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Crimen Sólo para mayores de 18. © Todos los derechos

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Capítulo I - Ángel caído

«Las víctimas sugieren inocencia. Y la inocencia, por la lógica inexorable que gobierna todos los términos emparentados, sugiere culpabilidad»
Susan Sontag


¿Quién soy? No voy a revelarlo hasta que haya contado mi historia. La llamo mía, porque fui quien sacó sus ases para jugarlos en su debido tiempo.

Estuve toda mi vida en contra de la injusticia humana y la estupidez, no sé cuál de esas dos es más inmensa.

Fue en una jornada en la que justo me tocaba el turno de la noche. Faltaba poco para la Navidad.

En esta época del año en este hemisferio hacía calor.

Me recostaba contra la pared de un hotel a comer la cena junto a mis colegas. Estábamos trabajando en una obra.

De repente, escuché el chirrido de una ventana. Parecía provenir sobre mi cabeza.

Alcé la mirada y vi el rostro hermoso y pálido de una mujer muy joven.

La distancia no era tan elevada entre ella y yo, quizá lo suficiente para disimular ciertas cosas, sin embargo, no podía disimular la amargura.

Amargura es poco. Creo que se deberían inventar nuevas palabras para ciertas emociones, porque son tan nefastas, tan inmensamente dolorosas, que no caben en las definiciones.

Se apresuró a cerrar la ventana y las cortinas. Escuché una risa de niño muy contagiosa.

Me tocaba hacer la guardia esa noche, pero no pude olvidar esa ventana.

Era de madrugada cuando se abrió. Y la mujer, titubeaba entre sacar o no la pierna.

Me apresuré y le grité:

—Espere, por favor.

—Déjeme en paz. No se meta.

—Escúcheme. No está a una altura suficiente. Solo se romperá los huesos y súmele que irá al psiquiátrico un tiempo. Le quitarán a la criatura.

—¿Cómo sabe que tengo un niño?

—¿Quién podría ignorar esa risa?

—¿Sabe que ayer estuve en el piso octavo y no pude hacerlo porque lo veía dormir y simplemente… no podía?

—Claro que me lo imagino.

—Pero ya no doy más.

—Hable conmigo.

—Usted es un extraño.

—Pero ya estamos hablando. Ya me confesó que ayer lo iba a hacer, hoy está en duda también. Usted no quiere tirarse. Usted solo quiere dejar de sufrir —. La mujer comenzó a llorar como llora un niño pequeño al golpearse. No sabía qué hacer desde aquella altura. No podía subir al hotel. Y tampoco podía ir y decir que una mujer quería echarse por la ventana porque le complicaría la vida.

Confiaba en mis habilidades de ermitaño. Como siempre viví solo, había tenido mucho tiempo para ver las cosas con otro enfoque.

—Apártese, no quiero caerme sobre usted.

—Lánceme un papel con su número de móvil. Verá que ya estamos armando el suficiente escándalo como para que su acción se vea afectada. Despertará al niño. No querrá que él la vea descompensada. ¿Qué edad tiene?

—Cinco.

—¿Cómo piensa en dejar a un bebé solito en la cama de un hotel y al despertar que no esté su mamá? ¿Sabe lo que es una madre para un niño?

—Para él sé que lo soy todo. En mi caso nunca supe lo que es una madre. La mía me hizo ser desde pequeña la suya, en vez de su hija.

—Entiendo. Veo que su vida es difícil desde hace mucho. Arrójeme su número. Hable conmigo.

Cuando entró su pierna, y desapareció de la ventana sentí que el estómago se me volvía al lugar. Luego, se asomó nuevamente y lanzó un papel enrollado. Lo atrapé.

Y tras discar ese número, y hablar con esa mujer, decidí tomar otro camino en mi vida.

Siempre había vivido en las afueras. En esos lugares muy alejados, donde no hay caminos despejados, y para llegar se debe atravesar un espeso bosque que no es para cualquiera.

