La bruja de Hemeran Seguir historia

_ojosdeletras_ Pamela R. Núñez

Dákora y Archeon solo tienen algo en común: su amistad con las reinas de Hemeran. Y por ellas y el bienestar del reino, tendrán que infiltrarse en el caótico reino de Aurix y detener la invasión a las minas de sildita, un mineral lo suficientemente poderoso como para resistir a la magia. En manos equivocadas, puede ser un arma letal contra las criaturas mágicas.


Romance Romance adulto joven Sólo para mayores de 18.

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Archeon

Caminé por los pasillos del castillo sin ningún apuro. Las paredes de sildita nunca dejaban de asombrarme, aun cuando esa no era mi primera vez admirándolas. Los muros del palacio real del reino de Hemeran poseían una textura suave, lisa y su color era verde tornasolado. Estaban hechos con ese mineral para proteger a las reinas de cualquier ataque exterior, ya fueran armas corrientes o magia. Esa característica la hacía prácticamente invulnerable e indestructible. Al igual que la paz y la tranquilidad que se vivía en su interior. O al menos eso creí hasta que escuché unos gritos enfurecidos provenientes de la sala de juntas. Justo al lugar al que me dirigía.

—¿Por quién me tomas, Leidan? ¿Acaso yo no te basto en esta misión? ¡No necesito a nadie! ¡Sé cómo trabajar sola! ¡Lo he hecho así toda mi vida!

La voz femenina tronó en el pasillo y los guardias que custodiaban la entrada se estremecieron. Sus labios parecían rezar una plegaria para salir con vida de allí. Cuando se percataron de mi presencia, se cuadraron firmes. Me molestaba esa clase de formalidad, pero tenía que mantener la compostura frente a las tropas, era su general, pero por sobre todo era el Guardia Real de mayor confianza de las reinas.

Entré a la habitación y al verme, Leidan movió sus grandes alas tornasoles e hizo un gesto de disculpa. Ese mismo gesto que hacía cuando me mandaba a una misión que sabía que no sería de mi agrado. Sus delicadas facciones de hada se veían ligeramente perturbadas, pero luego hizo esa otra sonrisa que yo también conocía. La sonrisa de: «disfrutaré mucho viéndote sufrir con esto». Los ojos verdes de mi reina brillaron al igual que su corona sobre esa rebelde cabellera anaranjada, cuyos rizos eran como una enredadera que la mantenía firme sobre su cabeza. Esa mirada le arrebata cualquier ápice de dulzura. Estaba planeando algo. Algo muy malo para mí. Estaba seguro que se trataría de esas burocráticas reuniones en las que yo debía negociar y amenazar con mi sola presencia. No por nada era conocido más allá de los límites de nuestro reino como El Yugo de Hemeran. Y, por lo que acababa de escuchar, la que sería mi compañera no deseaba trabajar con más aliados que ella misma. «Esto será entretenido», me dije.

Detestaba mucho esas reuniones. Detestaba medir mis palabras, detestaba la cortesía y comportarme como alguien de la corte de las reinas. Prefería mucho más poner a prueba mi audacia en un campo de batalla que en un salón de cuatro paredes. Ambas sabían que mi lealtad era auténtica, que las quería como las valiosas personas que eran, que mi fidelidad no era al trono, ni al cargo que ostentaban. Así que me enviaban a las misiones más odiosas cuando necesitaban que alguien de suma confianza fuera en su nombre.

Ursa, que lucía un radiante vestido turquesa cuyo ruedo ancho estaba decorado con lirios violetas y mariposas amarillas, se acercó volando con rapidez, envolviéndome con su abrazo antes de que pudiera ver a la mujer que vociferaba así. Noté que no llevaba la tiara que revelaba su poder y eso solo significaba que la mujer que continuaba vociferando cosas como: «¡¿Qué tienes en la cabeza? ¿caca?!», era de su plena confianza. Nunca se mostraba ante sus súbitos con tanta sencillez. Sus cabellos lacios y negros no llevaban ningún adorno y sus amorosos ojos celestes, se mostraban ligeramente turbados. Tras posarse frente a mí, el aleteo incesante de sus alas reveló su inquietud.

