El amargo fruto de la indecisión Seguir historia

lloretsirerol Carlos Lloret y Sirerol

Héctor Belmonte ha mantenido una amistad epistolar con I.R. desde su más tierna infancia, cuando una profesora, a guisa de trabajo de clase, les encomendó la tarea de mandar una carta a un niño enfermo hospitalizado en la capital. Es así como inicia la que será una amistad por carta que se prolongará hasta el final de la adolescencia, momento en el que los amigos, antes de entrar en la universidad, decidirán verse por primera vez. Durante el trayecto en tren hasta la ciudad medieval en la que han decido verse, el veleidoso Cupido pondrá a prueba los temores del protagonista cuando una esplendente muchacha ignota se sentará justo delante de él. ¿Será ella su chica ideal?


Romance Todo público.

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El amargo fruto de la indecisión

Hoy voy a conocer en persona, después de haber estado organizando el encuentro durante mucho tiempo, al que lleva siendo mi mejor amigo desde hace diez años. Hemos estado a punto de vernos varias veces, sin embargo, quisieron los vientos del destino que cuando uno podía acudir, el otro, como por ensalmo, acababa embarrullado en algún inextricable asunto que, in fine, se lo impedía por más que tratara de zafarse del mismo. Por ejemplo, una de las primeras veces que decidimos vernos – cuando teníamos entrambos, si no lo recuerdo mal, quince años –, el padre de mi amigo enfermó de gravedad de los nervios y, a pesar de que, por suerte, se recuperó enteramente pasadas tan solo unas semanas, ello nos impidió vernos. Mas ahora, tras haber estado orquestando todos y cada uno de los detalles, previniendo también la posibilidad de que surgieran unos y otros imprevistos a cuyas soluciones nos hemos adelantado, ha llegado el momento definitivo, luego, por fin, habiendo pasado ya tanto tiempo desde que se iniciara nuestra amistad epistolar, por fin, digo, podremos estrecharnos las manos por primera vez. ¡Ardo en deseos de ver en persona a mi amigo, pues hasta ahora tan solo lo he podido ver en foto!


He de confesar, cosa que diré sin la menor de las reticencias, que me hallo muy nervioso por el encuentro y, tanto lo estoy que, para apaciguar mis ánimos, mientras viajo embaulado en el vagón del tren que me llevará hasta él, no he podido evitar ponerme a escribir mis impresiones al respecto de nuestra amistad. Recuerdo con sumo detalle cómo empezó todo, las infortunadas circunstancias que, por suerte o por desgracia, nos condujeron hasta el eterno y sacro valle de la amistad: cuando todo comenzó, yo – y él, dado que tenemos la misma edad – tenía tan solo ocho tiernos y núbiles años. Mi profesora, Irene, de la que guardo invaluables recuerdo que algún día dejaré por escrito para que no sean segados por el paso del tiempo, tuvo una excelentísima idea inspirada por un libro que ella acababa de leer y no bien llegó a clase nos hizo partícipes de ella: nos dijo que su hermana, Patricia, trabajaba en un gran hospital de la capital, centro en el que había internados una gran cantidad de niños enfermos de nuestra edad que, hallándose inmersos en un prolongado internamiento, requerían de un amigo o de una amiga que, aun desde la distancia, les hiciera más liviano el angosto trance; para lo cual nos proponía, a guisa de loable solución, que cada cual debería escribirle un carta a uno de esos niños. A todos nos pareció muy divertido y, habiendo ella logrado nuestro infantil asenso, procedió a sortear los nombres de los niños y niñas enfermos a los que deberíamos escribir.


Siendo yo tan pequeño no recuerdo cuál fue mi reacción ante aquella propuesta, empero, conociendo cuál era – y cual es – mi carácter, un corzo indómito, cerril, que me pulsa hacia ideas altruistas, novelescas y románticas por igual, de seguro que la propuesta me pareció ideal. No obstante, lo que mi pequeñez no me permitió atisbar ni por un somero segundo fue la magnitud de los acontecimientos que se derivarían a partir de aquella inicial y sucinta carta que le envié al que sería mi futuro amigo del alma cuando él se hallaba triste e internado, y no puede prever, mucho menos aun, como un inocente acto pueril, producto en parte del azar y en parte de un banal impulso, pudo hacer tal mella en el que sería mi amigo. Sea como fuere, como decía, tan luego como Irene se cercioró de que todos estábamos más que entusiasmados con la idea de escribir una carta a quien la necesitara, procedió a sortear los nombres. He de decir que, su instinto de profesora curtida a lo largo de los años, le informó, desde el mismo momento de la concepción de la idea, de que a nosotros nos parecería divertida, por lo que, tras haberse agenciado una lista con los nombres de los niños hospitalizados, ya traía preparada una bolsita que contenía un sinfín de pequeños papelitos donde constaban las iniciales de los afortunados. Y hete aquí algo gracioso del asunto, y es que Irene, por razones que desconozco, se negó a revelarnos el nombre real del que sería nuestro potencial amigo, o amiga.


