Lúgubre Seguir historia

wbeltran William Beltrán

¿Alguna vez has escuchado sobre la pesadilla interminable? El miedo que sentí al despertar, fue aterrador e insoportable. No había despertado, me habían encerrado junto a mis amigos, en una siniestra pesadilla. La maldición de un antiguo rencor cayó sobre nosotros y nos entregó a una suerte funesta. Ahora debemos escapar, correr, escondernos y buscar la forma de despertar, antes que esa cosa horrenda que nos persigue pueda alcanzarnos.


Horror Horror adolescente Todo público.

#terror #misterio #miedo #pesadilla #378
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Capítulo 1: La luna amarilla

Cada voz y cada sonido habían desaparecido, al tiempo que toda luz había menguado. La brisa era fría pero delicada y el silencio de la noche se acentuaba gobernante, marchando sin sentirse entre las calles, desfilando ante la inquietante mirada de la nocturna lumbrera y ante la curiosidad de las estrellas.

Jonathan dormía envuelto por una extraña tranquilidad, casi parecía estar muerto. Su respiración era débil y su semblante se notaba poco saludable, aun estando entre el espeso negro de la noche; pero solo estaba durmiendo, aunque pareciera estar agonizando, solo dormía.

La brisa de la madrugada que antes vagaba con insolencia por las calles, se adentró en su habitación como estando poseída, levantando las cortinas y acariciando su cabello, palpando su cara y el resto de su cuerpo, llegando a tocar las fibras de su ser, incluso la esencia de su alma. El frío asfixiante le despertó de forma tosca y sorpresiva, al parecer esa era la intención de la brisa al tocarle: troncar el profundo sueño en el que había caído.

Su respiración pasó a ser incontrolable y su corazón quería escapar de su pecho, buscando alejarse de un terrible y desconocido mal. El frío que le había despertado se había convertido en miedo, y ese miedo estaba ahora en todo su cuerpo cual veneno mortal que se mezcla con la sangre y destruye desde adentro, haciéndole sudar de forma inexplicable, dejándole perplejo ante la penumbra que le aprisionaba.

―Odio las pesadillas… ―dijo Jonathan tras lograr un poco de calma, luego de que tanto el palpitar en su pecho como su respirar se hubiesen aquietado.

Por unos cortos segundos el joven de diecisiete años quedó pensativo, intentando recordar aquel horrendo sueño que le había despertado, pero no lograba más que revivir la desagradable sensación de estar ahogándose en un mar helado.

Al desistir y quitarle importancia a aquella simple pesadilla, se levantó y caminó hacia la puerta; pronto habría de amanecer y tendría que estudiar. Pero al estirar su mano sobre el pomo de madera, sintió curiosidad por unos pequeños destellos de luz que se escapaban de las gruesas cortinas de su cuarto. Levantando un poco la tela estampada miró hacia el jardín posterior de su casa y notó como los arboles eran teñidos por un tono ambarino que descendía del oscuro firmamento; era la luna quien emanaba aquella pálida luz, aunque él no podía verla desde la ventana.

Salió hacia el jardín sin pensarlo, atraído por el misterioso resplandor que adornaba la noche. Abrió la puerta con cuidado para no despertar ni a sus padres ni a su hermana, quedando asombrado y un tanto atemorizado al ver la apariencia y la forma de la luna. Era más grande de lo habitual y tenía un aura verde a su alrededor, pero su color era pálido, era una amarillo ponzoñoso, un tono aterrador. Parecía como si hubiese enfermado, como si el hermoso plateado que siempre ostentaba hubiese muerto y ese amarillo fuese la sombra pútrida de su cadáver.

Durante unos minutos se mantuvo inmóvil, solo miraba la luna y apreciaba su color, pero al final ya no sabía si sentía asombro o repugnancia, al final aquel amarillo le parecía más que enfermizo, por lo que bajo su ojos hacia los árboles, los cuales también se veían débiles y decaídos, esclavizados por el matiz virulento que les bañaba. Ni siquiera la brisa les despertaba, tal vez por eso se movían de esa forma tan enclenque. La luna les había infectado de su agonía, tal y como lo había hecho con él antes de que el frío le despertara. Esto le recordó al joven la sensación de ahogo que había experimentado tras su pesadilla, aunque para él no había nexo alguno.

De repente volvió a sentir miedo, sus manos y sus pies volvieron a sudar. Su mente daba vueltas alertando peligros en todo lados y le hacía girar su rostro de dirección en dirección, para que buscara aquel mal que desde las sombras le asechaba.

―Esto es ridículo ―dijo para sí, pasando sus manos sobre su cabeza, calmándose a la fuerza, decidiendo volver al interior de la casa.

Atravesando el marco de la puerta, Jonathan sintió como las hojas de los árboles se sacudían, azotadas con violencia por la brisa. Les miró despectivo y luego llevó sus ojos hacia el cielo, viendo a una espesa nube pasar frente a la luna, obstruyendo su melancólico brillo. Pero esto no le importó y entró por completo en la casa.

Se acercó al lavamanos, abrió la llave y por un fragmento de tiempo dejó que el agua cayera en tanto que le contemplaba, después, juntó sus manos y las interpuso en el camino del refrescante líquido. El agua se estancó entre sus palmas y sus dedos, y él la elevó llevándola hasta su rostro, esparciéndola sobre su piel, dejando que se escurriera dividida en diminutas gotas.

Su mirada se mantuvo fija, apreciando el reflejo de su imagen en el espejo, observando su cabello corto, castaño y algo desordenado, y el color oscuro de sus ojos, los cuales se embelesaron con la forma que ellos mismos conformaban, y mientras se encontraba en ese instante de apariencia mágica, que intentaba borrar de su mente el temor que había estado atacándole, una sombra oscura y nauseabunda pasó por detrás suyo, sorprendiéndole y confundiéndole, dejándole aún más asustado que al momento en que despertó de la pesadilla.

Jonathan giró su cuerpo con lentitud, sintiéndose una vez más presa de ese miedo aterrador y como si una fuerza extraña controlara su cuerpo, caminó de nuevo hacia la puerta, para mirar el cuadro triste y silencioso que los árboles del jardín presentaban, al volver a ser cautivos del resplandor de la luna amarilla.

El joven intentó pronunciar unas palabras para referirse a lo que sus ojos contemplaban, pero aunque quiso no pudo articular un sonido. Al igual como la naturaleza lo había hecho, su garganta también había enmudecido y su voz en ese momento había sido asesinada.

Súbitamente algo llamó su atención, un escalofrío recorrió todo su cuerpo y entonces entendió que alguien le miraba desde atrás. Girando su cuerpo sin querer hacerlo, levantó su cara quedando perplejo, mirando como aquella sombra lóbrega y desagradable que le había asustado solo unos minutos atrás, ahora estaba frente a sus ojos, flotando con lentitud ante la puerta de su habitación.


13 de Julio de 2019 a las 03:20 0 Reporte Insertar 0
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