—Archeon, hay alguien que quiero presentarte —dijo. Tomó mi mano y me acercó hacia donde estaba sentada su esposa, Leidan, y de pie frente a ella se hallaba una mujer canosa cuyo rostro aun no podía ver—. Ella es Dákora Galax. Es una gran amiga que conocimos cuando visitamos la frontera con el reino de Luvia, hace unos dos años. Dákora es una maga espléndida y una amiga del alma, así como tú. Trabajará para y con nosotros, y en esta ocasión, específicamente, contigo.

La mujer se volteó cuando escuchó la presentación de Ursa. Hizo un mohín mientras me observaba de pies a cabeza. Tenía su cabello rizado tan blanco como la escarcha y sin embargo su rostro no era el de una anciana. Sus facciones eran jóvenes, delgadas, de nariz respingada y mejillas con un ligero rubor que le daba un aire de inocencia, a pesar de su sonrisa afilada y sus temibles ojos violeta.

Había visto a otras así rondar el castillo. Se me tenía estrictamente prohibido relacionarme con ellas. Las reinas de Hemeran conocían mi naturaleza y aunque nunca intervenían en mis amoríos, me advirtieron de lo peligrosas que podían ser estas mujeres. Y yo también lo sabía. En Zagan, las tierras de mi padre, esas mujeres eran conocidas como brujas. Mujeres terribles que tocaron el Pozo Arcano Espiritual para usar la magia a cambio de restringirse ciertas emociones y así controlar su poder. Guardaban toda clase de secretos. Se decía, por ejemplo, que consumían el alma de niños y jóvenes para robar su vitalidad y mantenerse por siempre bellas.

La miré divertido pues era unos veinte centímetros más pequeña, quizá más pequeña todavía. No era ninguna amenaza, pero en sus ojos brillaba la furia. No sé si era la dureza con la que me miraba o lo amenazante que lucía para su porte, pero me pareció encantadora. Me pregunté a qué emociones había renunciado. Claramente, la ira no era una de ellas.

—¿Y quieres que trabaje con esto? ¿Una oveja mal esquilada?—dijo refiriéndose a mi corte de cabello, que hacia lado izquierdo era una melena negra y lisa y hacia al otro no había cabello alguno.

—Leidan, ¿no quedamos en que yo sería tu única mascota? ¿Por qué recogiste a este perro rabioso? —respondí.

Ursa se apartó de mi lado en dos segundos y con una gracia poco usual en ella. Cuando me volteé a ver por qué, perdí el equilibrio y caí. Unas ondas en las rocas que conformaban el piso del salón, justo bajo mis pies, fueron las responsables.

—No soy la mascota de nadie —rugió. Su cabello pasó del blanco al verde con rapidez, sorprendiéndome.

Nunca había visto a una maga en acción.

—Hasta los animales son más dóciles, bruja —le gruñí poniéndome de pie.

Cometí otro error. La bruja se abalanzó sobre mí en un parpadeo y me vi con la afilada hoja de su cuchillo sobre el cuello. Me estaba punzando la piel. Sus ojos brillaban y me pareció ver en ellos los fuegos del infierno. Lo supe en ese momento: ella sería mi condena de muerte. Tragué mi saliva lentamente. Una vez más había caído al suelo y la tenía sobre mi cuerpo: una rodilla en el pecho, la otra sobre mi brazo. Su mano derecha sujetando mi frente y la otra en el cuchillo. Intenté mover mis piernas, sacudírmela de encima, pero su magia me había encadenado a las baldosas.

Una bestia sin control sería mi compañera. Me estremecí de manera involuntaria. Ella debió percibirlo porque la mueca de su rostro era de suficiencia. Sus movimientos, su postura sobre mí, manifestaban el control absoluto de mi destino. Estaba servido sobre la mesa como un asado de cordero y solo me quedaba esperar a que ella decidiera comer el primer bocado.

—Dákora, déjalo —le ordenó Leidan—. No lo mates, por favor. Costará limpiar su sangre del piso —la bruja rio—. Bueno, también es mi amigo humano y lo necesitamos tanto como a ti. Si los hemos llamado a ustedes y necesitamos que trabajen juntos es porque son nuestros más cercanos amigos. Esta misión no podemos confiársela a cualquiera. Ustedes son los únicos capaces.