Así pues, cuando mi pequeña mano hizo su inmersión en la bolsa, no sin antes dar mil y una vueltas, seleccionando y descartando opciones sin saber el contenido de las mismas, sacó, finalmente, un papelito doblado por la mitad que contenía las letras I.R., que posteriormente descubría a quien pertenecían a pesar de que por aquel entonces solo supe que se trataba de un niño enfermo de un caso grave y crónico de gastroenteritis que le había llevado hasta el borde de la desnutrición. Irene, queriendo que dedicáramos un tiempo discrecional a pensar en el contenido de la carta, que nos conminó a fraguar con sumo detenimiento, pero queriendo que los destinatarios recibieran las epístolas dentro de un periodo de tiempo relativamente corto, nos dio de plazo una semana, tal que el siguiente lunes deberíamos hacer entrega de nuestro trabajo para, habiéndolo llevado a clase y contando con su ayuda, rellenar los remitentes y colocar los sellos en los sobres que utilizaríamos para tal fin. Me gustaría brindar todos y cada uno de los núbiles e inocentes pensamientos que fueron abotagando y ensimismando mi infantil mentalidad, desde quien era la personita que se escondía tras aquellas letras hasta la determinación del contenido exacto que pretendía incluir, empero, siendo tan pequeño y no pudiendo yo, ahora, referir susodichos pormenores, diré, sencillamente, que, por razones que desconozco por entero, aunque pueda llegar a pensar que fue mi salvaje y novelesco carácter el que me conminó a aquello, pasé aquella semana profundamente preocupado por el contenido de la misiva.


Desgraciadamente, no recuerdo el contenido exacto de la carta que le envié al que sería mi mejor amigo, que me gustaría compartir con todo el mundo, y, además, como colofón, esta carta inicial acabó perdida en el baúl de los recuerdos de nuestra infancia. Pasados los años, le pedí a mi amigo que la recuperara, pero, habiendo él realizado diversos intentos, cada cual dotado de una mayor profusión e intensidad que el interior, los desaforados esfuerzos por recuperarla fueron nugatorios, pues nunca consiguió dar con ella. Sin embargo, teniendo yo, como todos, unas nociones básicas de la mentalidad infantil y conociendo, más o menos, cuál era mi forma de pensar y de expresarme, puedo afirmar con suficiente tino que, después de haberme presentado con unas somera palabras y tras haberle contado alguna anécdota anodina que me hubiese ocurrido aquella semana – como si aquello fuera a importarle a un completo desconocido –, le debí transmitir mis mejores deseos en relación con su enfermedad y su ulterior recuperación de la misma. No obstante, como he pretendido adelantar veladamente, no fue el contenido de la carta el que convenció al que fuera mi futuro mejor amigo de que aquella relación sería a ser edificante para ambas partes, no, sino que fue lo que yo decidí adjuntar en el sobre.

Siempre, de camino a la escuela, pasaba por delante de un pequeño jardincito de flores que un ignoto hombre mayor se afanaba de mantener en el más lustroso estado. Jamás había deparado en aquel pequeño retacito de Edén que aquel anciano había cultivado a lo largo de tantos años, empero, quiso el veleidoso azar que, aquel lunes en el que debíamos entregar las versiones definitivas de nuestras cartas, atraído por un magnetismo que aun a día de hoy soy incapaz de explicar, arrancara subrepticiamente uno de aquellos argénteos tesoros para, después de haberlo aplastado cuidadosamente entre una hoja de papel doblada por su justa mitad, enviárselo a I.R. Así, preso de un infantil rapto y pretendiendo impresionar y alegrar a partes iguales al que fuera el desconocido niño que iba a recibir mi carta, no bien el anciano giró la vista atraído por los ladridos de su fiel perro guardián, que se puso a ladrar ante la presencia de un entremetido pájaro, arranqué la que me pareciera la margarita más decente del jardincillo y salí corriendo espoloneado dirección al colegio. Superadas unas pocas calles, en tanto me sentí a salvo de las posibles represalias del floricultor – que creo que no se apercibió de nada de lo que yo hiciera –, arranqué cuidosamente una de las hojas de mi libreta de dibujo y coloqué la flor entre ambas, procurando que ninguno de los dorados pétalos sufriera el menor de los daños. Desconozco qué irreflexivo e inopinado pensamiento me impulso a actuar de esta precipitada forma, pero sigo agradeciendo que mi infantil e impetuoso denuedo me catequizara a preceder de tal forma.


Cuando llegó el momento de colocar nuestros escritos dentro de sus condignos sobres, habiéndose realizado justo antes una sucinta revisión del contenido de las cartas con el fin de que a ninguno se nos hubiese escapado nada impropio, compartí mis intenciones con Irene y ella, haciendo alarde de su natural talante bondadoso, me halagó cariñosamente aquella idea, felicitándome por haber procedido de aquel modo. Si bien, dicho sea a favor de mi profesora, afirmé con vehemencia que la flor la había obtenido de forma consentida después de haberle explicado mis pretensiones al amable jardinero, quien se prestara ipso facto, según mi versión de los hechos, a regalarme la mejor de entre sus flores para poder entregársela a un ignoto niño enfermo de la capital. Así pues, contando con la venia de la que fuera mi profesora, después de haber cambiado el envoltorio original por una aurea hoja de papel, colocamos el presente dentro del sobre y pegamos el sello. Acto continuo, cogidos todos de la mano, salimos a la calle y nos acercamos a un buzón de correos que quedaba tan solo a dos manzanas de nuestro centro, y, uno a uno, ayudados por la profesora, fuimos entregando nuestras cartas.


