casada ¿contigo? Seguir historia

melissa-nihua-mora1562536981 Melissa Nihua Mora

Si alguien se opone, que hable ahora o calle para siempre. Parece una pregunta estúpida, ya que nunca habla nadie, o al menos no para interrumpir la boda a la que asisten. Pero no, Dulce María no tuvo esa suerte, el guapo desconocido que se sentaba al fondo tenía algo que decir, o más bien, algo que reclamar: a la novia. A veces, las cosas que haces en el pasado tienen repercusión en lo que te pasa en el futuro. Quizás son las cosas que te hicieron las que luego vuelven para recordarte cómo reaccionaste ante aquello.


Drama No para niños menores de 13.
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prologo

La melodía de una famosa canción de Whitney Houston resonaban en la suite, y el aroma de las velas de rosa y vainilla se mezclaban con el del baño de burbujas de mora que Dulce se estaba dando. Adoraba su vida justo en ese momento, donde su felicidad no podía ser más plena.
Todo en ese preciso momento era más que perfecto. Las luces bajas en la habitación, el champán enfriándose, una heladera llena de fresas. Era un día perfecto.
Otras chicas probablemente preferirían una cena romántica en un restaurante lujoso en el centro de la ciudad, otras, quizás, preferirían pasar la noche entre las sábanas de su amado, pero ella estaba en Las Vegas.
El padre de Memo había recibido, como premio de su empresa, una noche en la ciudad de los excesos para dos personas y, como tanto Memo como Dulce estaban felices por cumplir un año de novios, el señor Ochoa les regaló el primer viaje de sus vidas.
Y allí estaba ella, dándose un baño súper relajante y súper romántico mientras hacía tiempo para que Memo volviera de su paseo por el hotel, luego bajarían juntos al restaurante y cenarían alguna exquisitez antes de pasear por las calles de aquella ciudad.
Cerró los ojos y se dejó llevar por la música, imaginando, con
aquellos acordes, cómo sería su vida si todo siguiera por ese camino.
Salió del baño envolviéndose en un suave y esponjoso albornoz y se
abrazó con él.
Ya se acercaban las nueve de la noche y debían ir a cenar. Memo no subía a la suite y por un momento pensó que quizás esperaba que ella bajase para reunirse con él, así que no dudó qué hacer. Corrió a por su reducido equipaje y sacó de él un precioso vestido que había comprado para la ocasión: blanco, fino, muy elegante, con un decorado metálico en la zona
de los pechos y finos tirantes de brillantes que hacían aún más marcado el ya de por si acentuado escote. Un vestido con dos telas y dos cortes: por encima de la rodilla en la parte frontal y por los gemelos en la parte trasera. De la maleta sacó una bolsa de tela en la que había un par de zapatos de tacón a juego. Antes de vestirse dio vueltas por la habitación
abrazada a esa ropa.
—¡Oh! ¿Te imaginas que en un arrebato te pide que te cases con él? —
Exclamó, dejando volar su imaginación—. Ya iría de blanco... —Sonrió hundiendo la cara en el vestido—. Solo llevamos un año. Es imposible que con tan poco tiempo...
Le encantaba fantasear con el amor. Le encantaba imaginar que él era tan romántico como ella, aunque en realidad él era un chico, y como tal, el romanticismo lo veía de otra forma. Le encantaba imaginar un futuro en el que nada ni nadie podría separarlos.
Terminó de vestirse, recogió su larga y ondulada melena color
chocolate de forma que le caía por un hombro dejando toda la espalda al descubierto. Se miró al espejo y lanzó un beso a su reflejo antes de coger el micro bolso y salir de la habitación.
Se sentía tan feliz que se veía radiante, y todos parecían poder apreciar su resplandor.
Sonreía a todos, saludándolos animadamente mientras caminaba hacia el ascensor. Bajó con una sonrisa en los labios hasta la planta baja y caminó hasta recepción con intención de preguntar por su novio cuando, de pronto, sintió como si alguien le hubiera dado un golpe en el estómago seguido de un puñetazo en la cara. ¿Aquel que se besaba apasionadamente con aquella mujer era Memo? Se acercó despacio al salón repleto de asientos de cuero negro con el pulso tan acelerado que parecía un solo latido y ahí estaba él: Memo. Su Memo. El chico con el que llevaba un año de relación y con el que había venido a celebrar su primer aniversario. Se dejó caer en uno de los asientos y se cubrió la cara con un cojín, tratando de borrar la horrible imagen que se había grabado en sus ojos. Memo tenía
las manos metidas por debajo de la falda de esa muchacha, apretando sus muslos contra si mientras la besaba de una forma que ni siquiera había hecho con ella.
Lo peor era que no estaba enfadada. En ese momento no era ira lo que tenía, sino un dolor en el pecho, un dolor tan intenso que le impedía pensar con claridad.
Memo se puso en pie arrastrando a esa chica consigo. Ella sonreía juguetona mientras él le susurraba algo en el oído. La nueva pareja pasó por al lado de Dulce sin que él se diera cuenta de que la chica que estaba sola a pocos metros de ellos era su novia.
Cuando Dulce perdió de vista a ese par supo que ahí acababa de de terminar su relación. Ella no era de las que perdonaban infidelidades, no
era de las que toleraba una mentira, no era de las que dan segundas
oportunidades. Tendría veintiún años, pero tenía bastante conocimiento de
la vida como para saber que una infidelidad no es solo una falta de respeto, sino de amor, y si Memo no valoraba su relación, ella no podía hacer nada.