La bruja se puso de pie, apartando el cuchillo de mi cuello. Al fin respiré. Ella se movió con tranquilidad hacia una de las sillas dispuestas alrededor de la mesa rectangular de la sala. Liedan estaba sentada en la cabecera. Dákora le hizo una reverencia a Ursa, antes de sentarse y le sonrió. Intenté levantarme del piso, pero no pude. Las cadenas invisibles aún me sujetaban.

—Trabajaré con ese debilucho. Pero si me vuelve a llamar bruja, buscaré una ingeniosa forma de cortarle el cuello —les advirtió. A mí ni siquiera me miró. Luego chasqueó los dedos y lo que sea que me mantenía fijado al suelo, desapareció.

Pensé en replicarle la ofensa. Yo no era un debilucho. Pero decidí guardarme todas las palabras para después, durante la misión. Solo en ese momento podríamos medir nuestras fuerzas sin la presencia de las reinas y podría usar mi espada para demostrarle lo debilucho que era en realidad.

Al pasarme la mano por el cuello, noté que tenía un corte y un poco de sangre. Nada profundo, nada grave, pero solo entonces entendí que si iba a jugar con ella, tenía que estar lo suficientemente alerta para evitar que se me acercara demasiado. De lo contrario estaría acabado. La adrenalina me corrió por la sangre.

—No necesito un compañero o guardaespaldas. Menos uno como este. Imagino que tú tampoco necesitas a alguien para una misión, humano.

—Dákora —dijo Ursa en un tono conciliador, pero con la autoridad de una reina—, no les estamos preguntando si desean trabajar juntos. Es una orden. Y por cierto, ese humano tiene un nombre, no seas tan despectiva. Se llama Archeon Ubronin. No es solo un amigo cualquiera, se trata de un gran guerrero y espadachín. Me atrevería a decir que el mejor del reino. El pueblo lo llama el Yugo. —Dákora alzó las cejas, al parecer sí había escuchado de mí. Me sentí complacido—. La misión que les encomendaremos requiere de las habilidades de ambos.

Entonces lo recordé. Ella era La Bruja. Esa Bruja. La bruja que temían los bandidos, la criatura de las pesadillas de muchos. ¿Cómo pude olvidar su nombre si hasta yo mismo había sacado provecho de su leyenda? En más de una ocasión amedrenté a mis enemigos con las amenazas de su presencia. La reacción era siempre la misma: se orinaban encima. A la Bruja no le gustaba ser llamada bruja. Me estremecí. Después de su recepción, no me quedaban dudas sobre su carácter y agradecí mantener mi cabeza sobre mi cuello.

Noté que Dákora abrió la boca para alegar o quizás para burlarse de mí. Pero se contuvo. Luego miró a Leidan y a Ursa. Apretó los puños sobre la mesa y dio un largo suspiro.

—Les recuerdo que soy una persona libre. Pero entiendo a qué se refieren; es una orden y la acato. Aunque si él —me apuntó—, vuelve a llamarme bruja, no me hago responsable de cuidar su cabeza.

Para mi sorpresa, Leidan asintió.

—Necesitamos que trabajen juntos. Así que Archeon evitará decir tonterías —me dirigió una mirada dura y entendí que no tenía opción—. Ambos son los defensores del reino, y como tal deberán trabajar como equipo. Creemos que estamos bajo amenaza.

Dio por finalizadas las quejas, las presentaciones y las concesiones y comenzó a describir la misión. Criaturas oscuras de Aurix traspasaban la frontera de nuestro reino. Las reinas suponían que se trataba de exploradores que buscaban los yacimientos de sildita. En todo el continente, nosotros teníamos el único yacimiento. Su resistencia a la magia lo hacía atractivo, al igual que su dureza. Era probable que Aurix estuviera planeando una invasión para quedarse con nuestros yacimientos y de ser así, estarían organizando sus tropas. Para comprobarlo tendríamos que atravesar las fronteras y ser sus ojos en esas tierras; descubrir si estaban armando un ejército, dónde estaban y cuáles eran sus planes. Solo así podríamos evitar una invasión que costaría demasiadas vidas y que podía significarnos la pérdida de un material tan valioso como la sildita.

Entendí, entonces, por qué deberíamos adentrarnos juntos. Aurix era un reino difícil de combatir con solo fuerza bruta de nuestros ejércitos ya que gran parte de las razas que habitaban sus tierras tenían algún contacto con la magia oscura. La magia de Dákora nos daría protección y en algunos momentos, ventaja suficiente para infiltrarnos y regresar con vida. Si la bruja no era capaz de entender eso, sería una misión suicida.