Pasadas solo unas semanas, como es propio de los niños, todos olvidamos la expectativa de que nuestras epístolas fueran contestadas, no obstante de la inicial ilusión de trabar una nueva amistad que pudiese ser duradera, al acabar ocupados en otros asuntos que, visto lo visto, nos deberían parecer de una trascendencia igual o superior a la de escribir una carta a un niño necesitado de ánimos, aunque se tratara de pintar un anodino dibujo vernal con las manos chorreantes de pintura sobre un gigantesco lienzo de papel maché. Así, no siendo yo una excepción a estas disposiciones, con presteza olvidé la posibilidad de que I.R. contestara a las someras palabras que yo le envié junto con una margarita. Si bien, a pesar de aquello, recibí la contesta pasado un mes, llegándome directamente a mi casa dado que había anotado la dirección en el encabezado (aunque no en el sobre, donde constaba la de la escuela). Nuevamente, fruto del draconiano paso del tiempo, que todo lo hace envejecer, lamento no poder adjuntar una copia facsímil de la contesta que recibí, mas sí recuerdo – o creo recodar – lo que se me dijo en líneas generales: después de haberse presentado y de haber agradecido las palabras esperanzadoras y henchidas de buena voluntad que yo le había escrito, se mostraba harto contento de que mi carta, al contrario que todas las demás, llevara adjunta una sin par florecilla; alegando, acto continuo, que concedía a la estancia un cariz primaveral que hacía olvidar, si se la contemplaba con detenimiento durante unos instantes, la neutra y blanca decoración connatural a los hospitales. Y decía, a guisa de conclusión, que, estando la flor aun fresca, su fragancia, caso que se la colocara cerca del rostro, ayudaba a enmascarar el aire enrarecido y emponzoñado de los pasillos y de las estancias. Finalmente, daba término a la carta con una manida coletilla – que muy probablemente le indicó su madre, su padre o quien estuviese al cargo de él en tanto la escribía –: «Espero que me contestes con prontitud. Atentamente, Ígor Rufo».


¡I.R era de Ígor Rufo! Él, contrariamente a nuestro proceder, sí adjuntó su nombre al final de la carta – no creo recordar que lo dijera antes –, y aquello, aquel simple acto, remozó mi ilusión por el asunto. Leí la contesta, en la que me adjuntaba un dibujo que él había hecho a modo de agradecimiento por mi presente, con desmedida atención y, tras ello, inmediatamente después de haberla terminado, me senté en mi pequeña mesa de trabajo con la finalidad de elucubrar una nueva carta. Empero, no habiendo acabado la respuesta en tanto empecé a escribirla, poco a poco fui postergando el proyecto, primero unos días y luego unas semanas; tal que, pasadas las vacaciones y llegado el final de verano, aun no había escrito ni la mitad. Así, pasado este tiempo, olvidé enteramente mi empresa y no fue hasta que mi madre, harta de mis proyectos siempre a medio acabar, me instó a aquello cuando la terminé de escribir unos tres meses después de haber hilvanado las primeras líneas. Con la ayuda de mi madre acabé de redactarla y de revisar la ortografía – por entonces escribía yo bastante mal, muy por debajo de la media que se correspondía con mi edad – pasados dos días, por lo que procedimos a enviarla al remitente desde dónde nos había llegado la anterior.


¡Menuda odisea tuvo que recorrer mi carta hasta llegar hasta su destinatario! Yo, ajeno a que Ígor ya había recibido el alta al haberse recuperado palmariamente de su dolencia, mandé mi contesta al único remitente del que disponía, a la planta infantil del hospital. Por suerte, las dedicadas enfermeras que se hacen cargo de la repartición de las cartas, sabiendo que mi amigo ya no estaba y disponiendo, por suerte, de su dirección, con toda amabilidad y sin pedir cuenta alguna, le remitieron mi epístola junto con una nota en la que le felicitaban por su recuperación, le deseaban recuerdos y le recordaban, embromándose y cariñosamente, que no olvidara cambiar su dirección si es que no quería tener que ir a recoger su correspondencia en el hospital. Sea como fuere, la carta llegó a su condigno destinatario.


Fue, así, a partir de este momento en tanto Ígor y yo empezamos a cartearnos de forma constante, a un ritmo de una o dos cartas al mes o, incluso, en los meses en los que estábamos más necesitados el uno del otro, semanalmente. Diría que nuestra comunicación no ha cesado ni por un somero momento desde que se inició, no obstante, sí he de destacar que un periodo especialmente notable ha sido el de los dos últimos años, donde ha habido algunos meses en que hemos contestado la cartas, no respetando el periodo discrecional de una por semana, sino que, contrariamente, llegando a la cifra de dos epístolas semanales. Los temas sobre los que hemos hablado a lo largo de estos años han sido muy variados y, más que corresponderse con un tópico en particular, el contenido de nuestra comunicación ha ido oscilando en función de nuestras necesidades, pero, si se me instara a seleccionar una de entre las muchas posibilidades, diría con bastante seguridad que ha sido el amor el tema del que con más profusión hemos hablado, tal que el uno se convirtió en el consejero del otro en momentos de necesidad. Creo que, a día de hoy, si reuniéramos y ordenáramos todas las cartas que hemos intercambiado, la longitud del texto resultante alcanzaría, según mis estimaciones más positivas, las 300 o 400 páginas.


Puede que, después de ser conscientes, queridos lectores, de que, pasados diez años, es hoy el día en que veré a mi mejor amigo por primera vez, se pregunten: ¿cómo es posible que nunca hayas visto ni una sola vez a la persona con quien más has confiado? Sé que puede parecer extraño el que haya tenido a confiar sublimemente en una persona que nunca he visto, no obstante, las confidencias epistolares gozan de una gran copia de ventajas de las que están desprovistas las mejores amistades cara a cara que suelen forjarse de usual entre los adolescentes. Permítanme hacer un breve inciso en esto último. Primero, la comunicación escrita, frente a la oral, goza de un mayor grado de planificación, por ende, uno ha de detenerse a pensar con sumo detenimiento aquello que ha de decir, seleccionando las palabras y las expresiones adecuadas para hacerse entender, luego, este proceso de reflexión – más o menos consciente según la naturaleza de cada cual – sobre el contenido a escribir, ya insta, de suyo, a reevaluar las experiencias de las que se está hablando; y permítaseme que brinde un ejemplo: en segundo de la ESO quedé prendado de una muchacha nueva que había llegado a nuestra clase desde Alemania, Selina se llamaba, y, pretendiendo conquistarla, le regalé una rosa. No obstante, pese a mis expectativas en aquel acto, ella la rechazó sin mediar palabra alguna, de modo que, en tanto la hube obsequiado de aquella manera, miró curiosamente la flor, la inspeccionó, y, después, sin desellar sus labios, me la devolvió. Ello me turbó sobremanera, haciéndome pensar que se trataba de un rechazo diametral que me ajó el alma misma, con lo cual, fiel a la costumbre de hablarle a Ígor de estos astrosos vericuetos, me puse a escribir sobre ello y, en tanto iba escribiendo, acabé apercibiéndome de cuan precipitado había sido yo actuando como lo hice, cosa en la que no había deparado anteriormente y que solo supe desentrañar en tanto se la conté a mi amigo.


