El Ritual Seguir historia

lihuen Paola Stessens

El padre, acostumbrado a una rutina, espera que su hijo cumpla con una promesa hecha hace un tiempo atrás; por otro lado su hija hace su aparición, en ocasiones, perturbando el delicado equilibrio del hogar. De las extrañas conversaciones que el padre mantiene con su hija, sumado a otros extraños acontecimientos, surge un dilema que indica que, por momentos, algo esta terriblemente mal. No obstante, a los horarios estipulados, todo vuelve a normalizarse.


Paranormal Todo público.

#misterio #fantasmas #recuerdos #dilemas #relaciones-familiares
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El ritual

Era las doce del mediodía y como era habitual don Juan regresaba, después de una larga jornada de trabajo, hambriento al hogar. Entró como de costumbre por el patio frontal, atravesó el pequeño jardín y subió por los escalones hasta llegar a la puerta principal de la casa. Una vez dentro se sintió perturbado por tanto silencio; faltaba, además, el desorden de la mesa del comedor que hijo solía dejar, ya como habito, después de su desayuno de media mañana.

¿Era esta otra de las trasnochadas fuera de casa?, pensó preocupado. Si era así debería hablarle seriamente. Porque, ¿que se pensaba?, si no tenía mala memoria esta era la…. ¿cuarta vez? O más, que se iba de parranda.

Con el ritmo cardiaco acelerado, y una ráfaga de calor subiéndole por las orejas, don Juan hizo a paso acelerado el recorrido habitual. Empezó por el living, el cual estaba conectado al comedor, y siguió luego por el baño y las habitaciones, hasta dar con la puerta trasera que lo llevó directamente a la carpintería donde el joven trabajaba. Pero no había señales de su hijo en ninguna parte.

¡Lo sabía!, pensó indignado examinando la carpintería cuyo orden hablaba por si solo.

Las herramientas bien guardadas y la madera prolijamente apilada eran las señales más obvias de que el muchacho no había estado trabajando no absoluto, lo cual no lo sorprendió. Conocía bien a su hijo y podría apostar a que habría salido por la noche a ver algún recital o se habría juntado con sus amigos para ensayar hasta la madrugada. E incluso hasta podría jurar, que en ese preciso momento, aun dormía tirado en medio de la sala de ensayos.

Decidido a no pensar más en el asunto, regresó a la cocina para preparase unos mates; colocó su paba a calentar al fuego y luego puso algo de música folclórica para relajarse, mientras esperaba.

Los minutos pasaban lentamente, acercándose la hora para el almuerzo. Miró por el rabillo del ojo hacia el reloj de pared que marcaba las 12:40 de la mañana. Eso lo puso más nervioso. ¿Pero por qué se sentía así?; sabía bien que su hijo siempre cumplía con su deber, y siempre llegaba a horario, ¿porque entonces se sentía tan inseguro?, ¿como si algo imprevisto fuera a ocurrir? Seguramente era su imaginación, se convenció, y se dirigió a la mesada para preparar los utensilios de cocina que el chef de la casa siempre usaba.

En eso que estaba a la mitad de la tarea, la puerta se abrió de improvisto. Levantó la vista esperando encontrarse con su hijo, pero se equivocaba. Era su hija. Sorprendido por esta visita, balbuceó un saludo al que ella apenas correspondió.

−Hola papá, vine solo un ratito para saludarte y ver como estabas, y de paso− lo miró con ansiedad− podríamos hablar de lo que te había propuesto, ¿recuerdas?− dijo mientras dejaba el bolso sobre la mesa.

Antes que él pudiera dar una respuesta, ella prosiguió.

−Además quería decirte, que ya arreglé todo de acuerdo a lo que hablamos, así que solo falta que me digas cuando te mudarías.

Inevitablemente, algunos interrogantes comenzaron a aflorar en la mente del hombre:

¿De qué acuerdo hablaba?, ¿y a que se refería con lo de la mudanza? Evidentemente él había sido parte de una charla en la que se había discutido algún tipo de acuerdo. ¿Pero si era así, por qué no lo recordaba?

Confundido por lo dicho, decidió detenerla antes que continuara la conversación y averiguar de qué se trataba todo esto. No obstante, ella lo interrumpió una vez más.

−Son casi la una –anunció, y se detuvo por algunos segundos para observarlo atentamente.

Un silencio tenso se instaló entre ambos, como si uno esperara que el otro dijera algo. Al fin ella decidió hacerlo.

−Supongo que a esta hora te vienen muchos recuerdos, ¿verdad?−comenzó con tono nostálgico−. Esta es la hora de la gran reunión familiar. Aún recuerdo el olor de los guisados de mamá, el sonido de sus ollas y platos; su voz, su risa, sus danzas alrededor de la mesa; son imposibles de olvidar ¿no es así?

