera del umbral. Pero no logró descender. Cayó sobre sus rodillas y, asido al crucifijo que colgaba de su pecho, se entregó convulso a un vómito de mil ostias. Nadie de los presentes preguntó al padrecito cuáles habían sido las causas de aquella reacción de sus entrañas, pues los motivos atiborraban las narices con elocuencia. El vaho, penetrante e insobornable no permitía dos pasos en el interior de la casa. ‘No es sólo el olor’, dijo el cura, ‘se niega entregarse y su cuerpo, su rostro ¡oh!... se está pudriendo en vida’. A raíz de sus palabras, después negadas en el nombre de la Piedad, la noticia corrió por la sangre del pueblo hirviéndola con el fuego de la superstición. Porque aquella tarde, ante lo evidente, el cura tomó una decisión sacrílega y en tanto el estanciero se acurrucó entre sus carnes flácidas para dormir el sueño de los justos, lo encerraron en un ataúd y lo enterraron sin velarlo. Del hecho participaron el capataz, el cura y dos peones. Y dicen que en aquella noche ventosa, mientras el cajón descendía hacia la fosa eterna, se oyó un golpe, una maldición y una sentencia: ‘A mí no me va a vencer la muerte’. Desde entonces la cruz de su tumba no ha dejado de moverse… Oiga, oiga, ¿no me oye?, tengo que continuar con mi tarea. Si aceptara lo que le estoy contando llegaría a comprender el fenómeno, de lo contrario estará observando horas, días, meses y jamás arribará a una conclusión.

—Mire, no sé quién es usted ni cuál es su tarea, pero sé cuál es la mía y por qué he venido hasta aquí: quiero conocer las razones por las cuáles se mueve la cruz de esta tumba, no hice una pila de kilómetros sólo para escucharlo. Además, ¿por qué debería creer en todo esto que me está diciendo?

—¿Y por qué no?, soy el...

—¡Ah!, ya sé, je, je, ja, no me lo ha dicho directamente para no avergonzarse, ¿eh? pero seguro que usted es el capataz.

—No hombre, pero no está tan alejado de la verdad. No soy el capataz pero con él comparto, digamos, la misma jerarquía.

—¿Usted también es capataz, entonces?

—No, él también es un ángel... pero del Bien.

14 de Julio de 2019 a las 01:53 0 Reporte Insertar 0
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