Una segunda ventaja del amigo por carta es el grado de confidencialidad que se puede lograr obrando de esta manera. El amigo que queda inmerso en el círculo social cercano fácilmente puede filtrar cierta información privada, aunque no lo haga albergando intenciones aviesas, mientras que el amigo epistolar, siendo rara vez conocedor de quienes son los amigos reales de uno, no puede obtener los medios de proceder de tal forma ni aun queriendo. En tercero de secundaria le confesé a una amiga de clase mi amor por Ángela, una chica que había conocido, prácticamente, desde siempre pero en cuya genialidad no había deparado hasta llegadas aquellas fechas. Días después, fruto de una conversación que acaeció en una fiesta en donde mediaron grandes cantidades del brebaje de Baco, todo el mundo era conocedor de mi más hondo secreto, derivando ello en que todos mis intentos por acercarme a mi amada se tornaran nugatorios, frustráneos. Mas no pasó los mismo en tanto, circa un año después, le hable a Ígor de mis nuevas pasiones hacia Aurora, una chica un año mayor que había conocido durante las vacaciones de verano en el pueblo de mi madre – he de añadir, a guisa de pequeña digresión, que, en tanto nos trasladábamos por mor del periodo vacacional, las cartas entre Ígor y yo no cesaban, ya que, sencillamente, informábamos al otro con antelación de la nueva dirección a la que tenía que escribir –. Los consejos de mi amigo fueron decisivos para hacer florecer este efímero amor estival del que tantos buenos recuerdos conservo.


Otra ventaja, añadiré como última a sacar a colación, es la objetividad de la que está dotado el amigo epistolar a la hora de valorar los acontecimientos, de modo que, cuando se le presenta un problema, a pesar de que cuente con la desventaja de no poder barajar tanta información como la que pueda tener el amigo cara a cara, puede analizar la situación desde la lejanía, sin sentirse implicado en lo personal. En sexto de primaria, aunque no podría especificar las razones de ello, me enamorisqué – quizá sea más adecuado decir que me encapriché –de una chica de clase, María, cuyos favores quería obtener y que por aquel entones era considerada como la más atractiva de entre todas. El que por aquel entonces fuera una de mis mejores amigos en persona, consciente de que María era pretendida por los chicos más excelentes de la clase, me aconsejó que desistiera en aquella empresa al considerar que mis posibilidades, vista la excelsa competencia a la que me había de enfrentar, era, cuando menos, casi nulas; lo que me llevó, por tanto, no solo a cejar en mis intentos de acercarme, sino que, más allá de ello, a tratar de evitarla a toda costa. Sin embargo, Ígor, con mucha más fe en mis habilidades como galán y teniendo una óptica mucho más proporcionada de los acontecimientos, y siendo conocedor de mi capacidad para las matemáticas, me aconsejó que me acercara a ella so pretexto de convertirme en su tutor, cosa que, a su criterio, me haría destacar entre los demás, quienes se limitaban a hacer exhibiciones de fuerza en las clases de gimnasia y en los patios, tal y como le relaté en mis muchas cartas a este respecto. Su ardid surgió un inesperado efecto, permitiéndome ello llegar hasta el círculo más interno de amistades de María y, si bien al final no floreció el amor, en verdad pude vivir una gran copia de experiencias harto edificantes.


He de decir, teniendo que retractarme de forma parcial de lo aseverado anteriormente, que, más allá del tópico del amor, o, quizá mejor dicho, dentro del mismo, ha habido un tema sobre el que hemos intercambiado una gran plétora de cartas: mi sublime irresolución a la hora de decidir sobre los asuntos amorosos. No sé por qué, desconozco por entero las causas, pero siempre que he tenido que enfrentarme a la situación de tratar de conquistar a una chica – por ejemplo, una muchacha ignota sentada en la barra de un bar –, acabo siendo presa de un bloqueo que mi impide avanzar. Así pues, grandemente preocupado por este infranqueable hecho del que soy presa en tanto trato de iniciar un acercamiento, hemos departido sobre la temática innúmeras veces, aunque nunca hemos llegado a dar con la causa, con lo cual, por ende, tampoco hemos podido erradicar las consecuencias. No obstante, Ígor me ha prometido que él, no presentando el mismo problema, me ayudará con ello en tanto nos veamos en persona hoy mismo.


