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La anunciación

Las campanas sonaron y sonaron. Sonaron un par de veces más de lo que pensé que sonarían. Regresé la mirada a las indiferentes paredes de la capilla, no pude encontrar lo que buscaba. No entiendo mucho de arquitectura y menos de arquitectos, pero pensé que ese no debería ser muy bueno. Un campanario no es algo que ocultes. Decepcionado, seguí mi camino. Flores inciertas adornaban terrazas y balcones, adornaban a hombres y a mujeres. Ellas subían sus máscaras, ellos bajaban sus sombreros. Me detuve en un banco moreno que daba a una fuente. Ambos habían visto mejores días, pero mantenían la dignidad de su estilo colonial. El sol, el cielo y un perro me hacían compañía. Este último mordisqueaba mis sandalias como si de una misión divina se tratara. Blanco y bruno a partes iguales era uno de esos perros que se pensaba más fuerte y bravo de lo que su cuerpo le admitía. Su niña llegó por él al poco tiempo y, después de un vistazo al cielo, decidí dejar de demorar mi viaje.

La pequeña plaza moría en enfermas callejuelas grises. Un charco húmedo se sintió en mi piel, preferí no mirar, ya que no recordaba lluvia en la noche anterior. El olor a trinchera ardía en mis ojos. La gente ya no era, sus flores ya no estaban. Solo sombras. El croquis en mi mano indicaba un giro a la derecha. No era mi primera vez en este pozo, pero mis visitas no eran frecuentes, a pesar del inmenso cariño que guardaba por mi hermana. Sentí a los muros hablar, sentí las sombras crecer. Los susurros herían mi piel, la oscuridad me asfixiaba y, en mi tránsito a la inconsciencia, su puerta apareció ante mí. <<¡Lucía!>>, grité. <<Sabes que está abierta>> fue la respuesta. Empujé el hierro de esa puerta sin picaporte y me encontré dentro. Un pasadizo de libros iniciaba la casa. Llenos los lados, habían comenzado a apilarse en el suelo. El pasillo se abría hasta formar una sala circular. Nunca hay mucho en esa sala, libreros con pequeños montes a sus pies, cuadros (regalos de mi padre), un juego de té sobre un aparador, una mesilla blanca de hierro y un par de sillas, no siempre cerca de la mesa. Las paredes revestidas de papel rojo con grabados victorianos, el roble de los libreros y la alfombra persa daban calidez a la habitación. Dos puertas a los lados llamaron mi atención. Conocía la derecha, Luci probablemente estaría allí. Fui a la izquierda. Al pasar, una pequeña leía cuentos de reyes y héroes sobre una mecedora. Sus bucles dorados, su frente amplia y sus mejillas rosadas me recordaron a la menor cuando niña. Sin el mal carácter arraigado en su gesto, era la más bella de todos nosotros. Sonreí recordando viejos momentos. Volví al centro del salón, recogí un libro del suelo y lo empecé. También era de reyes y héroes.

Luci apareció al terminar el primer capítulo. La vi esperando por una respuesta, o tal vez una explicación, estaba por hablar, pero esperé su pregunta.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntaba más curiosa que molesta.

—Te extrañaba —mis palabras no eran falsas; mi respuesta, sí —. Hace mucho de mi última visita.

—Hace mucho.

Nos quedamos en silencio un momento. Ella se sentó conmigo y charlamos. Hablamos de historias, cuentos, novelas, del pasado, de lo bueno y lo malo. Me ofreció una taza de té que de inercia acepté. Había llegado al aparador cuando la nena salió del cuarto, cruzó la alfombra frente a mí y atravesó la puerta. Miré a Luci, parecía angustiada. No pretendía preguntar nada, y no lo hice, pero ella respondió.

—¿Tú crees que se parece a mí?

—¿Es tuya? —su mirada fue suficiente —. Sí. Sí lo creo, pero ¿cómo?

—Como nacen los niños.

—¡Sabes a lo que me refiero, Lucía!

—No importa, es mía y ya.

Escuché pasos sobre mí, arrítmicos, parecía saltar, seguro eran de ella. Sorprendí a Luci sonriendo, se cubrió la cara al recordarme. Su vestido de noche dio dos vueltas recogiendo el té en la primera y regresando a mí en la segunda. Sus lazos se alzaban como mariposas negras aprendiendo a volar. Nada podía recordarme tanto mi infancia como ella y las mariposas.

Los rizos dorados desfilaron ante mí una vez más, esta vez traían un par de cojines sobre ellos. Luci los detuvo.

—Salúdalo. Es mi hermano, nos está visitando.

—Hola —sus ojos verdes no me veían. Estaban en mí, pero no me veían —.

—Hola, pequeña. Es un gusto conocerte.

Ella solo soltó un sonido, no sabría describirlo, corto, plano, no parecía malintencionado. Después de ello, tomó sus cojines y volvió a la habitación.

—¿Me dirás por qué estás aquí? -soltó Luci de repente.

—¿A qué te refieres?

—No me mientas, Gabriel.

—Es papá.

—¿Qué hay con él?

—Ha muerto.

29 de Junio de 2019 a las 06:08 0 Reporte Insertar Seguir historia
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