Hay que conocer de árboles, plantas, serpientes, zorros, lobos, todo, para poder traspasarlo.

Este sitio era el mejor paraíso que mis padres pudieron darme.

Por motivos de trabajo, había venido a la ciudad, pero los fines de semana eran míos, perdido en la maleza, en la bravura de la naturaleza salvaje.

Allí, en aquella estancia, tenía todo para vivir plenamente, todo lo que necesitaba. Luego, a raíz de las circunstancias que el tiempo puso en mi vida, pude apreciar que tenía más de lo que esperaba.

Estoy feliz porque la mujer del hotel, tras hablar conmigo, terminó su estadía, y volvió con su esposo, con quién, luego de un tiempo, junto a su hijo se fueron a Italia, país del cual provenían. Pero esta situación, estuvo a un pelín de no ser cierta. De arruinarse en todo aspecto. Pues a ella la devastaron en todo sentido, económico, físico, social y emocional.

El sabor amargo que me deja el recuerdo de esa joven es tremendo.

La llamada del celular, la grabé. Solía tener una aplicación que grababa todo. Era algo que utilizaba para tener a mis jefes tomados de las pelotas y que no quisieran estafarme ni con horas de trabajo o un solo centavo.

Esta joven, la cual sufría de una precaria salud, estaba allí tras la paranoia e incitación al suicidio que le jugó una persona.

Esta persona se presentó ante ella como un hombre casado, que no deseaba más que compartir literatura, y que ya estaba entrando en la tercera edad.

Fueron amigos por correspondencia un tiempo, hasta que ella, cansada entre su trabajo, rol de maternidad y estudios, comenzó a cesar de escribirle.

Esta persona vivía a diez mil kilómetros, y se suponía que podía ser su abuelo, y que sabría entender.

La vida de querer terminar la universidad comenzó a consumirle el tiempo como para sostener amistades de páginas y páginas de lectura y preguntas enfermizas y aburridas de un viejo mentiroso.

De la nada surgieron dos situaciones. Una joven se volvió su amiga por medio de una red social. Se sintió cómoda con ella pues era mujer, y podía contarle muchas cosas sin sentir que cargaba a sus familiares de preocupaciones. Reían bastante, y comenzó a cometer el error de contarle todo.

Le dio acceso lentamente, a su vida privada. Pues la joven y su paciencia, comenzaron a ganar su confianza.

A su vez, en el recinto al cual acudiría a estudiar, había dejado en claro a la joven que estaría a tal hora para anotarse a clases.

Entonces de la nada apareció un hombre que no dejaba de mirarla.

Era alto, lleno de vellos, sin atributos físicos y una mirada enferma.

Este joven se ingenió para acercarse a ella. Le mostró un rostro de persona generosa, que luchaba por los desamparados. Un rostro de mentira.

Curiosamente cada cosa que la joven de las redes sociales le decía sobre este hombre se cumplía. Y mi querida amiga que casi se lanza por el edificio, era demasiado ingenua como para notar, que lentamente le iban conduciendo por un sendero de manipulación.

¿Quién sospecharía que no estás hablando con una mujer cuando es una mujer la que se aparece en la cámara? Habla como mujer, ríe como mujer, llora como mujer. Es que en efecto, en cámara era una mujer.

Pero cuando la cámara se apagaba, el hombre de sesenta años, indignado de haber sido abandonado por una niñata y la universidad, cuando él era tan magnífico, tomaban el mando de la red social.

Estaban aliados. La niñata proveniente de un país que nunca dejó de ser una colonia estadounidense, y el hombre de sesenta años, estaban aliados para manipular a la chica que casi salta del edificio.

Pero sumando aún mayor mal, al punto que parece una película de terror, ese hombre jamás tuvo sesenta años, sino que rozaba los treinta y no era, ni más ni menos, que el joven de la universidad, con cara de loco y poco agraciado.

Se habían colado en su mundo. El desgraciado actuó en las charlas de chat como si fuese siempre la chica chévere.