Antes bien, por todo lo antedicho, puede que me increpen muy sabiamente: si tan ingentes son las ventajas de poseer un amigo epistolar, ¿por qué destrozarlas conociéndole en persona una vez ha pasado tanto tiempo desde el inicio de la genial y sin par amistad? Supongo que la necesidad de conocer faz a faz a aquella persona con quien tanto hemos hablado a lo largo de los años, a aquella persona a la que le hemos confiado nuestras más privadas interioridades, es algo completamente natural dada la curiosidad de poder intercambiar aunque sea una fugaz mirada. Decidimos vernos en persona por múltiples motivos de distinta índole, desde la necesidad de ser ayudado a superar mi indecisión, como ya he dicho, a la mutua curiosidad de poder conocer cómo suena la voz del otro. Empero, de entre toda la caterva de razones que podrían aducirse para justificar nuestra resolución, pienso que la más importante ha sido la entrada en la universidad, él en medicina y yo en matemáticas. Inicialmente pensamos en cursar nuestras sendas carreras en el mismo centro, sin embargo, viendo la inmensa cantidad de problemas inherentes – siendo la mayor problemática el que uno de ambos debería alejarse en demasía de su hogar – desistimos en esta empresa y decidimos, finalmente, que nos conformaríamos con vernos una única vez en verano. Así, habiéndole comprado yo una excelente edición ilustrada de Los viajes de Gulliver a guisa de presente, me hallo viajando en tren hacia la pequeña ciudad medieval – punto intermedio entre nuestro hogares – en la que hemos decidió vernos.


Mas ahora, estando tranquilamente sentado en el vagón mientras escribo estas palabras, ha querido el veleidoso Cupido enfrentarme a una de sus maquiavélicas pruebas que pone en juego mis peores temores. ¡Ojalá estuvieras aquí Igor para poder ayudarme en esta astrosa empresa! Una muchacha que frisa mi edad – pese a que creo que es un poco mayor que yo – se ha sentado justo delante de mí tras saludarme con una leve inclinación de cabeza acompañada por una tímida sonrisa. Viste con un vestido tubular rojo que le cae desde los hombros hasta las rodillas y que logra destacar, siendo prieto, su esbelta y contorneada figura. Luce una gargantilla negra con encaje del que cuelga una tímida perla en el centro que queda perfectamente conjuntado con sus pequeñas botas negras con algo de tacón, de no más de cinco o seis centímetros, si no fallan mis cálculos aproximados. Es morena y su cabellera lisa y sedosa, se descuelga apaciblemente hasta su cintura, moviéndose bamboleante al son del traqueteo de las ruedas del tren. Su tez es morena y sus labios oscuros y carnosos, apetecibles, lo que hace que su blanca sonrisa destaque sobremanera. Parece ser una mujer inteligente y serena, dotada de una paz interior sin parangón, pero, a la par, allende de sabida, semeja ser risueña y graciosa, capaz de moverse entre cualquier tipo de gentes. Acoge, entre sus finas manos, un gran tomo delicadamente encuadernado que se ha puesto a leer en tanto se ha sentado, lo que incrementa mis impresiones en derredor de su nivel de cultura.


No me definiría como un hombre enamoradizo, no diré que haya sido presa de aquello que llaman «amor a primera vista», mas ¡ay! ¡qué diera yo por poder hablarse aunque fuera durante unos someros instantes, tan solo el rato que me resta de viaje! ¿Lograría que tan excelente muchacha se interesara en mí? Puede que piense, caso que yo decida hablarle, que soy un chico aburrido y anodino que es incapaz de mantener una vívida conversación con una chica desconocida como ella. ¿Se sentiría cómoda departiendo con quien solo busca en ella sus sapiencias, sus conocimientos? ¡Ojalá tuviera yo respuestas precisas y certeras a todas y cada una de estas cuestiones! Mas ninguna de estas cuestiones puede ser contestada sino hablándole, rompiendo el etéreo muro de silencio que por ahora nos separa. Sin embargo, pensándolo con detenimiento, puede que pretenda quedarse sentada mientras espera que el trepidante avance del tren la lleve hasta su destino, si bien quizá, habiéndose fijado en mí, puede también que esté esperando a que yo tome la iniciativa y, mostrándome confiado en mí mismo y exhibiendo ser una persona extravertida y lanzada, inicie una liviana conversación con ella que parta desde un tema superficial y, poco a poco, conforme el uno se vaya sintiendo más y más cómodo con el otro, acabe virando hasta temas profundos que linden las más íntimas interioridades, temas de trascendental importancia que nos unirán el uno al otro en un lazo inquebrantable.


Ahora bien, quizá la primera pregunta que haya de hacerme, sea, ante todo, cuál es la primera impresión que le he brindado en tanto ella ha decidido sentarse frente a mí. Pensaré las cosas con esmero ya que en caso contrario me estaría exponiendo a acabar humillado ante tan egregia beldad: yo estoy sentado en uno de los cuatro asientos que conforman este rinconcito del vagón, situado en el flanco izquierdo, y ella, aun pudiendo sentarse en cualquier otra parte puesto que aun restan infinidad de asientos libres, ha decidido, haciendo uso de su completo arbitrio, sentarse conmigo; luego creo poder interpretar esta acción como un indicador de que la primera impresión que le he ofrecido desde la lejanía ha sido que, al menos, no soy alguien hostil. Después, una vez ha tomado la resolución de sentarse conmigo, en tanto ella se ha hallado ante la necesidad de decantarse por uno de los tres asientos que quedan desocupados (dos frente a mí y uno a mi lado) ha elegido uno de los dos que quedan opuestos al mío y, más allá de ello, no ha elegido el asiento que queda en mi diagonal, no, sino que, además, se ha sentado frente a mí; a saber, de entre todas las posiciones posibles – habiendo un 33’33% de probabilidades de que se sentara en cada una de ellas – ha seleccionado la óptima para que mantengamos una conversación, lo que no me parece un hecho azaroso sino más bien propositivo, voluntario. ¿Es ello sinónimo de que quiere que le hable, o de que pretende, quizá, hablar conmigo? No lo sé, dado que cabe la posibilidad de que haya seleccionado ese sitio con la finalidad de tener acceso a la ventana, tal y como suele agradar a mucha gente que viaja en el trasporte público. En consecuencia, pensándolo con diligencia, parece que la posición que ha escogido no me brinda excesiva información; salvo, como he dicho, que piensa que no soy una persona amenazante, pues en caso tal se habría sentado en cualquier otra parte.