Estaba imaginando lo difícil que sería lidiar con ella durante la misión, así que dejé de prestar atención a lo que decía Leidan. Ya tenía suficiente información. Además tendríamos dos meses para prepararla. Por mí, la reunión podía haberse acabado hace un par de horas. Y entonces, Dákora estalló, sacándome abruptamente de mi reflexión.

—¡Cedí a trabajar con él, pero no pienso vivir estos meses bajo el mismo techo!

Sus palabras me trajeron de regreso a la reunión.

—¡¿QUÉ?! ¿Tengo que vivir con ella?

Dákora puso los ojos en blanco. Ursa suspiró y repitió lo último que Leidan había dicho:

—Es prioritario que aprendan a trabajar como equipo. Desde la planificación hasta el combate. Necesitan conocerse y confiar en ustedes. Esta primera reunión dejó bastante claro nuestro punto. No pasaron ni dos minutos y uno ya corría el riesgo de morir. Sabemos que El Hechicero tiene formas de engañar a los enemigos de Aurix de distintas maneras. Los rumores dicen que es capaz de jugar con las mentes de las personas, que tiene en su poder El Libro. Y no queremos perder a ninguno de ustedes por su falta de tino. Ambos son nuestros amigos, y queremos que entiendan lo importante que son cada uno de ustedes para nosotras. Que comprendan el valor del otro como persona, por qué los apreciamos y por qué queremos que trabajen juntos.

Nuestra primera alianza fue intentar que las reinas cambiaran de opinión. Pero cuando a Ursa y Leidan se les metía algo en la cabeza no había quien lograra detenerlas, ni siquiera mi demoníaca compañera.


***

El carruaje nos dejó junto a nuestro equipaje en la estancia real de descanso. Era una casona de dos pisos, roca abajo, madera arriba. Demasiado sencilla y pequeña como para que alguien creyera que allí se alojaban las reinas de Hemeran durante los meses de verano o cuando deseaban huir de sus responsabilidades de su cargo. El lugar estaba emplazado cerca de Villalegre, una aldea a un par de kilómetros de Exalia, la capital.

Nos esperaba la ama de llaves que nos dio un recorrido por la casa mostrándonos la ubicación de la cocina —Leidan y Ursa habían ordenado llenar las despensas—, las habitaciones que cada uno tomaría y el estudio. La casona también contaba, en el subterráneo de la casa, con un salón de entrenamiento con paredes hechas de sildita. Discreción buscaban las reinas de Hemeran al enviarnos allí. La mujer vendría una vez a la semana a llenar nuestras despensas, pero el resto del tiempo la casa quedaba a nuestro cuidado. Trabajo en equipo, lo llamó Ursa.

La ama de llaves tuvo la deferencia de dejarnos la primera cena en ese sitio servida antes de retirarse. El comedor contaba con una modesta mesa para no más de cuatro comensales. El lugar era un espacio de relajo y descanso. En el pasado, Leidan, Ursa y yo nos entretuvimos jugando cartas un par de veces al calor de la chimenea que decoraba la pared del fondo de la habitación.

Sobre la mesa había dos platos servidos: un pescado típico de la zona sazonado con eneldo, acompañado de una botella de vino y dos copas. Me acerqué a la mesa y sonreí del gusto que me dio ver una botella de la gran reserva real.

—¡Vaya! De verdad están empeñados en que trabajemos juntos.

Mi compañera avanzó a la mesa y tomó asiento.

—¿A qué te refieres? —gruñó.

—El vino. Es de la gran reserva.

Descorché la botella y la bruja, silenciosa, extendió su copa con desdén. Le serví un poco sin acusar su desprecio. Si mis amigas hacían un esfuerzo, yo también pondría de mi parte para llevarme bien con ella. Dákora hizo un movimiento circular con su copa, acercó su respingada nariz y luego bebió un sorbo. Me pareció ver una sonrisa de goce, tan fugaz que hasta dudé de haberla visto realmente. Pero no dijo ni una palabra.