Tampoco iba a llorar.
Bebería hasta perder el conocimiento y por la mañana volvería a casa sin más, acortando un día aquel que había prometido ser un fin de semana de cuento de hadas.
Atravesó el vestíbulo para ir derecha a uno de los muchos bares de aquel magnífico complejo y se sentó en uno de los taburetes que perfilaban la barra. La primera copa no tardó en llegar, ni la segunda, ni la tercera, y tampoco la cuarta. Pero siempre que tomaba algo con alcohol, por poco que fuera, siempre sentía la imperiosa necesidad de ir al baño. Y ahora no iba a ser diferente. Aunque aguantase como una campeona aun con la vejiga a punto de estallarle.
Aún no estaba borracha. Había bebido tan seguidas las cuatro copas que su organismo no había tenido tiempo de asimilar la primera.
De camino a los aseos cruzó miradas con un guapo desconocido que sonreía en su dirección. Buscó a su alrededor a otra persona a quien pudiera ir dirigida esa sonrisa seductora, pero no encontró a nadie, así que le sonrió en respuesta. Su expresión no había mostrado una sonrisa sincera, sino más bien una mezcla forzada entre cortesía e incredulidad.
Orinó como si se hubiera bebido el Lago Ness, se miró en el espejo,
se humedeció la cara con cuidado de no estropear el maquillaje y salió, creyendo que iba tan derecha como una modelo en una pasarela.
Nada más lejos de la realidad.
El alcohol había empezado a hacer efecto de una manera
exageradamente efectiva (si es que quería perder la razón). Se acercó al guapo de mirada dulce y de sonrisa seductora y se sentó frente a él.
—Hola... —saludó, intentando mostrarse sexy e irresistible, pero lejos
de conseguirlo.
—Hola —sonrió él—. ¿Has venido sola?
—No. He venido con el capullo de mi... —empezó a gimotear, arrugando el rostro pero sin soltar ni una lágrima—. Ex. Eso es lo que es ahora mismo. Él está en una de las habitaciones con una chica que ha conocido esta tarde, espero. Y yo estoy... Creo que borracha.
—Tranquila. Quédate aquí y bebe agua o come algo para que se te pase.
—Me llamo Dulce María Espinosa. Pero todos me llaman Dul, ¿y tú?
—Christopher. Christopher Uckermann. Pero todos me llaman Chris o Ucker .
—Tienes un nombre sexy.
—Tú también. Y además una bonita cara y una figura muy sensual.
Las insinuaciones no habían hecho más que empezar, pero Dul no
dejó de beber, y cada vez que Ucker pedía una copa, ella pedía otra, hasta que ya ni siquiera supo su nombre.
El sol matutino entraba a raudales por la cristalera de su suite. Se llevó las manos hasta las sienes como si con ese gesto pudiera conseguir que doliera menos, pero parecía tener una docena de pájaros carpinteros martilleándole el cerebro. Al cubrirse la cabeza con la sábana se dio cuenta de que estaba completamente desnuda. Miró a su lado temiendo encontrar a alguien que no fuera Memo, pero ese pensamiento le devolvió a la realidad: Memo la había engañado, y lo había hecho con un descaro ofensivo, así que ni siquiera Memo debía estar a su lado. Evidentemente
estaba sola, pero tenía el vago recuerdo de haber llegado acompañada a la suite.
—¿Aquel guapo desconocido de sonrisa bonita? ¿Un botones...? ¡Qué más da!
Se incorporó sintiendo aún más fuertes las punzadas de sus sienes,pero siguió hasta ponerse en pie y fue derecha al cuarto de baño. Tenía claro lo que debía hacer, y lo que debía hacer empezaba por una buena ducha.
Al quitar el vaho del espejo para mirarse pudo ver un chupetón en su escote, en la parte de arriba de su pecho derecho. Un chupetón que parecía haber hecho un muerto de hambre, un chupetón grande y oscuro.
—Madre mía, ¿Y esto? —dijo mirándose el cuello, donde había otro más de iguales características.
Trató de pensar qué había hecho después de levantarse de la barra para
ir a orinar, pero un recuerdo confuso era todo lo que lograba alcanzar. Se había sentado en la mesa de aquel tipo, pero nada más, no recordaba nada más. Ni siquiera cómo diablos había llegado hasta la suite.
Después de vestirse no tuvo muchas vueltas que darle. Bajó a la recepción para cancelar su estancia en el hotel, pidió un taxi y horas después, estaba sentaba en un asiento en primera clase del vuelo que le devolvería a la realidad.
Ni siquiera había visto a Memo después de que se fuera con la chica a la que había estado manoseando y besuqueando frente a ella. No supo dónde había pasado la noche o con quien. No lo buscó, y tampoco él la había buscado a ella, así que dio por hecho que ni siquiera iba a pedirle disculpas por lo que le había hecho. Pero tampoco necesitaba que la buscase para llenarle la cabeza de mentiras.

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7 de Julio de 2019 a las 23:23 0 Reporte Insertar 0
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