No obstante, si sigo analizando las posibles opiniones iniciales que haya podido yo imprimarle, desde luego el atuendo que he elegido hoy no juega en absoluto a mi favor. Ella, como ya he descrito con antelación, luce un excelente vestido rojo junto con una gargantilla con encaje que la hace lucir como salida de una pasarela, mientras que yo, sabiendo que a Ígor le apetecería visitar todos y cada uno de los rinconcitos de la ciudad medieval que hemos elegido para vernos, esto es, a sabiendas de que hoy me tocaría caminar mucho, me he vestido de forma cómoda: un polo blanco – eso sí, totalmente inmaculado puesto que es nuevo –, junto con unos pantalones negros de hacer deporte anchos y unas zapatillas, también deportivas, ya bastante desgastadas conforman mi atavío. Luego, si comparamos la forma en que ella va vestida frente a la mía – en comparación harto derrengada –, parece que no debería iniciar una conversación, ¿cómo podría querer una chica tan elegante dejarse ver con un adoquín como yo? Pienso que ella, con toda probabilidad, ha dedicado unos momentos, aunque fueran breves, a seleccionar aquello que se quería poner, conjuntando, como he destacado antes, las botas con el collar y, ahora que reparo en ello, el color de su pintalabios con el de su vestido, mientras que yo, bruto de mí, prácticamente me puesto las primeras prendas que han pasado ante mi mirada. Antes bien, puede que ella vaya a una boda o a cualquier otro evento que requiera, forzosamente, ir vestido de gala, por lo que, en verdad, mi forma de vestir quedaría justificada por el objetivo de la misma, luego no debería importarle, en el fondo, qué ropa he elegido. ¿No? Sin embargo, dejando de lado los atavíos de cada cual, ella es muy guapa, tiene un rostro casi angelical, mientras que yo no soy, ni de lejos, tan agraciado. Por ende, ¿cómo iba una chica que bien podría pasar por modelo fijarse en un pobre filisteo como yo, que ha de dar mil gracias por no provocar animadversión a aquellos que lo contemplan? Empero, atendiendo solo a esto, creo que estoy asumiendo que ella es una muchacha superficial que se guía por las apariencias frívolas, cuando, en verdad, mirándola detenidamente, creo que es una chica que destaca por ser toda una intelectual, la calma y la seriedad de su rostro pensativo reflejan una personalidad inteligente. He de hablarle con premura, seguro que podemos tener una conversación que sea agradable para los dos.


Creo que, con independencia de la primera impresión que haya podido generarle con mi talente, a sabiendas de que no hay que dejarse arrastras por estos prematuros y generalmente equívocos análisis del prójimo, voy a hablarle inmediatamente. Ahora bien, si pretendo presentarme como una persona a su altura, sin lugar a la menor de las dudas, el primer comentario que vaya a hacerle con el fin de iniciar una ulterior conversación es totalmente crucial, luego, pensándolo bien, en vez de lanzarme inopinadamente a conversar con ella, parece que lo más proporcionado a la situación es que dedique unos someros instantes a pensar en la mejor frase para romper el silencio que por ahora nos envuelve, ¿no? Cierta vez, leyendo uno de estos trilladísimos libros que tanto se venden con la finalidad de mejorar las habilidades conversacionales de uno, leí que la forma, no adecuada, sino óptima de empezar una conversación con una persona desconocida es haciendo un comentario trivial pero positivo. Por ejemplo, si yo le dijera: «¡Parece que va a llover!» mientras señalo el cielo nublado, a pesar de que no es un comentario amenazante, no es nada positivo y, dicho sea de paso, hablar del tiempo es una opción excesivamente manida que suele utilizarse infranqueablemente cuando la conversación, siguiendo su curso natural, se atora. ¡Parecería un aburrido!


No, creo que, quizá, conociendo mi natural timidez y no pretendiendo tartamudear cual inexperto galán que se enfrenta por primera vez a una potencial relación amorosa, la mejor forma de empezar es haciendo uso de una frase hecha, algo que ya conozca y, más que improvisar, pueda remembrar sin vacilación. Cierta vez, oí que una frase adecuada de la que uno puede hacer uso consiste en elogiar con genuina franqueza alguna característica de la persona a quien pretendemos dirigirnos ya que ello logra una disposición positiva del interlocutor a conversar, luego, bajo esta lógica, podría empezar con unas palabras halagüeñas, por ejemplo, hacia su gargantilla, teniendo este comentario, además, el aliciente de que es un piropo sincero. No obstante, procediendo de tal manera, creo que mis intenciones serán más que manifiestas, en consecuencia, pensándolo con escrupulosidad, quizá una forma más certera de comenzar a hablar con ella sería valiéndome de un piropo atrevido que demuestre que soy un chico gracioso y con mucho aplomo, podría decirle: «¡Vaya! Cuando te has acercado, me de dicho: ¡No sabía que las flores andarán!». Aunque, procediendo de ese modo, sin duda destaparé mis intenciones de galantearla, lo cual, visto lo visto, puede que la haga sentir amenazada, cosa que no interesa a nadie. ¡Ya lo tengo! Pienso que la forma más simple y acendrada de hacerlo es pedirle la hora so pretexto de que se me ha acabado la batería en el móvil y, mientras la mira, observaré sus reacciones con el fin de saber si le ha agradado o no que le hablara, de modo que, en caso positivo, iniciaré una conversación y, en caso negativo, si responde maquinalmente y por obligación, o seguiré escribiendo o, si procede, me iré al otro extremo del tren…