Comimos en el absoluto silencio. Ella parecía tremendamente entretenida en su plato y yo no sabía cómo iniciar una conversación casual con ella, no cuando sabía que detestaba estar allí conmigo y que, tal vez, ese era el motivo por el cual se escudaba en el silencio. Tampoco me atreví a forzar la conversación. Tenía la impresión de que, ante cualquier palabra impertinente que saliera de mi boca, la bruja me despedazaría verbal y físicamente.

Ella terminó su comida, se puso de pie y se retiró. Tampoco sabía de modales. Me dejó solo en la gran mesa del comedor. No es que quisiera su compañía, pero si iba a tener que compartir con ella tanto tiempo, lo mínimo que esperaba era un poco de educación y cordialidad.

En la siguiente semana, solo intercambiamos palabras en tres oportunidades: la primera para repartirnos la preparación de las comidas, la segunda para organizar la limpieza de la casona y la tercera…

La quinta noche que pasaríamos en ese claustro preparé una de mis especialidades: arroz con un salteado de verduras de la estación. Claramente no era una delicia, pero todo este tiempo me había acostumbrado a las comodidades del castillo real, por lo que la cocina nunca estuvo entre mis prioridades y ya había acabado con mi repertorio de platos más elaborados.

Grité hacia el segundo piso, llamando a Dákora para que cenáramos juntos, pero no respondió. Golpeé la puerta de su habitación, pero no escuché ni un gruñido de su parte. Busqué en el estudio, los jardines y la sala de entrenamiento y no la encontré. La bruja había desaparecido y no me quedó más que comer mi delicioso platillo en soledad.

A media noche, ella seguía sin aparecer. No es que me interesara su compañía, no. Solo me preguntaba qué vida podría llevar una mujer así y con ese carácter. No sabía nada de ella. ¿Tendría a una familia que visitar? ¿Se reunía con amigos a beber? ¿Era capaz de tener amigos? ¿Recorría los caminos oscuros buscando incautos a quienes cortarle la cabeza? No podía imaginarla teniendo una vida normal. Las magas no eran humanas comunes, aunque alguna vez lo fueron. La magia las moldeaba, les daba dones y responsabilidades. Las hacía ágiles, rápidas, poderosas, temibles. La magia agudizaba sus sentidos. Se decía que su olfato era superior, incluso, que el del perro mejor entrenado.

Decidí entrenar hasta escucharla llegar. Ella me preocupaba en la medida que su desaparición podría traerme problemas. Podía imaginar a Ursa gritándome: «¿Por qué tienes que perderlo todo, Archeon? Primero las espadas, luego los caballos y ahora ¡tu compañera! ¡Es el colmo!».

Practiqué diferentes golpes contra un muñeco de paja, lancé los cuchillos al blanco y dediqué gran parte de mi entrenamiento a fortalecer los músculos de mis brazos y piernas con rutinas de ejercicios combinadas a mi entrenamiento básico del combate cuerpo a cuerpo. Llevaba lejos del cuartel general bastante tiempo y no podía debilitarme.

Cuando terminé, estaba agotado y sudado. Me quité la camisa y la tiré al canasto de la lavandería. Volví a la primera planta dispuesto a tomar un baño y dormir, cuando la encontré. Dákora estaba cerrando la puerta principal de la casona y al escuchar mis pasos dio un brinco de sorpresa. Su cabello estaba inusualmente desordenado, tenía las mejillas con un rubor más intenso que el que acostumbraba llevar y su ropa estaba torcida y arrugada.

Al verse sorprendida, levantó su barbilla con soberbia y me miró. Arrugó la frente y me observó de pies a cabeza.

—¿Qué? —escupió.

Yo podía haberle dicho que me preocupó su ausencia en la casona, que su cena se había enfriado y desarrollar con ella una conversación banal sobre evitar saltarse las comidas principales, pero no. A veces mi boca actuaba más rápido que mi cerebro. En realidad, siempre lo hacía.

Había un olor cerca de ella que pude reconocer. Era el olor de los amantes, ese aroma que yo conocía tan bien por mis noches con Arlis, la custodia de la armería; Dirkia de la sección guardacaminos o la muy dulce Ikis, la cocinera del cuartel general, y no iba a dejar pasar mi oportunidad de dejarla en vergüenza.