El padre asintió mientras pensaba cuan increíble era que, en un espacio tan estrecho, se atesoraran millones de recuerdos.

−También es la hora en que la que él venía a cocinarte −expresó ella sacándolo de sus pensamientos− eso, supongo, es lo que más te debe costar aceptar, ¿verdad papá?− agregó cautelosa, como si esperara sus palabras le provocaran algo.

Si esa era su intención, lo había logrado.

Las observaciones de su hija eran por demás extrañas, en especial por el tiempo verbal que usaba al referirse a su hijo. ¿O había escuchado mal?

−Querrás decir que viene ¿no?, pues tu hermano aún sigue viniendo –clarificó, cosa que pareció irritar a la joven.

−¿Viene?− inquirió con sarcasmo. −Evidentemente aun lo esperás ¿no? –Sonrió con amargura−.¿Es que nunca vas a aceptarlo?, ¡¿hasta cuándo vas a seguir prolongando esta tortura?! ¿Acaso no te das cuenta el daño que nos hacés a todos haciendo esto?− y respirando profundamente, como queriendo controlarse añadió− ¿hasta cuándo vas a seguir con esto, padre?, ¡¿hasta cuándo?!

Al ver que su interlocutor permanecía en silencio, ella tomó su bolso abruptamente y se marchó dando un portazo.

El hombre se quedó sin palabras mirando la puerta por varios minutos.

¿Acaso su hija había perdido la razón?, se preguntó tratando de desenmarañar el hilado confuso de ideas que se le enredaban en la cabeza. Repasó una a una las frases dichas por su hija, tratando de encontrarle sentido, pero era inútil. Aunque, le quedaba en claro que ésta conversación ya había ocurrido muchas veces en el pasado. Todavía le resonaban claramente algunas las frases como “todavía lo esperas”, “hasta cuándo vas a torturarte”, “nunca va a aceptarlo”…. ¿Sería que él se estaba perdiendo de algo?, ¿pero de qué?

No alcanzó a responderse, cuando la puerta volvió a abrirse. La idea de que fuera su hija otra vez, lo llenó de temor, pues no soportaría otro de sus arrebatos de furia, pero afortunadamente, la figura que se recortaba debajo del umbral le devolvió la paz. Era su hijo que lo saludó con la mueca burlona de siempre, y sin decir nada se dirigió con paso ligero a la cocina.

Eran la una en punto, se congratuló el padre para sus adentros; ni un segundo más, ni uno menos; ¿acaso lo había dudado? Ni por un segundo. O tal vez si un poco; pero allí estaba él para cerrarle la boca; siempre puntual, nunca fallaba, ni en un punto ni en una coma; él siempre mantenía su promesa impecable.

Lo observó cocinar desde una distancia prudente, para no invadirlo. Era admirable lo bien que manejaba los cuchillos y con tanta prolijidad; una practicidad que sin duda había heredado de su madre. Sin querer se fue acercando. Después de las cosas extrañas que su hija le había dicho, necesitaba ver a su hijo de más cerca. Necesitaba sentir que estaba bien, aunque de no estarlo se lo hubiera dicho, ¿no? ¡Pero qué estaba pensando!, si el chico estaba como siempre: su cabello largo le caía como una cascada ondeada cubriendo a media su espalda, un poco sucio claro, pero eso era por la falta de una buena ducha; sus ojos lucían un poco enrojecidos, seguramente por la trasnochada, y la remera metalera estaba bastante arrugada, cosa habitual cuando dormía afuera. Sólo sus botines estaban extrañamente cubiertos de lodo.

Después de ir por el tercer mate, el padre cansado de la mudez de su hijo, decidió contarle las novedades del día:

−Vino tu hermana hoy –comenzó mientras observaba como el joven cortaba las cebollas.

Al ver que no había respuesta, el hombre prosiguió.

−Tuvimos una conversación de lo más rara –dijo con tono exagerado, buscando en el hijo alguna reacción −, me dijo cosas incomprensibles; primero habló de un acuerdo y luego de … de….

Allí se detuvo sin saber cómo continuar. ¿Podría acaso contarle a su hijo las terribles declaraciones de su hija? Mejor no. Hacerlo implicaría peleas entre hermanos, y eso era lo último que deseaba.

Afortunadamente el hijo seguía tan absorto entre el desmenuzado del pollo y un preparado de vegetales en la sartén, que se notaba que no le había prestado la menor atención .Mejor así, pensó. Mucho mejor.