Y es que la joven que se quería tirar por el edificio tenía una familia hermosa. Un hijo que cualquiera habría deseado tener, y un gran esposo. Pero, tenía sus falencias. Traía un pasado negro arriba, muchos dolores, problemas mentales, y dejó expuestas estas brechas confiando en que al fin alguien la entendía.

El demente que no era viejo, también estaba muy roto. Recluido a vivir en el dolor de haber perdido a un hermano joven, víctima del cáncer, y haberse quedado solo, sin nada, pues papá y mamá siempre viajaron por su trabajo, y los dejaban, antes, a ambos al cuidado de familiares, pues claro, tenían que estudiar.

El odio que acumuló hacia sus padres, lo mucho que se aferró a ese hermano que era todo lo que tenía, aunque algunas veces también lo odiaba.

Creció queriendo ser reconocido por su padre, incluso se dejaba la barba y el mismo corte de cabello.

Sentía envidia de su padre porque tenía la suficiente inteligencia, carrera, y capacidad de mantener una familia, de hacer su vida y seguir adelante, incluso luego de la desgracia vivida.

Él buscaba el modo de vivir fingiendo que hacía valer esa vida que su hermano perdió, luchando por la gente, siendo generoso, pero lo cierto, es que el rato que dedicaba a eso era mínimo. Su vida era en una habitación y tras el ordenador, acosando mujeres, molestando la vida de personas que tenían la capacidad de vivir y tener todo aquello que él no poseía.

Era un psicópata. Un débil. Porque la palabra psicópata siempre espanta y todos tienen miedo de que sea alguien insensible, y por el contrario, son personas muy débiles y llenas de miedo, hundidas en este mundo e irrecuperables.

Este despreciable ser, ayudado por la cerda centroamericana, condujeron a que mi amiga salta ventanas dejara todos sus tratamientos, los cuales la indujeron a una especie de delirio.

Los demás no ayudaron y las casualidades tampoco. Le hicieron creer que tanto él como ella, ya dicho todo, llegado el final, la esperarían para huir y vivir la vida libre y buena que necesitaba. Donde no existían los problemas familiares, donde estaría con las personas que en verdad la valoraban, donde podría por fin dejar el entorno y pasado atrás. Se valieron de las brechas que encontraron en su vida como arpías que eran. Y entre las presiones del hogar, cosas que se salían de control, ella huyó a aquel hotel, a esperar de mientras, para ver qué sucedía.

Una vez allí, pasó días sin dormir, lidiando con todo lo del niño, con la familia que la denunciaba como una psiquiátrica escapada, o que se metían en el medio de la relación que tenía con su esposo, que querían solucionar pero empeoraban, y su estado mental que no le dejaba ver las cosas con claridad.

Cayó en una paranoia que la atrapó por completo como un monstruo depredador.

Otra de las situaciones que hicieron con ella, fue que al ver que su matrimonio no se arruinaba por más influencia o queja, que quisieron implantarle en el cerebro, su amiguita chévere y el hombre que no era más que un pendejo larva, tomaron cartas en el asunto de un modo más arriesgado.

Sabiendo que era una mujer recluida, al cuidado de un niño, a trabajar en su casa por su profesión, que tenía problemas mentales que le impedían la vida social común y cotidiana que pueden tener muchos. Tenía tendencia al aislamiento tras tantos traumas de la infancia, sobre todo, de abuso de tipo psicológico y físico cuando era tan solo una niña. Aprovecharon esto.

Pusieron a su alcance a través de las malditas redes sociales de mierda, que lamento el jodido día que se inventaron, pues el humano siempre utiliza todo para un fin mayormente malo que bueno, gente que se mostraba como ella. Mismos gustos, recluidos, con hijos, con trabajos estresantes, con poco tiempo para la vida, problemas familiares.

Accedió a salir con estas personas a tomar algo. Misteriosamente no reparó hasta que todo había sucedido, que mientras las meseras cobraban a todos en la mesa, a la mesa que ella se había unido, traían y traían bebidas.