¡El hielo está roto! Y yo no he tenido que hacer nada… ella, después de haber estornudado de la forma más graciosa y recatada que puedo recordar, me ha pedido un pañuelo. Lo cual, sin duda alguna, significa que está interesada en que inicie una conversación interesante con ella puesto que se ha valido de aquella vetusta técnica de hacer que tu posible interlocutor realice una pequeña inversión en ti (un pañuelo, una servilleta o un cigarrillo en el caso de que se fume), instándole ello a conversar al sentir que han hecho uso de su tiempo y/o dinero. Bueno… aunque puede que, sencillamente, lejos de querer iniciar una conversa conmigo, haya necesitado a alguien que le ofreciera un pañuelo, luego puede que en el fondo no sea más que eso. Si bien, sea como fuere, podemos decir que la conversación ha dado su primer paso. ¿No? Subsiguientemente, ahora lo importante es pensar en un tópico que nos pueda resultar agradable a los dos. Ella es una chica inteligente, ¿no sería proporcionado que yo, que no parezco ser una persona docta sino un adolescente arremolinado que lleva un regalo en el regazo, tratara de hacer gala de mis excelentes conocimientos con el fin de soalzarme hasta su encimado nivel? Podría contarle, en este sentido, el mito de Píramo y Tisbe, aquel del que se valiera cierto insigne dramaturgo para crear a los inmortales amantes de Verona, o, también, como segunda posibilidad, podría hablarle del mítico viaje de Jasón. Aunque puede que estas charlas intelectualistas, sentada y ensimismada como está en este angosto y caluroso vagón de tren, no le apetezcan nada en absoluto, por ende, ya puestos, una opción mucho más mesurada sería la de preguntarle dónde se dirige, pese a que ello pueda hacerme parecer un entremetido. También, dicho sea, puedo hablarle directamente, tratando de no parecer cansino, sobre cuál es mi destino, detallando las circunstancias que me han conminado a coger este tren; y, si la cosa se animara, podría incluso leerle todo lo que hoy he escrito sobre Ígor con motivo de nuestro encuentro… Creo que ya lo he decidido, guardaré mis mitos griegos y mis muchas historias sobre mitología a guisa de as en la manga, y, pretextando que entrambos estamos algo aburridos, le preguntaré qué tal está. Definitivamente, voy a hablarle ya.


Pero, antes de proceder he de pensar en algo más, ¿cuáles serán sus expectativas hacia mi persona? Y, dicho sea también, ¿cuáles son las que yo he puesto sobre ella? Ciertamente por ahora somos sencillamente dos desconocidos sentados frente a frente en un vagón de tren, luego de ella solo debería esperar la cordialidad y la amabilidad que todo el mundo le exige a una persona ignota según indican las normas de la etiqueta, del protocolo, pero… si todo esto funcionara a la perfección, si ella y yo acabáramos congeniando magistralmente, puede que de esta sucinta y aparentemente trivial conversación se derivaran cosas mucho mayores. Quizá hoy solo hablemos de cualquier nimiedad inherente a la propia situación en la que, fruto de los caprichos del destino, ambos nos hallamos inmersos, sin embargo, pasado este inicial brete, caso que consiguiera su número de teléfono o caso que ella, embelesada por mi persona y empezando a enamoriscarse de mí, me lo pidiera, cabe la posibilidad de que empezásemos a quedar con cierta asiduidad. Primero la llevaría al cine, después a cenar y, con el tiempo, podría jugar una de mis mejores bazas: la llevaría a mi lugar favorito en el mundo, un recóndito manantial de aguas claras situado en el parque natural que queda a unos pocos quilómetros de mi casa y al que se puede acceder bien a pie o bien, si se prefiere, en bicicleta. Allí podríamos darnos nuestro primer beso pasional, cubiertos por un cristalino cielo y amparados a la sombra de excelentes olmos milenarios. Después, pasados unos años desde la primera vez que quedásemos, puede que ella quiera casarse y tener hijos conmigo. Yo siempre he pensado que un par de vástagos estaría muy bien, dos niñas sería lo que me haría más ilusión, no obstante de que me conformaría con una niña y un niño. Entonces, ¿estoy ante la chica ideal que llevo buscando desde hace tantos años? ¿Es ella mi alma gemela, mi media naranja, la pieza que completará mi esencia al encajar completamente entrambas partes? ¡No puedo dejar escapar esta oportunidad, dado que si ella fuera mi chica perfecta, nunca me perdonaría haberla dejado marchar!


¡Puede que sea la voluntad del destino el que nosotros dos nos encontremos aquí y ahora! Si uno analiza la situación con plena objetividad, si uno trata de escrutar todos y cada uno de los detalles de la situación, llegará indefectiblemente a la conclusión de que todas las decisiones que entrambos hemos tomado a lo largo de nuestra vida nos han llevado justo a este punto, tal que si cualquiera de las resoluciones por las que hemos optado hasta el momento fuera diferente, por mínimas que fueran las diferencias, ya no nos hallaríamos aquí. Si, por ejemplo, yo hubiese decidido no contestar la carta que Ígor me envió, entonces, nuestra amistad no se habría dado y yo no me hallaría en este tren, o, del mismo modo, si las enfermeras del hospital no le hubiesen remitido mi carta cuando se la mandé, habría pasado otro tanto. Si bien, más allá de ello, hay mayores nimiedades que también han entrado en juego: si no hubiese corrido para coger este tren, yo me hallaría, por tanto, en el anterior, luego tampoco nos habríamos visto nunca. Entonces, como decía, dado que todas nuestras decisiones vitales, importantes e intrascendentales, nos han conducido hasta este preciso punto de nuestras historias en que ambos nos encontramos cara a cara, puede que sea la voluntad del destino el que ella y yo iniciemos justo hoy lo que acabará derivando en una vida amorosa henchida de felicidad. Así pues, teniendo en cuenta que ella me ha sonreído tímidamente una o dos veces cuando me ha visto mirándola de soslayo y pensando que todo esto podría responder a la voluntad de la Providencia, no debería demorarme mucho más en hablarle. ¡Voy a hablarle! Pero aun me resta por resolver una última cuestión antes de proceder; pensado esto, le hablaré sin demora.