Poco después, cuando el pollo estaba en el horno, el joven dejó con solemnidad el cuchillo sobre la mesa para luego desaparecer por el pasillo en dirección a los dormitorios. El padre, por su lado, se dispuso a lavar los elementos utilizados y mientras lo hacía, vigilaba, de tanto en tanto, el delicioso manjar.

Poco a poco, un aroma a carne asada empezó a impregnar toda la casa. El hombre sintió que se le habría el apetito, por lo se apresuró a preparar la mesa mientras llamaba a su hijo. Pero nadie le respondió. ¿Acaso, se habría quedado dormido? Después de una la noche de fiesta era lo más probable, concluyó, y se dispuso a comer el sabroso plato que su hijo le había preparado con tanto esmero.

La comida estaba exquisita, como siempre. Después de la muerte de su esposa, quien había sido una excelente cocinera, era su hijo el que había tomado esa responsabilidad. Todos los días sin excepción, a las 1 en punto de la tarde, el hijo cocinaba, y luego a las 8 de la noche, preparaba la cena. Era como si ambos quisieran cubrir con este ritual doméstico, la ausencia de la madre, como si fuera la única forma de sobrevivir al dolor que les había causado su muerte y al vacío que se había creado en el hogar. Y aunque nunca habían hablado sobre el tema, ambos sabían que era este quehacer cotidiano lo que los unía tanto.

Poblado de las maravillosas vivencias del pasado, el padre continuó con la rutina doméstica. Levantó la mesa, lavó los platos y se recostó unos diez minutos para recobrar un poco las fuerzas.

La pequeña siesta fue más que suficiente para ayudarlo a comenzar la segunda parte del día. El sol brillaba refulgente por la ventana prometiendo hacer de aquella tarde un infierno. Todavía somnoliento, caminó a la cocina y entre boostezos, alargó un brazo para tomar la pava, prendió el fuego y esperó a que se calentara. Luego bebió rápidamente unos pocos mates antes de irse a trabajar.

Eran las 7:00 de la tarde cuando, una vez más, se encontraba devuelta en la casa. Y otra vez, volvió a encontrarse con la sorpresa de que todo estaba igual. El plato que había usado se encontraba aun en el secador, la mesa estaba limpia y la comida del horno sin tocar. Claramente su hijo no había almorzado. Esto lo alarmó un poco pues su hijo era de buen comer y nunca se iría a trabajar sin antes probar bocado. Casi sin pensar, se dirigió a la habitación del joven. Estaba igualmente vacía. Que extraño, pensó, quizá habría salido de nuevo.

Unos golpes de la puerta lo regresaron a la cocina. Era otra vez su hija, y por la forma de saludarlo, parecía continuar enfadada.

-Han llamado los Enriques para corroborar la fecha en la podrías mudarte.

El padre volvió a sentirse aturdido pero esta vez estaba decidido a aclarar la situación.

−Laura, no tengo idea de lo que me estás hablando, quizá podrías ser más clara y explicarte más. Desde hoy a la mañana que parece que habláramos dos idiomas diferentes.

Ella lo miro furibunda. Un color rojo tiño de purpura sus mejillas. De un salto se levantó de la silla y golpeando con las dos palmas la mesa replicó

− ¿Como que no sabes de lo que hablo? Vos mismo me dijiste hace un año que ya no deseabas seguir en esta casa y que era mejor si la vendíamos. Y ahora no entiendo que está pasando, porque te estas retardando tanto en tomar la decisión. ¿Sabes bien el daño que te estás haciendo al seguir ven viviendo en una casa llena de fantasmas?–Los ojos se le llenaron de lágrimas−.Cada vez que vengo siento que estoy dentro de una burbuja del tiempo; mira a tu alrededor; ¿hasta cuándo vas a guardar la ropa de mamá?, ¿hasta cuándo vas a mantener intacto el cuarto de tu hijo?, te niegas incluso a lavarle la ropa sucia, ¿acaso esperas que él lo haga?

El padre se permaneció mudo, atónito, sin saber que decir. Definitivamente su hija se había vuelto loca. Le hablaba como si nadie más que el existiera en la casa.

−Hija− dijo haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener la calma−, ya sé que lo de tu madre me ha afectado mucho, y que aún no he podido sobreponerme; pero con tu hermano hemos ido reconstruyendo nuestras vidas, ¿y tú me hablas de vender esta casa?, ¿por qué querría hacerlo? Es mi hogar y el de tu hermano.

Algo en la mirada de su hija lo hizo detenerse. Parecía que lo que le decía estaba produciendo cierta aversión en ella, como si la sola mención de su hermano la alterara hasta el punto de horrorizarla y hacerla retroceder como si viera al mismísimo demonio.