—Parece que ya cenaste. —Hice un mohín con mi nariz—. ¿A qué hombre te serviste esta noche? Desconocía que una maga tan respetada como tú, pudiera tener ese tipo de pasatiempos por la noche. ¿Acaso la pequeña arpía tiene novio?

Algo brilló en sus ojos. Volvió a mirar mi torso. Le puse mi mejor cara de seductor. Esa carita con la que varias de mis compañeras del cuartel caían rendidas. Estaba aburrido del silencio y la soledad que significaba su compañía, así que, sabiendo lo terrible que era esa idea, seguí provocándola.

—¿Te gustaría probar? Estaría encantado de llevarte a mi cama —le dije, mientras guiñaba un ojo y tendía mi mano en su dirección, invitándola a acercarse.

Cualquier otra: a) se ruborizaría y comentaría alguna bobada, b) me gritaría algún insulto o c) me golpearía lo suficientemente fuerte para arrepentirme de mi jugada. No ocurrió nada de eso.

En un parpadeo, había tomado mi mano y estaba tan cerca de mí que sentía la fragancia de su perfume hecho a base de bergamota en mi nariz, mezclado con ese aroma tan característico de las hormonas. Cerca. Estaba demasiado cerca cuando me miró a los ojos, se acercó hacia mi oído y susurró:

—Primero, no me gusta jugar con la comida —sentí su respiración en mi cuello y me estremecí. Me había tendido una trampa a mi mismo—. Segundo, no me involucro con compañeros de trabajo... y tercero, no me gusta dar explicaciones.

Se alejó unos pasos.

—Respira —me ordenó y yo no me había dado cuenta que había dejado de hacerlo. Su rostro se veía divertido—. Haces bien en temerme, Archeon Ubronin. Agradece a Ursa y Leidan que tienen sujeta la correa. Este perro rabioso puede ser un terrible depredador. Y no me tientes. Tal vez pueda encontrar placer rebanándote el cuello.

Caminó hacia la escalera y tras subir un par de peldaños se detuvo. No volteó a observarme, pero me dijo:

—Por cierto, gracias por preparar la cena.

Solo entonces tragué.


***

En las siguientes semanas conversamos un poco más, principalmente sobre las funciones que desarrollaría cada uno durante la misión y qué haríamos en caso de encontrarnos con esbirros de Aurix. Según me explicó, podía utilizar varios tipos de magia relacionada con distintos elementos o energías provenientes de la tierra. Lo que yo había visto en la reunión con los reyes de Hemeran fue una pequeña demostración. Apenas podía dar crédito al despliegue de poder que hizo en el subterráneo.

Manipuló el fuego y su pelo se volvió rojo. Manipuló la tierra y su pelo se volvió verde. Me dijo, también, que tenía un poder especial para espiar, pero que ese se lo reservaba solo para cuando fuera el momento. Reconozco que le temí. Me pregunté con qué clase de monstruo me estaban obligando a trabajar.

Ella era tanto poder, tanta magia y yo un simple mortal. Si lo deseaba por alguna razón o capricho, podría matarme sin poner ni una mano sobre mi cuerpo. Intenté no manifestar mi temor y consideré la opción de dejar de provocarla.

Me puse como propósito conocerla. Necesitaba saber más de ella. Descubrir su pasado y entender el por qué de su actitud. Encontrar un punto débil para atacar si algún día me encontraba en peligro. O, incluso, para defenderla. Cruzaríamos la frontera con nuestros enemigos, estaríamos en grave peligro. Debíamos conocer nuestras debilidades y fortalezas, funcionar como equipo. Coordinarnos. Yo debía armar un plan para tratarla y sobrevivir en el intento. Pero Dákora era tan malditamente arisca y grosera. Cada conversación que intentaba mantener terminaba abruptamente o con ella con un mohín burlesco en su rostro.

Debía hacer algo.


11 de Julio de 2019 a las 02:54 4 Reporte Insertar 7
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Margarita Lapina Margarita Lapina
Grazia!! Bellisimo ))
Arianne Tactis Arianne Tactis
SKHJSKFHSK <3
8 de Agosto de 2019 a las 22:33
Arianne Tactis Arianne Tactis
SKHJSKFHSK <3
8 de Agosto de 2019 a las 22:33
Fernanda Vargas Fernanda Vargas
Fabuloso 😍
21 de Julio de 2019 a las 13:40
~

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