He leído muchas veces – además de que también lo he visto en un sinfín de documentales televisivos sobre comunicación humana – que un aspecto clave en la interacción entre dos personas es el lenguaje no verbal del que las mismas se valgan. Por ejemplo, al pensar en esto, no dejo de remembrar el fortuito encuentro del otro día con Carla, en mitad de la calle, pues, sin quererlo, estando algo cansado y albergando unas irrefrenables ganas de replegarme en la tranquilidad de mi habitación, me crucé de brazos, lo que provocó que ella me imitara y que, al poco, la conversación se precipitara con presteza hacia su final. De ahí que sea yo completamente consciente de la importancia del lenguaje no verbal, que tantas veces ignoramos. No he de mostrarme excesivamente cerrado, de modo que no he de cruzar ni las piernas ni los brazos, pero, por el contrario, estando delante de una persona a la que no conozco en absoluto, tampoco sería mesurado mostrarme excesivamente abierto; he de optar por una posición intermedia, que cabalgue entre la apertura y el cierre. Además, algo también muy importante, es que mi comunicación no verbal no ha de denostar nerviosismo, en consecuencia, he de evitar cualquiera de los movimientos que impliquen tocarme a mí mismo, desde rascarse a acariciarse suavemente el antebrazo. Acabo de recordar que, según leí, una técnica altamente eficaz dentro de una conversación es la «técnica del espejo», es decir, imitar las posturas del otro con el fin de generar una sensación de coordinación con el interlocutor. ¡Eso haré! Pensándolo detenidamente, creo que ya he deparado en todos los aspectos que había de tener en cuenta.


Procederé de la siguiente forma: partiendo de que la primera impresión que le he dado es buena, independientemente que mi timidez me inste a pensar lo contrario, y siendo consciente de que el hielo ya ha sido roto, esto es, partiendo de que ella ya me ha forzado a hacer una pequeña inversión, un pañuelo, en su persona, pasaré, sencillamente, a preguntarle a dónde se dirige y, si procede, le detallaré los motivos que me han llevado a coger este tren, haciendo inciso mientras me embromo en que todas las decisiones de nuestras vidas nos han conducido precisamente hasta este momento. Después, cuidándome mucho de que mi lenguaje no verbal sea proporcionado a la situación e imitando con sumo disimulo todas sus posturas, iniciaré una conversación en la que ella pueda darse cuenta que soy una persona inteligente, valiéndome, por ejemplo, de un par de excelentes narraciones sonsacadas de la mitología griega. Y, al final, cuando hayamos llegado a nuestro destino, con toda la gracia que pueda reunir, le pediré su número de teléfono con la finalidad de poder vernos nuevamente; iniciándose así la que será, sin duda, una edificante relación para ambas partes que pueda derivar en asuntos mayores. ¡Ya estoy preparado! Le hablo.


Bueno… definitivamente, supongo que tanta elucubración no me ha servido para nada ya que ella acaba de bajarse tres paradas antes de lo previsto. Y ahora, como resultado de no haberme lanzado cuando tuve la oportunidad, sentado en mi sitio, veo como ella se aleja con presteza por entre el gentío que ha bajado en la estación, dirigiéndose, sin género alguno de duda, hacia un destino mucho mejor que el que yo le prometía. ¡Ígor! Cuán necesaria me es tu ayuda, para que no tenga yo que saborear nuevamente el amargo fruto de la indecisión…

Firma, Héctor Belmonte

5 de Julio de 2019 a las 08:47 3 Reporte Insertar 3
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Lillian A. Lillian A.
¡Una gran obra! A penas había leído la Sinopsis por encima pero solo el título ya me había llamado la atención. La historia se desenvuelve divinamente y promete lo que el título nos cuenta. Lo único es que hay algunas palabras un poco complejas, pero por el contexto son fáciles de sacar, por ellos y todo, ¡Gran trabajo!
Lesbianas Venezuela Lesbianas Venezuela
Hola, Carlos. Acabo de leer con mucha, pero mucha dedicación tú obra. Si bien la trama se entiende, considero que la narrativa es bastante exagerada para el contenido. Repites en muchas ocasiones las mismas palabras, los mismos términos haciendo que el lector se pregunté ¿A dónde va todo esto? Hay muchas pausas inecesarias y saltos en la narrativa que confunden, tienes algunos errores de acentuación. Esperaba un poco más de la historia, ya que, pensé por la portada y sinopsis que sería una historia de amor. Pero solo fue una narración del único personaje que interviene en todo el texto, donde sus cavilaciones hacen que el lector deje la lectura a medias. La obra la dejaría solo como un cuento corto. Aún así, valoro tu esfuerzo en crear contenido que a otros si guste. Todo lo expuesto por mí son sugerencias y impresiones como lectora, por lo cual te imploró no tomarlo personal ni mal. Te deseo muchas lecturas y que puedas mejorar lo que se deba mejorar. Un saludo.

  • Carlos Lloret y Sirerol Carlos Lloret y Sirerol
    Muchas gracias por el comentario, y sobre todo por haberse tomado la impagable molestia de leer íntegramente y con dedicación mi historia. Tomaré muy en cuenta lo que me dice, y trataré de enmendarlo en la medida que me lo permitan mis habilidades la próxima vez que me ponga ante el teclado. Atentamente, L&S. 1 day ago
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