Se quedaron mirando de hito en hito por unos segundos que parecieron durar una eternidad. Ella con los ojos desorbitados, él con una mirada de desconcierto.

−Padre −dijo ella tratando de controlar el temblor de la voz −, veo que la depresión te está volviendo loco pero te negás a irte de esta casa; y no tenés idea de lo mucho que me duele verte así, pero más me duele no poder hacer nada. Y no es que no quiera hacerlo, por lo estoy intentando, vos sabes que es así. –Al ver que él permanecía mudo, ella pareció explotar−: Sabes bien que soy la única que te viene a ver y que soy la única que quiere sacarte de esta tumba de la que no querés salir. Pero vos te empeñas en quedarte. –Abrió su bolso y después de revolver su interior nerviosa, sacó una tarjeta−. Acá está el número del psicólogo que me estuvo atendiendo, y te puedo asegurar que vale cada centavo. Te lo digo porque se lo mucho que te gusta ahorrar. En fin –dijo con resignación a la vez que dejaba la tarjeta en la mesa−, esto es lo último que voy a hacer por vos. Hasta acá llego papá… más no puedo hacer.

Don Juan miró fijamente la puerta por donde su hija se había marchado, por un largo rato. Las palabras amenazantes de su hija le zumbaban en los oídos como si tratara de un enjambre de abejas embravecidas, esas que en una oportunidad, ya hacía mucho tiempo, lo habían atacado con tanto ensañamiento, que se vio obligado a desnudarse antes de que lo mataran.

Y lo habrían logrado, de no ser durante la huida se había cruzado con un arroyo salvador. Aaah que placer cuando las aguas heladas detuvieron a las asesinas. Y que placer mayor, cuando el lecho barroso comenzó a calmarle el intenso ardor infligido por los aguijones más venenosos que hubiera conocido

Igual que las palabras de su hija, pensó. Eras increíble como dos cosas tan diferentes podían convertirse en algo tan parecido; un arma muy eficiente y muy dolorosa.

Cerró los ojos queriendo olvidar. Y luego los abrió queriendo recordar. Pero nada. Solo veía una inmensa oscuridad que se abría ante él como un agujero negro; un agujero que le generaba un vacío y de ese vacío se desprendía una terrible necesidad de que por una vez todo volviera ser como antes. Un deseo tan imperante que de no cumplirse, la muerte sería bienvenida.

El aire se le estancó en la garganta y el pecho se le oprimió arrugando sus esperanzas.

Miró el reloj. Eran casi las ocho. Retuvo el aire mientras contaba los segundos. Uno, dos, tres, cuatro… No llegó a diez. Un leve movimiento del manubrio le ganó de mano. Y luego la puerta se fue abriendo lentamente. Él no podía quitarle la vista; estaba tan ansioso de que fuera su hijo; necesitaba ver sus ojos enrojecidos, su cabello enmarañado y su remera arrugada para que entonces, recién entonces, volver a respirar.

Lo que apareció bajo el umbral, tuvo el mismo efecto que aquel lecho barroso de antaño. Y en respuesta a tanta paranoia, su hijo lo miró con la expresión burlona de siempre como diciéndole que se dejara de joder con tanto lio para nada.

La alegría del padre, sin embargo, no duró mucho; casi automáticamente, como la hacía siempre, examinó al muchacho de pie a cabeza, esperando encontrar en él vaya a saber qué. Pero todo estaba orden. Su cabello sucio le caía sobre su espalda, sus ojos seguían rojos como la grana y la misma remera metalera le colgaba sobre sus hombros. Solo sus botines estaban bastante salpicados de barro.

¿Pero que importaba este pequeño detalle?

Lo único que importaba era que su hijo siempre volvía, tal como lo había prometido una vez (aunque no recordaba bien cuando), que todo seguiría igual. Y esto era lo que él, como padre de familia deseaba, mantener el ciclo natural de la familia. Y como si las palabras sobraran, el hijo, que lo entendía mejor que nadie, se encaminó a la cocina para comenzar a preparar la cena.

Reiniciando, de ese modo, el eterno ritual.

FIN

7 de Julio de 2019 a las 18:19 4 Reporte Insertar 4
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Paola Stessens Me gusta escribir novelas de misterio, fantas�a y ciencia ficci�n tambi�n me encanta escribir cuentos. Leo todo tipo de g�neros. Me fascinan los cuentos de misterio y terror.

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A. Jiménez A. Jiménez
Este libro fue una recomendación en el grupo de horror y me gustó. Escribes muy bien. 😁😁😁

Leonidas Felipe Leonidas Felipe
Increíble historia señora, el final me encantó, pone los pelos de punta, saludos.

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