En aquel tiempo, tenía problemas con el alcohol. Solía no poder desinhibirse nunca, por lo tanto, bebió, aunque con cautela. Los demás comenzaron a desaparecer, y un pigmeo que se mostraba similar a ella, sufrido por la vida, se quedó a su lado, ofreciéndole más bebidas.

Acabó por llevarla a un hotel y abusar de ella. Ella me confesó que no lo veía, que todo era borroso. También que pudo notar que el tipo grabó todo el acto, ya que después, un mensaje anónimo, del cerdo que la acosaba le llegó diciendo que «cada noche oía sus gemidos». Ojalá hubiese sabido que eran de dolor.

Por supuesto que ella se vengó de este fantasma al cual enviaron a probar su cuerpo, el imbécil que no se atrevía a dar la cara, el poco hombre que se moría por tenerla, pero prefería el morbo de hacer que otro lo hiciera.

Buscaban arruinar su relación. Crear una infidelidad que no existió, porque si algo no sabía ninguno de ellos, es que ella siempre decía la verdad a su esposo. El cual, en ningún momento se quedó de manos cruzadas. Nada más, que al igual que yo, tenemos en común que nos tomamos el tiempo para reflexionar.

Aún hasta hoy admiro como la veía pasar cada mañana a ocuparse del desayuno de su hijo, de cuidarlo, de mimarlo, protegerlo, al punto, de retroceder dos veces por él.

Cuando el límite llega, la mente se nubla, y difícilmente se vuelve atrás. Admiré a ese niño hermoso, el poder tan inmenso que tuvo de retener una vida única, víctima, rota, rota desde siempre, sola, abandonada, que para él era su mundo.

No necesito contar mucho más. Solo que por supuesto, nunca apareció, ni la cerda que se hacía pasar por amiga, ni el mono que decía tener sesenta años y apenas daba la talla a los treinta y seguir viviendo de su padre.

El último día de hotel su mundo se desarmó, aunque días antes había puesto fin al contacto de su amiga traicionera, y por lo tanto, al sin vergüenza que le gustaba jugar a ser una mujer.

Me confesó que pese a su mal estado, a lo muy tonta que la veían, tuvo la habilidad de soltar al psicópata. Humillarlo y ser ella quien le abandonara cuando se le dio la gana. Y esto trajo mayor acoso a esos días de hotel. No obstante, tuvo la esperanza de que estas dos personas no tuvieran maldad, y siendo que se les había pasado la mano, acudieran a ella. Pero al bajar las escaleras del hotel, no había nadie. Sin embargo, yo estuve allí y cada noche desde debajo de la ventana, llamándole a su móvil, le hice la compañía que pude.

Me encargué de subirle al coche que le condujo a la paz de su hogar, a los brazos de su esposo que al igual que su hijo, sufrieron un daño colateral inmenso.

Pero las cosas puras y destinadas, difícilmente se rompen. Y no se rompieron, se soldaron las brechas. Y lo último que me dijo antes de irse del país, fue que estaría eternamente agradecida por mi compañía, y que ella no tenía la capacidad ni del olvidar ni perdonar.

La dejé partir, encendí un cigarro y entonces le respondí al avión que se marchaba:

—Yo tampoco, mi querida saltarina.

12 de Julio de 2019 a las 08:40 2 Reporte Insertar 4
Leer el siguiente capítulo Capítulo II - Primera muerte - Dos pájaros de un tiro

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Xabel Mind Xabel Mind
Impresionante *-*
12 de Julio de 2019 a las 17:12

  • Shee Lag Shee Lag
    Muchas gracias. Aunque tengo la presión del tiempo, me esmeré lo mejor que pude. Ya tendré tiempo de corregir. Por cierto. Son cuatro finales con distintas muertes. Ya está arriba la primera. Gracias por leer. 12 de Julio de 2019 a las 17:31
~

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